Lincoln desencadenado.
La familia es la célula de la sociedad moderna.
Mark Zuckemberg, editando perfil.
La película, contada a modo de flashback, pretende reflejar todos los puntos de vista de la historia, siguiendo las dos causas abiertas contra Mark Zuckemberg: la de los dos gemelos/pijos/atléticos, que querían su parte de pastel, argumentando que Mark les robó la idea; y la de su compañero de habitación, del que posteriormente Mark terminará prescindiendo, que exige que se restablezca su cargo de co-fundador de la empresa. Y es que como reza el cartel de la película "no se hacen quinientos millones de amigos sin hacer unos cuantos enemigos", ni se llega a ser el billonario más joven del planeta sin ser un trepa y un cabronazo de mucho cuidado. La cinta va alternando las declaraciones de ambos juicios para poder ir construyendo la historia de cómo se creó facebook. Una historia plagada de traumas, celos y traiciones.
La red social nos acerca a la figura de Mark Zuckemberg, sacando a relucir toda su paleta de coloristas personalidades, desde la del inseguro enamoradizo, la del brillante informático, la del trepa espabilado, la del amigo rencoroso, la del que se deja influir por otra personalidad más arrolladora, la del millonario que va de sobrado, o la de "soy el rey del mundo"; y lo hace gracias a un guión que consigue hacer atractivo e interesante tanto el personaje como las circunstancias que lo rodean y que ayudan a modelar su personalidad. La película consigue mantener un altísimo ritmo durante gran parte de su metraje gracias, en parte, a los ágiles diálogos entre sus protagonistas (en ocasiones incluso excesivamente veloces), a unos jóvenes actores en estado de gracia (incluso se puede llegar a soportar la presencia de Justin Timberlake interpretando al creador de Napster, que también se apuntará al pastel)y especialmente, como les decía al principio, a un excepcional guión que se encarga de construir una trama alrededor del personaje de Zuchemberg que consigue atrapar al espectador con una pasmosa facilidad.
Resumiendo: Recomendable película, con un interesante guión, que intenta reconstruir desde varios puntos de vista la creación del facebook.
Lo dicho, al parecer en los setenta los únicos que podían hacer rock eran los tíos, por muy amanerados y/o andróginos que resultaran ser. La cosa cambió en 1975 cuando la guitarrista Joan Jett conoció a una chica que tocaba la batería con la que decidió hacer un grupo únicamente compuesto por mujeres: The Runaways. A ellas se les unió otra guitarra y una bajista, junto con un mánager de gran reputación en la época que, sorprendentemente, decide apostar por ellas desde sus inicios, a pesar de que en un principio la cosa suene como el mismísimo culo. La guinda del pastel resultará ser la rubia cantante del grupo Cherie Currie, una chica de apenas quince años, fan de David Bowie, que una noche conocerán en una discoteca y que, casi, contratan sin que deba abrir ni siquiera la boca.
La película es la ópera prima de la directora Floria Sigismondi, que para su debut ha contado con los rostros populares de Kristen Stewart y Dakota Fanning, dos jóvenes promesas al alza y viejas conocidas de la saga Crepúsculo. Stewart interpreta a la guitarrista fundadora del grupo, una tía dura (eso se sabe porque suele vestir con ropa de cuero) y la que se toma más en serio el grupo. Fanning, por el contrario, interpreta a la cantante, que terminará convirtiéndose en la imagen de la banda, a pesar de no tener ninguna relación con el proceso creativo de las canciones, que aderezará sus actuaciones vistiendo ropas escuetas y ajustadas. Sus actuaciones resultan correctas y cuesta poco adivinar un próspero futuro para ambas actrices. El grupo, además, está formado por otras tres integrantes, pero si la película no les da cancha en ningún momento, mucho menos se lo va a dar un servidor.
A pesar de la buena ambientación, cabe decir que la película termina resultando bastante fallida. Y es que el mayor problema de la cinta resulta ser que le falta fuerza y eso, tratándose de una historia sobre un grupo de punk, es imperdonable. La directora no consigue trasladar toda la rabia necesaria y, en algunos momentos del metraje, la cosa termina por sosear más de la cuenta. Además, cabe destacar lo poco original del proyecto, con una historia que sigue a rajatabla todas las fases propias de estos tipos de biopics. Incluso algunas situaciones nos remiten a otras ya vistas en otras películas, como aquella en que las jóvenes se reúnen para beber bajo las letras del cartel de “Hollywood” y conjurarse para lograr la fama. Es como que todo esto ya me lo sé.
Resumiendo: Buena peli en cuanto a la ambientación de la década de los setenta, pero fallida al fin y al cabo, por falta de fuerza en una historia con poca capacidad de sorpresa.
LOS BLANCOS NO LA SABEN METER.
La película empieza con una carretera que separa dos campos deportivos. Uno, con un césped en perfecto estado, sirve para que se entrenen a rugby un grupo de blancos perfectamente uniformados. En el otro, con un césped roñoso y maltrecho, juegan a fútbol un grupo de negros, vestidos con harapos. De repente aparece sobreimpresionada en pantalla una fecha: 11 de febrero de 1990 y un coche oficial cruza por la carretera que separa ambos campos, provocando reacciones claramente opuestas entre los grupos. De este modo, mientras unos se avalanchan contra las rejas al grito de “Mandela”, los otros definen la fecha como “el día en que nuestro país se fue a la mierda”. Con apenas dos minutos de duración la película ya ha logrado, perfectamente, colocar al espectador en situación. Lamentablemente este brillante ejercicio de síntesis no será la tónica general de la película.
La película nos cuenta que en Sudáfrica, en esa época, las diferencias raciales llegaban incluso hasta las preferencias deportivas. Como se nos cuenta en el plano inicial, los blancos prefieren el rugby mientras que los negros prefieren el fútbol. Cuando en 1995 el país acogió la copa del mundo de Rugby, Mandela vio en ello una oportunidad de conseguir una mayor cohesión, para que el pueblo se ilusionara por un objetivo común. Debía conseguir que el equipo nacional (formado en su totalidad por blancos, con la sola excepción de un jugador negro) ganara el mundial, y eso a pesar de ser una pandilla de patanes, por lo que pedirá ayuda a Jason Bourne, el capitán del equipo. De hecho, la película nos muestra a un Mandela obsesionado por la copa del mundo, como si durante su mandato no pensara en otra cosa e incluso en algún momento del metraje se roza el absurdo. Se dice que la fe mueve montañas, en este caso la fe sólo debía mover a tios de poco más de cien kilos con muy malas pulgas.
La cosa de las pensiones en Estados Unidos no debe estar muy bollante porque el bueno de Clint Eastwood ya lleva cinco película como director en los últimos cuatro años y, aunque el reconocimiento mayúsculo le ha llegado en los últimos tiempos, lo cierto es que lleva ejerciendo como tal desde el año 1971 con Escalofrío en la noche. Treinta títulos más tarde, ya nadie duda sobre su condición de maestro de la vieja escuela, independientemente de si la película guste más o menos. En esta ocasión, ha optado por llevar a la gran pantalla el Best Seller de John Carlin publicado en 2008 llamado El factor humano.
En su arranque inicial la película resulta entretenida e interesante, mientras nos cuenta como Mandela abordaba el reto de gobernar un país deshecho y lleno de odios enfrentados. Es durante estos momentos donde la figura de Mandela y su carisma se erigen como protagonistas absolutos, a la vez que la película aborda su personalidad, su forma de trabajar y su alto grado de compromiso, lo que le acarreará conflictos con sus oponentes políticos, con los miembros de su mismo gabinete e, incluso, con su propia familia. De hecho sabemos que algún tipo de conflicto grabe ocurre en el sí de su familia (ya saben, aquello de intentar arreglar las relaciones de las gentes de todo un país sin poder arreglar las relaciones de los miembros de su propia familia) porque la película se encarga de hacer referencia a ello en un par de ocasiones, pero más tarde la película se va olvidando del tema sin que el espectador acabe de entender del todo que ha pasado ni porqué. Quizás tengamos que esperar a una segunda entrega. Quizás tengamos que esperar a Invictus Revolution.
Resumiendo: Curiosamente prefiero el buen arranque político del film antes que la épica deportiva mal llevada en la que se acaba convirtiendo la película. Política antes que deporte, lo que son las cosas. En definitiva, película pasable sin más.
Gran trabajo del director, Jeff Feuerzeig, que con una buena realización y un buen montaje ha sabido mostrar toda esa admiración y ese gran respeto de la gente, con las virtudes y los problemas de una de las personas más increíbles que se hayan podido ver en la gran pantalla. Fue en 1990 cuando decidió hacer una película sobre la vida de Daniel, después de escucharle en la radio a la que llamó desde un hospital mental, donde promocionó uno de sus discos entrevistándose a sí mismo cambiando las voces. Jeff estuvo cuatro años recopilando las cintas de vídeo y cassettes que el mismo Daniel grabó desde que era un crío, llegando a escenificar y a grabar las riñas de su madre, disfrazándose de ella. Cualquier momento le valía para coger la cámara y ponerse a filmar lo que ocurría a su alrededor, algo que recuerda inevitablemente al documental Capturing the Friedmans.
La historia de Daniel es capaz de enganchar a cualquier tipo de público, tanto a los que ya lo conocían como a los que lo ven por primera vez y eso es uno de las grandes aciertos del director. El relato de su vida es emocionante y triste, lleno de fuerza, en el que su experiencia personal con el amor le servirá para componer canciones dirigidas a una chica llamada Laurie Allen, a la que filmó en muchas ocasiones debido a su obsesión por ella, aunque acabó casándose con un trabajador de una funeraria. Aparecen entrevistas de las personas que le han acompañado en su vida explicando los momentos vividos con él, como sus padres, visiblemente emocionados, o sus hermanos; también el manáger que fue despedido por Daniel en un momento importante de su carrera, aunque después volvieron a juntarse. Precisamente, hace más de veinte años que este manager fundó Stress Records para que la gente conociera a Daniel; graba las cintas él mismo y las distribuye, poniéndolas en internet y cogiendo pedidos. Daniel sigue viviendo con sus padres a causa de su enfermedad y sigue componiendo, haciendo conciertos en varios países, y hasta expone sus dibujos en galerías.
"Un documental excepcional que emociona con destellos de la vida de Daniel Johnston, un maníaco-depresivo con delirios de grandeza"
Elprimerhombre no ha visto ninguna película de las tantas que hay de Star Trek y aunque la versión de J.J. Abrams ha recibido muy buenas críticas, ayer mismamente se decidió por ir a ver otro estreno de la semana que también ha causado buenas impresiones, Séraphine, de Martin Provost, una película biográfica que recibió hasta 7 Césares en su tierra, incluyendo el de Mejor película y mejor actriz. Sin embargo, la decisión óptima que creía haber tomado fue totalmente un fracaso, convirtiéndose en un craso error sin remedio. En esta ocasión debería haber elegido quedarse en casa o haberle dado una oportunidad a la película de Abrams porque hacía tiempo que no veía un film tan vacío de contenido, cuyas dos horas y cinco minutos de duración fueron totalmente interminables.
La historia de esta película se sitúa en el año 1914 en Senlis, mostrándonos a un personaje un tanto fuera de lo común llamado Séraphine (Yolande Moreau), una mujer creyente de mediana edad y sin familia, que había trabajado en un convento y ahora hace todo lo que puede limpiando casas, lavando sábanas y hasta alguna vez ayudando en una carnicería para conseguir el suficiente dinero para sobrevivir y poder pagar el barniz que utiliza para conseguir su secreto mejor guardado: sus pinturas. Ese afán que tiene por pintar cuadros (en los que también utiliza barro y sangre) retratando manzanas, flores, árboles o cualquier cosa relacionada con la naturaleza, le hará trasnochar casi todos los días. Y por cosas que sólo sabe el destino, una de esas obras será descubierta por un tal Wilhelm Uhde (Ulrich Tukur), un marchante alemán propietario de una galería en París que se ha ido a vivir por un tiempo a Senlis para preparar un estudio sobre Picasso. Vive de alquiler en un piso de la señora Duphot para la que trabaja Séraphine y en una cena en la que es el invitado de honor de la señora descubre una pintura menospreciada en el suelo del comedor. Atraído por la fuerza de esa obra se la comprará a la señora Duphot y le pedirá el nombre de su autor. Cuando le dice que es Séraphine, Uhde esperará al día siguiente para elogiar a Séraphine por su gran talento y querrá que le enseñe todos los cuadros que haya hecho, insistiendo en que deje de limpiar y se ponga a pintar.
De esta manera se podría resumir el comienzo de la historia, aunque para llegar hasta aquí la película tarda bastante en arrancar, opinión que, la verdad, tuve durante toda la película. Por eso, realmente no sé cuáles han sido las intenciones del director para el retrato de este personaje porque su planteamiento me ha parecido muy aburrido y hasta por momentos poco coherente. Si su manera de dirigir es bastante correcta, con buenos primerísimos planos de ella pintando, su manera de contarnos el desarrollo de la historia contrasta de forma apabullante. Algunas escenas son demasiado largas, otras se podían haber evitado y algunas están mal resueltas. Repitiéndose a sí mismo a la hora de mostrar algún punto de la vida de Séraphine, Provost no logra que me emocione nada de lo que cuenta. Lo poco que me parece llamativo es la lograda fotografía y la música, aunque esta última se utilice hasta la saciedad. Y cómo no, también el enfoque que hace la actriz Yolande Moreau a la hora de plasmar los desvaríos de su personaje, que a veces la ayudan para crear sus pinturas. Siendo también especiales sus cualidades humanas y su atención por los sentimientos que le produce la vida al aire libre, como la pasión que tiene por los árboles, los ríos o los pájaros que la ayudan a relajarse y olvidar todo lo malo que le pueda estar pasando, algo que recomienda al señor Uhde en un momento que tiene él de tristeza.
Y es que la relación Séraphine-Uhde, crucial para la historia, en algunos puntos está bastante conseguida por el buen trato que le da él a ella, pero se le podría haber sacado mucho más jugo. Tiempo después de empezar la Primera Guerra Mundial, cuando los alemanes están llegando a Senlis, él tiene que marcharse de allí, dejando en el piso todas las obras de Séraphine. Es entonces cuando pasarán los años pero no parecerá que pasen los minutos. En varios momentos tuve la sensación de que la película no se acabaría nunca o que el director no sabía en qué momento tenía que decir basta. Cuando llegó el deseado final quise salir de la sala para respirar aire puro, abrazarme a los árboles, mirar el cielo y hasta de pintar, pero sabía que no quería volver a ver la dichosa película.
En definitiva, una película larga y fallida que nos cuenta, sin la suficiente emoción, la parte más importante de la vida de Séraphine de Senlis, una mujer extraña y solitaria, gran amante de la naturaleza, con un talento innato para la pintura.
Elprimerhombre ha visto Control, de Anton Corbijn, una película que nos muestra los últimos siete años de vida de Ian Curtis, el cantante peculiar de la banda mítica de mediados de los setenta que fue un icono del post-punk inglés, Joy Division, que resulta ser otro biopic que llega a nuestras pantallas aunque con dos años de retraso.
Control es una película independiente en blanco y negro con actores desconocidos, realizada por un fotógrafo y director de vídeos musicales que nos quiere dejar constancia de la extraña sensibilidad y del controvertido carácter de uno de los personajes más influyentes en la música de los últimos veinte o treinta años. Ian Curtis era un chico demasiado introvertido que vivía en Manchester y escuchaba a artistas como David Bowie, Lou Reed o Iggy Pop. Su manera de ser tan diferente debió sorprender a Deborah Curtis, su esposa en la vida real con la que tuvo una hija, cuya biografía sobre Ian editada en 1995 es la base de esta historia. Dado el trato que recibió de Ian tan poco considerable con el amor que le profesaba ella, Deborah decidió escribir sobre algo que le debió amargar durante mucho tiempo, recordando el amor que Ian tuvo con una chica francesa llamada Annik que trabajaba en la embajada de Bélgica, cuya afición por la música y el misterio que le producía aquel chico escuálido y tan especial hizo que quisiera hacerle como excusa una entrevista como periodista para un fanzine musical. La atracción que surgió entre ambos se puede decir que casi fue inevitable y los sentimientos contradictorios del mismo Curtis entre el amor de esas dos mujeres, unidos a una incipiente epilepsia, fueron provocando una lenta destrucción en su forma de ser y de pensar, no llegando finalmente a concentrarse en los conciertos ni a saber qué debía hacer con su vida. El 18 de mayo de 1980, destrozado anímicamente cuando sólo contaba con 23 años de edad, se suicidó en la cocina de su casa donde había vivido con Deborah y su hija Natalie.
El difícil retrato de este personaje, verdaderamente complicado de plasmar en pantalla, está muy bien logrado por la actuación de Sam Riley, un joven actor desconocido que se mete de lleno en su papel, bailando y cantando las canciones sin playback, petición que hizo a Corbijn para que resultara más fidedigno. Y es que los temas de la banda están muy bien llevados y bien escogidos para explicar los sentimientos de Curtis a lo largo de la película, apareciendo un tema tras otro en pantalla concorde con lo que le está pasando, acompañado todo por una dirección realmente eficaz y muy correcta, demostrando Corbijn que los años de experiencia realizando vídeos musicales no pasaron en vano. Hay que decir que él mismo fue el responsable de algunos vídeos de la banda, como Atmosphere y que les fotografió varias veces, como a tantos artistas durante décadas. La mencionada canción Atmosphere es la escogida para el final trágico de la historia y otra vez hay que decir que es totalmente idónea para el momento.
Sin embargo, la buena dirección y la calidad de las canciones no son suficientes para que las dos horas que dura la película resulten del todo emocionantes. La demasiada atención en el tema del amor de las dos mujeres, sobre todo a raíz de la aparición de Annik casi a la hora de metraje, hace que el ritmo se ralentice demasiado, disminuyendo una parte del interés despertado al inicio de la película. Hasta en algún momento se echa de menos el centrarse más en la banda y no tanto en los pensamientos de Curtis, bastante perdido y ofuscado. A mi parecer hubiera sido mejor reducir la duración de la película, ayudando de esta manera a que la historia fuera más ágil. También he de comentar que no sé qué reacción tendría al ver la película si no me gustara la música de Joy Division. Seguramente el punto de vista cambiaría, aunque cinematográficamente destacaría igualmente el trabajo realizado.
Para acabar, me gustaría resaltar algunos biopics musicales que se han realizado hasta la fecha en el cine, destacando por ejemplo, Amadeus, de Milos Forman, un brillante retrato de la figura de Mozart, en el que curiosamente resultaba más atrayente la figura de Salieri, un compositor coetáneo que le tenía una envidia suprema. También no tendría que dejarme Bird, de Clint Eastwood, considerada por algunos como "la mejor película que se ha hecho nunca sobre jazz". O En la cuerda floja, de James Mangold, biopic sobre Johnny Cash premiado y nominado en los Oscars y en los Globos de Oro de 2005. Aunque la película más cercana a Control es Sid & Nancy, de Alex Cox, un biopic sobre Sid Vicious, líder de la banda de punk Sex Pistols, cuya vida estará llena de drogas y alcohol. No hay que olvidar que los Sex Pistols y Joy Division fueron contemporáneos, igual que The Buzzcocks, y eso se ve en la película. La gran diferencia de esta película con la de Alex Cox es que esta es menos corrosiva y contiene una dirección mucho más sugerente. En Sid & Nancy es más impactante el hecho de ver a Gary Oldman totalmente drogado, con un carácter del todo inaguantable, aunque en conjunto resulte bastante aceptable. Y se está preparando o apunto está de ponerse en marcha The Passenger, un biopic sobre Iggy Pop en su época en The Stooges, cuyo papel será interpretado por Elijah Wood (¿?).
En definitiva, Control es una película idónea para los fans de Joy Division y bastante aconsejable para el amante del cine en blanco y negro ya que la dirección de Anton Corbijn está llena de detalles; sin embargo, la larga duración y los sentimientos enfrentados de Ian Curtis llegan a cansar demasiado.
Buenos días, soy el jefe Dreyfus con la resaca post-Oscars, que evidentemente no seguí en directo porque ni tengo el Canal +, ni tengo putas ganas de tragarme la gala entera a las tantas de la madrugada (aunque parece que todo el mundo coincide en que este año la elección de Lobezno para conducir la ceremonia ha sido de lo más acertada) y con una película de estreno reciente que, ha pesar de sus cinco nominaciones iniciales, se volvió para casa con una mano delante y otra detrás. Hoy: El desafío: Frost contra Nixon... ¡Empezamos!
Tres años después de que Richard Nixon tuviera que dejar la casa blanca por el escándalo del Watergate (que al parecer el hombre se dedicaba a espiar a la peña cosa mala, aunque lo malo no son las escuchas ilegales, lo malo es que te pillen), el hombre vive tranquilo en su soleado rancho de California, aislado de la vida pública, preparando sus memorias para intentar resarcir su mala imagen. Ha pesar de no haber concedido ninguna entrevista durante estos tres últimos años, David Frost, un presentador de televisión británico, más cerca de ser un showman que un periodista serio, intentará conseguir la ansiada entrevista tramando una sesuda táctica para convencer al ex-presidente: Poner dinero a porrillo encima de la mesa. Nixon acabará aceptando la entrevista con Frost, en parte por el dinero (a nadie le amarga un dulce) y en parte por ver en su adversario a un débil rival al que consideraba que no estaba a su altura, pensando que no lograría causarle demasiados quebraderos de cabeza.
La película es una adaptación de la obra teatral de un tal Peter Morgan, encargado también del guión de la peli, que, a su vez, estaba basada en los hechos reales transcurridos en 1977, que tuvieron gran impacto social en los Estados Unidos (recordemos que Nixon ha sido el único presidente de su país que tuvo que dimitir del cargo). Incluso se podría decir que Richard Nixon tiene una filmografía propia, ya que su figura ha inspirado títulos tan conocidos como: Todos los hombres del presidente (1976), Nixon (1995) o El asesinato de Richard Nixon (2004), aunque por si algo es recordado en los últimos tiempos, es por recuperar el poder en el año 3000, de la mano de los creadores de Futurama.
La peli está dirigida por el incombustible Ron Howard, un tipo con poco pelo y que empezó en esto del cine como actor juvenil, que como director tiene títulos tan jodidamente populares como: 1, 2, 3... Splash, Cocoon, Willow, Llamaradas, Un horizonte muy lejano, Apolo 13, Rescate, El Grinch, Una mente maravillosa, Cinderella Man o El código DaVinci, entre otras. La primera conclusión que se puede sacar viendo su filmografía es bastante clara: El hombre es una puta máquina de fabricar dinero y los grandes estudios se lo deben rifar. La demás conclusiones, prácticamente, también vienen por si solas: Hay puras mierdas en su carrera, es un director al uso con poco sello distintivo y creo que tiene un rollete raro con Tom Hanks.
¿El político es un género cinematográfico? En el caso de que lo sea confieso, desde ya, que me la suda más que a Camacho en una sauna. No obstante, y aquí radica el secreto de la película que hoy nos toca, El desafío: Frost contra Nixon es una película de lo más entretenida, fácil de tragar (no hace bola como un bistec de los baratos), con un ritmo narrativo que consigue que la peli apenas decaiga a lo lardo de su metraje y que te creas el falso suspense de la trama (digo lo de falso porque casi todo el mundo sabe ya como terminará mucho antes de empezar a verla), tremendamente efectiva y efectista. Y si alguien consigue (sea el soso de Ron Howard, personaje que no es precisamente santo de mi devoción) que durante dos horas pueda estar interesado en un acontecimiento tan tronado como el Watergate y el personaje de Richard Nixon, pues ole sus santos cojones, especialmente si, por el mismo precio, me sirven una interpretación tan interesante como de la Frank Langella, interpretando a un personaje tan siniestro y manipulador, aunque humillado ante la opinión pública, como el del ex-presidente de los Estados Unidos.
Resumiendo: Buena película, capaz de entretener a pesar de tratar un tema suficientemente gastado, con una gran interpretación de Frank Langella.
Buenos días, soy el jefe Dreyfus y hoy es ¿miércoles? Vaya por Dios, esto debe ser cosa de la semana ésta rara, con puente incluido, pero no por eso vamos a dejar de hablar de pelis, así que hoy: Last days (aunque perfectamente podría haberse titulado “la última gran mierda de Gus Van Sant”.. si, así queda mucho mejor)… ¡Empezamos!
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