Crimen Ferpecto.
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Crimen Ferpecto.
Jack Reacher recuerda, por momentos, un capítulo de los nuevos episodios de la serie Perry Mason, pero con mucha más acción de la que allí se ofrecía y con la peculiaridad de que han sustituido al orondo y barbudo abogado por una letrada de rubia melena y senos generosos (salimos ganando) y al simpático detective que le ayudaba a resolver los casos por una especie de super agente secreto/militar encabronado con muy malas pulgas. Efectivamente no son pocos los cambios pero sigue manteniendo la esencia del típico: este caso está visto para sentencia hasta que alguien empieza a meter las narices más de la cuenta y empieza a descubrir que no todo es lo que parece y que hay mucha más gente implicada de lo que parecía en un principio y que todo termina resultando ser mucho más gordo de lo que nos habíamos imaginado. Entonces, ¿cual es el valor añadido que puede aportarnos la película? Pues que sea domingo, que esté lloviendo a mares en la calle y que tengas ganas de ver a Tom Cruise partiendo la pana.
Los
rescatadores en Iránlandia.
Argo
no deja de ser un nombre extraño para lo que en verdad es un
thriller clásico de los de toda la vida. Exactamente la película
pertenece a ese particular subgénero del thriller que es conocido
con el nombre de: “huy, casi, por poco”. De seguro sabrán
ustedes de lo que estoy hablando. Se trata de esos films en los que
de forma continuada parece que van a suceder cosas pero “huy, casi,
por poco”. Ejemplos: Que el malo está a punto de disparar al héroe
pero en el último momento éste se agacha, el villano termina
fallando y el espectador suelta un “huy, casi, por poco”; que
faltan pocos segundos para que estalle la bomba y el prota logra
detener el reloj cortando el cable adecuado cuando apenas restaba un
segundo para hacer detonación y su cara denota un “huy, casi, por
poco”; que la voluptuosa actriz protagonista está desnuda en la
cama con el espía de turno y hace un ademán de incorporarse pero
justo antes de hacerlo se cubre con las sábanas... “huy, casi, por
poco”. Además, la cinta ha logrado una gran acogida entre crítica
y público, convirtiéndose en una de las pelis más destacadas del
año pasado, lo que lleva a preguntarnos: ¿Es Argo una gran
película? Huy, casi, por poco.
Espías
como nosotros.
El
año pasado la cadena Showtime dio el campanazo con Homeland,
la adaptación norteamericana de una serie israelí de nombre
Hatufim. Lo que, a priori, parecía el típico producto
televisivo de espías donde unos tipos muy buenos debían detener a
unos tipos muy malos antes de que, estos últimos, hicieran volar por
los aires algún tipo de edificio relevante, se acabó convirtiendo
en todo un éxito de crítica y audiencia llegando a ganar, incluso,
dos globos de oro: el de mejor serie dramática y el de mejor actriz
de serie dramática. ¿El secreto de su éxito? Conseguir una serie
bien escrita, protagonizada por personajes con profundidad, con
sorprendentes giros de guión, en la que poder encontrar momentos de
tensión trepidante y que logra enganchar a su audiencia, durante los
doce episodios que dura la primera temporada, a base de tomarse muy
en serio el típico y gastado juego del gato y el ratón.
Crimen y castigo.
En
los últimos años Hollywood ha buscado sus fuentes de inspiración
en dos ámbitos bien diferenciados para poder realizar sus propias
adaptaciones y así convertirlas en una engrasada maquinaria de
generar ingresos: los best-sellers literarios y los éxitos
cinematográficos procedentes de otros países. Si además el
best-seller literario pertenece a una exitosa trilogía, en ese caso
ya se les hace el culo pepsi-cola. En ese sentido, no resulta
sorprendente que cuando la trilogía Millenium, escrita por el
fallecido Stieg Larson, empezó a vender libros como churros y
su posterior adaptación cinematográfica, made in Suecia, fue todo
un éxito en las taquillas de media Europa, las pupilas de los
mandamases de los estudios cinematográficos más potentes de la meca
del cine empezaran a dilatar y a soltar chiribitas, ante lo que
muchos entendieron como “el negocio padre”. La adaptación
americana llegó por fin a principios de este dos mil doce, algo más
tarde de lo esperado, con un director y un actor de peso en cartel.
The Killing vendría a ser una nueva confirmación de que la televisión americana está empezando a adquirir un peligroso vicio ya visto, con anterioridad, en el cine: el del remake. Si hasta el momento se habían prácticamente limitado a hacer nuevas adaptaciones de antiguos títulos americanos (V, Sensación de vivir, El coche fantástico, Galáctica), adaptándolos a nuestros tiempos, con The Killing se han ido a la otra vertiente del remake, la de versionar títulos extranjeros trasladándolos hasta tierras americanas (modelo que ya habíamos visto con la versión americana de Betty la fea y que seguirá con la adquisición por parte de la productora de Spielberg de la serie de TV3, Polseres Vermelles). En este caso se trata de adaptar una serie danesa llamada "Forbrydelsen", de gran éxito en su país, del que este remake parece haber copiado el mal gusto de su protagonista por los jerseys. Lo cierto es que, si bien uno, de por sí, no puede evitar mostrar cierta reticencia hacia este tipo de remakes americanos, también se tiene que ser justo y reconocer cuando estos productos funcionan. The killing funciona. Y mucho.
Mutantes Ye-Ye.
¿Solo me lo parece a mi o los reboot, las precuelas y las nuevas revisiones de franquicias desgastadas en taquilla cada vez tardan menos en aparecer en relación con sus originales? Tan solo han pasado cinco años desde que se diera por finalizada la trilogía original de los X-Men con su llamada “La decisión final”, una trilogía que empezó de forma brillante con las dos primeras entregas dirigidas por Bryan Singer y que posteriormente se encargaron de tirar por la borda todo el trabajo bien hecho con la tercera entrega y posterior spin-off de Lobezno. Y todavía con el cadáver caliente, como se suele decir, han intentado reflotar una franquicia y unos personajes que parecían difícilmente recuperables con una arriesgada vuelta de tuerca, en forma de precuela de la trilogía original, recuperando algunos de los personajes más significativos de la saga. Pocas esperanzas había depositado, en su momento, en la primera entrega dirigida por Singer y me tuve que tragar mis palabras. Menos todavía me esperaba de esta “Primera Generación”, que me olía a intento a la desesperada por repartir dividendos y, una vez más, mis dotes adivinatorias vuelven a quedar en evidencia, resultando ser, finalmente, esta nueva entrega, incluso superior a la primera de las películas de la saga original.
Si tuviera que hacer una lista con los directores de cine a los que más he llegado a detestar a lo largo de mi vida, puedo asegurarles que Oliver Stone no sólo estaría en ella, sino que, además, se encontraría, sin duda, en una de las posiciones privilegiadas. No obstante, reconozco que sigo guardando cierto buen recuerdo de su Wall Street del año 1987 debido, en parte, a no haberla revisitado desde entonces (¿para qué estropearlo?). Ahora, veintitrés años después, nos llega su secuela usando por subtítulo una de las coletillas más repetidas en aquella primera entrega: El dinero nunca duerme. Por desgracia, para la película, el espectador si puede ser que se dé sus buenas cabezadas.
La película empieza con Gordon Gekko, el tiburón de las finanzas caído en desgracia, que protagonizó la primera entrega de Wall Street, abandonando la prisión después de haber cumplido su condena y comprobando, consternado, que nadie ha ido a recibirlo al otro lado de las rejas. Ni siquiera su propia hija, quien está a punto de casarse con un prometedor broker financiero, que no quiere, ni siquiera, oír hablar de su padre. Sin duda alguna, esta chica haría las delicias de todo buen psicoanalista, a punto de emparejarse con alguien tan parecido a su propio padre. Por cierto, por raro que pueda parecer, este dato lo verá claro todo Dios, salvo la propia protagonista, que se sorprenderá en gran medida cuando su pareja empiece a adoptar algún tipo de decisiones financieras moralmente reprobables.El muchacho en cuestión, espabilado y echado pa'lante que es, no dudará en cuestionar la voluntad de su prometida, y ponerse en contacto con su futuro suegro (ya saben cómo son los americanos en estas cosas, les encanta tener que pedir las manos de las hijas y toda esa parafernalia). El problema está en que el tiempo transcurrido en prisión no le ha quitado un ápice de encanto y carisma al bueno de Gordon Gekko y, poco a poco, se irá camelando al joven emprendedor, aleccionándolo en el arte de lograr sobrevivir en la selva que es Wall Street. El chico entrará en el mundo de las finanzas arrollando, logrando hacerse rápidamente un nombre en el sector y logrando captar la atención de las altas esferas. Por lo demás, el dinero, el poder, las trampas, la venganza y la avaricia harán el resto.
El gran punto a favor con el que cuenta la película es el escenario, por el contrario, el gran punto negativo es la historia. La película es suficientemente hábil como para utilizar la actual crisis económica como telón de fondo donde hacer danzar a sus protagonistas. De este modo, la película se ambienta en el año 2008, donde asistimos a la quiebra de algunos bancos, la crisis de las hipotecas subprime y el crack bursátil de la época. Por desgracia, la historia no sabe aprovechar como debería el trasfondo, pasando de puntillas en algunos elementos y centrándose en una historia de relaciones personales y venganza tan descafeinada como poco creíble a la vez que previsible en muchos de sus aspectos.Otro de los puntos positivos con los que cuenta la cinta de Oliver Stone es el de sus protagonistas, alternando actores tan de moda como Shia LaBeouf (el niño de Transformers y relevo de Indiana Jones), Carey Mulligan (nominada al Oscar por An Education) y Josh Brolin (No es país para viejos) con viejas caras conocidas como las de Michael Douglas, Susan Sarandon, Frank Langella e, incluso, Charlie Sheen, que se permite un cameo en el film. Si tuviera que destacar uno de estos nombres, sin duda, sería el de Michael Douglas, auténtica piedra angular de la película que logra que, cada vez que aparece en pantalla, suba el pan, dotando a su personaje de la fuerza necesaria y demostrando que, cuando quiere, es bastante mejor actor que las películas en las que suele intervenir.
Wall Street: El dinero nunca duerme, es una película fallida a pesar de tener un buen punto de arranque y mejores intenciones de lo que en un principio podría haber imaginado. El problema está en que sigo sin poder tragar a Oliver Stone (mejor provocador que director) y ciertas decisiones artísticas más que dudosas entre las que incluiríamos la gran metáfora que representa ver a un dominó cayendo para reflejar el crack de la borsa o la aparición de borrosos espíritus que se le aparecen al muchacho mientras se limpia las manos después de mear. Además, la historia no logra estar a la altura en ningún momento, resultando sosa, plagada de momentos tocho que no aportan nada y un final, horroroso como pocos, que incluso lograría hacer potar a Frank Capra. Y es que, al fin y al cabo, uno termina teniendo la sensación de que la historia, al fin y al cabo, simplemente termina siendo una excusa para poder hacer una secuela de Wall Street, aprovechando el momento financiero actual.Leer critica Wall street: el dinero nunca duerme en Muchocine.net
Con sus primeras películas, Cristopher Nolan logró meterse a gran parte de la crítica en el bolsillo. Con sus trabajos más recientes logró, además, el más difícil todavía logrando aunar a crítica y público, entrando, a la vez, en esa selecta competición entre ciertos directores de relumbrón por ver quien la tiene más gorda. Después de visionar su último trabajo, Origen (Inception), ya no queda ninguna duda al respecto, Nolan se ha convertido, por derecho propio, en el director más importante de nuestros tiempos. En sueños, claro está.
Porque de sueños va precisamente la cosa. Resulta que, al parecer, alguien ha inventado una especie de cachivache que permite al que lo usa adentrarse en los sueños de los demás. El invento, en lugar de usarse para fines más bien libidinosos (que es para lo que se termina usando cualquier avance tecnológico), resulta que se usa para el espionaje industrial de más alto nivel, robando las ideas de las víctimas de la máquina mientras se encuentran en los brazos de Morfeo. En ese sentido, el mayor profesional del sector de la extracción de ideas es el prota de Titanic que, al parecer, ha decidido montar una empresa junto con el niño de Cosas de marcianos y las cosas les van bastante bien hasta que el subconsciente del primero empieza a jugarle malas pasadas, debido a ciertos fantasmas del pasado encarnados en la imagen de la que fuera su esposa, Edith Piaf, que también decide pasearse por los sueños de la peña para hacer la vida imposible a su ex.Total, que los tipos deberán afrontar un nuevo reto aparentemente imposible, cuando uno de sus clientes les proponga un nuevo trabajo: en lugar de robar una idea deberán realizar, justamente, la operación contraria, la de implantar una idea en una de sus víctimas, el espantapájaros de Batman Begins. Para este nuevo reto, los dos protagonistas pedirán ayuda a Juno, una joven estudiante que resultará ser todo un primor a la hora de construir puzzles imposibles, quien ejercerá la función de “arquitecto” debiendo edificar los paisajes que poblarán los sueños en los que transcurrirá la acción. El mayor problema de nuestros protagonistas resultará ser que, en el mundo de los sueños, a uno a veces le cuesta distinguir entre lo que es real y lo que no.
Origen es como uno de esos nudos tope gordos que, a priori, parecen imposibles de deshacer pero que, no obstante, agarrando cada uno de los extremos de la cuerda y tirando sin más, terminan por deshacerse por sí solos sin apenas esfuerzo. Porque uno, empieza a entender la trama de la película únicamente cuando al director le da la real gana de que ya va siendo hora de que el espectador se empiece a enterar de algo, pero una vez explicado resulta que la cosa era más sencilla de lo que nos habían pintado en un principio. El señor Nolan, por tanto, juega con el espectador, durante la primera media hora de metraje, en la que se sigue lo que va sucediendo en pantalla, con interés, pero sin acabar de captar el global de la historia, lo cual crea una gran expectación (que se acentúa claramente cuando Ellen Page empieza a retorcer edificios a su gusto).Lamentablemente la película es suficientemente entretenida como para que no me durmiera en la sala de cine. Y digo lo de lamentablemente porque creo que para captar toda la esencia de la película uno, como espectador, debería dormirse en la butaca, con la película de fondo sonando de forma que, en plena fase REM, nuestro cerebro captara el audio para introducirla en nuestros propios sueños y conseguir, con ello, lograr una nueva capa donde uno se fusionase definitivamente con la trama logrando que la película se infiltrara en el subconsciente de la misma forma que los protagonistas se infiltran en los sueños de sus objetivos. Sinceramente espero que mi subconsciente fuera lo suficientemente espabilado como para dejar pasar a Marion Cotillard (más guapa que nunca) y prohibirle el paso a Tom Berenger (quien le iba a decir a este hombre hace poco tiempo que volvería a aparecer en un blockbuster de estas características).
La película, que empieza siendo un complejo thriller de ciencia ficción con aires de grandilocuencia y perdurabilidad (no lo entiendan como una crítica negativa, de entrada) en su primera mitad de metraje, termina convirtiéndose en una gran y espectacular ensalada de tiros muy amena y terriblemente entretenida que consigue tener al espectador en tensión viendo una peli de acción global, aliñada por el valor añadido del mundo de los sueños, lo cual permite que un tren entre en escena en medio de una gran avenida llena de coches o que los protagonistas deban luchar contra sus enemigos en un escenario de ingravidez. El problema vendría a ser que no es lo que uno se esperaba viendo la primera mitad de la película, convirtiendo la trama en algo excesivamente predecible y domesticada, francamente disfrutable pero sin la capacidad de trascendencia que se le esperaba. Mas allá de esto, personalmente, me chirrió algún que otro aspecto de la película, como el personaje de Marion Cotillard y sus consecuencias o ese lugar conocido como “el limbo” un lugar del que nadie vuelve, pero al que sólo falta que se organicen visitas guiadas como destino turístico.Leer critica El origen en Muchocine.net
Las chicas son guerreras¡Que vuelven los rusos!, exclamé para mis adentros el otro día visionando Salt, la nueva peli de la Jolie, que vuelve a reencontrarse con la Lara Croft que lleva dentro y sus dotes para la acción. Y es que siempre resulta agradable regresar a los clásicos, y después de una época donde se había experimentado con variopintas identidades para los espías de las pelis, pasando por los chinos, los coreanos, los árabes e, incluso, los cubanos, siempre resulta agradable comprobar que los americanos siguen acordándose de sus amigos rusos, guardando un rincón en sus corazoncitos, en sus preferencias a la hora de encarnar a los malotes de las función. Y es que en el fondo, a la hora de enfrentarse a los yankees, nadie espía mejor que los rusos.
Evelyn Salt es una agente de la C.I.A. que será acusada, por un desertor, de ser una agente doble al servicio de los rusos. Como al hombre le gusta tirar de la manta que es un contento, les cuenta a los americanos que la misión de la chica es, precisamente, la de liquidar al presidente ruso en suelo americano para, con ello, empezar una guerra mundial de catastróficas consecuencias. La chica, Salt, argumentará su defensa en base a “pies para que os quiero” huyendo del lugar cual alma que lleva el diablo, lo que no ayudará, precisamente, a que los del gobierno americano acaben de confiar del todo en su palabra de ser pro-americana de los pies a la cabeza. Nuestra prota deberá huir de los americanos, de los rusos, de hacienda y de vaya a saber cuanta gente más, a la vez que tendrá que convencer a las máximas autoridades de su ¿inocencia?
Salt no es un espía al uso. Salt es un suma y sigue de varios personajes del género de acción, capaz de regalar sonoras patadas a sus contrincantes, experto en el cuerpo a cuerpo, hábil en el manejo de armas de todo tipo, avezado en la más variopinta tecnología e igual de ágil, ya sea a la hora de escalar una pared o de saltar de un vehículo en marcha. Por si fuera poco, Salt es mujer, cómo la Sidney Bristow de Alias, tiene problemas de identidad cómo el Jason Bourne de El caso Bourne, es maestra del disfraz cómo el Ethan Hunt de Misión imposible, le gusta huir descalza de sus perseguidores cómo el John McClane de La jungla de cristal e, incluso, es capaz de hacerte un lanza misiles tierra-aire con un clip, un chicle y un Ferrero Rocher, cómo McGiver en sus buenos tiempos. Lástima de la edad, que si hubiera sido adolescente cómo el prota de Superagente Cody Banks, se hacían un pleno la mar de mono.Y es que la película además, está dirigida por todo un experto en el tema como es Phillip Noyce (Juego de patriotas, Peligro inminente o El santo) y que ya había trabajado con la Jolie en El coleccionista de huesos. Angelina Jolie, auténtica estrella de la función, demuestra una vez más sus dotes como heroína de acción, capaz de cargarse la película a sus espaldas y tirar de ella cuando parece que la cosa empieza a flaquear.
Salt, como cinta de acción, demuestra ser eficiente, con escenas adrenalínicas y un sentido del ritmo francamente endiablado que no permite ni un respiro al espectador, encadenando secuencias en una continua busca y captura de una mayor espectacularidad, sin escasear en violencia y destrucción masiva. Salt, por el contrario, como thriller de espías, resulta ser francamente torpe, sosteniéndose en viejos clichés vistos hasta la saciedad, incapaz de aportar algo nuevo o imprimir cierto grado de coherencia a una trama que, poco a poco, va cayendo en el absurdo y la pantomima, sin lograr resultar interesante para el espectador, además de mostrar una pasmosa falta de capacidad para sorprender. Ustedes eligen. Quédense con la vertiente que más les interese para decidir si vale la pena o no ver la película.
Resumiendo: acción, acción y algo más de acción para una película especialmente recomendada para fans del género que este verano quisieran huir de la canícula estival resguardándose en una sala de cine.Leer critica Salt en Muchocine.net
La naranja cibernética.
Con los elementos propios de un ciberthriller corporativo, Cypher da vueltas alrededor de las tribulaciones de un hombre corriente sumido en un universo alucinatorio. El protagonista de la historia es Morgan Sullivan (Jeremy Northam), un contable en paro que quiere dejar atrás su anodina existencia para ejercer de espía industrial en Digicorp, una desalmada multinacional. Bajo una nueva identidad es enviado a distintas convenciones alrededor de Norteamérica, con la misión de grabar en secreto las conferencias. Morgan en un principio queda algo decepcionado por la banalidad de su cometido y por lo insustancial de las reuniones a las que acude, pero enseguida empieza a sentirse cómodo con su falsa identidad, a pesar de los constantes dolores de cabeza y de las extrañas pesadillas que cada vez son más recurrentes. Esta situación cambia drásticamente cuando conoce a Rita Foster (Lucy Liu), una bella y enigmática mujer que le pondrá al día del sórdido mundo en el que se ha metido.
El héroe de Cypher está atrapado en las intrigas corporativas de dos empresas rivales, ambas igualmente amorales y despiadadas, ambas con la intención de utilizarle y luego matarle. Cuando él pasa por un desquiciado lavado de cerebro y es bombardeado por un torbellino de imágenes que intentan quebrantar su voluntad, compartimos sus esfuerzos por mantenerse cuerdo. Esta es la escena más lograda del filme y la que cala más hondo en el espectador, además de ser el instante que marca un punto de inflexión en la historia, ya que señala cuando la película se desprende de su realidad y se convierte en toda una pesadilla kafkiana. A partir de aquí el protagonista deberá probar su entereza, tanto física como mental, en diversas situaciones extrañas, pero este aterrador método de condicionamiento, que guarda cierto parecido con la mítica técnica Ludovico de La naranja mecánica (1972), es el más fascinante.
El buen hacer de Vincenzo Natali en la ciencia ficción ya había quedado patente en Cube (1997), su clásico sobre el terror de los espacios reducidos, y en su segundo largometraje el director canadiense se sirvió de la ficción científica para retratar la crisis de identidad del hombre moderno. En Morgan Sullivan podemos encontrar la esencia de otros héroes alienados de la literatura y el cine, como por ejemplo el Joseph K de El proceso (1925) o el Winston Smith de 1984 (1949). La esquizofrénica puesta en escena y la estética fría y distante, casi minimalista, nos transmiten la desesperación y la paranoia que requiere el relato. La acción se enmarca en una desdibujada urbe futurista que solo se intuye vagamente y el clima de misterio se mantiene a lo largo de todo el metraje, amparado por los constantes giros argumentales de una trama que juega intencionadamente a las cajas chinas.
Cypher es un thriller abstracto que, sin grandes alardes, combina un ambiente enfermizo e intenso con elementos directamente vinculados al género de espías, una suerte de miscelánea ciberpunk donde se integra a la perfección el lenguaje de la ciencia. Vincenzo Natali se muestra más interesado en contar historias estimulantes que en la elaboración de personajes y su cine pone en relieve la fragilidad de las fronteras entre realidad y fantasía, lo que le da cierta libertad narrativa. La película tiene una primera parte fascinante y claramente kafkiana, pero en su último tercio se mantiene fiel a los códigos del cine de evasión, en un cambio de registro que resulta difícilmente comprensible. Tras más de una hora de pura pesadilla cibernética, el filme de Natali deriva hacia una típica fantasía bondiana, recreada con derroche de adrenalina y pirotecnia, en lo que viene a ser un complaciente final que no casa con el resto del metraje, pero que refuerza el sentido onírico del relato.
La frase: «Escúcheme con atención; pase lo que pase en esa sala, no demuestre extrañeza ni emoción ni sorpresa. Vea lo que vea, usted no se mueva.»
Leer critica Cypher en Muchocine.net
El orgullo nacional
Las obras de los grandes pintores de la historia del arte tienen un valor casi incalculable. En las subastas se puja muchísimo dinero por ellas, superando muchas veces las cifras anteriores y marcando nuevos récords. Pero no todo el mundo tiene la noción de la verdadera importancia de esas pinturas. Algunos sí que ven belleza en ellas y un significado vital dentro de la cultura universal; pero a otros lo único que les interesa es la importancia que tienen en cuanto al valor monetario y no a su calidad artística. Esto se puede ver claramente en la muy entretenida película El tren, de John Frankenheimer, situada en la Segunda Guerra Mundial, más exactamente, en el 2 de agosto de 1944. Debido a la inminente liberación de París y de la llegada de los aliados en unos días, el coronel Von Waldheim (Paul Scofield) decide llevarse consigo para el Tercer Reich los mejores cuadros que se encuentran en el museo de Jeu de Paume de París, que son obras de varios autores relevantes del siglo XIX y XX, como Renoir, Gauguin, Picasso, Miró, Braque, entre otros. La responsable del museo no puede hacer nada para evitar que se los lleven, pero le queda un último recurso: pedir al inspector de zona de los ferrocarriles, Labiche (Burt Lancaster), que haga todo lo posible para impedir que el tren que lleva esos cuadros salga de viaje hacia Alemania. La difícil hazaña de conseguir que el tren no llegue a su destino será un trabajo arduo de varios hombres unidos para sabotear a los alemanes nazis y salvar el Patrimonio Nacional de Francia.
Al inicio de la película, una voz en off nos avisa de que los productores del film quieren "manifestar su tributo de admiración a los ferroviarios franceses cuyo magnífico espíritu y valor han inspirado esta historia". La verdad es que el mensaje queda claro en la película, con todo el heroísmo de los que participan en el sabotaje por el orgullo nacional de Francia, unos cuadros que para muchos de los que colaboran ni son conocidos; sólo lo hacen para que los alemanes no se lleven lo que no es suyo. El mismo Labiche se niega al principio a jugarse la vida de varios hombres por unos simples cuadros, pero, alentado por algunos de sus compañeros maquinistas y por un hecho fatal que ocurre, decide unirse y ponerse al mando del grupo de sabotaje.
Frankenheimer logra con esta trama un film lleno de intriga y de acción, bien dirigido y con un guión bien desarrollado, aunque utiliza el truco del zoom para destacar detalles fundamentales, dejando demasiado obvia la señal de atención para el espectador. El personaje del coronel está muy bien interpretado por Paul Scofield, dando órdenes a todo el mundo y desobedeciendo a sus superiores para conseguir que los cuadros lleguen a Alemania antes de que ataquen los aliados. Su particular guerra con Labiche es lo mejor de la película, con un duelo interpretativo de alto calibre. Burt Lancaster protagoniza todas sus escenas de acción y encarna a la perfección su papel de ferroviario. Con Frankenheimer trabajó también en Los jóvenes salvajes (1961), El hombre de Alcatraz (1962), Siete días de mayo (1964) y Los temerarios del aire (1969). También aparece la gran actriz francesa Jeanne Moreau en un papel crucial, pero que en algún momento perjudica al ritmo de la historia. Hay que destacar la buena fotografía conseguida por Jean Tournier y Walter Wottitz y la banda sonora de uno de los primeros trabajos del gran compositor francés Maurice Jarre, que murió en marzo del año pasado.
John Frankenheimer tuvo una carrera cinematográfica muy irregular, dividida prácticamente en dos etapas: en la primera destacan sus títulos más importantes, como las mencionadas El hombre de Alcatraz (1962) y Siete días de mayo (1964), o la interesante Yo vigilo el camino (1970); la segunda contiene títulos tan abominables como Tiro mortal (1989) o La isla del Dr. Moreau (1996).
"Un film muy entretenido ubicado en la Segunda Guerra Mundial, con una buena dirección de John Frankenheimer, una buena fotografía y un duelo interpretativo entre Paul Scofield y Burt Lancaster"
Leer critica El tren en Muchocine.net
La arruga es bella.
Se hace muy complicado analizar una película basada en una novela que se ha leído un servidor, por aquello de que siempre se tiende a comparar el resultado cinematográfico final con el original literario. Lo dicho debe multiplicarse por dos en el caso de que el libro le haya gustado mucho a uno, y por tres, en el caso de que, además, el libro resulte ser todo un clásico literario, como corresponde a la cinta que hoy nos ocupa. A pesar de ello, en estos casos, siempre procuro analizar las películas de forma independiente, intentando no compararlas con sus originales, por aquello de tratarse de géneros totalmente distintos, incluso en casos en los que, como ocurre con esta nueva adaptación de El retrato de Dorian Gray, se deba hacer todo un auténtico tour de force, debido a las numerosas licencias creativas que se toman los responsables de la película.
Entiéndanme, puedo llegar a entender que la película no se recree en los jardines de la casa del protagonista, como si se hace en el libro (de hecho, ni siquiera aparecen en la película), pero lo que verdaderamente me cuesta de entender es que se alargue, de forma un tanto extraña, su recta final o que se haya optado por incorporar nuevos personajes con un peso más que relevante dentro de la trama, que ni siquiera aparecían en la novela.
La película empieza con la llegada a Londres de Dorian Gray, un joven con una pinta de pardillo que dan ganas de correrlo a collejas desde el andén de la estación hasta su propia casa. Su huraño abuelo ha fallecido y el muchacho regresa a la capital para tomar posesión de todos sus bienes recientemente heredados. Su nueva posición social le permitirá asistir a las fiestas de la alta sociedad de la época, donde rápidamente entablará amistad con Harry, un vividor adicto a los variados placeres de la vida que, poco a poco, irá introduciendo al apuesto Dorian en su mundo de vicios y depravación. Si duda Harry es un tipo que sabe vivir la vida al límite, no obstante, lógicamente, es incapaz de detener el inexorable paso del tiempo, algo que sí conseguirá Dorian Gray, a quien se le concederá su deseo logrando permanecer joven y bello para siempre, a la vez que irá profundizando cada vez más en el oscuro mundo de Harry. Dorian no envejece, pero si lo hará un retrato suyo pintado por su otro gran amigo, Basilio Hallward, a quien no le gustará la nueva forma de comportarse de su compañero. A medida que el alma de Dorian vaya corrompiéndose cada vez más, su retrato irá cambiando convirtiendo lo que en su momento fuera belleza, en una decrepitud monstruosa.
Nueva adaptación para la gran pantalla de la popular novela de Oscar Wilde, en esta ocasión con Oliver Parker detrás de las cámaras, quien, anteriormente, ya había adaptado en un par de ocasiones al autor, con las comedias Un marido ideal (1999) y La importancia de llamarse Ernesto (2002). Para los personajes principales, Parker, ha contado con el joven Ben Barnes (Las crónicas de Narnia: El príncipe Caspian), que interpreta a un Dorian que gana en credibilidad a medida que avanza la película y se le va corrompiendo el alma; Colin Firth (Un hombre soltero), como Harry, demostrando, una vez más, su solvencia como actor y convirtiéndose, con cierta facilidad, en el mejor de la película; Rebecca Hall (Vicky Cristina Barcelona) como uno de los amores de Dorian, metido con un más que enorme calzador dentro de la trama; y Ben Chaplin (Oscura seducción), como el autor del retrato maldito y amigo del protagonista.
Lo cierto es que la película empieza mejor de lo que me esperaba. La ambientación del Londres de la época es correcta y la dirección de Oliver Parker convierte la ciudad en un lugar sombrío y lleno de pecados. La película, no obstante, avanza bastante a medio gas en su mayor parte de metraje, sin resultar nada del otro mundo, aunque pueda resultar medianamente pasable (evidentemente nada que ver con la gran obra de alcance mundial que es el libro). Hacia el final, lamentablemente, la película termina por írsele de las manos al director, añadiendo subtramas que no vienen a cuento de nada, que hacen mayor daño que bien a la historia y llegando a un clímax final que provoca cierta vergüenza en el espectador, concluyendo el espectáculo con una resolución mal planteada y peor resuelta. Al final uno termina con la sensación de que es una lástima que se hayan cargado la película por un cúmulo de malas decisiones que pesan en exceso en contra del film.
Resumiendo: Pasable, tirando a mediocre, adaptación de un brutal clásico literario, con una recta final francamente mala que termina dejando un amargo gusto en la boca del espectador.Leer critica El retrato de Dorian gray en Muchocine.net
Caso abierto.Una de las categorías en la que saltaban más chispas de la pasada entrega de los premios Oscar, era la de mejor película de habla no inglesa, con dos potentes gallos en un mismo gallinero: la alemana "La cinta blanca" y la francesa "Un profeta". Todo parecía decantarse, pues, a que una de las dos películas se alzaría con el premio, aunque muchos eran quienes le otorgaban una pequeña ventaja a la cinta de Haneke. A la hora de la verdad, la ganadora resultó ser, contra todo pronóstico (el mio incluido), la tercera en discordia, a la que todo el mundo se empeñaba en augurar escasas posibilidades, la cinta argentina El secreto de sus ojos.
Y es que fuimos muchos los que no caímos en la cuenta de que, no nos engañemos, en esto de los Oscar muchas veces se vota más por coleguismo que otra cosa y el director de "El secreto de sus ojos", Juan José Campanella, es bastante conocido en Estados Unidos, especialmente, a raíz de su trabajo en televisión, donde ha colaborado en series tan populares como Ley y Orden, 30 Rock o, sobretodo, House. No obstante, no deja de ser curiosa la trayectoria como director del bueno de Campanella, pues al contrario que la gran mayoría de los directores importantes de cine no norteamericanos, que empiezan sus carreras en su país de origen para, más tarde, trasladarse a EEUU, Campanella siguió el camino contrario. Así pues, empezó realizando dos películas en Estados Unidos, El niño que gritó puta y ...Y llegó el amor, para trasladarse, desde entonces, a su Argentina natal para realizar el resto de su filmografía, donde dirigió películas tan conocidas como El mismo amor la misma lluvia, El hijo de la novia y Luna de Avellaneda, además de la serie co-producida entre España y Argentina llamada Vientos de agua.
El Secreto de sus ojos es una película fragmentada en dos tiempos: el presente y el pasado. La película empieza en el presente, donde conocemos a un agente de la justicia federal ya jubilado que decide emplear su recién adquirido tiempo libre para escribir una novela acerca de un caso que le dejó marcado veinticinco años atrás. Aquí es, justamente, donde entra en escena el pasado, que nos muestra al personaje cuando todavía trabajaba en el juzgado, junto con su inseparable compañero de profesión (al que le gusta empinar el codo más de lo aconsejable por el bien de su hígado) y su joven y atractiva superior. Así pues, estando en el pasado podremos conocer de primera mano el crimen que tanto marcó a nuestro protagonista, la violación y posterior asesinato de una joven en el interior de su propia casa. A partir de este momento, la trama se irá moviendo entre las dos épocas para contarnos los hechos sucedidos a raíz de la investigación y lo escurridizos que pueden llegar a resultar, en ocasiones, algunos criminales.Lo cierto es que la película juega a muchas bandas a la vez y lo que en un principio pudiera parecer un simple thriller policíaco al estilo de "atrapa al malo" (que lo es), también se termina destapando como un film que analiza las relaciones personales (tanto afectivas como románticas) de sus protagonistas, radiografía una época especialmente combulsa de la historia Argentina (tanto a nivel social como político), e incluso se permite el lujo de mostrar un humor mordaz a través de unos diálogos tan ágiles como divertidos. Todo ello, por si fuera poco, con un empaque visual excelente, una gran dirección por parte de Campanella, unos actores en un constante estado de gracia y, en definitiva, una sensación de estar viendo cine en estado puro. Y todo ello para dejarnos con la moraleja final, que por sabida no resulta menos cierta, de que los asuntos sin resolver (véase un crimen, véase una historia de amor) terminan dejando una brecha que jamás termina de cerrar.
Para esta nueva película, Campanella vuelve a confiar en Ricardo Darín para el papel principal, actor con el que ya había trabajado en sus tres anteriores trabajos en Argentina y probablemente uno de los actores Argentinos de mayor tirada internacional. Darín borda su papel y acaba siendo tan efectivo y carismático que a uno, como espectador, le resulta prácticamente imposible no ponerse de su parte en todo momento, además de lograr resultar rematadamente convincente en las dos épocas distintas que narra la historia, algo que no siempre resulta ser todo lo fácil que en un principio podría parecer. A su lado, encontramos a la actriz y cantante Soledad Villamil (Goya a la mejor actriz revelación, a pesar de llevar actuando desde 1997), en el papel de la Jueza que investiga el crimen, que ya había colaborado con Campanella y Darín en El mismo amor la misma lluvia y también había aparecido en la comedia No sos vos, soy yo, junto a Diego Peretti.
La trama consigue enganchar al espectador con cierta facilidad a partir de una historia con un truculento crimen como punto de partida y unos personajes atrayentes, con mención aparte para el personaje secundario y compañero de trabajo del personaje de Darín como contrapunto cómico. Cabe destacar el espectacular ritmo narrativo de la película (si el arranque te engancha, el ritmo se encarga de no soltarte) que va hilando los sucesos de tal forma que no permite que baje la intensidad. Ya llegados a la mitad de la película, Campanella nos regala una escena que transcurre en un campo de fútbol con un plano secuencia de más de cinco minutos que provocó que mis huevos se desprendieran de mi cuerpo, se cayeran por el suelo y empezaran a rodar. Quizás lo único que se le pueda recriminar a la película es que el punto álgido de la cinta llega hacia la mitad de la misma, con lo cual, todavía nos queda por delante una hora más de metraje que, a pesar de resultar seguir siendo sobresaliente, ya sólo puede ir hacia abajo, incluido un final o epílogo alargado en exceso, por muy efectista que resulte.
Resumiendo: Desconozco si la película merecía el Oscar a mejor película de habla no inglesa o no. De hecho, me la suda un rato. De lo que si que estoy seguro es de que estamos frente a un peliculón como la copa de un pino.Leer critica El secreto de sus ojos en Muchocine.net
"Nadie que viva y respire cine debería siquiera ni soñar con perdérsela" escribe Peter Travers para la revista Rolling Stone. "No es una simple lección de cine, es el cine convertido en lección y misterio" nos cuenta Luis Martínez del Diario El Mundo. Sin duda Shutter Island, la última película de Martin Scorsese, ha recibido buenas críticas y ha creado gran expectación, y frases como "deslumbra y provoca" son las que hemos podido leer en la prensa especializada. Sí, el filme posee varios elementos para hacer de él una obra de interés, pero lo cierto es que le faltan un par de semanas más de rodaje y otras tantas en la sala de montaje. La película funciona bien como boceto, pero no como obra completa y finalizada.
Hay una escena, por ejemplo, en que una paciente del psiquiátrico donde transcurre la acción pide un vaso de agua y alguien se lo trae. En el siguiente plano hace el gesto de beber pero… tiene la mano vacía. Así que no bebe realmente, solo lo finge y toda la sala de cine se puede percatar de ello. Este error en la continuidad cinematográfica rompe la ilusión de la secuencia y te saca inmediatamente de la película, además de resultar incomprensible porque no estamos hablando de un costoso efecto especial, sino de un simple vaso. La escena se alarga un poco más y el vaso vuelve a aparecer, pero en ocasiones está lleno y en otras vacío.
El montaje de Shutter Island está repleto de fallos de raccord, de cortes bruscos que cambian la gestualidad de los personajes, de cadáveres a los que vemos mover sus extremidades o variar su posición según la cámara que los enfoque, en este sentido el filme es una auténtica calamidad. El despropósito es tal que uno duda de si está hecho deliberadamente o no, porque claro, estamos hablando de Martin Scorsese, el autor de Taxi Driver (1976), y estamos hablando también de su habitual montadora, Thelma Schoonmaker, nominada a los Oscar en seis ocasiones y premiada en tres. Pero lo cierto es que si es intencionado o no es lo de menos, porque resulta molesto y distrae de la acción, y la forma nunca debería interponerse en el contenido.
Hay un momento en Chinatown (1974), ese genial homenaje al cine negro de Roman Polanski, que transcurre en el interior de una casa en el que observamos el exterior a través de la puerta, si no recuerdo mal. La cámara permanece quieta mientras vemos un coche aparcando a fuera, John Huston baja del vehículo y finalmente entra en el domicilio. Polanski nos muestra la acción sin cortes ni movimientos innecesarios, todo ello en un solo plano, no hay duda de que Huston conducía el coche y de que lo que el espectador ha visto es lo que ha sucedido realmente. Esto, amigos míos, sí es CINE.
Pero prosigamos con Shutter Island. El filme, al menos en apariencia, trata sobre dos agentes federales (Leonardo DiCaprio y Mark Ruffalo) que son destinados a una remota isla para investigar la desaparición de una peligrosa asesina recluida en un hospital psiquiátrico (Emily Mortimer), un centro penitenciario para criminales perturbados dirigido por un siniestro doctor (Ben Kingsley). La intención y el estilo nos remiten a un filme noir de facturación barata, mientras que la trama elabora una complicada tela de araña de tintes góticos y paranoicos. En este sentido no resulta fortuito que la acción se sitúe en el verano de 1954, la época de la Guerra Fría, la paranoia comunista, la famosa caza de brujas del senador McCarthy y la ciencia ficción de cartón piedra.
Basada en una novela de Dennis Lehane, la premisa es sugerente y debo admitir cierta debilidad por las historias que intentan minar la cordura de sus protagonistas. La semilla del diablo (1968, otra vez de Polanski) y La invasión de los ladrones de cuerpos (1956), por ejemplo, son dos grandes películas sobre el tema. Pero la cinta de Scorsese canaliza todo este material hacia algo más que un thriller psicológico, hay una parte de la historia que se nos oculta estratégicamente y la trama contiene un espinoso giro argumental.
Shutter Island es una de esas elaboradas trampas cinematográficas a las que Shyamalan nos tiene tan acostumbrados, un galimatías lingüístico donde las piezas encajan, pero cuyo artificio se demuestra innecesario en una obra principalmente atmosférica, sin contar que eso del “enemigo interior” es un recurso demasiado manido en los tiempos que corren. Pensemos, por ejemplo, en El club de la lucha (1999), Alta Tensión (2003), Identity (2003), El escondite (2005) o como no, en La novena puerta (1999) con Polanski de nuevo tras la cámara. La película provoca desapego y decepción, y hacia el final, en la sala de cine, podías oír a algunos espectadores preguntarse en voz baja qué había sido de la cinta de intriga que habían venido a ver.
Shutter Island es una de esas elaboradas trampas cinematográficas a las que Shyamalan nos tiene tan acostumbrados, un galimatías lingüístico donde las piezas encajan, pero cuyo artificio se demuestra innecesario en una obra principalmente atmosférica, sin contar que eso del “enemigo interior” es un recurso demasiado manido en los tiempos que corren. Pensemos, por ejemplo, en El club de la lucha (1999), Alta Tensión (2003), Identity (2003), El escondite (2005) o como no, en La novena puerta (1999) con Polanski de nuevo tras la cámara. La película provoca desapego y decepción, y hacia el final, en la sala de cine, podías oír a algunos espectadores preguntarse en voz baja qué había sido de la cinta de intriga que habían venido a ver.
La frase: «Este lugar me hace pensar en si quiero vivir como un monstruo o morir como un hombre bueno.»
Leer critica Shutter island en Muchocine.net
Yo soy la ley.
Que Mel Gibson regrese al cine, sin duda, es noticia (de hecho no lo hacía desde Apocalypto, película que dirigió en 2006); que lo haga como actor, colocándose nuevamente delante de las cámaras, también (su última aparición había sido, como secundario, en El detective cantante del 2003, y, anteriormente, como protagonista en Señales del 2002), pero que, encima, lo haga regresando al género de acción que le dio la fama, ya convierte el film, como mínimo, en algo a tener en cuenta (su última incursión fue con Payback, en el año 1999). A pesar de todo, algunos podrían llegar a pensar que poder ver a Gibson sereno durante más de hora y media ya es, en si mismo, todo un acontecimiento para su nuevo trabajo como actor: Al límite.
Gibson interpreta a Thomas Craven un agente de la policía de Boston que recibirá la visita de su hija de veinticuatro años a la que no veía desde hacía tiempo. La distancia ha causado mella en su relación, aunque rápidamente intentaran ponerse al día de sus respectivas vidas. De repente, la hija empezará a sentirse indispuesta, lo que provocará que le pida a su padre que la lleve a un hospital, pero nada más salir por la puerta un tipo enmascarado vaciará la munición de la escopeta en el cuerpo de la chica provocándole la muerte.Pero pongámonos por un momento en la piel del sicario encargado de cargarse a la joven. Desde que la chica y su padre salen por la puerta y el asesino, frente a ellos, dispara, transcurren aproximadamente dos segundos, lo cual nos vendría a decir que el tio debía estar más que en situación. Ahora, imagínense al hombre, de noche, con pasamontañas, escopeta en mano, al lado de un arbusto, frente al porche de la casa de un agente de policía, con la mirada fija en su puerta y pensando, -no, si es que al final voy a tener que entrar yo-. La cosa no tendría más relevancia si no fuera porque, en otro momento de la película, alguien es asesinado al ser arrollado, nada más poner un pie en la calle, por un coche que circula a gran velocidad. O los asesinos conocían perfectamente el momento en que la víctima pondría el pie en la calzada (cosa que resulta imposible) o el coche iba dando vueltas a toda hostia y quemando rueda por la calle una y otra vez confiando en que, por gracia divina, en algún momento coincidieran con su objetivo. Demasiadas casualidades para mi gusto.
Volviendo a la trama, el padre, desolado, verá como sus compañeros de profesión empezarán a investigar lo sucedido, llegando a la conclusión de que debía tratarse de un error por parte del asesino (encima) y que, en el fondo, el plomo que se comió la hija debía ir destinado al padre, presuponiendo que debía tratarse de algún caso policial pendiente. El padre, con la mirada perdida, irá asimilando las explicaciones de los demás agentes, e incluso hay un momento en que uno de los detectives que lleva el caso intentará animar al padre invitándolo a un trago de whisky, ofrecimiento que no provocará ningún tipo de reacción en el personaje de Gibson, confirmando el gran trabajo de contención del actor.A pesar de las explicaciones de los demás agentes, Thomas Craven empezará a indagar por su cuenta, siguiendo sus propias pistas (empezando por el móvil de su hija fallecida) para encontrar a los culpables y comprobando que nada es lo que parecía ser en un principio.
Para la dirección, la película cuenta con el británico Martin Campbell, todo un profesional del género de acción, que anteriormente había realizado trabajos tan conocidos como Escape de Absolom (con el gran Ray Liotta como estrella principal), La máscara del zorro y secuela, Límite vertical y los Bonds Goldeneye y Casino Royale (que ayudó a relanzar la franquicia con Daniel Craig interpretando al agente secreto). La película, además, es la adaptación de una miniserie para la BBC que en 1985 el propio Campbell se encargó de dirigir.
La película empieza de forma abrupta y en el minuto seis, sin apenas tiempo para asimilar que la cosa ya está en pleno funcionamiento, ya tenemos un cadáver y un padre que quiere respuestas. La estructura de la película, por su parte, resulta la clásica de un thriller de estas características, en la que nuestro protagonista tendrá que seguir el hilo pista tras pista, hasta destapar todo el fregao, mostrando, en general, tan pocas virtudes como defectos. Entre las virtudes destaca el hecho de comprobar que Gibson sigue en plena forma y la crudeza que demuestra el film en algunos de sus pasajes. Entre sus defectos lo inverosímil de algunas de sus secuencias (la gente siempre muere justo después de haber entregado la información necesaria al prota para que pueda seguir con su investigación, nunca antes), que la resolución te la ves venir de una hora lejos y que el final no termina de ser todo lo efectivo que uno hubiera deseado.
Resumiendo: Se trata de un thriller tan correcto como fácilmente digerible y olvidable. No me pregunten por la película dentro de un par de semanas porque, probablemente, no recordaré ni su título.Leer critica Al limite (edge of darkness) en Muchocine.net
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