Que me lo disfruten.
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La historia más triste jamás contada
Fue en 1988 cuando Isao Takahata creó la que es su obra más conocida y de la que seguramente será recordado, La tumba de las luciérnagas, en la que apostó por la misma línea dramática que tanto éxito le habían dado las series Heidi (1974) y sobre todo Marco (1976), contando esta vez una historia verdaderamente trágica ubicada en el Japón del final de la Segunda Guerra Mundial, centrándose en un adolescente llamado Seita y su hermana pequeña Setsuko. El relato del intento de supervivencia de estos dos personajes es absolutamente desolador, dado que desde los primeros fotogramas sabemos que ambos están muertos ("El día 21 de septiembre de 1945, yo morí"), contando la historia como un flashback en el que él observa algunas escenas de su pasado reciente.
La película recibió muy buenas críticas y debió de sorprender en el momento de su estreno no sólo por su obvia gran calidad de la animación, sino también por sus contundentes imágenes, siendo un drama tan duro que el espectador no puede evitar emocionarse y hasta seguramente soltar alguna lágrima. Sin embargo, uno tampoco puede quitarse de la cabeza la sensación de que a Isao Takahata le gusta adentrarse en este tipo de historias, profundizando demasiado en la miseria de sus protagonistas, buscando claramente la compasión del espectador. Aunque esto no resta valor a la historia ya que el recuerdo de algunas escenas de la niña Setsuko son imborrables y el objetivo de impactar se cumple totalmente, resultando ser una de las películas más tristes de la historia del cine, aunque algunos aspectos del drama sean utilizados casi al límite.
"La tumba de las luciérnagas contiene una gran calidad en la animación pero también una tragedia demasiado respaldada en las penurias de una pareja de hermanos que sobreviven como pueden en el final de la Segunda Guerra Mundial"
Pero también sus películas han marcado un antes y un después tanto en la animación japonesa como en la de todo el mundo, debido seguramente por su predilección y gran apuesta por la animación tradicional en 2D; también por su supuesto amor a la naturaleza con el que logramos observar paisajes de gran belleza y por una magia que envuelve todas sus historias llegando a emocionar. Por eso es de agradecer el reestreno en las salas de cine de una de sus películas más emblemáticas y más queridas, Mi vecino Totoro (1988), que después de veintiún años de su creación no ha perdido ni un ápice de todo su encanto. Aunque cuando se estrenó en su momento no cuajó del todo en el mismo Japón, el paso del tiempo la ha colocado en un puesto privilegiado en la mente de los nipones, gustando a casi todos. Y la verdad es que la historia es emocionante por mostrarnos a dos crías, Satsuki i Mei, que se van a vivir al campo con su padre y en el que conocerán al duende de un cuento de hadas, Totoro, con el que vivirán una experiencia inolvidable. Además, es indispensable en la historia la relación de las hermanas con su madre que se encuentra convaleciente en un hospital. Y es que se podría decir que es una película muy japonesa, donde se pueden ver también varias referencias al Sintoísmo, una religión más cercana a la filosofía por basarse en una adoración a los espíritus de la naturaleza, donde todas las cosas tienen su alma: las piedras, la hierba, cada árbol...
No olvidemos tampoco que las películas de Hayao Miyazaki, con el Estudio Ghibli detrás suyo, tienen un tremendo potencial artístico, recreando un mundo propio de realidad y fantasía situado perfectamente en una maravillosa puesta en escena, con una inusitada capacidad para animar cualquier detalle, por difícil que sea. Y no sólo eso, sus historias mantienen un pulso fuerte a la hora de intentar dejar huella en el espectador de algún claro mensaje, como la unión en la familia en Mi vecino Totoro, consiguiendo su objetivo sin ser una historia marcadamente infantil aunque sí un tanto moralizadora. Otras películas como la simpática Nicky, la aprendiz de bruja (1989), cuyo horrendo doblaje en español ridiculiza la historia y la hace más infantil de lo que aparenta ser, o la brillante aunque larga La princesa Mononoke (1997), con demasiados mensajes ecológicos, son historias en las que los protagonistas principales son adolescentes bastante responsables que dejan a sus familias por alguna causa que otra pero con los que mantienen igualmente un fuerte vínculo.
"Particularmente, Mi vecino Totoro es una película que sorprende por su forma tan sencilla de atrapar al espectador y por su especial atención en mostrar una infancia llena de ternura e imaginación, con unas terribles ganas de vivir que es lo que precisamente nos produce una emoción que no podremos olvidar"
La peli va de un viejo que tiene muchos globos, otro que tiene muchos perros, un niño gordo, un pájaro raro, una casa que vuela y... mmmm, creo que me estoy liando un poco. Mejor vuelvo a empezar. Carl es un anciano, vendedor de globos retirado, que se acaba de quedar viudo y al que ya nada parece atarle al presente salvo la casa donde vivió feliz durante tantos y tantos años con su difunta esposa y de la que lo quieren echar. Pero Carl, lejos de rendirse, opta por atar una multitud de globos a la casa para salir volando hacia su última aventura: viajar hacia América del Sur, un sueño de juventud que compartía con su esposa, y que nunca llegaron a realizar. Una vez ya en el aire, descubrirá que no está solo en su viaje, pues en el porche de su casa encuentra un polizón con el que no contaba, un orondo niño empeñado en convertirse en un joven explorador. A regañadientes, el viejo cascarrabias deberá aceptar al inesperado compañero de viaje, quien conseguirá sacar de sus casillas al anciano una y otra vez. El viaje, no obstante, solo es el principio, pues una vez lleguen a su destino empezará la auténtica aventura que ambos han estado esperando.
Up es la nueva apuesta de Pixar, la compañía especializada en títulos de animación por ordenador, que empezó su andadura en el mundo de los largometrajes con Toy Story y que se ha ido especializando en hacer cine “para toda la familia” con títulos tan rematadamente conocidos y taquilleros como Bichos, Toy Story 2, Monstruos S.A., Buscando a Nemo, Los increíbles, Cars, Ratatouille y Wall-E (probablemente el mejor de sus trabajos hasta la fecha, aunque un servidor siempre tuvo una especial predilección por Los increíbles). Tanto el guión como la dirección de este nuevo trabajo corren a cargo de Pete Docter (quien fuera también responsable de Monstruos S.A.) y Bob Peterson.
A mi modo de ver, la película contiene tres partes claramente diferenciables: La primera, los primeros diez minutos, son un puro diez. Resulta fantástica y con la capacidad de transmitir emoción incluso a una maldita piedra a través de la fuerza de las imágenes, sin soltar una sola palabra, ni falta que le hace. La segunda, hasta la hora de duración, baja un poco el listón pero resulta igualmente brillante. Se potencia la sensación de aventura y, sobretodo, humor, especialmente por la relación entre el anciano y el niño, y consigue meter al espectador de lleno en la trama sin apenas posibilidad de soltarse ni un momento. La tercera, los últimos veinte minutos, fue la que más me chirrió dentro del global y la película cae en el clásico error (a mi entender) de mezclar el género de “aventuras” puro y duro con el género de “acción” y donde podemos ver como el abuelete, que usaba una silla eléctrica para bajar las escaleras de su casa, empieza a dar piruetas imposibles y saltos acrobáticos al más puro estilo John McClain. Aunque, cuidado, no es que no me gustara el tramo final, ni mucho menos, lo que pasa es que viendo de donde veníamos, lo cierto es que no está al nivel del resto de la película.
Resumiendo: La película entretiene, emociona y divierte a partes iguales, así que poco más se le podría pedir. Y es que, como se suele decir, si la película fuera un perro, solo le faltaría... hablar.
Buenos días, soy el jefe Dreyfus y hoy miramos hacia la cartelera, con una película de estreno que es un bonito/terrible cuento que hará las delicias de los aficionados al stop-motion, de la mano de uno de los directores que se está consagrando con dicha técnica. Hoy: Los mundos de Coraline... ¡Empezamos!
La película empieza, como tantas y tantas otras, con la mudanza de la familia protagonista a su nuevo hogar en los apartamentos Palacio Rosa. Dicha familia está formada por un matrimonio, demasiado enfrascado en su trabajo como para hacer caso a su hija, llamada Coraline, una niña de gran imaginación, que se sentirá sola en su nuevo hogar, después de haber dejado atrás a sus antiguos amigos, debido a la poca atención dispensada por sus padres. Rápidamente, no obstante, empezará a hacer nuevas amistades, entre los que encontramos a un extraño niño, que vive en el pueblo, y sus vecinos: un viejo artista de circo, el asombroso Bobinsky, al que se le ha ido un poco la cabeza, y dos ancianas, antiguas bailarinas de vodevil, amantes de los perros, que siguen recordado los felices tiempos de éxitos pasados. Pero todo va a cambiar cuando Coraline descubra que, escondido en el salón de su nueva casa, debajo del papel pintado, existe una pequeña puerta capaz de llevarla a un mundo paralelo donde todas las cosas que le disgustan han desaparecido, todo es perfecto y la actitud de sus padres hacia ella ha cambiado, solo que, en ese nuevo mundo, las personas no tienen ojos, tienen botones.
El director del cuento es Henry Selick que, aunque su nombre a priori no nos diga demasiado, lo cierto es que era el director de Pesadilla antes de navidad (no, Tim Burton no la dirigió, suya era la historia y el trabajo de producción, pero la dirección corría, en solitario, a cargo del sr. Selick, aunque no tuviera el reconocimiento que, quizás, se merecía). Después vinieron James y el melocotón Gigante (también en stop-motion) y posteriormente probó suerte con Monkeybone (que resultó ser un fiasco donde Brendan Fraser se las tenía y se las deseaba con una especie de mono tocapelotas). Ocho años después de esta última, vuelve a probar suerte con lo que, hasta la fecha, mejor se le ha dado, llevar a la gran pantalla un cuento siniestro utilizando, una vez más, la técnica del stop-motion, que tan buenos resultados le ha dado.
La película engancha, y lo hace por diferentes y variados motivos. Engancha por la oscuridad que desprende la historia que nos están contando, siniestra en muchos momentos, con un terror que se va apoderando del metraje a medida que avanza la peli, llegando a una cumbre media hora final; engancha por lo bien tratado que está el stop-motion y todo el jugo que es capaz de sacar el director y su equipo de la técnica; engancha por la magia que desprende por sus cuatro costados; engancha por su desbordante imaginación, donde los jardines cobran vida, las mantis son vehículos y los escarabajos cómodos asientos, engancha por sus personajes secundarios, tan bien escogidos, personajes solitarios y amargados, anclados en unas vidas que hace muchos años que dejaron atrás, pero entrañables al fin y al cabo; engancha por la historia, que aunque en algún momento pueda recordar a Alicia en el país de las maravillas, a la hora de la verdad, funciona por si sola y te acabas olvidando de las comparaciones; y engancha porque en ningún momento deja de ser un cuento, lleno de fantasía, protagonizado por una niña capaz de salir adelante pese a las adversidades, con una moraleja final (como todo buen cuento que se precie).
Resumiendo: La peli es un cuento siniestro y terrorífico, con una trama que engancha al espectador (sean niños o adultos), plagada de momentos brillantes, fantasía desbordante y personajes memorables.
WALL·E es una apuesta bastante arriesgada, no sólo por la creación de un personaje que recuerda demasiado a Cortocircuito (con algún rasgo característico de E.T.), sinó también por apostar por un inicio casi sin diálogos, de unos 40 minutos de duración, basándose plenamente en la presentación y definición de su personaje estrella, resultando ser lo más interesante de la película, siendo un comienzo de puro cine, con un ritmo visual y narrativo brillante, gracias seguramente a un meticuloso storyboard.
Este es el gran acierto de Pixar Animation Studios y más concretamente de Andrew Stanton, cuya primera película como único director y guionista parece darle sus frutos. En 1998 había hecho el guión, junto con otros dos guionistas, de Bichos, dirigiéndola con John Lasseter, el creador de la primera película de Pixar, Toy Story (1995); en 2001 colaboró en el guión de Monstruos, S.A, y en 2003, también junto con otros dos guionistas y con otro director, realizó Buscando a Nemo. Pero ha sido en WALL·E donde ha demostrado con creces las facultades que tiene para el cine y la animación en concreto. Los movimientos de Wall·e son rotundamente graciosos y muy bien ejecutados. Todos los sobresaltos que tiene y todas sus reacciones están tan bien animadas que daría gusto verlas varias veces. Nos recuerda, como bien dice mi compañero Cecil B. Demente, al personaje de Charlotte, por sus gestos y a veces meteduras de pata, añadiéndole el comienzo de cine mudo.
Aunque muy a nuestro pesar, por causas del argumento de la historia, a partir de que aparecen los humanos el film decae bastante, nuestra atención no aminora gracias a Wall·e y a personajes tan curiosos como los robots rebeldes, que le acompañarán en parte de la aventura. Aún así, desde este punto hasta el final, la película va cayendo en un tópico que otro (casi toda la segunda parte lo es), pero se le perdona por obsequiarnos con una primera parte tan estupenda.
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