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Lincoln (2012)



Lincoln desencadenado.

Steven Spielberg es un director con una filmografía dividida en dos vertientes muy claras: las películas que buscan el entretenimiento y las que buscan los premios. Las primeras suelen ser películas plagadas de aventuras y con una especial tendencia hacia el cine familiar (Indiana Jones, Hook, Parque Jurásico, Minority Report o la reciente Las aventuras de Tintín). Las segundas acostumbran a ser una como una clase de historia en imágines (La lista de Schlindler, Salvar al soldado Ryan, Munich o War horse). Así pues, cada vez que Spielberg se pone serio lo que debemos preguntarnos es hasta que época nos llevará esta vez. Con Lincoln viajamos hasta la América del siglo XIX, un lugar al que ya nos había llevado el director con uno de sus sonados traspiés, de nombre Amistad, y donde ya se tocaba el tema de la esclavitud. Y la fórmula no falla: nueva película histórica del rey midas de Hollywood y doce nominaciones más a los premios Oscar.

Hitchcock (2012)

Detrás de todo hombre gordo, hay una gran mujer.


La moda de los biopics en el cine sigue imparable. Y es que ya saben lo que se suele decir: la realidad siempre supera la ficción; lo que en Hollywood viene a significar que si no hay buenos guiones de ficción, que mejor que adaptar la vida de algún personaje popular, de trayectoria vital compleja (a poder ser añadiéndole un buen puñado de morbo a la historia) y dejar que lo interprete algún reputado actor de nivel capaz de soportar maratonianas sesiones de maquillaje. Ejemplos de biopics en el cine los hay a patadas: políticos, revolucionarios, cantantes, boxeadores, delincuentes,  escritores, futbolistas, toreros e, incluso, tonadilleras. Todos parecen tener cabida en el mundo del biopic. Obviamente el cine también mira hacia sí mismo para crear nuevos títulos y de esta forma nos han llegado films como: Ed Wood, El aviador, Chaplin, Hollywoodland, RKO 281 o Mi semana con Marilyn. Estas dos últimas estaban centradas en sendos rodajes de dos películas míticas (Ciudadano Kane y El príncipe y la corista, respectivamente). Ahora nos llega un nuevo título que sumar a la lista: Hitchcock.

Tucker, un hombre y su sueño (1988)


Todo por un sueño

Uno se sorprende cuando al repasar la carrera cinematográfica de alguno de los directores más reconocidos de la historia del cine encuentra alguna película brillante que nunca ha llegado a tener el reconocimiento que se merece. Y para un servidor, un claro caso es el de Francis Ford Coppola: su adaptación de la biografía del empresario y diseñador de automóviles Preston Tucker, en Tucker, un hombre y su sueño (1988), es un fabuloso film realizado con mucho estilo y gran talento pero algo infravalorado. Producido por George Lucas (le devolvió el favor que Coppola le hizo al producirle en 1973 American Graffiti), Coppola nos regala un emocionante retrato de un "soñador, inventor y visionario, un hombre adelantado a su tiempo", como así se le define en el brillante inicio del film.

La dama de hierro (2011)

Sí, primera ministro.

Meryl Streep no es una película, es una actriz. Esta absurda afirmación coge relevancia después del estreno de la película La dama de hierro. Y es que me he encontrado con el caso de que cada vez que intentaba buscar información sobre la cinta o preguntaba a quien la había visto qué le había parecido, únicamente me hablaban de la actriz, pero en ningún caso de la peli en general. A modo de ejemplo, voy a transcribir a continuación una conversación absolutamente falsa e irreal, que únicamente ha ocurrido en mi cabeza, pero que bien podría haber ocurrido en la vida real, para ayudar a comprender lo que les intento contar:

- ¿Has visto ya la peli de La dama de hierro? ¿Qué tal está?
- Uf, Meryl Streep está increíble, super convincente.
- Genial, ¿y la peli qué tal? ¿Engancha la trama?
- La peli cuenta con una caracterización brutal y un fantástico maquillaje que hace que Meryl Streep parezca una anciana en algunos momentos del film.
- Me alegro, pero ¿resulta interesante la película? ¿Toca los momentos más conflictivos de su vida política?
- No sé, pero hay que verla en versión original porque, además, Meryl Streep clava el acento inglés e incluso el tono de voz de la Thatcher.
- Que sí, coño, pero aparte de la protagonista ¿que tal está el resto de la cinta?
- ¡Grande Meryl! ¡¡¡Te mereces este Oscar!!!

The fighter (2010)

La familia es la célula de la sociedad moderna.


The fighter es uno de esos dramas/biopic/basado en hechos reales/superación personal/sueño americano, que tantas nominaciones y premios suelen reportar a sus responsables. La película que hoy nos ocupa, no obstante, consigue algo tan complicado como es que el espectador contemple, desde su cómoda butaca, como a uno de sus protagonistas le propinan la paliza de su vida hasta dejarlo prácticamente moribundo, que otro de sus personajes principales se pase la gran mayoría de la cinta drogado y fumando crack como un poseso y que, a pesar de ello, resulte de lo más entretenida e, incluso, divertida en varias ocasiones. ¿Magia? No, Hollywood. Y que conste que en esta ocasión no lo digo como algo negativo (al César lo que es del César).

Ed Wood (1994)


Ed Wood y sus maravillosos aliados

Hay algunas figuras del cine que han pasado a la historia por su reputada carrera cinematográfica, en cambio hay otras que lo han hecho simplemente por todo lo contrario, como es el caso de Edward D. Wood Jr., considerado el peor director de todos los tiempos con películas de serie B como Glen o Glenda (1953) o Plan 9 del espacio exterior (1959). Sin embargo, esta desafortunada etiqueta conlleva a que el espectador tenga una gran simpatía por el personaje, sobre todo por la época y el género en que el entregado director se movía con total veneración, dispuesto en todo momento a hacer películas y más películas, intentando encontrar productores que financiaran sus proyectos. Además, con el paso del tiempo se ha convertido en un director de culto para unos cuantos y alguien tan interesante para que Tim Burton rodara su biografía en su film Ed Wood (1994), con Johnny Depp encarnando al mismo Wood, consiguiendo un emotivo e inolvidable homenaje a un tipo que le gustaba vestirse de mujer y que insistió en querer reavivar la figura del acabado Bela Lugosi, adicto por entonces a la heroína, interpretado en la película de forma brillante por un grandísimo Martin Landau que ganó el Oscar por su papel (obligado verla en V.O.S.E. para disfrutar de su inglés con acento húngaro).

El discurso del Rey (2010)


En el país de los mudos, el tartamudo es el rey

Ya se empiezan a rumorear las posibles nominaciones de los Oscar que serán anunciadas el próximo 25 de enero. Las meras suposiciones se basan exclusivamente en la gala considerada como el preludio de lo que son los premios de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood: los Globos de oro, cuya edición número 68 se llevará a cabo el próximo 16 de enero. La recién estrenada El discurso del Rey (2010) es la gran favorita a ganar varios Globos de Oro ya que tiene siete candidaturas: la de Mejor Película de Drama, Mejor Director (Tom Hooper), Mejor Actor de Drama (Colin Firth), Guión (David Seidler), Banda Sonora (Alexandre Desplat), Actor Secundario (Geoffrey Rush) y Actriz Secundaria (Helena Bonham Carter). Pero no sólo opta a estos galardones sino que ya ha recibido otros, como el Premio del Público a la Mejor Película en el Festival de Toronto.

La red social (2010)

Mark Zuckemberg, editando perfil.

Lo que en un principio pudiera llegar a parecer como uno de los proyectos menos ambiciosos de un director más acostumbrado a llevar a cabo películas con un mayor factor de riesgo y transgresión (y cuyos carteles suelen ir encabezados por los nombres de grandes estrellas de Hollywood), ha terminado resultando uno de sus mayores y más logrados trabajos. David Fincher, director de películas tan sobrevaloradas como Seven, The game, El club de la lucha, Zodiak o El curioso caso de Benjamin Button, logra con la historia sobre cómo se creó facebook la mejor película de toda su filmografía debido, en gran medida, a un poder de contención que le desconocíamos (del que se desprende cuando la ocasión lo merece cómo en la fantástica escena de la carrera de remos) y a un férreo guión basado en el libro "The accidental billionaires" de Ben Mezrich.


La historia del facebook empieza en el año 2003 dentro de las paredes de la universidad de Harvard, donde encontramos a un joven estudiante llamado Mark Zuckemberg, un nerd experto en programación informática, que, por despecho, después de cortar con la que hasta entonces era su pareja, decide crear un juego en el cual los estudiantes de la facultad podrán votar el atractivo de sus compañeras de universidad, facilitando, ya que estaban, el arte del ligoteo dentro del campus. A raíz de esta broma (la típica broma que suele acarrear un bonito expediente disciplinario), un par de los estudiantes más populares del campus (unos hermanos gemelos tan atléticos y pijos que, como espectador, resulta prácticamente imposible posicionarse a su favor en lo que queda de película), le sugerirán a Mark poder llevar la idea más allá creando una red social para los estudiantes de la facultad. Zuckemberg recogerá el guante, pero prescindirá de los gemelos/pijos/atléticos para llevar a cabo su propio proyecto, mucho más ambicioso, con la ayuda de su compañero de habitación y un par de amigos programadores informáticos como él.

Debo reconocer que me encanta la idea de que uno de los mayores inventos de los últimos tiempos, como es el facebook, surgiera a raíz de que unos adolescentes salidos quisieran ligar con las chicas de su misma facultad. Además de resultar fascinante, confirma mi teoría de que los grandes avances de la humanidad siempre suelen surgir de lo que podríamos llamar "rito de apareamiento". Es como si Victor Fleming inventara la penicilina con el único propósito de impresionar y, posteriormente, llevarse a la cama a su vecina del quinto. De hecho, no lo descarten.

La película, contada a modo de flashback, pretende reflejar todos los puntos de vista de la historia, siguiendo las dos causas abiertas contra Mark Zuckemberg: la de los dos gemelos/pijos/atléticos, que querían su parte de pastel, argumentando que Mark les robó la idea; y la de su compañero de habitación, del que posteriormente Mark terminará prescindiendo, que exige que se restablezca su cargo de co-fundador de la empresa. Y es que como reza el cartel de la película "no se hacen quinientos millones de amigos sin hacer unos cuantos enemigos", ni se llega a ser el billonario más joven del planeta sin ser un trepa y un cabronazo de mucho cuidado. La cinta va alternando las declaraciones de ambos juicios para poder ir construyendo la historia de cómo se creó facebook. Una historia plagada de traumas, celos y traiciones.

La red social nos acerca a la figura de Mark Zuckemberg, sacando a relucir toda su paleta de coloristas personalidades, desde la del inseguro enamoradizo, la del brillante informático, la del trepa espabilado, la del amigo rencoroso, la del que se deja influir por otra personalidad más arrolladora, la del millonario que va de sobrado, o la de "soy el rey del mundo"; y lo hace gracias a un guión que consigue hacer atractivo e interesante tanto el personaje como las circunstancias que lo rodean y que ayudan a modelar su personalidad. La película consigue mantener un altísimo ritmo durante gran parte de su metraje gracias, en parte, a los ágiles diálogos entre sus protagonistas (en ocasiones incluso excesivamente veloces), a unos jóvenes actores en estado de gracia (incluso se puede llegar a soportar la presencia de Justin Timberlake interpretando al creador de Napster, que también se apuntará al pastel)y especialmente, como les decía al principio, a un excepcional guión que se encarga de construir una trama alrededor del personaje de Zuchemberg que consigue atrapar al espectador con una pasmosa facilidad.

Resumiendo: Recomendable película, con un interesante guión, que intenta reconstruir desde varios puntos de vista la creación del facebook.



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The Runaways (2010)

Corre punky, corre.


The Runaways pretende situar al espectador en plena década de los '70 para contar el auge y caída de un grupo de punk-rock formado íntegramente por mujeres. En cuanto a la ambientación, la película logra salir airosa (no sería el primer caso de una cinta ambientada en los '70 que cae en el ridículo intentando reproducir la época), centrándose en las dificultades sociales contra las que se toparán las chicas para llegar hasta el estrellato y lograr que se las tome en serio. Por ejemplo, en uno de los diálogos de la película, el profesor de guitarra de una de las componentes del grupo le dice: “las chicas no tocan la guitarra eléctrica”, a lo que ella responde subiendo el volumen de su amplificador y haciendo tronar el local. Desconozco si la escena sucedió en realidad, pero se tiene que reconocer que, cinematográficamente, la cosa tiene su efecto. Por el contrario, en lo de narrar la historia de un grupo de música, la película termina quedándose en las anécdotas, en el morbo, en las drogas y en alguna que otra relación lésbica ocasional, dejando una sensación de vacío general en el espectador, acerca de lo que fue el grupo.

Lo dicho, al parecer en los setenta los únicos que podían hacer rock eran los tíos, por muy amanerados y/o andróginos que resultaran ser. La cosa cambió en 1975 cuando la guitarrista Joan Jett conoció a una chica que tocaba la batería con la que decidió hacer un grupo únicamente compuesto por mujeres: The Runaways. A ellas se les unió otra guitarra y una bajista, junto con un mánager de gran reputación en la época que, sorprendentemente, decide apostar por ellas desde sus inicios, a pesar de que en un principio la cosa suene como el mismísimo culo. La guinda del pastel resultará ser la rubia cantante del grupo Cherie Currie, una chica de apenas quince años, fan de David Bowie, que una noche conocerán en una discoteca y que, casi, contratan sin que deba abrir ni siquiera la boca.

Las chicas trabajarán duro a partir de entonces para lograr sonar como un auténtico grupo de punk-rock, sometidas a las peculiares técnicas de motivación de su estrafalario mánager. Por ejemplo, en una escena del film, el susodicho hace entrar en la caravana donde ensayan, a un grupo de muchachos que se dedicarán a lanzar mierda varia a las chicas sin ningún tipo de piedad, sólo para que aprendan a esquivar lo que les pueda arrojar el público en sus conciertos. Lo cierto es que la cosa termina pareciendo más un entreno para ninjas que para músicos. El resto de la historia ya se lo pueden ustedes imaginar: sexo, drogas, rock'n'roll y ego, un cóctel que suele resultar de los más explosivo.

La película es la ópera prima de la directora Floria Sigismondi, que para su debut ha contado con los rostros populares de Kristen Stewart y Dakota Fanning, dos jóvenes promesas al alza y viejas conocidas de la saga Crepúsculo. Stewart interpreta a la guitarrista fundadora del grupo, una tía dura (eso se sabe porque suele vestir con ropa de cuero) y la que se toma más en serio el grupo. Fanning, por el contrario, interpreta a la cantante, que terminará convirtiéndose en la imagen de la banda, a pesar de no tener ninguna relación con el proceso creativo de las canciones, que aderezará sus actuaciones vistiendo ropas escuetas y ajustadas. Sus actuaciones resultan correctas y cuesta poco adivinar un próspero futuro para ambas actrices. El grupo, además, está formado por otras tres integrantes, pero si la película no les da cancha en ningún momento, mucho menos se lo va a dar un servidor.

A pesar de la buena ambientación, cabe decir que la película termina resultando bastante fallida. Y es que el mayor problema de la cinta resulta ser que le falta fuerza y eso, tratándose de una historia sobre un grupo de punk, es imperdonable. La directora no consigue trasladar toda la rabia necesaria y, en algunos momentos del metraje, la cosa termina por sosear más de la cuenta. Además, cabe destacar lo poco original del proyecto, con una historia que sigue a rajatabla todas las fases propias de estos tipos de biopics. Incluso algunas situaciones nos remiten a otras ya vistas en otras películas, como aquella en que las jóvenes se reúnen para beber bajo las letras del cartel de “Hollywood” y conjurarse para lograr la fama. Es como que todo esto ya me lo sé.

Resumiendo: Buena peli en cuanto a la ambientación de la década de los setenta, pero fallida al fin y al cabo, por falta de fuerza en una historia con poca capacidad de sorpresa.



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I'm not there (2007)


¿De dónde vengo o de dónde soy?

En el biopic o película biográfica se intentan destacar los rasgos más importantes del personaje que se quiere mostrar, centrándose en las partes más relevantes de su vida. Y el éxito de lo expuesto se ve reflejado en la emoción del espectador, contagiándose, en gran medida, por la misma motivación que ha influido al autor de la película, el carisma del personaje. Pero no nos engañemos, influye mucho la manera de enfocar el desarrollo de su historia, ocupando más tiempo ciertas etapas de la vida del personaje que el mismo autor ha elegido. Todo esto es lo que el director Todd Haynes ha querido cogérselo a su manera, cambiando radicalmente el concepto de biografía en I'm not there, utilizando a seis actores para encarnar a seis personajes distintos que personifican de alguna forma la manera de ser y de pensar del legendario músico, cantante y poeta estadounidense, Bob Dylan. El problema grave de este proyecto es que las escenas de esos personajes se entrecruzan tanto, mezclando ficción y documental y compaginando imágenes en blanco y negro y color, que el resultado es un experimento desconcertante y muy extraño, llegando a ser lastimosamente soporífero mientras va avanzando la historia.


Hay que decir que la idea es bastante original y que se puede apreciar el interés de Haynes por hacer algo fuera de lo convencional, intentando respetar la figura de Dylan (recibiendo la aprobación de él mismo, quizás sorprendido por el planteamiento de la historia), pero la cosa falla por la extensa duración y por el aburrimiento que provoca. Al inicio, el director quiere atrapar al espectador con sugerentes planos en blanco y negro, presentando a los seis actores que van a interpretar a Dylan: Ben Whishaw es un tipo que se llama Arthur Rimbaud, presentando la faceta de poeta del cantante; Marcus Carl Franklin es un niño negro fugitivo acompañado siempre de una guitarra, que se hace llamar Woody Guthrie, en referencia al nombre de un conocido e influyente músico folk estadounidense; Christian Bale es un cantante de música folk llamado Jack Rollins; Heath Ledger es un actor rebelde llamado Robbie; Richard Gere es Billy, haciendo el papel de Billy the Kid (la banda sonora de la película de Sam Peckinpah la compuso Bob Dylan); y Cate Blanchett es Jude Quinn, el cantante andrógino que cambia la música folk por otra más guitarrera y eléctrica. A estos personajes hay que añadir la voz en off, en la versión original, del también cantante (y actor) Kris Kristofferson; y a Julianne Moore, que interpreta a una tal Alice Fabian, una cantante de folk y activista (clara alusión a Joan Baez) a la que entrevistan en la película, como si fuera un documental, para que hable sobre Jack Rollins. De todos estos, el personaje mejor conseguido y el que tiene más protagonismo es el de Cate Blanchett, cuya caracterización e interpretación son de lo mejor de la película. Aunque la aparición de su personaje da lugar a la parte más lenta y con más diálogos, algo que repercute mucho al ritmo de la historia.


Quizás sea verdad aquello de que si no eres fan de Bob Dylan no te gustará esta película, aunque a un servidor, sin ser un seguidor suyo, le ha interesado bastante la banda sonora, formada por composiciones de Dylan y elegida por componentes de Sonic Youth y Calexico, con algunas versiones, como la de Knocking' on heaven's door a cargo de Antony & the Johnsons en las letras de crédito del final. Otras canciones a destacar son Tombstone blues, versionada por el mismo Marcus Carl Franklin y Richie Havens, o Blind Willie McTell, con Dylan al piano y Mark Knopfler a la guitarra acústica. Y lo que permanecerá en mi memoria, destacando por encima de todo, es la impresionante fotografía de Edward Lachman, con el que Todd Haynes también trabajó en su anterior película, Lejos del cielo (2002). Y en cuanto al resto de su filmografía, encontramos otros trabajos musicales, como su ópera prima, Superstar: The Karen Carpenter Story (1987), un mediometraje de animación en el que se retrata, con muñecas de Barbie y Ken, la influencia de la música de The Carpenters en los años 70 y la pelea de la cantante contra la anorexia; y Velvet Goldmine (1998), sobre el glam rock de los 70. Pero en el caso de I'm not there, exponer parte de la biografía de Bob Dylan de una manera anodina es un reto tan grande que es difícil descifrar todas sus incógnitas. Haynes ha querido escenificar los cambios personales y artísticos de Dylan creando historias (reales o no) y personajes diferentes, pero lo único que ha conseguido es meter al espectador en un embrollo tras otro, provocándole el hastío absoluto.


"Un biopic, totalmente diferente de cualquier otro, sobre la figura de Bob Dylan, en el que uno se pierde y se aburre por completo, disfrutando únicamente con las canciones de Dylan y con las imágenes preciosas creadas por la cámara de Edward Lachman"
 



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Invictus (2009)

LOS BLANCOS NO LA SABEN METER.


He aquí una película que cuenta en su haber, a priori por lo menos, con un buen número de ases para llevarse una carretada de premios y reconocimientos: Una historia basada en hechos reales, de superación personal y épica colectiva, que lleva a la gran pantalla un acontecimiento que marcó un antes y un después en la historia, con un personaje protagonista de gran fuerza y vitalidad, que es la adaptación de un superventas literario, con un director detrás de la cámara que es todo un veterano mundialmente reconocido que vive uno de sus mejores momentos profesionales y con dos estrellas protagonistas de renombre internacional. Poco más se le puede pedir a Invictus. A priori.

La película empieza con una carretera que separa dos campos deportivos. Uno, con un césped en perfecto estado, sirve para que se entrenen a rugby un grupo de blancos perfectamente uniformados. En el otro, con un césped roñoso y maltrecho, juegan a fútbol un grupo de negros, vestidos con harapos. De repente aparece sobreimpresionada en pantalla una fecha: 11 de febrero de 1990 y un coche oficial cruza por la carretera que separa ambos campos, provocando reacciones claramente opuestas entre los grupos. De este modo, mientras unos se avalanchan contra las rejas al grito de “Mandela”, los otros definen la fecha como “el día en que nuestro país se fue a la mierda”. Con apenas dos minutos de duración la película ya ha logrado, perfectamente, colocar al espectador en situación. Lamentablemente este brillante ejercicio de síntesis no será la tónica general de la película.

Es el primer día de Nelson Mandela como presidente de Sudáfrica y el país está en plena ebullición tras la abolición del apartheid. Mandela está dispuesto a gobernar desde el perdón, sin buscar venganza contra los que lo encarcelaron durante veintisiete años, aunque no todo el país lo tendrá tan claro como él, si siquiera los que se encuentran más cercanos al líder político. Para plasmar el clima social que vive el país, la película se sirve de los propios guardaespaldas de Mandela, cuyo grupo estará formado por miembros de ambas razas, lo que provocará más de una disputa y recelos por parte de ambas partes. ¿Serán capaces de salvaguardar el bienestar de Mandela los mismos que lo encarcelaron? Ciertamente resulta un planteamiento interesante aunque no se hagan ilusiones ya que la película avanzará por otros derroteros. Yarda tras yarda.

La película nos cuenta que en Sudáfrica, en esa época, las diferencias raciales llegaban incluso hasta las preferencias deportivas. Como se nos cuenta en el plano inicial, los blancos prefieren el rugby mientras que los negros prefieren el fútbol. Cuando en 1995 el país acogió la copa del mundo de Rugby, Mandela vio en ello una oportunidad de conseguir una mayor cohesión, para que el pueblo se ilusionara por un objetivo común. Debía conseguir que el equipo nacional (formado en su totalidad por blancos, con la sola excepción de un jugador negro) ganara el mundial, y eso a pesar de ser una pandilla de patanes, por lo que pedirá ayuda a Jason Bourne, el capitán del equipo. De hecho, la película nos muestra a un Mandela obsesionado por la copa del mundo, como si durante su mandato no pensara en otra cosa e incluso en algún momento del metraje se roza el absurdo. Se dice que la fe mueve montañas, en este caso la fe sólo debía mover a tios de poco más de cien kilos con muy malas pulgas.

La cosa de las pensiones en Estados Unidos no debe estar muy bollante porque el bueno de Clint Eastwood ya lleva cinco película como director en los últimos cuatro años y, aunque el reconocimiento mayúsculo le ha llegado en los últimos tiempos, lo cierto es que lleva ejerciendo como tal desde el año 1971 con Escalofrío en la noche. Treinta títulos más tarde, ya nadie duda sobre su condición de maestro de la vieja escuela, independientemente de si la película guste más o menos. En esta ocasión, ha optado por llevar a la gran pantalla el Best Seller de John Carlin publicado en 2008 llamado El factor humano.

Para interpretar a Mandela, Eastwood, eligió a su amigo Morgan Freeman, actor con el que ya había colaborado en Sin Perdón y Millor dólar baby y que, a pesar de estar catalogado como uno de los grandes de Hollywood, a mi entender siempre acaba interpretando el mismo tipo de papel una y otra vez. Para meterse en la piel del presidente sudafricano no se ha necesitado un gran esfuerzo de caracterización (más allá de las horribles camisas que va luciendo) centrando su actuación en pequeños detalles (como su forma de caminar o su habla pausada y serena) para lograr construir un personaje que logra transmitir una arrolladora fuerza que va calando en el espectador durante la primera hora de película. Más tarde, cuando empiece a comportarse como un hooligan, dicha fuerza se irá diluyendo. En el otro bando encontramos a Matt Damon, actor que todo el mundo daba como perdedor en la lucha hacia el éxito emprendida por el tándem Affeck/Damon (quien nos lo iba a decir), que interpreta al capitán del equipo nacional de rugby, sobre quien Nelson Mandela depositará su confianza para lograr llevar la hazaña a buen puerto. Poco a poco su personaje se irá dejando atrapar por el magnetismo que desprende Mandela, a pesar de haberse criado en el sino de una familia blanca durante el aparheid. Damon está correcto en un papel que, no nos engañemos, tampoco es que sea ninguna maravilla.

En su arranque inicial la película resulta entretenida e interesante, mientras nos cuenta como Mandela abordaba el reto de gobernar un país deshecho y lleno de odios enfrentados. Es durante estos momentos donde la figura de Mandela y su carisma se erigen como protagonistas absolutos, a la vez que la película aborda su personalidad, su forma de trabajar y su alto grado de compromiso, lo que le acarreará conflictos con sus oponentes políticos, con los miembros de su mismo gabinete e, incluso, con su propia familia. De hecho sabemos que algún tipo de conflicto grabe ocurre en el sí de su familia (ya saben, aquello de intentar arreglar las relaciones de las gentes de todo un país sin poder arreglar las relaciones de los miembros de su propia familia) porque la película se encarga de hacer referencia a ello en un par de ocasiones, pero más tarde la película se va olvidando del tema sin que el espectador acabe de entender del todo que ha pasado ni porqué. Quizás tengamos que esperar a una segunda entrega. Quizás tengamos que esperar a Invictus Revolution.

Y la película se olvida porque una vez ha empezado la copa del mundo la cinta ya no está para otra cosa que no sea el Rugby. Llega entonces el momento de la superación personal y del más difícil todavía. Llega el momento del “no es por nosotros es por ellos”. Llega el momento de alargar las secuencias hasta decir basta. Llega el momento de confundir la épica con la cámara lenta. Y, sobre todo, llega al momento de buscar, deliberadamente, emocionar al espectador, momento que, al menos en mi caso, jamás llegó.

Resumiendo: Curiosamente prefiero el buen arranque político del film antes que la épica deportiva mal llevada en la que se acaba convirtiendo la película. Política antes que deporte, lo que son las cosas. En definitiva, película pasable sin más.



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The devil and Daniel Johnston (2005)

Un fenómeno en toda regla

Para la gente que no conozca a Daniel Johnston es muy recomendable que vea el magnífico documental The devil and Daniel Johnston, en el que uno se sorprende del universo tan atrayente de este peculiar personaje, un artista norteamericano totalmente autodidacta que desde hace casi tres décadas divulga sus más íntimos sentimientos a través de la música y de la creación de cientos de dibujos. Debido a una enfermedad mental que desde la adolescencia le provoca crisis nerviosas su vida ha estado llena de miserias, aunque también se ha convertido en un icono para muchos músicos, como lo fue para Kurt Cobain, que llevó puesta durante bastante tiempo una camiseta con el dibujo de la portada de uno de sus primeros trabajos, Hi, How are you? (1983). Ha sido versionado por más de ciento cincuenta artistas, entre ellos Tom Waits, Pearl Jam, Beck, Wilco o Yo la tengo; hasta tuvo alguna pequeña colaboración con los Sonic Youth, como se ve en el documental.

Quizás todos ellos se vieran eclipsados por su forma tan sincera y emotiva de expresarse. En el documental le vemos tocar en conciertos donde realmente la gente le vitorea y es que sus canciones, aunque muchas de ellas no estén bien tocadas ni cantadas, tienen algo de especial en sus melodías, a causa seguramente de su manera de echar afuera los sentimientos guardados, con toda la naturalidad del mundo, aporreando la guitarra o el piano si hace falta. La última canción del documental con las letras de crédito, Some things last a long time, es un ejemplo de la emoción que puebla en su interior, escrita por él y Jad Fair, de Half Japanese.

Gran trabajo del director, Jeff Feuerzeig, que con una buena realización y un buen montaje ha sabido mostrar toda esa admiración y ese gran respeto de la gente, con las virtudes y los problemas de una de las personas más increíbles que se hayan podido ver en la gran pantalla. Fue en 1990 cuando decidió hacer una película sobre la vida de Daniel, después de escucharle en la radio a la que llamó desde un hospital mental, donde promocionó uno de sus discos entrevistándose a sí mismo cambiando las voces. Jeff estuvo cuatro años recopilando las cintas de vídeo y cassettes que el mismo Daniel grabó desde que era un crío, llegando a escenificar y a grabar las riñas de su madre, disfrazándose de ella. Cualquier momento le valía para coger la cámara y ponerse a filmar lo que ocurría a su alrededor, algo que recuerda inevitablemente al documental Capturing the Friedmans.

La historia de Daniel es capaz de enganchar a cualquier tipo de público, tanto a los que ya lo conocían como a los que lo ven por primera vez y eso es uno de las grandes aciertos del director. El relato de su vida es emocionante y triste, lleno de fuerza, en el que su experiencia personal con el amor le servirá para componer canciones dirigidas a una chica llamada Laurie Allen, a la que filmó en muchas ocasiones debido a su obsesión por ella, aunque acabó casándose con un trabajador de una funeraria. Aparecen entrevistas de las personas que le han acompañado en su vida explicando los momentos vividos con él, como sus padres, visiblemente emocionados, o sus hermanos; también el manáger que fue despedido por Daniel en un momento importante de su carrera, aunque después volvieron a juntarse. Precisamente, hace más de veinte años que este manager fundó Stress Records para que la gente conociera a Daniel; graba las cintas él mismo y las distribuye, poniéndolas en internet y cogiendo pedidos. Daniel sigue viviendo con sus padres a causa de su enfermedad y sigue componiendo, haciendo conciertos en varios países, y hasta expone sus dibujos en galerías.

"Un documental excepcional que emociona con destellos de la vida de Daniel Johnston, un maníaco-depresivo con delirios de grandeza"



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Séraphine (2008)

Elprimerhombre no ha visto ninguna película de las tantas que hay de Star Trek y aunque la versión de J.J. Abrams ha recibido muy buenas críticas, ayer mismamente se decidió por ir a ver otro estreno de la semana que también ha causado buenas impresiones, Séraphine, de Martin Provost, una película biográfica que recibió hasta 7 Césares en su tierra, incluyendo el de Mejor película y mejor actriz. Sin embargo, la decisión óptima que creía haber tomado fue totalmente un fracaso, convirtiéndose en un craso error sin remedio. En esta ocasión debería haber elegido quedarse en casa o haberle dado una oportunidad a la película de Abrams porque hacía tiempo que no veía un film tan vacío de contenido, cuyas dos horas y cinco minutos de duración fueron totalmente interminables.

La historia de esta película se sitúa en el año 1914 en Senlis, mostrándonos a un personaje un tanto fuera de lo común llamado Séraphine (Yolande Moreau), una mujer creyente de mediana edad y sin familia, que había trabajado en un convento y ahora hace todo lo que puede limpiando casas, lavando sábanas y hasta alguna vez ayudando en una carnicería para conseguir el suficiente dinero para sobrevivir y poder pagar el barniz que utiliza para conseguir su secreto mejor guardado: sus pinturas. Ese afán que tiene por pintar cuadros (en los que también utiliza barro y sangre) retratando manzanas, flores, árboles o cualquier cosa relacionada con la naturaleza, le hará trasnochar casi todos los días. Y por cosas que sólo sabe el destino, una de esas obras será descubierta por un tal Wilhelm Uhde (Ulrich Tukur), un marchante alemán propietario de una galería en París que se ha ido a vivir por un tiempo a Senlis para preparar un estudio sobre Picasso. Vive de alquiler en un piso de la señora Duphot para la que trabaja Séraphine y en una cena en la que es el invitado de honor de la señora descubre una pintura menospreciada en el suelo del comedor. Atraído por la fuerza de esa obra se la comprará a la señora Duphot y le pedirá el nombre de su autor. Cuando le dice que es Séraphine, Uhde esperará al día siguiente para elogiar a Séraphine por su gran talento y querrá que le enseñe todos los cuadros que haya hecho, insistiendo en que deje de limpiar y se ponga a pintar.

De esta manera se podría resumir el comienzo de la historia, aunque para llegar hasta aquí la película tarda bastante en arrancar, opinión que, la verdad, tuve durante toda la película. Por eso, realmente no sé cuáles han sido las intenciones del director para el retrato de este personaje porque su planteamiento me ha parecido muy aburrido y hasta por momentos poco coherente. Si su manera de dirigir es bastante correcta, con buenos primerísimos planos de ella pintando, su manera de contarnos el desarrollo de la historia contrasta de forma apabullante. Algunas escenas son demasiado largas, otras se podían haber evitado y algunas están mal resueltas. Repitiéndose a sí mismo a la hora de mostrar algún punto de la vida de Séraphine, Provost no logra que me emocione nada de lo que cuenta. Lo poco que me parece llamativo es la lograda fotografía y la música, aunque esta última se utilice hasta la saciedad. Y cómo no, también el enfoque que hace la actriz Yolande Moreau a la hora de plasmar los desvaríos de su personaje, que a veces la ayudan para crear sus pinturas. Siendo también especiales sus cualidades humanas y su atención por los sentimientos que le produce la vida al aire libre, como la pasión que tiene por los árboles, los ríos o los pájaros que la ayudan a relajarse y olvidar todo lo malo que le pueda estar pasando, algo que recomienda al señor Uhde en un momento que tiene él de tristeza.

Y es que la relación Séraphine-Uhde, crucial para la historia, en algunos puntos está bastante conseguida por el buen trato que le da él a ella, pero se le podría haber sacado mucho más jugo. Tiempo después de empezar la Primera Guerra Mundial, cuando los alemanes están llegando a Senlis, él tiene que marcharse de allí, dejando en el piso todas las obras de Séraphine. Es entonces cuando pasarán los años pero no parecerá que pasen los minutos. En varios momentos tuve la sensación de que la película no se acabaría nunca o que el director no sabía en qué momento tenía que decir basta. Cuando llegó el deseado final quise salir de la sala para respirar aire puro, abrazarme a los árboles, mirar el cielo y hasta de pintar, pero sabía que no quería volver a ver la dichosa película.

En definitiva, una película larga y fallida que nos cuenta, sin la suficiente emoción, la parte más importante de la vida de Séraphine de Senlis, una mujer extraña y solitaria, gran amante de la naturaleza, con un talento innato para la pintura.

Un saludo!



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Control (2007)

Elprimerhombre ha visto Control, de Anton Corbijn, una película que nos muestra los últimos siete años de vida de Ian Curtis, el cantante peculiar de la banda mítica de mediados de los setenta que fue un icono del post-punk inglés, Joy Division, que resulta ser otro biopic que llega a nuestras pantallas aunque con dos años de retraso.

Control es una película independiente en blanco y negro con actores desconocidos, realizada por un fotógrafo y director de vídeos musicales que nos quiere dejar constancia de la extraña sensibilidad y del controvertido carácter de uno de los personajes más influyentes en la música de los últimos veinte o treinta años. Ian Curtis era un chico demasiado introvertido que vivía en Manchester y escuchaba a artistas como David Bowie, Lou Reed o Iggy Pop. Su manera de ser tan diferente debió sorprender a Deborah Curtis, su esposa en la vida real con la que tuvo una hija, cuya biografía sobre Ian editada en 1995 es la base de esta historia. Dado el trato que recibió de Ian tan poco considerable con el amor que le profesaba ella, Deborah decidió escribir sobre algo que le debió amargar durante mucho tiempo, recordando el amor que Ian tuvo con una chica francesa llamada Annik que trabajaba en la embajada de Bélgica, cuya afición por la música y el misterio que le producía aquel chico escuálido y tan especial hizo que quisiera hacerle como excusa una entrevista como periodista para un fanzine musical. La atracción que surgió entre ambos se puede decir que casi fue inevitable y los sentimientos contradictorios del mismo Curtis entre el amor de esas dos mujeres, unidos a una incipiente epilepsia, fueron provocando una lenta destrucción en su forma de ser y de pensar, no llegando finalmente a concentrarse en los conciertos ni a saber qué debía hacer con su vida. El 18 de mayo de 1980, destrozado anímicamente cuando sólo contaba con 23 años de edad, se suicidó en la cocina de su casa donde había vivido con Deborah y su hija Natalie.

El difícil retrato de este personaje, verdaderamente complicado de plasmar en pantalla, está muy bien logrado por la actuación de Sam Riley, un joven actor desconocido que se mete de lleno en su papel, bailando y cantando las canciones sin playback, petición que hizo a Corbijn para que resultara más fidedigno. Y es que los temas de la banda están muy bien llevados y bien escogidos para explicar los sentimientos de Curtis a lo largo de la película, apareciendo un tema tras otro en pantalla concorde con lo que le está pasando, acompañado todo por una dirección realmente eficaz y muy correcta, demostrando Corbijn que los años de experiencia realizando vídeos musicales no pasaron en vano. Hay que decir que él mismo fue el responsable de algunos vídeos de la banda, como Atmosphere y que les fotografió varias veces, como a tantos artistas durante décadas. La mencionada canción Atmosphere es la escogida para el final trágico de la historia y otra vez hay que decir que es totalmente idónea para el momento.

Sin embargo, la buena dirección y la calidad de las canciones no son suficientes para que las dos horas que dura la película resulten del todo emocionantes. La demasiada atención en el tema del amor de las dos mujeres, sobre todo a raíz de la aparición de Annik casi a la hora de metraje, hace que el ritmo se ralentice demasiado, disminuyendo una parte del interés despertado al inicio de la película. Hasta en algún momento se echa de menos el centrarse más en la banda y no tanto en los pensamientos de Curtis, bastante perdido y ofuscado. A mi parecer hubiera sido mejor reducir la duración de la película, ayudando de esta manera a que la historia fuera más ágil. También he de comentar que no sé qué reacción tendría al ver la película si no me gustara la música de Joy Division. Seguramente el punto de vista cambiaría, aunque cinematográficamente destacaría igualmente el trabajo realizado.

Para acabar, me gustaría resaltar algunos biopics musicales que se han realizado hasta la fecha en el cine, destacando por ejemplo, Amadeus, de Milos Forman, un brillante retrato de la figura de Mozart, en el que curiosamente resultaba más atrayente la figura de Salieri, un compositor coetáneo que le tenía una envidia suprema. También no tendría que dejarme Bird, de Clint Eastwood, considerada por algunos como "la mejor película que se ha hecho nunca sobre jazz". O En la cuerda floja, de James Mangold, biopic sobre Johnny Cash premiado y nominado en los Oscars y en los Globos de Oro de 2005. Aunque la película más cercana a Control es Sid & Nancy, de Alex Cox, un biopic sobre Sid Vicious, líder de la banda de punk Sex Pistols, cuya vida estará llena de drogas y alcohol. No hay que olvidar que los Sex Pistols y Joy Division fueron contemporáneos, igual que The Buzzcocks, y eso se ve en la película. La gran diferencia de esta película con la de Alex Cox es que esta es menos corrosiva y contiene una dirección mucho más sugerente. En Sid & Nancy es más impactante el hecho de ver a Gary Oldman totalmente drogado, con un carácter del todo inaguantable, aunque en conjunto resulte bastante aceptable. Y se está preparando o apunto está de ponerse en marcha The Passenger, un biopic sobre Iggy Pop en su época en The Stooges, cuyo papel será interpretado por Elijah Wood (¿?).

En definitiva, Control es una película idónea para los fans de Joy Division y bastante aconsejable para el amante del cine en blanco y negro ya que la dirección de Anton Corbijn está llena de detalles; sin embargo, la larga duración y los sentimientos enfrentados de Ian Curtis llegan a cansar demasiado.

Un saludo!



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El desafío: Frost contra Nixon (2008)

Buenos días, soy el jefe Dreyfus con la resaca post-Oscars, que evidentemente no seguí en directo porque ni tengo el Canal +, ni tengo putas ganas de tragarme la gala entera a las tantas de la madrugada (aunque parece que todo el mundo coincide en que este año la elección de Lobezno para conducir la ceremonia ha sido de lo más acertada) y con una película de estreno reciente que, ha pesar de sus cinco nominaciones iniciales, se volvió para casa con una mano delante y otra detrás. Hoy: El desafío: Frost contra Nixon... ¡Empezamos!

Tres años después de que Richard Nixon tuviera que dejar la casa blanca por el escándalo del Watergate (que al parecer el hombre se dedicaba a espiar a la peña cosa mala, aunque lo malo no son las escuchas ilegales, lo malo es que te pillen), el hombre vive tranquilo en su soleado rancho de California, aislado de la vida pública, preparando sus memorias para intentar resarcir su mala imagen. Ha pesar de no haber concedido ninguna entrevista durante estos tres últimos años, David Frost, un presentador de televisión británico, más cerca de ser un showman que un periodista serio, intentará conseguir la ansiada entrevista tramando una sesuda táctica para convencer al ex-presidente: Poner dinero a porrillo encima de la mesa. Nixon acabará aceptando la entrevista con Frost, en parte por el dinero (a nadie le amarga un dulce) y en parte por ver en su adversario a un débil rival al que consideraba que no estaba a su altura, pensando que no lograría causarle demasiados quebraderos de cabeza.

La película es una adaptación de la obra teatral de un tal Peter Morgan, encargado también del guión de la peli, que, a su vez, estaba basada en los hechos reales transcurridos en 1977, que tuvieron gran impacto social en los Estados Unidos (recordemos que Nixon ha sido el único presidente de su país que tuvo que dimitir del cargo). Incluso se podría decir que Richard Nixon tiene una filmografía propia, ya que su figura ha inspirado títulos tan conocidos como: Todos los hombres del presidente (1976), Nixon (1995) o El asesinato de Richard Nixon (2004), aunque por si algo es recordado en los últimos tiempos, es por recuperar el poder en el año 3000, de la mano de los creadores de Futurama.

La peli está dirigida por el incombustible Ron Howard, un tipo con poco pelo y que empezó en esto del cine como actor juvenil, que como director tiene títulos tan jodidamente populares como: 1, 2, 3... Splash, Cocoon, Willow, Llamaradas, Un horizonte muy lejano, Apolo 13, Rescate, El Grinch, Una mente maravillosa, Cinderella Man o El código DaVinci, entre otras. La primera conclusión que se puede sacar viendo su filmografía es bastante clara: El hombre es una puta máquina de fabricar dinero y los grandes estudios se lo deben rifar. La demás conclusiones, prácticamente, también vienen por si solas: Hay puras mierdas en su carrera, es un director al uso con poco sello distintivo y creo que tiene un rollete raro con Tom Hanks.

Pero no nos desviemos del tema y vayamos con los actores, porque al frente del reparto encontramos a Frank Langella, como Nixon, recordado por encarnar a Dracula en una peli de finales de los setenta y por encarnar al mismísimo Skeletor en Masters del Universo (!!!) y a Michael Sheen, como Frost, que recientemente interpretó a Tony Blair en The Queen. Su duelo interpretativo es de lo merjorcito de la cinta y ambos demuestran estar a la altura de lo esperado, especialmente Frank Langella, con algunos momentos brillantes. Además, en la peli también podemos encontrar a Kevin Bacon, como una especie de guardaespaldas/consejero de Nixon y a Rebecca Hall (la Vicky de la película de Woody Allen), como la novia de Frost, en un papel algo raro, metido con calzador en la historia y que no acaba de aportar nada a la trama, más que el de ser la chica de la película.

¿El político es un género cinematográfico? En el caso de que lo sea confieso, desde ya, que me la suda más que a Camacho en una sauna. No obstante, y aquí radica el secreto de la película que hoy nos toca, El desafío: Frost contra Nixon es una película de lo más entretenida, fácil de tragar (no hace bola como un bistec de los baratos), con un ritmo narrativo que consigue que la peli apenas decaiga a lo lardo de su metraje y que te creas el falso suspense de la trama (digo lo de falso porque casi todo el mundo sabe ya como terminará mucho antes de empezar a verla), tremendamente efectiva y efectista. Y si alguien consigue (sea el soso de Ron Howard, personaje que no es precisamente santo de mi devoción) que durante dos horas pueda estar interesado en un acontecimiento tan tronado como el Watergate y el personaje de Richard Nixon, pues ole sus santos cojones, especialmente si, por el mismo precio, me sirven una interpretación tan interesante como de la Frank Langella, interpretando a un personaje tan siniestro y manipulador, aunque humillado ante la opinión pública, como el del ex-presidente de los Estados Unidos.

Resumiendo: Buena película, capaz de entretener a pesar de tratar un tema suficientemente gastado, con una gran interpretación de Frank Langella.



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Last days (2005)

Buenos días, soy el jefe Dreyfus y hoy es ¿miércoles? Vaya por Dios, esto debe ser cosa de la semana ésta rara, con puente incluido, pero no por eso vamos a dejar de hablar de pelis, así que hoy: Last days (aunque perfectamente podría haberse titulado “la última gran mierda de Gus Van Sant”.. si, así queda mucho mejor)… ¡Empezamos!

La peli nos pretende contar los dos últimos días de vida de Kurt Cobain, sin entrar en el morbo de su muerte (para eso ya está el documental “¿Quién mató a Kurt Cobain?”), centrándose más en los problemas que afectaban al líder de Nirvana, presentándolo como un juguete roto en manos de la industria de la música (jojojojo que asco y que típico lo que acabo de poner). En la película Kurt se aísla del mundo en una casa en medio de un bosque mientras diferentes personajes intentan dar con él con diferentes propósitos.

Hoy voy a hacer una excepción y voy a hablar un poco de mi (al estilo “primerhombre”). Verán, cuando en el año 1991 empezó a sonar en todo el mundo el Nevermind de Nirvana yo tenía 14 años y no duden que, con esa edad, la cosa me pilló de lleno y fue como una bofetada en mi joven cara. Hacer una película sobre Kurt Cobain me parece un suicidio, así que cuando me enteré de que querían hacer ésta peli me entró miedo, pero es que cuando me enteré de que la iba a dirigir Gus Van Sant, directamente me entró pánico. A pesar de todo, como persona nostálgica (y rotundamente atractiva) que soy, me picó la curiosidad y al final acabé viendo Last Days (o “la última gran mierda de Gus Van Sant”, como ustedes prefieran).

Total, que estoy yo en casa viendo la peli y me doy cuenta que después de 10 minutos lo único que he visto es a un muchacho con un corte de pelo parecido a Kurt Cobain paseando por un bosque y farfullando palabras ininteligibles entre dientes (y me digo para mis adentros: ummmm), a los 20 minutos llega el primer diálogo del film (diálogo por decir algo, el personaje de Kurt apenas habla, y me digo a mi mismo: ¡vaya por Dios!), la cosa sigue en ese tono roñoso y a los 40 minutos apenas he visto a un muchacho (Michael Pitt con el pelo de Kurt) paseando por una casa y, de nuevo por un bosque mientras sus dos compañeros se levantan, cogen un coche y se van (y me descubro diciéndome en voz alta: ¿me están vacilando?) y así sigue la cosa con este ritmo endiablado hasta la hora y media que dura la película (gracias a Dios que es cortita) y aparecen los títulos de crédito. La película intenta contarnos el descenso a los infiernos de una estrella del rock comido por su propia fama. Pues muy bien, pero es que lo único que consigue Gus Van Pollas es una película que no cuenta nada de nada, vacía, pedante, aburrida y (lo que es peor) con terribles aires de grandeza, pues no duden que su director debe estar más que orgulloso de su insulsa obra, considerada por muchos como una obra maestra… ¡A mamarla!

Resumiendo: Si tuviera que definir la película con una sola palabra, probablemente, sería: sopor. Creo que hay documentales muy buenos sobre Nirvana, mucho más recomendables que ésta basura que encima va de lista.

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El último rey de Escocia (2006)


Buenos días, soy elputocriticón, es martes y hoy toca una peli que se llevó el Oscar el año pasado a mejor actor, estrenada hace poquito en dvd. Así que, hoy: El último rey de Escocia… ¡Empezamos!

Un joven escocés que se acaba de sacar la carrera de medicina, el destino, un globo terráqueo y las ganas de alejarse de su padre, lo mandan a ejercer a Uganda, país africano donde acaba de subir al poder un dictador llamado Idi Amín interpretado por Forest Whitaker (éste es el que se llevó el Oscar, el del ojo medio cerrado, como el cantante de Radiohead) con el que, después de un breve encuentro accidental, entablarán amistad.

Mis prejuicios habituales, me decían que esta peli se salvaría por el buen hacer de Forest Whitaker más que otra cosa (buen hacer como actor, por supuesto, que como director ha realizado cagarros del calibre de “siempre queda el amor” comedia romántica al servicio de Sandra Bullock o, la más reciente, “una hija diferente” comedia romántica juvenil al servicio de Katie Holmes), y, casi, casi, que en eso se queda. La película empieza con un “sobado” basado en hechos reales y se va volviendo cada vez más oscura y siniestra a medida que el poder va corrompiendo a los protagonistas. Si, Forest Whitaker está bien, no voy a negarlo (creo que en general todos están bien, pero es que su papel es un puto caramelo), pero, tampoco nos engañemos, la peli no es gran cosa.

Resumiendo: pasable película sobre un dictador africano, que utiliza al Sr. Whitaker de muleta para sostenerse.

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