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Lincoln (2012)



Lincoln desencadenado.

Steven Spielberg es un director con una filmografía dividida en dos vertientes muy claras: las películas que buscan el entretenimiento y las que buscan los premios. Las primeras suelen ser películas plagadas de aventuras y con una especial tendencia hacia el cine familiar (Indiana Jones, Hook, Parque Jurásico, Minority Report o la reciente Las aventuras de Tintín). Las segundas acostumbran a ser una como una clase de historia en imágines (La lista de Schlindler, Salvar al soldado Ryan, Munich o War horse). Así pues, cada vez que Spielberg se pone serio lo que debemos preguntarnos es hasta que época nos llevará esta vez. Con Lincoln viajamos hasta la América del siglo XIX, un lugar al que ya nos había llevado el director con uno de sus sonados traspiés, de nombre Amistad, y donde ya se tocaba el tema de la esclavitud. Y la fórmula no falla: nueva película histórica del rey midas de Hollywood y doce nominaciones más a los premios Oscar.

El discurso del Rey (2010)


En el país de los mudos, el tartamudo es el rey

Ya se empiezan a rumorear las posibles nominaciones de los Oscar que serán anunciadas el próximo 25 de enero. Las meras suposiciones se basan exclusivamente en la gala considerada como el preludio de lo que son los premios de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood: los Globos de oro, cuya edición número 68 se llevará a cabo el próximo 16 de enero. La recién estrenada El discurso del Rey (2010) es la gran favorita a ganar varios Globos de Oro ya que tiene siete candidaturas: la de Mejor Película de Drama, Mejor Director (Tom Hooper), Mejor Actor de Drama (Colin Firth), Guión (David Seidler), Banda Sonora (Alexandre Desplat), Actor Secundario (Geoffrey Rush) y Actriz Secundaria (Helena Bonham Carter). Pero no sólo opta a estos galardones sino que ya ha recibido otros, como el Premio del Público a la Mejor Película en el Festival de Toronto.

La tapadera (1976)


Todo lo que siempre quiso saber sobre la lista negra y no se atrevió a preguntar

En el comienzo de la Guerra Fría se produjo un hecho conocido como "caza de brujas" que consistió en una persecución organizada por el senador Joseph McCarthy dirigida a personas que consideraban afiliadas al Comunismo. Las investigaciones se llevaron a cabo por parte del Comité de Actividades Antiamericanas con la intención de que América fuera lo más pura posible, apuntando a los sospechosos en una lista negra. Este hecho hizo que en Hollywood muchos trabajadores de la industria del cine y de la televisión se quedaran sin trabajo si no colaboraban o, en el caso de los guionistas, que tuvieran que cambiar de nombre para conseguirlo. Esto se puede ver en el excelente documental que ya comenté, Trumbo y la lista negra (2007), o en la película que en este momento pertoca, la comprometida y muy bien resuelta La tapadera (1977), de Martin Ritt, un director norteamericano que también fue apuntado en la lista negra, igual que el mismo guionista Walter Bernstein, y algunos actores de la película como Zero Mostel, Herschel Bernardi, Lloyd Gough y Joshua Shelley.


El protagonista absoluto de la película es Woody Allen, cuyo nombre aparece en las letras de crédito antes que el título del film, producido por el mismo Martin Ritt y por los productores de casi todas las películas de Allen, Jack Rollins y Charles H. Joffe. Allen es Howard Prince, un cajero de un bar que un día recibe en el local una visita de un amigo suyo y guionista de televisión, Alfred Miller (Michael Murphy, que trabajó con Allen tres años después en Manhattan), que le comenta que no ya no le ofrecen ningún trabajo porque le han apuntado en la lista negra. Necesita otro nombre, o más bien, otra persona que se haga pasar por él como guionista, por eso le pide ese favor a Howard, que acepta ofreciéndole Alfred el diez por ciento de lo que gane en cada guión que realice. Howard se suele gastar lo que gana en su trabajo en apuestas, debiendo dinero a un frutero interpretado por Danny Aiello (más que un papel parece un cameo por lo poco que aparece), y pidiéndoselo a un hermano suyo. Pero poco después, Florence Barrett (Andrea Marcovicci), que es la asesora de guiones de una cadena de televisión, se fija en su talento y el productor (Herschel Bernardi) le contratará para el guión de un programa. Todos se sorprenden de no haber oído nada de él anteriormente dada la calidad de lo escrito, a lo que Howard responde que hace poco que se puso a escribir. Aún así, volverá a pedir dinero a su hermano.


Con estas intenciones está claro que el personaje de Allen es el punto humorístico de la historia, ya que el trasfondo es bastante dramático. En algunas escenas se potencia la comedia con la interpretación de Allen, metiéndose en algún lío que otro, como cuando debe cambiar rápidamente una escena del guión en el mismo estudio debido a la urgencia del tiempo, sin poder salir de allí como lo intenta por todos los medios; o con la relación que empieza con Florence, nacida de la atracción que siente ella por la manera de escribir de él, sobre todo por conocer tan bien a las mujeres según sus textos. Algo que hará que Howard vaya a una librería a pedir varios clásicos de la literatura para empezar a introducirse en un campo totalmente desconocido para él. Y para ganar más dinero, aunque él dice que es por hacer un favor, le comentará a Alfred si no hay más tipos que conozca que también estén apuntados en la lista negra, sumándose de esta manera dos guionistas más en su labor de tapadera. Aunque la cosa se le complicará, sin que él lo sepa, cuando Hecky Brown (Zero Mostel) sea despedido de la cadena por ser miembro del Partido Comunista y al que quizás le vuelvan a dar una oportunidad si investiga a Howard, que es un buen amigo suyo, con la tarea de averiguar si encuentra algo que les interese para llevarle a testificar si hace falta.


Después de las letras de crédito, ya se puede intuir que el guión de Walter Bernstein irá dirigido a hacer una crítica de forma sarcástica hacia ese período de tiempo, con unas primeras imágenes de historia de allá por los años 50, tanto de guerras como de modelos en bikini, o de Marilyn Monroe y del mismo Rocky Marciano, escuchando de fondo la bella canción Young Heart, de Frank Sinatra. Destaca la buena dirección durante toda la película de Martin Ritt que realiza muy correctamente todas las escenas, resaltando en general el buen ritmo de la historia, aunque en algún momento pueda parecer que se ralentice un poco, pero es debido por las exigencias del guión. Y todos los actores que aparecen hacen una buena interpretación, pero sobre todo Zero Mostel, que murió un año después del estreno de esta película.


"Una muy simpática y funcional película que pone un toque de humor, con la presencia de Woody Allen, a la hora de exponer los momentos duros que tuvieron que pasar los que sufrieron la lista negra perpetrada por Joseph McCarthy"



Leer critica La tapadera (the front) en Muchocine.net

Pax Americana y la conquista militar del espacio (2009)


La Guerra de las Galaxias

El ser humano se ha enfrentado en infinidad de ocasiones tanto por tierra, mar y aire, pero en el muy interesante documental, de producción canadiense y francesa, llamado Pax Americana y la conquista militar del espacio (2009), del director Denis Delestrac, se habla de una posible militarización del espacio que podría desembocar, en el peor de los casos, en una guerra espacial. Por supuesto, que esto ocurra es algo que depende del hombre, pero sobre todo de los Estados Unidos de América, cuyo potencial armamentístico es muy amplio y es el país que tiene mayor cantidad de satélites en órbita. Además, desde la Fuerza Aérea de EUA se garantiza el acceso al espacio y también se limita; y en los anuncios publicitarios de la Academia de la Fuerza Aérea de Colorado Springs se incita a los jóvenes a que ingresen dejando clara su prepotencia: "Nadie está a nuestra altura". Al fin y al cabo, en EUA de cada dólar de impuestos cincuenta centavos van para el Pentágono.


Y si nos fijamos en el título, Pax Americana ya viene a englobar el objetivo de EUA, basándose en su influencia en los demás países y en su categoría de gran superpotencia que debe asegurar la paz en el mundo, algo que algunos países como Irán, Corea del Norte, China, o Rusia (como ya hizo la URSS) no van a permitir, ya que no quieren que haya un único alto mando allá arriba. Y aquí se deben introducir otros hechos, como la pertenencia de armas antisatélites, misiles balísticos y escudos antimisiles. De ahí que también entre el debate de si las intenciones de EUA de verdad sean pacíficas o más bien hostiles. Hay que recordar que en 1983, Ronald Reagan ya propuso un sistema de defensa contra misiles balísticos llamado Iniciativa de Defensa Estratégica (IDE), que fue comúnmente conocido como Stars Wars; y George Bush, cuando llegó a la presidencia, dejó claro sus dos objetivos primordiales: acabar con el régimen de Saddam Hussein y crear escudos antimisiles.

El mayor problema del poder militar espacial es que es muy importante para cualquier país y si se produce cualquier enfrentamiento podría provocar, como se dice en el documental, algo parecido a "un Pearl Harbor electrónico". Esto se debe a que hay unos 1.000 satélites en órbita propiedad de 45 naciones y que tenemos una gran dependencia de ellos, sin cuya actuación el caos sería ipso facto en cualquier ciudad del mundo. Otro problema obvio es la cantidad de basura espacial que produciría cualquier destrucción y que se sumaría a las toneladas de restos de cohetes y satélites que ya se encuentran en órbita.


El documental también nos recuerda hechos fundamentales en la historia, como que desde mediados del siglo XX el hombre ya tuvo constancia de la importancia de liderar en el espacio, cuando los rusos lanzaron en 1957 el primer satélite artificial, llamado Sputnik 1. Anteriormente, en 1944, ya se había creado el primer cohete, el V2, por orden de Adolf Hitler. Su creador fue Wernher von Braun que después de la Segunda Guerra Mundial emigró a EUA a través de la Operación Paperclip, que consistió en una operación realizada por el Servicio de Inteligencia y Militar de los Estados Unidos para extraer de Alemania a importantes científicos que habían trabajado para los nazis. El propio Braun fue nacionalizado estadounidense en 1955 para que se integrara en la NASA, llegando a ser su dirigente (fue una inspiración para el personaje del Dr.Strangelove de Kubrick).


Todos estos datos son inteligentemente enfocados hacia un mismo destino por Denis Delestrac, de manera que el espectador está enganchado a la pantalla desde el mismo inicio hasta el último segundo. Las opiniones de expertos, el material de archivo, la cantidad de gráficos y de animaciones, están muy bien utilizados, diviendo el documental en tres apartados generales: 1. La amenaza. 2. El engaño. 3. El camino. La lástima es que este documental se ha podido ver únicamente en algunas ciudades españolas y en Santiago de Chile, ya que ha estado programado en El Documental del Mes, una iniciativa de la productora Parallel 40, que en palabras de la misma web (http://www.eldocumentaldelmes.com/) "tiene como objetivo acercar el género documental al mayor número de espectadores posible e incrementar la presencia del documental europeo en las pantallas cinematográficas".


"Un buen documental que nos advierte de que La Guerra de las Galaxias podría dejar de ser una ficción"



Leer critica Pax americana y la conquista militar del espacio (pax americana and the weaponization of space) en Muchocine.net

El tren (1964)


El orgullo nacional


Las obras de los grandes pintores de la historia del arte tienen un valor casi incalculable. En las subastas se puja muchísimo dinero por ellas, superando muchas veces las cifras anteriores y marcando nuevos récords. Pero no todo el mundo tiene la noción de la verdadera importancia de esas pinturas. Algunos sí que ven belleza en ellas y un significado vital dentro de la cultura universal; pero a otros lo único que les interesa es la importancia que tienen en cuanto al valor monetario y no a su calidad artística. Esto se puede ver claramente en la muy entretenida película El tren, de John Frankenheimer, situada en la Segunda Guerra Mundial, más exactamente, en el 2 de agosto de 1944. Debido a la inminente liberación de París y de la llegada de los aliados en unos días, el coronel Von Waldheim (Paul Scofield) decide llevarse consigo para el Tercer Reich los mejores cuadros que se encuentran en el museo de Jeu de Paume de París, que son obras de varios autores relevantes del siglo XIX y XX, como Renoir, Gauguin, Picasso, Miró, Braque, entre otros. La responsable del museo no puede hacer nada para evitar que se los lleven, pero le queda un último recurso: pedir al inspector de zona de los ferrocarriles, Labiche (Burt Lancaster), que haga todo lo posible para impedir que el tren que lleva esos cuadros salga de viaje hacia Alemania. La difícil hazaña de conseguir que el tren no llegue a su destino será un trabajo arduo de varios hombres unidos para sabotear a los alemanes nazis y salvar el Patrimonio Nacional de Francia.


Al inicio de la película, una voz en off nos avisa de que los productores del film quieren "manifestar su tributo de admiración a los ferroviarios franceses cuyo magnífico espíritu y valor han inspirado esta historia". La verdad es que el mensaje queda claro en la película, con todo el heroísmo de los que participan en el sabotaje por el orgullo nacional de Francia, unos cuadros que para muchos de los que colaboran ni son conocidos; sólo lo hacen para que los alemanes no se lleven lo que no es suyo. El mismo Labiche se niega al principio a jugarse la vida de varios hombres por unos simples cuadros, pero, alentado por algunos de sus compañeros maquinistas y por un hecho fatal que ocurre, decide unirse y ponerse al mando del grupo de sabotaje.


Frankenheimer logra con esta trama un film lleno de intriga y de acción, bien dirigido y con un guión bien desarrollado, aunque utiliza el truco del zoom para destacar detalles fundamentales, dejando demasiado obvia la señal de atención para el espectador. El personaje del coronel está muy bien interpretado por Paul Scofield, dando órdenes a todo el mundo y desobedeciendo a sus superiores para conseguir que los cuadros lleguen a Alemania antes de que ataquen los aliados. Su particular guerra con Labiche es lo mejor de la película, con un duelo interpretativo de alto calibre. Burt Lancaster protagoniza todas sus escenas de acción y encarna a la perfección su papel de ferroviario. Con Frankenheimer trabajó también en Los jóvenes salvajes (1961), El hombre de Alcatraz (1962), Siete días de mayo (1964) y Los temerarios del aire (1969). También aparece la gran actriz francesa Jeanne Moreau en un papel crucial, pero que en algún momento perjudica al ritmo de la historia. Hay que destacar la buena fotografía conseguida por Jean Tournier y Walter Wottitz y la banda sonora de uno de los primeros trabajos del gran compositor francés Maurice Jarre, que murió en marzo del año pasado.


John Frankenheimer tuvo una carrera cinematográfica muy irregular, dividida prácticamente en dos etapas: en la primera destacan sus títulos más importantes, como las mencionadas El hombre de Alcatraz (1962) y Siete días de mayo (1964), o la interesante Yo vigilo el camino (1970); la segunda contiene títulos tan abominables como Tiro mortal (1989) o La isla del Dr. Moreau (1996).


"Un film muy entretenido ubicado en la Segunda Guerra Mundial, con una buena dirección de John Frankenheimer, una buena fotografía y un duelo interpretativo entre Paul Scofield y Burt Lancaster"



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Agora (2009)

A Dios rogando y con el mazo dando.


Siempre suelo sentirme algo torpe ante un film histórico de las características de la película que hoy nos ocupa, debido a que, en parte, el quesito amarillo jamás fue uno de mis preferidos a la hora de jugar al Trivial. Mis conocimientos de historia son alarmantemente básicos y, aunque lo de que la biblioteca de Alejandría se fue a tomar pol culo debido a la intransigencia religiosa ya me lo sabía, uno nunca acaba de saber bien cuando acaban los hechos reales y empiezan los inventados para la ocasión (para conseguir que la trama enganche más, que empaticemos más con los personajes, para hacernos emocionar, vibrar, enfurecer, etc... en definitiva, para que el espectador se enganche más a la cinta). Así pues, mejor no comerse mucho la cabeza al respecto y dejarse de elucubraciones para poder visionar, tranquilamente, la última película de Alejandro Amenabar: Agora.

La película empieza en Alejandría, Egipto, en el siglo 391 d.C., donde encontramos a una profesora de filosofía/matemáticas/astromía (un primor) que imparte clases a unos alumnos, ya creciditos, con grandes ansias de saber. Más tarde sabremos que uno de esos alumnos bebe los vientos por su maestra. A Hipatia, que así es como se llama la profesora, siempre le acompaña su esclavo personal que, además, suele prestar gran atención en sus clases convirtiéndose en una especie de alumno aventajado. Más tarde también sabremos que el esclavo suele tener sueños húmedos con su dueña. Si amigos, la cosa apuntaba a un menage a troi como la copa de un pino, pero, lamentablemente, la película avanzará hacia otros derroteros pues, Hipatia, es más de ser un espíritu libre y en lugar de pensar en buscar varón resulta ser que está más enfrascada en descubrir donde radica el centro del universo.

Como en esa época no había futbol y la gente no sabía de que hablar entre sí por las calles o tomando la copita en el bar, se solía hablar de religión. Y en esa época, en cuanto a religión, el equipo con más aficionados y más hooligans de todos eran los cristianos, que cada vez les iban robando más adeptos a los judíos y a los llamados paganos, equipo al que pertenecía la bella y lista Hipatia. Y es que los cristianos llevaban mucho tiempo sin ganar una Champions siendo pasto de los leones, con lo cual, ahora que las cosas les empezaban a ir bien, estaban de un chulito subido que no había quien les aguantara. Total, que tres religiones eran demasiadas para una ciudad con tanto polvo y Alejandría era una olla a presión a punto de petar por los cuatro costados. La cosa, ciertamente, acabará estallando, como era de esperar, lo que llevará a la ocupación de la legendaria biblioteca.

Agora es la quinta película del director Alejandro Amenabar y segunda rodada íntegramente en inglés después de Los otros. Reconozco que no soy un fan incondicional de Amenabar (me gustan algunas cosas suyas y otras, como Mar adentro, más bien todo lo contrario). A pesar de todo, siempre le he tenido por un tipo listo, capaz de sacar gran rendimiento a sus historias. En esta ocasión uno tiene la sensación de que la cosa se le ha escapado de las manos, mostrándose incapaz de abarcar todo lo que se nos pretendía contar, mezclando demasiados conceptos sin acabar de profundizar, como un servidor hubiera deseado, en ninguno de ellos. Cabe destacar la puesta en escena de la película, corroborando que se gastaron sus buenos dineros en ambientación y decorados. Además, la cinta cuenta con Rachel Weisz, como absoluta protagonista en un papel que, a pesar de ser un caramelo, no acaba de aprovechar al cien por cien.

Lo cierto es que Agora tiene todo lo que debería tener para ser una gran película: acontecimientos históricos, drama, injusticias, romance, acción, aventuras... ¡matemáticas!. Todos los elementos necesarios estaban dentro de la coctelera, el problema es que a Amenabar se le olvidó agitarla con gracia. Solo de esta manera se puede explicar la falta de emoción que me transmitió la película a pesar de los hechos que allí se estaban sucediendo. Parte del problema, además, radicaba en los personajes protagonistas, mal dibujados y sobre los que nunca se termina de profundizar. En algún momento de la película se puede llegar a confundir alguno de dichos personajes por las columnas de la biblioteca de Alejandría, aunque, por suerte para el espectador, las columnas no parpadean, lo que termina por delatar a los protagonistas de la historia.

Resumiendo: Gran historia para una película que no lo es tanto.

Ciudad de vida y muerte (2009)


Por el camino de Chuan

La ganadora de la Concha de Oro en el pasado Festival de Cine de San Sebastián fue Ciudad de vida y muerte, un formidable trabajo del director chino Lu Chuan, en el que ha querido recordar la magnitud de la masacre de Nanking donde murieron unas trescientas mil personas, homenajeadas al principio del film. La guerra entre China y Japón estalló en julio de 1937 y en diciembre de ese mismo año, la ciudad de Nanking fue sitiada por completo por el ejército japonés. En los minutos iniciales de la película, correspondientes a las letras de crédito, se resume la batalla por la ciudad, con el recurso de imágenes de sobres de cartas como soporte para el relato de la terrible contienda. El resultado final es la conquista de Nanking por el poder del Ejército Imperial de Japón, con la ciudad totalmente en ruinas. El único lugar seguro es una zona de refugiados en la que aún quedan soldados chinos dispuestos a defenderse hasta el final.

En esa zona de seguridad, un hombre alemán nazi llamado Rabe es el Presidente de la Comisión de Ayuda a esos refugiados chinos y tendrá un papel fundamental en las relaciones con los japoneses. Su secretario desde hace más de diez años es el chino Tang, un personaje también importante en la película. Y es que el director, autor también del guión, ha sabido destacar a varios personajes en distintas etapas de la historia. Al comienzo vemos a varios soldados chinos, mostrándonos a uno de ellos con mayor atención, junto a un niño. Otros personajes que sobresalen son el malvado sargento japonés que no tiene compasión por la vida de ningún chino, y el cabo japonés que parece tener por momentos remordimientos que le remueven la conciencia, convirtiéndose en uno de los protagonistas de la historia.

Este trato un tanto benigno de este japonés, y de algún otro, hizo que llovieran algunas críticas en China, siendo cambiado, en algunos aspectos, el guión de la película por la censura del gobierno chino. Pero Chuan también quería que se reflejara la humanidad de los japoneses, algo que seguramente hizo que la película no fuera a los Oscars a representar a su país.
Comparada con películas como La lista de Schindler (1993) o Salvar al soldado Ryan (1998), Ciudad de vida y muerte ha recibido muchos elogios totalmente merecidos. La fuerza de sus imágenes proviene de una magnífica fotografía en blanco y negro de Yu Cao, que ya había trabajado con Chuan en su anterior película, La patrulla de la montaña (2004), unido a una puesta en escena casi perfecta en la que destacan algunos travellings lentos muy bien acompañados de la música de Tong Liu, como se puede ver en el estupendo trailer. El sonido es otro elemento a tener en cuenta, ya que tanto se pueden oír las bombas de fondo como sólo escucharse el aire en un silencio apocalíptico.

Por momentos, se ve claramente la intención del director de usar notablemente algunas escenas para emocionar de lleno al espectador, pero aún así, es inevitable que el espectador se conmueva. La película es realmente dura, sobre todo con las masacres de los prisioneros de guerra y con las violaciones a mujeres, pero también encontramos bellísimas imágenes que no olvidaremos jamás.

"Ciudad de vida y muerte es una película rotunda que se convertirá en un clásico"




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El secreto de sus ojos (2009)

Caso abierto.

Una de las categorías en la que saltaban más chispas de la pasada entrega de los premios Oscar, era la de mejor película de habla no inglesa, con dos potentes gallos en un mismo gallinero: la alemana "La cinta blanca" y la francesa "Un profeta". Todo parecía decantarse, pues, a que una de las dos películas se alzaría con el premio, aunque muchos eran quienes le otorgaban una pequeña ventaja a la cinta de Haneke. A la hora de la verdad, la ganadora resultó ser, contra todo pronóstico (el mio incluido), la tercera en discordia, a la que todo el mundo se empeñaba en augurar escasas posibilidades, la cinta argentina El secreto de sus ojos.

Y es que fuimos muchos los que no caímos en la cuenta de que, no nos engañemos, en esto de los Oscar muchas veces se vota más por coleguismo que otra cosa y el director de "El secreto de sus ojos", Juan José Campanella, es bastante conocido en Estados Unidos, especialmente, a raíz de su trabajo en televisión, donde ha colaborado en series tan populares como Ley y Orden, 30 Rock o, sobretodo, House. No obstante, no deja de ser curiosa la trayectoria como director del bueno de Campanella, pues al contrario que la gran mayoría de los directores importantes de cine no norteamericanos, que empiezan sus carreras en su país de origen para, más tarde, trasladarse a EEUU, Campanella siguió el camino contrario. Así pues, empezó realizando dos películas en Estados Unidos, El niño que gritó puta y ...Y llegó el amor, para trasladarse, desde entonces, a su Argentina natal para realizar el resto de su filmografía, donde dirigió películas tan conocidas como El mismo amor la misma lluvia, El hijo de la novia y Luna de Avellaneda, además de la serie co-producida entre España y Argentina llamada Vientos de agua.

El Secreto de sus ojos es una película fragmentada en dos tiempos: el presente y el pasado. La película empieza en el presente, donde conocemos a un agente de la justicia federal ya jubilado que decide emplear su recién adquirido tiempo libre para escribir una novela acerca de un caso que le dejó marcado veinticinco años atrás. Aquí es, justamente, donde entra en escena el pasado, que nos muestra al personaje cuando todavía trabajaba en el juzgado, junto con su inseparable compañero de profesión (al que le gusta empinar el codo más de lo aconsejable por el bien de su hígado) y su joven y atractiva superior. Así pues, estando en el pasado podremos conocer de primera mano el crimen que tanto marcó a nuestro protagonista, la violación y posterior asesinato de una joven en el interior de su propia casa. A partir de este momento, la trama se irá moviendo entre las dos épocas para contarnos los hechos sucedidos a raíz de la investigación y lo escurridizos que pueden llegar a resultar, en ocasiones, algunos criminales.

Lo cierto es que la película juega a muchas bandas a la vez y lo que en un principio pudiera parecer un simple thriller policíaco al estilo de "atrapa al malo" (que lo es), también se termina destapando como un film que analiza las relaciones personales (tanto afectivas como románticas) de sus protagonistas, radiografía una época especialmente combulsa de la historia Argentina (tanto a nivel social como político), e incluso se permite el lujo de mostrar un humor mordaz a través de unos diálogos tan ágiles como divertidos. Todo ello, por si fuera poco, con un empaque visual excelente, una gran dirección por parte de Campanella, unos actores en un constante estado de gracia y, en definitiva, una sensación de estar viendo cine en estado puro. Y todo ello para dejarnos con la moraleja final, que por sabida no resulta menos cierta, de que los asuntos sin resolver (véase un crimen, véase una historia de amor) terminan dejando una brecha que jamás termina de cerrar.

Para esta nueva película, Campanella vuelve a confiar en Ricardo Darín para el papel principal, actor con el que ya había trabajado en sus tres anteriores trabajos en Argentina y probablemente uno de los actores Argentinos de mayor tirada internacional. Darín borda su papel y acaba siendo tan efectivo y carismático que a uno, como espectador, le resulta prácticamente imposible no ponerse de su parte en todo momento, además de lograr resultar rematadamente convincente en las dos épocas distintas que narra la historia, algo que no siempre resulta ser todo lo fácil que en un principio podría parecer. A su lado, encontramos a la actriz y cantante Soledad Villamil (Goya a la mejor actriz revelación, a pesar de llevar actuando desde 1997), en el papel de la Jueza que investiga el crimen, que ya había colaborado con Campanella y Darín en El mismo amor la misma lluvia y también había aparecido en la comedia No sos vos, soy yo, junto a Diego Peretti.

La trama consigue enganchar al espectador con cierta facilidad a partir de una historia con un truculento crimen como punto de partida y unos personajes atrayentes, con mención aparte para el personaje secundario y compañero de trabajo del personaje de Darín como contrapunto cómico. Cabe destacar el espectacular ritmo narrativo de la película (si el arranque te engancha, el ritmo se encarga de no soltarte) que va hilando los sucesos de tal forma que no permite que baje la intensidad. Ya llegados a la mitad de la película, Campanella nos regala una escena que transcurre en un campo de fútbol con un plano secuencia de más de cinco minutos que provocó que mis huevos se desprendieran de mi cuerpo, se cayeran por el suelo y empezaran a rodar. Quizás lo único que se le pueda recriminar a la película es que el punto álgido de la cinta llega hacia la mitad de la misma, con lo cual, todavía nos queda por delante una hora más de metraje que, a pesar de resultar seguir siendo sobresaliente, ya sólo puede ir hacia abajo, incluido un final o epílogo alargado en exceso, por muy efectista que resulte.

Resumiendo: Desconozco si la película merecía el Oscar a mejor película de habla no inglesa o no. De hecho, me la suda un rato. De lo que si que estoy seguro es de que estamos frente a un peliculón como la copa de un pino.



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Invictus (2009)

LOS BLANCOS NO LA SABEN METER.


He aquí una película que cuenta en su haber, a priori por lo menos, con un buen número de ases para llevarse una carretada de premios y reconocimientos: Una historia basada en hechos reales, de superación personal y épica colectiva, que lleva a la gran pantalla un acontecimiento que marcó un antes y un después en la historia, con un personaje protagonista de gran fuerza y vitalidad, que es la adaptación de un superventas literario, con un director detrás de la cámara que es todo un veterano mundialmente reconocido que vive uno de sus mejores momentos profesionales y con dos estrellas protagonistas de renombre internacional. Poco más se le puede pedir a Invictus. A priori.

La película empieza con una carretera que separa dos campos deportivos. Uno, con un césped en perfecto estado, sirve para que se entrenen a rugby un grupo de blancos perfectamente uniformados. En el otro, con un césped roñoso y maltrecho, juegan a fútbol un grupo de negros, vestidos con harapos. De repente aparece sobreimpresionada en pantalla una fecha: 11 de febrero de 1990 y un coche oficial cruza por la carretera que separa ambos campos, provocando reacciones claramente opuestas entre los grupos. De este modo, mientras unos se avalanchan contra las rejas al grito de “Mandela”, los otros definen la fecha como “el día en que nuestro país se fue a la mierda”. Con apenas dos minutos de duración la película ya ha logrado, perfectamente, colocar al espectador en situación. Lamentablemente este brillante ejercicio de síntesis no será la tónica general de la película.

Es el primer día de Nelson Mandela como presidente de Sudáfrica y el país está en plena ebullición tras la abolición del apartheid. Mandela está dispuesto a gobernar desde el perdón, sin buscar venganza contra los que lo encarcelaron durante veintisiete años, aunque no todo el país lo tendrá tan claro como él, si siquiera los que se encuentran más cercanos al líder político. Para plasmar el clima social que vive el país, la película se sirve de los propios guardaespaldas de Mandela, cuyo grupo estará formado por miembros de ambas razas, lo que provocará más de una disputa y recelos por parte de ambas partes. ¿Serán capaces de salvaguardar el bienestar de Mandela los mismos que lo encarcelaron? Ciertamente resulta un planteamiento interesante aunque no se hagan ilusiones ya que la película avanzará por otros derroteros. Yarda tras yarda.

La película nos cuenta que en Sudáfrica, en esa época, las diferencias raciales llegaban incluso hasta las preferencias deportivas. Como se nos cuenta en el plano inicial, los blancos prefieren el rugby mientras que los negros prefieren el fútbol. Cuando en 1995 el país acogió la copa del mundo de Rugby, Mandela vio en ello una oportunidad de conseguir una mayor cohesión, para que el pueblo se ilusionara por un objetivo común. Debía conseguir que el equipo nacional (formado en su totalidad por blancos, con la sola excepción de un jugador negro) ganara el mundial, y eso a pesar de ser una pandilla de patanes, por lo que pedirá ayuda a Jason Bourne, el capitán del equipo. De hecho, la película nos muestra a un Mandela obsesionado por la copa del mundo, como si durante su mandato no pensara en otra cosa e incluso en algún momento del metraje se roza el absurdo. Se dice que la fe mueve montañas, en este caso la fe sólo debía mover a tios de poco más de cien kilos con muy malas pulgas.

La cosa de las pensiones en Estados Unidos no debe estar muy bollante porque el bueno de Clint Eastwood ya lleva cinco película como director en los últimos cuatro años y, aunque el reconocimiento mayúsculo le ha llegado en los últimos tiempos, lo cierto es que lleva ejerciendo como tal desde el año 1971 con Escalofrío en la noche. Treinta títulos más tarde, ya nadie duda sobre su condición de maestro de la vieja escuela, independientemente de si la película guste más o menos. En esta ocasión, ha optado por llevar a la gran pantalla el Best Seller de John Carlin publicado en 2008 llamado El factor humano.

Para interpretar a Mandela, Eastwood, eligió a su amigo Morgan Freeman, actor con el que ya había colaborado en Sin Perdón y Millor dólar baby y que, a pesar de estar catalogado como uno de los grandes de Hollywood, a mi entender siempre acaba interpretando el mismo tipo de papel una y otra vez. Para meterse en la piel del presidente sudafricano no se ha necesitado un gran esfuerzo de caracterización (más allá de las horribles camisas que va luciendo) centrando su actuación en pequeños detalles (como su forma de caminar o su habla pausada y serena) para lograr construir un personaje que logra transmitir una arrolladora fuerza que va calando en el espectador durante la primera hora de película. Más tarde, cuando empiece a comportarse como un hooligan, dicha fuerza se irá diluyendo. En el otro bando encontramos a Matt Damon, actor que todo el mundo daba como perdedor en la lucha hacia el éxito emprendida por el tándem Affeck/Damon (quien nos lo iba a decir), que interpreta al capitán del equipo nacional de rugby, sobre quien Nelson Mandela depositará su confianza para lograr llevar la hazaña a buen puerto. Poco a poco su personaje se irá dejando atrapar por el magnetismo que desprende Mandela, a pesar de haberse criado en el sino de una familia blanca durante el aparheid. Damon está correcto en un papel que, no nos engañemos, tampoco es que sea ninguna maravilla.

En su arranque inicial la película resulta entretenida e interesante, mientras nos cuenta como Mandela abordaba el reto de gobernar un país deshecho y lleno de odios enfrentados. Es durante estos momentos donde la figura de Mandela y su carisma se erigen como protagonistas absolutos, a la vez que la película aborda su personalidad, su forma de trabajar y su alto grado de compromiso, lo que le acarreará conflictos con sus oponentes políticos, con los miembros de su mismo gabinete e, incluso, con su propia familia. De hecho sabemos que algún tipo de conflicto grabe ocurre en el sí de su familia (ya saben, aquello de intentar arreglar las relaciones de las gentes de todo un país sin poder arreglar las relaciones de los miembros de su propia familia) porque la película se encarga de hacer referencia a ello en un par de ocasiones, pero más tarde la película se va olvidando del tema sin que el espectador acabe de entender del todo que ha pasado ni porqué. Quizás tengamos que esperar a una segunda entrega. Quizás tengamos que esperar a Invictus Revolution.

Y la película se olvida porque una vez ha empezado la copa del mundo la cinta ya no está para otra cosa que no sea el Rugby. Llega entonces el momento de la superación personal y del más difícil todavía. Llega el momento del “no es por nosotros es por ellos”. Llega el momento de alargar las secuencias hasta decir basta. Llega el momento de confundir la épica con la cámara lenta. Y, sobre todo, llega al momento de buscar, deliberadamente, emocionar al espectador, momento que, al menos en mi caso, jamás llegó.

Resumiendo: Curiosamente prefiero el buen arranque político del film antes que la épica deportiva mal llevada en la que se acaba convirtiendo la película. Política antes que deporte, lo que son las cosas. En definitiva, película pasable sin más.



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Garbo, el espía (2009)


El espía que surgió para salvar el mundo

Los grandes héroes de la Segunda Guerra Mundial fueron los que decidieron poner su grano de arena para ayudar a salvar miles de vidas inocentes, como fueron entre otros el caso del español Ángel Sanz-Briz, el alemán Oskar Schindler, el sueco Raoul Gustav Wallenberg o el sacerdote irlandés Hugh O'Flaherty. Por eso, cuando se nos presenta la oportunidad de conocer a otros personajes casi desconocidos que con su actuación cambiaron el rumbo de la Historia, es preciso destacar la circunstancia que ha hecho posible tal suceso. El documental Garbo, el espía (2009) del productor Edmon Roch (El perfume, Siete años en el Tibet), ahora en su debut como director, nos presenta a Juan Pujol García, un personaje clave que se convirtió en espía para contribuir a acabar con la Alemania Nazi. La figura casi anónima de Pujol es reconstruida en la película como si se tratara de un thriller, utilizando entrevistas, material de archivo, noticiarios, películas de ficción y de propaganda, animaciones, elementos y reconstrucciones propias, todo enlazado de forma original y sin utilizar la voz en off, dando como resultado un documental muy interesante que logra que el espectador quiera saber más sobre este misterioso personaje.

Juan Pujol García nació en Barcelona en 1912 y después de desertar en la Guerra Civil, alrededor de 1940, por su profundo odio al Régimen Nazi y con la ayuda de su mujer Araceli González, decidió presentarse en la embajada británica de Madrid para ofrecer sus servicios como espía. Al ser rechazado, probó suerte con el Tercer Reich con la intención de servir como espía doble para los aliados. Los nazis le dieron un cursillo de espionaje durante una semana y después de un intervalo de tiempo, el servicio de inteligencia británico para la seguridad interna del país, el MI5, optó por tenerle en su bando después de haber vigilado sus pasos sin que él lo supiera. A partir de entonces, con una increíble capacidad de inventiva, Pujol se convirtió en uno de los mejores actores de la historia, por lo que los británicos lo bautizaron como Garbo, en clara referencia al papel de la actriz como Mata Hari. Su gran imaginación le ayudó a inventarse a unos veinte subagentes esparcidos por diferentes ciudades, logrando su credibilidad con su buen hacer. Pero siempre será recordado por su actuación en la Operación Overlord con el desembarco de Normandía, el día D. El punto fuerte de su historia es el engaño a Adolf Hitler y a todos sus colaboradores de que la invasión aliada iba a producirse por el Estrecho de Calais y que el desembarco era sólo una estrategia para distraer a las tropas alemanas. Hitler le creyó y siempre pensó que la invasión no iba en serio, pero cuando el Führer se dio cuenta de que la invasión sí era cierta ya fue demasiado tarde. Los alemanes quisieron respuestas concretas de Garbo sobre el motivo de que los aliados no hubieran atacado por Calais y él les respondió que la Batalla de Normandía había tenido tanto éxito que no les había hecho falta otro ataque y misteriosamente le volvieron a creer. Curiosamente, Garbo recibió una condecoración de cada bando: la Cruz de Hierro alemana y la Orden del Imperio Británico.

Edmon Roch ha escrito el guión de la película junto con María Hervera y el director Isaki Lacuesta (recientemente ha estrenado Los condenados), convenciendo en la búsqueda de información que le ha llevado unos cinco años, utilizando muy bien como método de narración las entrevistas que vemos en la película, como el escritor inglés de novelas de espías, Nigel West, que en 1984 decidió buscar a Pujol al no creerse que se le diera por muerto en Angola en 1949, encontrándolo en Venezuela, siendo la parte más emotiva de la historia; a un experto en Garbo como Mark Seaman, Oficial de Inteligencia del MI5; al periodista Xavier Vinader, o hasta una espía como Aline Griffith, conocida en España como la condesa viuda de Romanones. La música que acompaña muy bien a las imágenes es obra de Fernando Velázquez, compositor de la banda sonora de El Orfanato, con la que obtuvo una nominación a los Goya. Y hay que destacar el buen uso del director de imágenes de películas con la intención de situar y entretener al espectador, aunque en la primera parte del film sea un recurso demasiado repetido. Películas como Operación Cicerón (1952), de Joseph L. Mankiewicz, Patton (1970), de Franklin J. Schaffner o Nuestro hombre en La Habana (1959), de Carol Reed, esta última basada en la novela homónima de Graham Greene, de quien se dice que se basó en la figura de Garbo para su historia.

"Un documental bien realizado, con una gran labor de investigación, que provoca en el espectador un sentimiento de misterio y a la vez de emoción ante la historia del personaje de Garbo, el espía que salvó el mundo"



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Malditos bastardos (2009)

Más madera, es la guerra.

Cada vez que Tarantino entra por la puerta, mi objetividad salta por la ventana (el que avisa no es traidor). Porque Tarantino se ha ido convirtiendo con el tiempo en uno de mis directores vivos favoritos, así que cuando estrena una nueva película (indiferentemente de que su anterior trabajo me haya gustado o no) mi primer impulso siempre suele ser el de salir pitando hacia la sala de cine más cercana para comprobar que nos ha deparado el eterno "enfant terrible" (horrible etiqueta, por cierto) del cine americano. Su última perla cultivada lleva por título: Malditos Bastardos (Inglourius Basterds)... ¡Empezamos!

Situémonos. Segunda Guerra Mundial. Territorio francés bajo ocupación alemana. Shosanna. una joven judía huye de los nazis después de que éstos se hayan cargado a toda su familia ocultándose bajo una nueva identidad y regentando un pequeño cine en París. No muy lejos de allí, el teniente Aldo Raine, un macarra que encabeza un grupo de soldados judíos (a cual más chalado), con el objetivo de cargarse al mayor número de nazis posible, planea una nueva misión con la ayuda de Bridget Von Hammersmark, una famosa actriz alemana afín al régimen que trabaja como espía para los aliados pasando información. La misión, aprovechar el estreno de la película nazi “el orgullo de la nación”, basada en hechos reales (en las hazañas de un joven soldado nazi que se cargó él solito a trescientos espartanos aliados), para cepillarse a un buen puñado de mandamases del Tercer Reich. Y, por último pero no menos importante, un malo oficial, el coronel Hans Landa (nada que ver, que sepamos, con el popular actor español), conocido por sus enemigos con el sobrenombre de “el caza judíos”, un malo de altura, no lo duden ni por un momento.

Quentin Tarantino arrancó su carrera como director con una brutal opera prima, Reservoir dogs; se consagró con (tan solo) su segunda película, Pulp Fiction; se le infravaloró con Jackie Brown; se elevó hasta los altares con Kill Bill; e incluso se permitió el lujo de cagarla (eso si, sin perder sus señas de identidad) con Dead Proof. Además, entre peli y peli, se ha ido permitiendo el lujo de divertirse actuando en diferentes películas como Abierto hasta el amanecer, Desperado, Little Nicky o Planet Terror (aunque no sería precisamente su mejor virtud, ni mucho menos, por mucho que el hombre tiene toda la pinta de pasárselo bomba) y colaborando como director en diferentes proyectos (la horrible y coral Four Rooms o un episodio doble de C.S.I. Las Vegas).

Como les decía, confieso que me gusta Tarantino. Y me gusta, precisamente, porque me gana con tres de sus, digamos, principales habilidades: a) porque me gustan sus diálogos. La fuerza de sus diálogos suele ser arrolladora y reconozco que suelen provocar un efecto hipnótico en mi persona que me atrapan y no me sueltan hasta que los personajes dejan de hablar. Para muestra un botón: el glorioso y magnífico diálogo final de Kill Bill 2; b) porque me gusta que sea una esponja. Es más que evidente que el bueno de Tarantino se ha chupado cine hasta aburrir y que lo ha ido absorbiendo, cual esponja, para vomitarlo todo mezclado, sin filtro aparente, dentro de sus trabajos consiguiendo algo que considero esencial en su cine, la continua mezcla de géneros y estilos como si de un batiburrillo se tratara pero que, no obstante, ha ido convirtiéndose en seña de identidad (algunos no estarán de acuerdo conmigo y dirán que a esto se le llama plagiar, bueno, todo son opiniones supongo); c) porque sigue siendo un niño grande. Su ganas de provocar y un cierto espíritu gamberro siguen estando vigentes en sus películas a pesar de haberse consagrado, ya hace tiempo, en la meca del cine. A todo ésto súmenle el hecho de que el hombre sigue mejorando en la dirección con cada nuevo film y uno ya empieza a pensar hasta donde puede llegar.

Además, Tarantino se está convirtiendo (por méritos propios) en uno de esos directores por el que los actores bajan sus pretensiones económicas a cambio de poder trabajar en una de sus películas (y eso que el hombre siempre se ha especializado por recuperar viejas glorias venidas a menos). Así pues en esta peli encontramos nombres tan populares como los de Brad Pitt (El curioso caso de Benjamin Button), Diane Kruger (esposa de Freddy Troya), Daniel Brühl (Salvador Puig Antich), Mélanie Laurent (De latir mi corazón se ha parado), Eli Roth (coleguilla de Tarantino y director de Hostel, metido a actor para la ocasión) o Myke Miers (Austin Powers), entre muchos otros menos conocidos por un servidor, debido a que se trata de un cast muy internacional (en esta película los alemanes tienen que hablar alemán, algo que parece una obviedad pero que no siempre lo es), entre los que destaca la interpretación del austriaco Christoph Waltz como el malo de la función, que borda su papel (gran papel) de forma magnífica. Además, en la versión original se puede disfrutar de las voces de Samuel L. Jackson (narrador) y Harvey Keitel (conversación telefónica).

La película empieza con una brillante secuencia de unos quince minutos que sirve para presentarnos al que será el malo de la peli y para sacar las dudas de encima a los que (como un servidor) les defraudó su anterior trabajo como director. Lo que viene después es una especie de mezcla entre peli de nazis, spaguetti western y vodevil. En la película encontramos violencia (gratuita, por supuesto), una historia de amor imposible, personajes al límite (Hitler incluido), intriga, grandes escenas, ingeniosos diálogos y una dosis de humor mayor de la que nos tenía acostumbrados el bueno de Tarantino, que tampoco pierde la oportunidad de reivindicar el papel del cine dentro de la historia. La película me atrapó desde su principio y luego solo tuve que dejarme llevar por la trama hasta su rotundo final. Puestos a decir algo malo de la película (y siempre en lucha constante con mi subjetividad), reconocer que en algún momento se pierde algo de fuerza debido a un bajón en la intensidad narrativa (aunque negaré haberlo dicho). Y a todo aquel que tenga la intención de cargarse la cinta por su falta de rigor histórico, decirles aquello de: ¡a mamarla!

Resumiendo: Vuelve Tarantino, por todo lo alto, con una clase magistral de buen cine. No se la pierdan, ¡es un bingo!



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Valkiria (2008)

Buenos días, soy el jefe Dreyfus, una vez ya superada la Semana Santa que, obviamente, he dedicado enteramente al recogimiento y a la penitencia en general, solo faltaría, para regresar con una película que se estrenó ya hace un tiempo y a la que le pasaron factura, quizás, las altas expectativas depositadas en ella. Y es que mucho se habló en su momento, incluso antes de su estreno, de: VALKIRIA... ¡Empezamos!

Esta claro que nacer en la Alemania nazi y no ser un pérfido hijo de la gran puta te podía acarrear bastantes complicaciones. Si, además, te daba el punto y optabas por intentar cambiar las cosas, y ya de paso los acontecimientos históricos, para lograr dar un rumbo en la dirección que había optado por seguir tu país, lo más seguro es que te metieras en un jardín del que difícilmente se pudiera dar marcha atrás. El “cienciólogo number one” interpreta a un oficial alemán destinado en África que, después de un ataque rival, queda gravemente herido perdiendo una mano, dos dedos de la otra y uno de sus ojos. Vamos, que quedó como un cromo. Ya de regreso a su Alemania natal, se unirá a un grupo disidente que planea cargarse a Hitler, junto a los que tramará un plan conocido como Operación Valkiria, con el que cargarse, de un plumazo, al Führer y a las S.S e instaurar un nuevo gobierno. El primer paso para conseguirlo será matar a Hitler colocando una bomba dentro de su bunker, siendo nuestro “cienciólogo” tuerto el encargado de llevarla hasta allí. No hace falta saber mucho de historia para saber que la cosa no acabó saliendo como se había planeado.

El director de la peli es Bryan Singer, un muchacho que vale un potosí y que se dio a conocer con Sospechosos habituales; que ya tocó de refilón el tema nazi con Un verano de corrupción; que cerró las bocas de los más incrédulos (entre los que me sumaba) consiguiendo hacer un buen trabajo llevando a la gran pantalla el cómic de X-Men, repitiendo la experiencia con la muy superior X-Men 2 (lástima que no dirigiera también la tercera parte, ya puestos); y que probó fortuna intentando recuperar al personaje de Superman. Además, como le sobra el tiempo al hombre, es uno de los creadores, y a dirigido algún capítulo, de la serie House.

Entre los actores hay un nombre propio muy por encima del resto, Tom Cruise, estrella absoluta de la película, que a pesar de empezar siendo un forracarpetas de lujo, a raíz de sus trabajos en películas como Legend, Top Gun, Cocktail o Días de trueno, es de justicia admitir que últimamente ha intentado buscar trabajos más arriesgados. Otra cosa es que lo haya conseguido, claro está. Y a pesar de admitir públicamente que me cae como el mismísimo culo, no me queda otra que reconocer que, al fin y al cabo, fue el actor protagonista de la última película del maestro Kubrick (y si él logró ver algo bueno en él es que algo debe haber). Del resto del reparto destaca Kenneth Branagh, un tipo terriblemente menospreciado tanto como actor y, especialmente, como director (su Hamlet es brutal y una de las películas más infravaloradas de los últimos tiempos y estoy dispuesto a batirme en duelo con quien lo ponga en duda), con un personaje que no acaba de tener demasiado sentido dentro de la historia ya que llegados a cierto punto se le pierde la pista. Además, en la peli también aparece Carice van Houten, la prota de El libro negro, con otro de esos personajes que ahora está y ahora ya no está.

A la peli le cuesta más bien poco enganchar con el espectador. Después de una breve introducción en territorio africano, la maquinaria se pone en marcha y rápidamente ya estamos colocados en situación, sufriendo con los protagonistas mientras traman la ejecución de su plan intentando evitar ser descubiertos (por mucho que ya se sepa de antemano que tururu). Llegados a la mitad de la película el plan ya está claro (más o menos, que la cosa es complicadilla) y es momento de pasar a la acción. La segunda mitad de la peli es la ejecución del plan, así que toca seguir sufriendo junto con los personajes hasta que llega el consabido final. Bryan Singer consigue una dirección sobria, una buena ambientación, un ritmo fluido y logra mantener un suspense durante buena parte de la película, que ya desde un principio se sabe que no existe. El cienciólogo está más o menos controlado, aunque en algún momento se le va la cabeza y empieza a poner caras raras (aunque quizás sea cosa mía, porque siempre que veo una peli de este hombre me imagino que en cualquier momento se va a poner a gritar como un loco aquello de “ordenó usted un código rojo”).

Resumiendo: Convincente e interesante película, sobre un nuevo episodio de la segunda guerra mundial que todavía no conocíamos. ¿Cuantos quedan?



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