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Moneyball: Rompiendo las reglas (2011)

La paz está en las matemáticas.

Resulta curioso como un deporte tan extremadamente aburrido como el béisbol (ya pueden ir pasando todos sus exaltados seguidores para llamarme paleto) pueda llegar a dar tanto juego en Hollywood. Suma y sigue: El mejor, Campo de sueños, Los búfalos de Durham, Entre el amor y el juego, Ellas dan el golpe, Una mujer en la liga, Hardball, Fanático, Los calientabanquillos, Mr. Baseball, Ángeles, El orgullo de los yanquis, The rookie o Amor en juego. Pueden ir completando la lista si así lo desean. Ahora nos llega Moneyball, una nueva película ambientada en el béisbol pero que, no obstante, todo el mundo parece muy empeñado en querer remarcar el hecho de que el deporte solo es el escenario y que lo verdaderamente importante es el mensaje que se esconde entre líneas, así como las relaciones entre sus personajes (lo leerán en un gran número de críticas sobre el film). Francamente no entiendo por qué se esfuerzan tanto en remarcarlo como punto diferenciador si la gran mayoría de las películas sobre béisbol, e incluso me atrevería a decir deportivas, acaban cumpliendo dicha norma.

The fighter (2010)

La familia es la célula de la sociedad moderna.


The fighter es uno de esos dramas/biopic/basado en hechos reales/superación personal/sueño americano, que tantas nominaciones y premios suelen reportar a sus responsables. La película que hoy nos ocupa, no obstante, consigue algo tan complicado como es que el espectador contemple, desde su cómoda butaca, como a uno de sus protagonistas le propinan la paliza de su vida hasta dejarlo prácticamente moribundo, que otro de sus personajes principales se pase la gran mayoría de la cinta drogado y fumando crack como un poseso y que, a pesar de ello, resulte de lo más entretenida e, incluso, divertida en varias ocasiones. ¿Magia? No, Hollywood. Y que conste que en esta ocasión no lo digo como algo negativo (al César lo que es del César).

The blind side (2009)

La sierra es la familia.

The blind Side (Un sueño posible) es un film que consiguió importantes logros. La película se coló entre las diez nominadas a mejor película de la pasada edición de los premios Oscar, consiguió en la misma gala el de mejor actriz para su estrella protagonista, Sandra Bullock, y superó los doscientos cincuenta millones de dólares de recaudación en taquilla, convirtiéndose en uno de los títulos sorpresa del año pasado en EE.UU. No obstante, la película también ha logrado otros hitos dignos de resaltar, como el de convertirse en la película más asquerosamente falsa, blanda e insoportable de los últimos tiempos, capaz de lograr mi indignación en numerosos momentos de su extenso metraje, y el de colarse en el número uno de mi ránquing personal de películas basadas en hechos reales menos creíbles de la historia.

La película gira en torno a “Big Mike”, un orondo adolescente negro a quien le falta un hervor pero que resulta ser todo un portento en deportes, gracias a lo cual el chico logra ingresar en una escuela católica privada, donde tampoco acaba de encajar. El chico se ha quedado solo en el mundo después de ser separado de su madre (adicta a las drogas) y pasar por varias instituciones sin demasiada fortuna. Su suerte cambiará el día en que se cruce en su camino la familia Tuohy y decidan ofrecerle el sueño americano servido en bandeja de plata. La escena a la que me refiero es la siguiente: La familia adinerada viaja en coche bajo una noche lluviosa cuando ven a “Big Mike” cruzar la calle con una bolsa de plástico donde lleva su única muda de recambio. Rápidamente la madre (que como más tarde podremos comprobar es quien lleva los pantalones en la familia) le ofrece cobijo en su hogar. La sensación, viendo la escena, es de que la familia se ha encontrado a un cachorro abandonado bajo la lluvia y deciden quedárselo, pero resulta que en lugar de un cachorro se trata de un tipo negro de casi de dos metros que ya hace tiempo que empezó a afeitarse.

Lo que en principio iba a ser una estancia de una noche termina alargándose más de lo previsto, lo que comportará una serie de cambios tanto en el joven adoptado, como en la familia de clase alta. El primero deberá abrirse y aprender a confiar más en su nueva “familia” y los adoptantes recibirán unas valiosas lecciones de humanidad por parte del nuevo inquilino. Lo dicho se podrá apreciar en la siguiente escena: Es el día de acción de gracias y la familia ingiere comida recién adquirida en un super, sentados en el sofá de la casa, cada uno a su bola, mientras ven el partido de fútbol por televisión. De repente buscan a “Big Mike” pero nadie lo encuentra. ¿Donde està?, se preguntan todos. Al cabo de poco lo encuentran sentado solo en la mesa del comedor a punto de empezar a comer. En el siguiente plano vemos a toda la familia sentada junta en la mesa, con la tele apagada, cogidos de las manos, mientras dan gracias por los alimentos que están a punto de ingerir. Cabe advertir que dicha escena puede provocar un nudo en la garganta del espectador o, por el contrario, una potente arcada, como fue mi caso.

Como les contaba, el chico no es que sea el más espabilado de su barrio, pero resultará ser todo un portento jugando a fútbol americano, después de entrenar duro con su nuevo hermano pequeño, uno de los niños más odiosos de toda la historia del cine, se lo puedo asegurar. El problema es que para poder ingresar con una beca de deportes en una buena universidad deberá mejorar sus paupérrimas notas, por lo cual la familia (que llegados a este punto, ya no le viene de aquí), optará por ponerle una profesora particular al muchacho, quien intentará esforzarse al máximo para lograr los resultados deseados. A la vez, la madre y cabeza de familia, deberá hacer frente a las dudas que despertará la presencia del nuevo miembro de la familia entre sus más allegados, viéndose en la obligación de tener que cerrar más de una boca. En un momento del film una amiga de la madre le comenta que está cambiando la vida del chico, a lo que ella, muy segura de si misma y con la mirada perdida en el infinito le responde: no, él está cambiando la mía. Si llegados a este punto hubiera optado por salir a la calle armado con una escopeta y hubiera empezado a disparar a la gente de forma aleatoria, les aseguro que gracias a este diálogo hubiera podido alegar enajenación mental transitoria frente al juez y, seguramente, hubiera sido absuelto .

Éste miserable telefilm con ínfulas de grandeza está dirigido por el sr. John Lee Hancock (nada que ver, que sepamos, con la película de Will Smith), en su tercer trabajo detrás de las cámaras, habiendo dirigido anteriormente la también deportiva El novato, centrada en el mundo del béisbol y el western El Álamo: la leyenda. Para esta película ha contado con la estrella Sandra Bullock, en un papel donde intenta alejarse de su rol habitual en comedias románticas al uso y con Kathy Bates (Misery), en el papel de la profesora particular del muchacho.

Mucho se habló del Oscar a la mejor actriz que se llevó la Bullock por este papel. A Hollywood siempre le ha gustado premiar a sus estrellas más comerciales que, en un momento dado, optan por arriesgar un poco más (la puntita nada más) a la hora de encarnar un personaje. En ese caso, los melodramas acostumbran a ser la mejor opción para llevarse la estatuilla. Ni el papel que interpreta Sandra Bullock ni su interpretación merecen otra cosa que no sean bostezos por mi parte, a pesar de lo cual, finalmente logró llevarse el gato al agua.

The blind side resulta ser un producto francamente detestable, por tramposo y artificial. A pesar de estar basada en un hecho real nada en ella resulta mínimamente creíble. La historia, que empieza como un drama con todas las letras rápidamente da un extraño giro hacia una trama terriblemente domesticada y moñas con el fin de poder llegar al máximo número de público posible, que estará encantado de poder comprobar que existen las segundas oportunidades incluso para la gente más pobre, gorda y tonta del mundo. La película nos vende que sigue habiendo gente buena en el mundo (en los barrios adinerados, por supuesto, que en las afueras todo el mundo va armado hasta los dientes y fuma crack), lo importante del estamento familiar y de la fuerza de sus lazos. Pero la película, en todo momento, se queda en la superficie y no se atreve a rascar un poco para poder encontrar que se encuentra debajo, desaprovechando así sus más de dos horas de duración en una continua colección de bonitas postales en la que podemos ver como una familia rica invita a un pobre a su mesa, le viste y le enseña a creer en sí mismo para superar sus límites. Muy bonito todo, ciertamente, pero resulta frustrantemente vacío, tópico, fácil y transparente.

Resumiendo: The Blind side es, probablemente, el mayor montón de mierda que he tenido la desgracia de sufrir en mucho mucho tiempo.



Leer critica The blind side en Muchocine.net

Invictus (2009)

LOS BLANCOS NO LA SABEN METER.


He aquí una película que cuenta en su haber, a priori por lo menos, con un buen número de ases para llevarse una carretada de premios y reconocimientos: Una historia basada en hechos reales, de superación personal y épica colectiva, que lleva a la gran pantalla un acontecimiento que marcó un antes y un después en la historia, con un personaje protagonista de gran fuerza y vitalidad, que es la adaptación de un superventas literario, con un director detrás de la cámara que es todo un veterano mundialmente reconocido que vive uno de sus mejores momentos profesionales y con dos estrellas protagonistas de renombre internacional. Poco más se le puede pedir a Invictus. A priori.

La película empieza con una carretera que separa dos campos deportivos. Uno, con un césped en perfecto estado, sirve para que se entrenen a rugby un grupo de blancos perfectamente uniformados. En el otro, con un césped roñoso y maltrecho, juegan a fútbol un grupo de negros, vestidos con harapos. De repente aparece sobreimpresionada en pantalla una fecha: 11 de febrero de 1990 y un coche oficial cruza por la carretera que separa ambos campos, provocando reacciones claramente opuestas entre los grupos. De este modo, mientras unos se avalanchan contra las rejas al grito de “Mandela”, los otros definen la fecha como “el día en que nuestro país se fue a la mierda”. Con apenas dos minutos de duración la película ya ha logrado, perfectamente, colocar al espectador en situación. Lamentablemente este brillante ejercicio de síntesis no será la tónica general de la película.

Es el primer día de Nelson Mandela como presidente de Sudáfrica y el país está en plena ebullición tras la abolición del apartheid. Mandela está dispuesto a gobernar desde el perdón, sin buscar venganza contra los que lo encarcelaron durante veintisiete años, aunque no todo el país lo tendrá tan claro como él, si siquiera los que se encuentran más cercanos al líder político. Para plasmar el clima social que vive el país, la película se sirve de los propios guardaespaldas de Mandela, cuyo grupo estará formado por miembros de ambas razas, lo que provocará más de una disputa y recelos por parte de ambas partes. ¿Serán capaces de salvaguardar el bienestar de Mandela los mismos que lo encarcelaron? Ciertamente resulta un planteamiento interesante aunque no se hagan ilusiones ya que la película avanzará por otros derroteros. Yarda tras yarda.

La película nos cuenta que en Sudáfrica, en esa época, las diferencias raciales llegaban incluso hasta las preferencias deportivas. Como se nos cuenta en el plano inicial, los blancos prefieren el rugby mientras que los negros prefieren el fútbol. Cuando en 1995 el país acogió la copa del mundo de Rugby, Mandela vio en ello una oportunidad de conseguir una mayor cohesión, para que el pueblo se ilusionara por un objetivo común. Debía conseguir que el equipo nacional (formado en su totalidad por blancos, con la sola excepción de un jugador negro) ganara el mundial, y eso a pesar de ser una pandilla de patanes, por lo que pedirá ayuda a Jason Bourne, el capitán del equipo. De hecho, la película nos muestra a un Mandela obsesionado por la copa del mundo, como si durante su mandato no pensara en otra cosa e incluso en algún momento del metraje se roza el absurdo. Se dice que la fe mueve montañas, en este caso la fe sólo debía mover a tios de poco más de cien kilos con muy malas pulgas.

La cosa de las pensiones en Estados Unidos no debe estar muy bollante porque el bueno de Clint Eastwood ya lleva cinco película como director en los últimos cuatro años y, aunque el reconocimiento mayúsculo le ha llegado en los últimos tiempos, lo cierto es que lleva ejerciendo como tal desde el año 1971 con Escalofrío en la noche. Treinta títulos más tarde, ya nadie duda sobre su condición de maestro de la vieja escuela, independientemente de si la película guste más o menos. En esta ocasión, ha optado por llevar a la gran pantalla el Best Seller de John Carlin publicado en 2008 llamado El factor humano.

Para interpretar a Mandela, Eastwood, eligió a su amigo Morgan Freeman, actor con el que ya había colaborado en Sin Perdón y Millor dólar baby y que, a pesar de estar catalogado como uno de los grandes de Hollywood, a mi entender siempre acaba interpretando el mismo tipo de papel una y otra vez. Para meterse en la piel del presidente sudafricano no se ha necesitado un gran esfuerzo de caracterización (más allá de las horribles camisas que va luciendo) centrando su actuación en pequeños detalles (como su forma de caminar o su habla pausada y serena) para lograr construir un personaje que logra transmitir una arrolladora fuerza que va calando en el espectador durante la primera hora de película. Más tarde, cuando empiece a comportarse como un hooligan, dicha fuerza se irá diluyendo. En el otro bando encontramos a Matt Damon, actor que todo el mundo daba como perdedor en la lucha hacia el éxito emprendida por el tándem Affeck/Damon (quien nos lo iba a decir), que interpreta al capitán del equipo nacional de rugby, sobre quien Nelson Mandela depositará su confianza para lograr llevar la hazaña a buen puerto. Poco a poco su personaje se irá dejando atrapar por el magnetismo que desprende Mandela, a pesar de haberse criado en el sino de una familia blanca durante el aparheid. Damon está correcto en un papel que, no nos engañemos, tampoco es que sea ninguna maravilla.

En su arranque inicial la película resulta entretenida e interesante, mientras nos cuenta como Mandela abordaba el reto de gobernar un país deshecho y lleno de odios enfrentados. Es durante estos momentos donde la figura de Mandela y su carisma se erigen como protagonistas absolutos, a la vez que la película aborda su personalidad, su forma de trabajar y su alto grado de compromiso, lo que le acarreará conflictos con sus oponentes políticos, con los miembros de su mismo gabinete e, incluso, con su propia familia. De hecho sabemos que algún tipo de conflicto grabe ocurre en el sí de su familia (ya saben, aquello de intentar arreglar las relaciones de las gentes de todo un país sin poder arreglar las relaciones de los miembros de su propia familia) porque la película se encarga de hacer referencia a ello en un par de ocasiones, pero más tarde la película se va olvidando del tema sin que el espectador acabe de entender del todo que ha pasado ni porqué. Quizás tengamos que esperar a una segunda entrega. Quizás tengamos que esperar a Invictus Revolution.

Y la película se olvida porque una vez ha empezado la copa del mundo la cinta ya no está para otra cosa que no sea el Rugby. Llega entonces el momento de la superación personal y del más difícil todavía. Llega el momento del “no es por nosotros es por ellos”. Llega el momento de alargar las secuencias hasta decir basta. Llega el momento de confundir la épica con la cámara lenta. Y, sobre todo, llega al momento de buscar, deliberadamente, emocionar al espectador, momento que, al menos en mi caso, jamás llegó.

Resumiendo: Curiosamente prefiero el buen arranque político del film antes que la épica deportiva mal llevada en la que se acaba convirtiendo la película. Política antes que deporte, lo que son las cosas. En definitiva, película pasable sin más.



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