Si la cosa funciona (2009)

Y si no funciona...

Debido quizás a que el guión fue escrito allá por los años 70, la historia de Si la cosa funciona suena a algo poco nuevo y aburrido sin importar que el responsable sea el incombustible Woody Allen que cada año se empeña en obsequiarnos con una de sus inventivas, aunque en los últimos años resulte poco convincente, salvo a excepción por supuesto de Match Point (2005).

En este caso, el protagonista es un físico ya retirado que se cree demasiado listo, definiéndose a sí mismo como un tipo con mal carácter, hipocondríaco y misántropo. A raíz de un intento fallido de suicidio, deja a su mujer para irse a vivir solo, dando clases de ajedrez a niños que él mismo considera unos ineptos. Una noche volviendo a su casa encuentra a una joven durmiendo debajo mismo de su portal. Dada la insistencia de ella a que le acoja ya que se ha escapado de casa, él decide a regañadientes darle cobijo sólo para esa noche, pero la cosa se alargará más de lo debido cambiando su vida completamente.

La nueva película de Woody Allen es una comedia demasiado ligera en la que las historias de amor son tan poco frecuentes como sosas. Lo único que puede resultar irónico y un tanto divertido son algunas pocas frases ingeniosas del protagonista, interpretado por Larry David, co-creador y guionista de la aclamada serie Seinfeld, que ya había aparecido brevemente en dos películas de Allen, Días de radio (1987) e Historias de Nueva York (1989), que no tiene grandes dotes para la interpretación, imitando demasiado algunos gestos propios de los personajes de Allen y denotando que más bien es un monologuista más que un actor, aunque sea el personaje principal de su serie Curb your Enthusiasm (El show de Larry David). Sus diálogos con la joven actriz Evan Rachel Wood, recientemente vista en El luchador (2008) y recordada por Thirteen (2003), intentan ser frescos e inteligentes siendo la baza más importante con la que juega Allen, pero la ingenuidad y la falta de lucidez de la chica recuerda demasiado al personaje de Mira Sorvino en la simpática Poderosa Afrodita (1995).

Por una parte es cierto que Woody Allen ha acertado a la hora de volver a situar sus historias en su Manhattan querido pero por otra exagera enfocando el personaje de Larry David como un engreído que no sabe exactamente lo que quiere y que parece estar enfadado con casi todo el mundo. Sus quejas acompañadas de insultos a los que cree inferiores a él pretenden provocar la risa en el espectador y no son más que un fácil acompañamiento de sus frases lapidarias. Parte de esto nos lo dice insistentemente delante de la cámara, simpatizando con el público de la sala de cine, intentando ser más cercano aunque repetitivo. Los personajes secundarios poco pueden hacer ya que son bastante insípidos y no aportan mucho a la historia. Pero lo peor es el querer dar tanta importancia al mensaje de la película, jugando con el azar y con los imprevistos, un mensaje tan sencillo como manido, si la cosa funciona pues adelante, no desaproveches tu ocasión.

"Woody Allen vuelve a Manhattan para presentar una historia bastante pobre, dando demasiada importancia al carácter y al humor en principio ingenioso de un personaje totalmente enfadado con el mundo"



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Nothing (2003)



Nada es lo mismo que el nihilismo.

Nothing se nos presenta como una hipérbole de las constantes que pueblan la escueta filmografía de Vicenzo Natali, un director canadiense fascinado por la ciencia ficción y autor de la mítica Cube (1997). Sus películas sacan a la luz lo peor del ser humano, sitúan a escasos personajes en espacios reducidos y los someten a situaciones límite, unos condicionantes que aquí rozan el paroxismo, aunque se vean suavizados por la exageración y el humor. Si en Cube la parábola quedaba soterrada por la ciencia ficción y el terror, Nothing asume sin tapujos esta condición, elaborando una ácida fábula que enlaza con el teatro del absurdo de Samuel Beckett (Esperando a Godot, 1952) y ciertas comedias de Harold Ramis (Atrapado en el tiempo, 1993).



El filme empieza asegurándonos reiteradamente que cada pequeño detalle que cuenta es total y completamente cierto, aunque el tono y la forma nos advierten de lo contrario. La historia gira en torno a Andrew y Dave, dos amigos de la infancia unidos por las ganas de sobrevivir en un mundo que los detesta. Andrew (Andrew Miller) sufre agorafobia y teme a todo lo que le rodea, por lo que nunca sale de casa, lo cual es irónico si tenemos en cuenta que trabaja como agente de viajes. Y Dave (David Hewlett) es uno de esos seres egocéntricos que sueñan con ser estrella del rock, aunque la triste realidad es que trabaja en una oficina como “ayudante del ayudante del ayudante de un comercial”.



Los dos viven juntos y han creado un pequeño universo en el que son felices, pero en el fondo, sin embargo, venderían su alma por pertenecer al mundo que les ha dado la espalda, por eso Dave planea mudarse. La tentativa fracasa cuando la sociedad vuelve a ponerles la zancadilla y Andrew es acusado de abuso de menores y Dave de robo, a lo que sumamos una amenaza por desahucio. Hay una escena totalmente esquizofrénica e insoportable en la que el teléfono no para de sonar mientras son asediados por los obreros de la demolición, la policía montada, la prensa y una multitud de mirones, seguido por una calma espectral cuando cesa el ruido milagrosamente y la pantalla se queda en blanco. Ahí fuera, sin ninguna explicación aparente, el mundo ha dejado de existir.



La casa queda suspendida en la nada, pero no una nada oscura y sombría como la de La historia interminable (1984), sino una nada blanquecina y blandita a la que Andrew compara con Tofu, el plato japonés. Esta fantasía es el vehículo con el que la película elabora una advertencia a ese ser solitario, huraño y misántropo que todos llevamos dentro, mientras reflexiona sobre la marginación, la amistad y la naturaleza incorregible del ser humano. “Siempre he tenido miedo de salir al exterior” comenta Andrew, “pero ahora que no está ahí, no pienso salir a disfrutar que no está ahí.” Aunque la sociedad es cruel y desalmada, Andrew y Dave son personajes sumidos en un declive moral y ético, así que el espectador se debate entre la lástima que producen y la convicción de que se merecen lo que les pase.



El pesimismo sobrevuela cada recoveco de esta tragicomedia de tintes fantásticos y abstractos, y el absurdo está íntimamente ligado al desquiciado viaje emocional de los protagonistas, Natali lleva su historia más allá del límite razonable y todo desemboca en un final kafkiano, tan retorcido como hilarante. La película no muestra ningún apego por sus personajes, así que no hay posibilidad de redención, pero todo queda atemperado por ese extraño sentido del humor, entre negro y sórdido.



La frase: “Quizás estemos en otra dimensión, como en una peli de mierda o así… Un agujero negro o una nebulosa roja. Una línea temporal, debemos de haber encontrado algún tipo de dimensión temporal. ¡Abducidos, exacto! Sí, tal vez sea eso, hemos sido abducidos por alienígenas. Nos llevaron a su planeta, nos metieron en algo parecido a un zoológico. ¡No alimenten a los humanos! Lo cual es una locura porque moriríamos, ¿quién querría ir a un zoológico para ver humanos muertos? A menos que nos devoren a nosotros. ¿Pero por qué no iban a cebarnos antes de matarnos? A menos que nos estén alimentando sin saberlo, estando esperando y observándonos para ver como reaccionamos o lo que haremos.

La frase 2: “Vamos, un perro te hizo una mamada… ¿de veras crees que puedes mantener eso en secreto?”



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United States of Tara. 1ª Temporada

Tres son multitud

Algo está pasando, desde hace ya unos años, en el mundo de la televisión estadounidense. De repente, las grandes cadenas de pago empezaron a atreverse a realizar series mucho más arriesgadas de lo que estábamos acostumbrados, consiguiendo ganarse un público más reducido pero, no obstante, mucho más fiel. Entre otras, una de las cadenas que apostó firmemente por ofrecer un producto de calidad dentro de su programación fue Showtime, con series como: Dexter, Californication, Los Tudor, The L word, Queer as Folk o Weeds. En enero de este mismo año, Showtime, estrenó una nueva serie que lleva por nombre United States of Tara... ¡Empezamos!

La de Tara vendría a ser una familia media americana relativamente normal si no fuera por un pequeño inconveniente, Tara tiene personalidad múltiple. Durante años, Tara, ha tenido su problema bajo cierto control a base de atiborrarse de pastillas que permitían tener a sus otras personalidades a ralla, pero teniendo que pagar el precio de vivir una vida parcialmente anestesiada. Dispuesta a enfrentarse con sus problemas y descubrir el origen de su enfermedad, Tara abandona su medicación y da vía libre para que sus otras tres personalidades salgan a la luz, lo que acostumbra a coincidir con algún tipo de problema o suceso en su vida cotidiana. No hace falta decir que la enfermedad de Tara afectará, de rebote, al resto de su familia que deberá convivir con ella y el resto de sus personalidades, lo que comportará una dura carga para su esposo, hijos y hermana, a quienes acostumbrará a meter en numerosos líos. La cosa todavía se complicará más cuando aparezca en escena una cuarta personalidad que el resto de la familia todavía no conocía.

El círculo más íntimo de Tara está formado por su marido Max (interpretado por el actor John Corbett, el que fuera locutor de radio de la gran serie Doctor en Alaska), que apoya por completo a su esposa a pesar de algún momento de flaqueza; Kate, la hija adolescente, que estudia en el instituto, trabaja como camarera en un burguer y a quien le gusta dar rienda suelta a sus feromonas en continua ebullición; Marshall, su hijo menor, un entusiasta del mundo del cine, que se suele vestir como si tuviera más de sesenta años y que está enamorado en secreto de uno de sus compañeros de clase; Charmaine, hermana de Tara, quien tiene un más que evidente complejo de segundo plato y quien mantiene una relación de amor/odio con su hermana; y Neil, el compañero de trabajo de Max y uno de esos personajes secundarios que siempre se acaba colando en las casas de los protagonistas como Pedro por su casa.

Pero lo cierto es que todavía hay un circulo mucho más íntimo para Tara, y es el que forman sus otras personalidades, donde encontramos a T, una repelente adolescente de dieciséis años, medio zorrón y con con una edad del pavo que le sale por las orejas a quien le gusta ir pinchando a la gente y vestir con ropas provocativas (su signo de identidad es que su tanga asome por encima de los pantalones); Buck, la personalidad masculina de Tara, una especie de rudo camionero, ex combatiente de la guerra de Vietnam, a quien le gustan las armas, la cerveza y las revistas de chicas en pelotas (su signo de identidad son sus enormes gafas); Alice, la dulce ama de casa entregada a su familia, aparentemente sacada de algún tipo de catálogo de publicidad de los años cincuenta (su signo de identidad es su elegante vestido rosa); y, por último, Gimme, que es la parte más irracional de Tara, y su comportamiento asemeja mucho al de algún tipo de animal asustadizo (su signo de identidad es su capa roja).
Tara está interpretada por Toni Collette, la actriz que se dio a conocer con La boda de Muriel y que desde entonces ha trabajado en películas como Emma, Velvet Goldmine, El sexto sentido (por la que fue nominada al Oscar como mejor actriz de reparto), Las horas, En sus zapatos o Pequeña Miss Sunshine. El papel de Tara es un caramelo apetecible para cualquier actriz con ganas de riesgo, y donde Toni Collette resulta muy veraz interpretando a Tara y sobreactuada interpretando al resto de sus personalidades (algo pretendidamente buscado desde un principio). Pero es que al fin y al cabo son personalidades, precisamente, y no personajes lo que debe interpretar y, esas personalidades, no dejan de ser puros clichés llevados al extremo. Lo cierto es que a la hora de la verdad Toni Collette resulta ser la auténtica piedra angular de la serie. Además, recientemente acaba de ganar el Emmy como mejor actriz protagonista de una serie de comedia por este papel.

Pero la auténtica persona en la sombra es Diablo Cody, quien ha realizado el guion de la serie, basándose en una idea original de (agárrense los machos) ¡Steven Spielberg!. A Diablo Cody la conocemos por haber hecho los guiones de Juno (por el que ganó el Oscar) y Jennifer's Body, y a Steven Spielberg... bueno, a Steven Spielberg lo conoce todo Dios. Además, ambos ejercen de productores ejecutivos, lo que viene a consolidar su fuerte apuesta por este producto.

La serie, de doce episodios de menos de media hora cada uno, es una tragicomedia en toda regla, plagada de buenos diálogos (muy en la linea de lo que ya nos dejó ver Diablo Cody en Juno) y personajes atrayentes. Después de ver el primer capítulo uno tiene bastante claro que la serie funciona, pero la duda consiste en saber como funcionará en el caso de que en algún capítulo Tara no se “transformara”. Y, lo cierto, es que la serie se sostiene igual porque indiferentemente de las apariciones de las otras personalidades de Tara, los miembros de la familia (especialmente los dos hijos y la hermana) ya tienen suficientes problemas y peso dentro de la historia como para resultar atrayentes por sí solos. Incluso llega un momento en que el hecho de que Tara se transforme parece como si fuera el último de sus problemas, aunque, cuando se transforma, la cosa se suele salir un poco más de madre. A todo esto deben añadirle también el misterio de saber que ocurrió realmente con Tara y cual fue el detonante de su trastorno de personalidad.

La serie ya ha sido renovada para una segunda temporada.

Resumiendo: Tragicomedia de ágiles diálogos con un gran personaje principal y atrayentes personajes secundarios, que llevan el sello personal de su guionista, Diablo Cody.

Las invasiones bárbaras (2003)

Una emotiva historia

Aunque su primer largometraje sea de 1971, el director canadiense Denys Arcand se dio a conocer internacionalmente con El declive del imperio americano (1986), una película coral en la que hombres y mujeres hablan de sexo sin tapujos. Obtuvo la nominación al Oscar, el Premio Fipresci en Cannes, nueve Genie en Canadá y varios premios en festivales internacionales. Tres años más tarde, Steven Soderbergh también retrató experiencias sexuales en la famosa Sexo, mentiras y cintas de vídeo (1989).

En 2003, diecisiete años después de El declive del imperio americano, Arcand realizó Las invasiones bárbaras, que representa una continuación de aquella y con la que sí consiguió el Oscar, además del premio al mejor guión y mejor actriz en Cannes, tres César y también premios en todo el mundo. En 2007, con La edad de la ignorancia quiso cerrar esta trilogía en la que ha querido hacer una dura crítica a la sociedad, situándola en este último film al borde del caos, con una falta de comunicación, aunque llegando a ser extremadamente pretencioso, dejando demasiado claro su mensaje a la primera media hora de metraje.

En El declive del imperio americano sorprende ver hablar a las mujeres de sus propias relaciones sexuales mientras están en el gimnasio, como ver a los hombres hacer lo mismo pero desde la cocina, preparando la comida que luego se comerán todos juntos en una casa que uno de ellos tiene junto a un lago. Esta premisa resulta curiosa igual que sus diálogos inteligentes, aunque resulten por momentos un tanto pedantes, sabiendo Arcand manejar bien las situaciones jugando con los encuadres. Sin embargo, lo que realmente es inevitable pensar es que viéndola ahora, a causa de las imágenes o algunos otros recursos cinematográficos, la película parece más antigua de lo que es, estando más cerca de finales de los 70 que a mitad de los 80. En Las invasiones bárbaras todo cambia por completo. Esa espontaneidad que en El declive del imperio americano parece surgir de la forma de dirigir a los actores, pasa a una dirección mucho más meticulosa, con una cuidada imagen y con muchos más exteriores. Uno de los protagonistas de aquella historia, un profesor de universidad llamado Rémy (interpretado por Rémy Girard) tiene una enfermedad terminal y con la ayuda de su ex-mujer, su hijo Sebastián, con el que no tiene una muy buena relación, y sus grandes amigos, intentará pasar el tiempo que le queda de vida lo mejor posible.

Es casi patente la convicción de Denys Arcand de querer hacer una de las películas más emotivas de la última década, logrado sobre todo por la relación entre Sebastián y su padre, con un gran plano muy emocionante al final de la historia. Este hijo vive en Londres pero a causa de una llamada de su madre intenta hacer lo posible para que su padre se encuentre a gusto dentro de su situación. Por eso llamará a sus antiguos amigos y hasta pagará a unos alumnos para que le vayan a ver al hospital. También está el personaje de Natalie (premio en Cannes para Marie-Josée Croze), hija de una de las amigas y amantes del padre, que está metida en drogas y que ayudará a paliar el dolor de la enfermedad con algunas dosis de heroína. Las conversaciones de ella con Rémy son una parte importante de la historia.

Rodada con mucho talento, con una dirección más que correcta, Denys Arcand consigue un drama cuyo argumento no es muy original pero que sabe jugar muy bien con las formas, sin caer en lo superficial y logrando autenticidad con la construcción de unos buenos personajes junto con una narración casi perfecta. La película sigue su curso de manera brillante, emocionando a causa de sentir la muerte tan cerca.

"Las invasiones bárbaras es una historia llena de amor, amistad, dolor y ternura, rodada con brillantez por Denys Arcand"



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Preguntas frecuentes sobre el viaje en el tiempo (Frequently asked questions about time travel, 2009)



Una pinta de cerveza con taquiones.

Un par de nerds (o imaginadores, como ellos prefieren llamarse); un escéptico que no distingue entre Star Trek y Star Wars (aunque en una escena se declare fan de Las crónicas de Narnia); una chica sexy que viene del futuro; un pub londinense; una fisura temporal en el lavabo de caballeros; conversaciones freaks, cerveza y paradojas. Póngase todo junto y añádase unas gotas de humor inglés y unos gramos de inofensiva diversión y ya tenemos la combinación perfecta para una comedia de ciencia ficción.



La película empieza con una panorámica del espacio exterior y unos títulos de crédito que prometen ciencia ficción a raudales (muy al estilo de Superman), pero no tardamos en pisar con los pies en el suelo. Conocemos a Ray (Chris O’Dowd), un tipo que como cualquier personaje de Kevin Smith o Judd Apatow, sufre de un galopante síndrome de Peter Pan. Trabaja en una atracción futurista interpretando a un Ranger del Espacio y se toma demasiado en serio su papel, allí suelta tacos y vocifera entusiastamente mientras una clase de primaria queda traumatizada. Hay llantos, vómitos y un despido. A sus amigos no les va mejor, disfrazados de dinosaurios venden folletos de un lugar llamado Dinoburger. Pete (Dean Lennox Kelly), el más sensato de ambos, quiere hacer su trabajo e irse a casa, pero Tobe (Marc Wootton) no puede evitar plantearse lo erróneo que resulta un dinosaurio animando a la gente a comer más dinosaurios, lo lógico sería que fueran vestidos de cavernícolas.



Más tarde, a la salida del cine, disfrutan quejándose de la poca imaginación que hay en Hollywood, Tobe saca su libreta de grandes ideas y menciona una sobre un Ninja-Tirolés. Se dirigen al pub, allí beben cerveza y escriben una carta de queja dirigida a la meca del cine. Si esto no fuera una peli de ciencia ficción Ray volvería a casa y a la mañana siguiente debería tomar una decisión: aceptar un empleo disfrazado de burbuja o trabajar en el negocio familiar, pero lo extraordinario irrumpe en sus vidas en forma de atractiva viajera del tiempo (Anna Faris).



El cine tiene la capacidad de evadirnos de nuestros problemas reales y la película sublima las insatisfacciones vitales de sus protagonistas a través de la fantasía. La situación se lo da todo; el rol de héroes, la posibilidad de poner en práctica ese conocimiento inútil que cualquier freak atesora, la confirmación de que en un futuro próximo serán admirados por el resto de la comunidad freak y por último, la chica. Un juego parecido, aunque a distinto nivel, se da en delirios ochenteros como Condorman (1981), Te pillé, ¡Gotcha! (1985) o sobre todo, El último Starfighter (1984), un cine de pocas luces, pero imaginativo y entretenido al fin y al cabo.



El crescendo hasta llegar a un clímax final de tebeo son una serie de viñetas que giran alrededor de un bucle temporal, una muerte inminente y un apocalíptico futuro alternativo. Nuestros protagonistas se enfrentan al peligro siguiendo tres reglas claves del viaje temporal: 1) No mates nada y no pises ni siquiera una mariposa, porque borrará tus descendientes y terminará con la raza humana. 2) No te folles a nadie porque resultará ser tu madre o tu abuela. Y 3) No te toques, no tropieces ni hables con otra versión de ti mismo porque causará una paradoja temporal y el fin de los tiempos.



El filme es una producción de la HBO y la BBC, el director Gareth Carrivick ha trabajado en series como Little Britain (2003) y The Smoking Room (2004), y los actores tienen mucha experiencia en televisión. Chris O’Dowd no se aleja demasiado de su papel en The It Crowd, aunque aquí busque las simpatías del público y su personaje resulte menos excedido y patético. Anna Faris por su parte, es una actriz que se ha hecho un hueco en la pequeña pantalla participando en series como Friends y El séquito. El metraje es de apenas 80 minutos y el tono y la forma concuerdan bastante con el de un capítulo piloto. La película parodia el cine de ciencia ficción con manifiesta inocencia y no tiene otra aspiración que la de hacerte pasar un buen rato, algo que queda muy patente con ese final abierto, un tipo de conclusión nostálgica que nos remite a otras épocas menos crípticas.

Que esté pendiente de título en España nos plantea la interesante cuestión de cómo la van a llamar, las posibilidades son infinitas: Regresa al futuro como puedas por pelotas, Los Crononerds, Sci-fi Movie, Star Geek, Quantum Party, Preguntas frecuentes sobre el viaje en el tiempo... No, la última no va en serio.



La frase: «Tu chica ideal eres tú con tetas.»

La frase 2: «Es un poco extraño, pero resulta que todos en el futuro son americanos.»

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