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Viscosidad (The Incredible Melting Man, 1977)


¡Las increíbles aventuras de Viscosito!

Viscosidad es el acertadísimo título con el que se distribuyó en España The Incredible Melting Man, una nebulosa película de finales de los 70’s que hoy en día es recordada como uno de los puntos más bajos de la ciencia ficción. La cinta se demuestra viscosa en multitud de sus aspectos; narrativos, técnicos, artísticos y plásticos, y lo único que posee cierta coherencia es el título. Aunque se trata de una obra con intenciones (por decir algo) serias, está llena de detalles jocosos y delirantes que provocan la sonrisa del espectador más desacomplejado. Quien sienta predisposición ante este tipo de felonías cinematográficas puede disfrutar de todo un completo abanico de lo que jamás debe hacer una película, porque la acumulación de despropósitos puede resultar tan simpática como infructuosa. Pero quien no sienta ningún fetichismo por subproductos de serie Z que se ahorre el tormento, tan solo sería un acto de crueldad hacia sí mismo.


La historia comienza en algún punto inconcreto del espacio-tiempo de la década de los 70’s, con una secuencia que se desentiende de la más elemental narrativa y que mezcla sin ton ni son imágenes de archivo del espacio con otras de tres actores disfrazados de astronautas metidos en una minúscula cabina (la crisis inmobiliaria ha llegado a la Nasa). La película nos cuenta como el Scorpio V, una nave que jamás veremos en pantalla, llega a los anillos de Saturno, un lugar que tampoco veremos jamás (la cámara escamotea lo indecible a causa de la precariedad de medios). A continuación hay un resplandor y unas extrañas radiaciones chamuscan a los astronautas.


Regresamos a la Tierra y nos situamos en las instalaciones médicas donde reposa el único superviviente de la expedición espacial. Dicho astronauta, que va vendado como una momia egipcia, protagoniza una de esas escenas clásicas que tanto gustan a los aficionados; tras despertarse y deshacerse de sus ataduras, se sitúa frente al espejo para quitarse los vendajes, dejando al descubierto el terrible horror perpetrado por la radiación cósmica. El pobre está hecho un flan y enloquece. A continuación irrumpe una enfermera en la habitación trayendo consigo dos frascos de plasma sanguíneo que deja caer sobre el suelo y su calzado, aunque en la siguiente escena la vemos corriendo por el pasillo con los zapatos limpios y unos misteriosos arañazos en el rostro que no sabemos de dónde han salido. La susodicha cruza una puerta de cristal sin antes abrirla y finalmente es atrapada por el increíble hombre viscoso, que hace su aparición de repronto.


A partir de aquí se suceden las escenas en que Viscosito va por el campo degollando al personal, mientras un médico y un militar se las ingenian para perder una y otra vez el evidente rastro de muerte y materia pegajosa que deja tras de sí el monstruo, no sea que la película se acabe demasiado rápido. De entre las payasadas de rigor destaca cuando una pareja de ancianos viaja en coche por la zona. El espectador sabe de antemano que deben bajar del vehículo para que puedan acabar fiambres a manos de nuestro licuado protagonista, pero la película cae presa de una inexplicable indecisión (¿Paran para comprar unos dulces o para hacer una llamada?). Tras varios titubeos se detienen en mitad de la noche porque (redoble de tambores)... Quieren coger limones de los árboles, ¡bravo!


También hay momentos tan burdos e inconsistentes que uno duda de si la comicidad es buscada o no, como cuando el doctor decide explicarle la delicada situación al sheriff local. En escenas anteriores el médico ha puesto al corriente a su mujer y se ha llevado un rapapolvo del General, enfadado porque el tema es alto secreto y no debe enterarse personal no autorizado. Pero ahora que la situación lo impone y el sheriff le pide explicaciones, se cura en salud y le hace prometer que no podrá decirlo a nadie, ni siquiera a su esposa. Tras unos segundos de silencio ambos se dan la mano en señal de conformidad, pero no sin que el sheriff le recuerde antes que él es soltero.


Rick Baker, una de las grandes leyendas de los efectos especiales, hace lo imposible por facilitar algo de terror a tan anodina aventura, pero el famoso maquillador tampoco se cubre de gloria precisamente. El espectador se angustia ante la espantosa presencia del increíble hombre que se derrite, pero lo hace porque sabe que debajo de toneladas de inmundicia y materia pringosa se encuentra Alex Rebar, un sufrido actor. Este y no otro es el auténtico horror de un filme que funciona como una antología del disparate cinematográfico y está pésimamente escrito, dirigido, interpretado y montado.



La frase: «¡Es increíble, gana fortaleza a medida que se va derritiendo!»

Leer critica Viscosidad (The incredible Melting Man) en Muchocine.net

Daybreakers (2009)


Agotamiento gótico.

¡Ah, qué cultura tan impúdica la nuestra! Aquí llega otra película de vampiros que intenta sumarse a la moda surgida a raíz del fenómeno Crepúsculo, aunque poco o nada tenga que ver con el romanticismo chillón de las populares adaptaciones de las novelas de Stephanie Meyer. Y otra película, además, que comete el error de creer que si coge al vampiro, le da mil vueltas, lo pone del revés y le saca brillo, parecerá algo nuevo y extraordinario, mientras que lo cierto es que este subgénero está más manoseado que una stripper de cuarta y que esto ya lo hemos visto cientos de veces.


Nos encontramos en un futuro próximo, en el año 2017, donde la comunidad vampírica ha crecido tanto que se ha convertido en la raza dominante. Allí conocemos a Edward Dalton (Ethan Hawke), un vampiro que trabaja como jefe de hematología y que es el responsable de encontrar un sustituto artificial para la sangre, ya que la humanidad está al borde de la extinción y el alimento escasea. Corren tiempos desesperados y la crisis alimentaria provoca consecuencias inesperadas, los vampiros que llevan un largo período sin ingerir sangre sufren una involución hacia una forma más primitiva, creciéndoles orejas puntiagudas, garras y grandes alas, y convirtiéndose en unos seres violentos e incontrolables.


Detengámonos un instante para hacer inventario; primero tenemos a esas sanguijuelas en el poder, luego está el ejército vampiro a su disposición, seguido de unos pocos humanos que sirven de ganado y por último un grupo cada vez más numeroso de vagabundos salvajes e incivilizados. Es evidente que la alegoría capitalista no es muy sutil que digamos y el hecho de que sea tan obvia, no sería un problema si la película no fuera tan sosa y comedida. El planteamiento funcionaría mejor como sátira, con grandes litros de sangre y mucha exageración, elementos que solo aparecen en contadas ocasiones. Sin duda un filme de estas características sería mejor aprovechado por un cineasta tan violento y controvertido como Paul Verhoeven, capaz de lidiar con la parte más insulsa de la historia y de explotar su lado más cínico y pasado de rosca. Curiosamente los hermanos Spierig, realizadores del filme, son también los responsables de Los no muertos (2003), una especie de puesta al día de la mítica y acartonada Plan 9 del espacio exterior (1959), elaborada, esta vez sí, en clave desenfadada.


Resulta difícil adivinar que hacen actores de primera fila metidos en este producto con alma de serie B, Ethan Hawke, Willem Dafoe y Sam Neill no están en el mejor momento de su carrera, pero gozan de cierto caché y su presencia en el filme queda completamente desaprovechada. El primero da vida a un héroe de tintes Hammerianos, por aquello de empuñar ballestas y vestir camisas blancas con chalecos negros, aunque luego se descubre como totalmente incapaz a la hora de pasar a la acción. Sam Neill, por su lado, ejerce de villano pese a que su personaje no suscita ningún tipo de odio en especial ni resulta lo suficientemente desagradable. Y Willem Dafoe tiene una buena entrada, pero pronto queda relegado en un segundo plano y no se le concede ninguna escena relevante.


Daybreakers es básicamente un tebeo gótico, un típico relato de ciencia ficción pulp donde se han gastado más dinero de lo habitual y que funciona básicamente en su primera mitad, cuando nos pone en situación. Las escenas cotidianas del principio son las más interesantes y las que pueden levantar las mayores simpatías entre el público, pero la trama se va adentrando progresivamente en lo convencional y se desdibujan los elementos más desbocados que componen esta fantasía tenebrista. Solo ciertas explosiones gore llegan a impactar realmente en el espectador, pero estas son pocas y contadas, y aparecen lo suficientemente contenidas para que el producto no pierda del todo su comercialidad. El filme es algo así como Cuando el destino nos alcance + Soy leyenda = Daybreakers, es decir, otro rebuscado intento de exprimir la fórmula hasta la última gota. Una cinta que a pesar de estar hecha con oficio, no tener demasiadas pretensiones y caer en gracia por su halo retro, no contribuye a la renovación del género y se muestra cómplice de su progresivo asesinato, porque no aporta nada nuevo.


La frase: «Es la décima vez que cumplo 35 años, los cumpleaños ya no tienen sentido.»

Leer critica Daybreakers en Muchocine.net

Dead Set. Miniserie. (2008)


Cuando me propuse escribir una crítica semanal en este blog, una de las premisas que me fijé fue la de reivindicar un tipo de cine cuyo encanto radicara en unos valores que se alejaran de lo cinematográfico. Películas que bien pudieran estar mal escritas, dirigidas e interpretadas, pero que tuvieran premisas de difícil cabida en un mercado más populista o con resultados imposibles de conseguir siguiendo las normas del juego. Ni que decir tiene que en ocasiones estos logros no son obtenidos gracias al talento y a la dedicación, sino por factores mucho más mundanos y casuales. Dead Set se presenta como un claro paradigma de esta tendencia, una serie que carece de todo interés cinematográfico, pero con algún tipo de cualidad visceral que la hace muy necesaria.


Dead Set es una miniserie británica de 5 capítulos emitida por el Canal 4 durante el octubre de 2008, su duración no llega a las tres horas, así que se puede ver en una tarde. Para hablar de ella hay que tener en cuenta dos palabras clave: Zombies y Gran Hermano. La historia relata como Inglaterra sufre un holocausto zombie, y la última esperanza de la humanidad, el último bastión de la civilización es… ¿Un bunker del ejército? ¿Unas instalaciones del gobierno? ¡No! ¡La casa de Gran Hermano! Menuda forma de girar la tortilla, ¿no les parece? La serie, en la medida de lo posible, se toma en serio esta chocarrera premisa, pero lo hace añadiendo mucha mala uva, vísceras y algunos desagradables chistes escatológicos. Al principio de cada episodio una voz nos advierte que contiene imágenes de violencia extrema, un lenguaje inapropiado para menores, y que debería ser vista en una habitación a oscuras. Ahí es nada.


Es sorprendente que a nadie se le haya ocurrido antes hacer una serie mucho más larga sobre el fenómeno zombie, porque es un concepto que funcionaría muy bien. Aunque aquí el guión parece mordisqueado por un zombie y todo resulta visualmente muy feo, yo ahí lanzo la idea. Existe la creencia asumida de que si el cámara se mueve constantemente nadie se va a enterar del poco presupuesto que hay invertido en el proyecto, pero eso es una absoluta burrada. De lo único que sirve que al cámara le de el baile de San Vito una escena tras otra es para que la historia cueste de seguir y a ti te den ganas de abofetear a alguien.


La serie empieza con un capítulo doble en el que vemos los preparativos para una noche de expulsión en Gran Hermano, una forma como otra de presentarnos a los que mueven los hilos de este circo mediático, un grupo de sabandijas hipócritas que no nos despierta ninguna simpatía. Lo curioso es que hacen cameos muchas de las estrellas de la edición inglesa del programa, como por ejemplo Davina McCall, algo así como la Mercedes Milá de aquellas tierras y uno de tantos personajes a los que no resulta difícil encontrar su homólogo español. Los zombies van apareciendo de tapadillo y sin que nos expliquen muy bien a santo de qué, cosa que a mí me vale, porque la historia nos la conocemos de pe a pa. Básicamente parece que todo sucede durante los hechos planteados en filmes como 28 días después (2002) y similares, así que en efecto, volvemos a encontrarnos con esos zombies modernos (llámense infectados) que corren que se las pelan. Yo soy más del mondo zombie de Romero de toda la vida, pero qué le vamos a hacer.


El momento cumbre de toda la serie es a mitad del primer capítulo, hablo de la escena en que los zombies entran en el estudio. Esto no es solo algo que sabes que va a suceder irremediablemente, sino que también es algo que estás deseando desde el principio. De alguna manera Dead Set se ha topado con una idea que ya existía en el subconsciente colectivo y le ha dado forma. Tenemos a toda esa gente repugnante del negocio del espectáculo metida en una sala y de repente irrumpen los zombies abriéndose paso a mordiscos. Es una especie de celebración, una catarsis fílmica, justicia poética, llámenlo como quieran. ¡Es la jodida toma de la Bastilla! La sangrienta escena está rodada con el Grace Kelly de Mika sonando a todo trapo, una elocuente forma de reforzar el ambiente festivo del momento.


Lo curioso del zombie cinematográfico es que nunca se salva de la lectura social, lo cual no dice nada bueno de como nos vemos a nosotros mismos. Lo más obvio es pensar que Dead Set advierte de los peligros de zombificar al público, algo que para algunos queda implícito al mismo hecho televisivo y para otros se ha visto incrementado por la sobresaturación de reality shows que hemos vivido en la última década. Pero denunciar esto en una serie de televisión es un arma de doble filo, ya que sin duda también amplia la influencia de Gran Hermano a nuevos medios. Sea como fuere, Dead Set tiene un punto de incitación a la rebelión muy reconfortante, y una serie de imágenes conceptualmente contundentes, como cuando la protagonista se queda encerrada en el confesionario rodeada de zombies, o el hecho de que tras el holocausto solo continúe emitiendo el canal de Gran Hermano con el piloto automático puesto. Un elemento de resignado cinismo que recuerda el anuncio de Coca-cola en Blade Runner (1982), donde se sugiere que ni el paso del tiempo ni un cataclismo van a poner fin a tan firme organismo.



La frase: "Algo va mal, el Gran Hermano no nos está vigilando."

El Club de los Vampiros (1996)

¡Santo Peter Vincent! Preparen sus dientes de ajo y afilen sus estacas, que aquí en el blog viene una semanita repleta de esos seres a los que se les ponen los dientes largos con cuellos como el de un servidor, estoy hablando de los moradores de la noche, los no-muertos, los nosferatus, los chupasangres, los… ¡vampiros! ¡Semana vampírica en el Quesito Rosa! Y tarareando alegremente la melodía de Transilvania 65000 nos metemos de lleno en faena con… ¡El Club de los Vampiros!


Entre los años 40 y 50 la editorial estadounidense EC Comics hacía las delicias de grandes y pequeños con historietas repletas de monstruos, asesinos, soldados, naves espaciales y sugerentes mujeres, ¡qué época más gloriosa! Las estanterías de los quioscos se llenaban con títulos tan pintorescos como La Bóveda de los Horrores, Combate en el frente o Ciencia Rara, publicaciones donde trabajaban grandes artistas del medio, tipos como Harvey Kurtzman, Jack Davis, Frank Frazetta o Basil Wolverton, que gracias a la gran libertad creativa que les otorgaba trabajar con William Gaines, dejaron una gran impronta en el imaginario colectivo. El gobierno no tardó mucho en ver con malos ojos todo ese exceso de libertinaje artístico, así que se creó un comité y se impuso la censura, había nacido el Comics Code Authority. En breve, Gaines cerraría todas sus editoriales con la excepción de la revista MAD.


Una de las muchas publicaciones que perecieron por aquel entonces fue Historias de la Cripta, el popular comic de terror que tenía como narrador de excepción al Guardián de la Cripta, un bastardo cadavérico de negrísimo sentido del humor y que relataba historias sin dejar títere con cabeza (hasta el lector se llevaba lo suyo). Tras el cese de la revista, este cuenta cuentos tan particular quedó en el olvido hasta finales de los 80, cuando fue rescatado por la HBO para presentar la exitosa serie de televisión de mismo nombre. Metidos en el ajo estaban Richard Donner, David Giler, Walter Hill, Joel Silver y Robert Zemeckis, casi nada. La serie permaneció siete temporadas en antena y dio origen a dos películas, El Club de los Vampiros es la segunda de ellas.


La historia cuenta que durante una expedición por Tierra de Fuego, un cazatesoros de baja estatura devuelve a la vida a la poderosa vampiresa Lilith, reina de la lujuria. Ya en los USA regenta un burdel clandestino con un mortuorio como tapadera, todas las chicas del local son vampiresas semidesnudas de toma pan y moja, por lo que el negocio va viento en popa a toda vela. Tras la desaparición de su putero hermano, Katherine, una chica muy beata que trabaja para un telepredicador rockero, no tendrá más remedio que contratar a un detective privado. Éste descubrirá todo el tinglado y no parará hasta acabar con todas esas sexis chupasangres.


Aunque Gilbert Adler es más dado a las tareas de guión y producción, aquí se pone tras la cámara, como ya hiciera en El Caballero del Diablo, la anterior película basada en los comics de Historias de la Cripta. El libreto lo escriben Robert Zemeckis y Bob Gale, dúo que ya habían trabajado juntos en la trilogía de Regreso al futuro. En el apartado artístico y haciendo de niño malo tenemos a Corey Feldman, trasnochado ídolo ochenteno cuya carrera acabó de forma fulminante durante su adolescencia, y que tras protagonizar indiscutibles clásicos de videoclub como son Los Goonies, Jóvenes Ocultos o Cuenta conmigo, ha acabado buceando en las cloacas de la serie B más casposa y participando en dudosas producciones de la Troma o la Full Moon. En el papel femenino y haciendo de niña requetebuena tenemos a Erika Eleniak, neumática actriz que achicharró la juventud de la mayor parte de la población masculina de este planeta con sus posados como Shauni, la vigilanta de la playa más cañón de California (con perdón de Pamela Anderson, claro). Complementan el reparto Dennis Miller (un cómico salido de la cantera del Saturday Night Live que aquí hace de detective privado y macho alfa), Chris Sarandon (el malo de La princesa prometida y Noche de miedo) y Angie Everhart (playmate buenorra y ex de Sylvester Stallone).


El Club de los Vampiros es una comedia de terror gamberra, repleta de desnudos y con un lenguaje muy subido de tono, una cinta sin pretensiones y que sorprende por la facilidad con la que va al grano, a lo entretenido, sin andarse con chiquitas ni tonterías. Los tópicos se hacen evidentes (el detective impertinente, la chica mojigata, el hombre de fe que oculta algo…), pero se nos presentan con tanta garra y en un tono tan desenfadado, que a uno se le hacen entrañables desde el primer instante. Humor, acción, gore, colmillos y grandes tetas, son las bases que constituyen un filme que apuesta siempre por la diversión y por que el aficionado no quepa de contento en su butaca, una cinta que se pasa en un abrir y cerrar de ojos y que no comete los mismos errores que otras tantas producciones de la misma calaña: no aburre, no es ñoña, no es romántica, no acaba bien y no le falta sexo, sangre, ni casi de nada. Un simple divertimento que, en definitiva, no se queda a medias. Hínquenle el diente.



La frase: “El camino más rápido hacia el corazón de un hombre, es a través de su caja torácica.”

La frase 2: “Se acabó la charla, cosita linda, primero voy a arrancarte la polla y luego voy a convertir tus huevos en cocacola.”

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Zombies en el avión (2007)

Llámalos como quieras, muertos vivientes, zombies, infectados… da igual, la cuestión es que están aquí, han regresado, como Stallone y LocoMía, y si los 90 no acabaron con ellos, nada podrá acabar con ellos. Los hay para todos los gustos y colores; apocalípticos, punkis, pandilleros, domésticos, lentos, rápidos como gacelas… Ellos sobreviven y se multiplican, como las cucarachas y los católicos, unos fruto de la superstición y el vudú, otros hijos de la ciencia, pero todos con algo en común, están muertos… ¡muertos de hambre! Y hoy, hay cerebro de azafata en el menú.


Un filme exploitation por definición es aquel que se adueña de ideas ajenas para rentabilizar el éxito en taquilla de otra película, por eso, que alguien se haya dedicado a copiar la mediocre (aunque muy divertida) Serpientes en el avión, que no brilla ni por su originalidad ni por sus aciertos, y que pasó por nuestras salas sin hacer demasiado ruido, como un ratón meando en algodones, me deja pasmado, boquiabierto y patidifuso, y debemos suponer que al director, Scott Thomas, le va la marcha y ha querido gastarnos una broma, colándonos la exploitation más absurda que uno pueda echarse a la cara, lo cual, en un principio, nos parece cojonudo, claro que sí.


La propuesta de Scott Thomas transcurre durante el vuelo nocturno de un avión de pasajeros con destino a París, cuyos tripulantes responden a los típicos clichés de producciones catastrofistas con trasfondo aéreo (la monja, el piloto apunto de jubilarse, el policía que escolta a un preso, el deportista famoso...) y aquí, aparte de enfrentarse a las consabidas turbulencias e inclemencias del tiempo, se las tendrán que ver también con la terrible amenaza que se esconde en la bodega de carga… ¡un zombie con jet lag!


Ésta calcomanía en plan zombie de Serpientes en el avión, no necesita de guión ni otras menudencias, pero sí de altas dosis de casquería, humor y mucho morro. El problema viene cuando el experimento se salda de forma irregular, ya que en el tête-à-tête que obviamente mantiene con la película protagonizada por Samuel L. Jackson, sale perdiendo, y eso es difícilmente perdonable.


Los escurridizos reptiles de Serpientes en el avión se zampan a chihuahuas, gatos, penes y tetas, y salen del váter, del canalillo de las chicas y de cualquier sitio imaginable, para liarla bien gorda, o sea que la peli es mala, pero divertida y gamberra (no se sabe muy bien si por convicción o por ineptitud, pero divertida al fin y al cabo), mientras que su versión zombie funciona, pero no la iguala en travesura y gamberrismo.


Zombies en el avión es un ejercicio del más voraz canibalismo cinéfago, una película de serie B con multitud de hemoglobina y situaciones disparatadas, ahí queda ese golfista que decapita a los zombies con un buen “swing” o el hecho de que, aunque estemos en un avión a 30.000 pies de altura, los zombies continúan surgiendo del suelo como si de un cementerio se tratara. Los tiroteos y las explosiones tampoco faltan, sin que haya por ello la correspondiente y lógica descompresión de la cabina (¡ah, puñeterías científicas!), y el sangriento remate final resulta tan cruento como hilarante, pero (sí amigos, aquí está el “pero” que todos esperábamos), uno tiene la sensación de que la broma debería ser mucho más desorbitada y descacharrante de lo que al final resulta.



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Wild Zero (2000)


Cogemos “Rock and Roll High School”, la peli de los Ramones y la mezclamos con “Plan 9 del espacio exterior”, le añadimos un toque del “mondo zombie” de Romero, unos cuantos Yacuzas de medio pelo y mucha, mucha, gomina. ¿Qué nos queda? ¡Wild Zero! Una basura como la copa de un pino y un buen reconstituyente para todos aquellos que como yo, odian el nuevo cine de terror japonés, porque aunque la peli nos llega desde el país del sol naciente, aquí no hay lugar para las sutilezas y soplapolladas que se pueden encontrar en el remake de la precuela de la tercera parte de la versión americana de nosequé peli de niñitas fantasmas, pero sí mucho gore y diversión.


Ace es un punk rocker nipón bastante torpe que tan solo tiene dos motivaciones en la vida: ir a conciertos de Guitar Wolf, la banda más cool del planeta, y peinarse el tupé. Dicha banda está compuesta por tres miembros de nombres un tanto elementales: Guitar Wolf, Bass Wolf y Drum Wolf, y después de una de las actuaciones de la banda la torpeza del joven Ace salvará la vida del cantante, el cual se encontraba encañonado por la pistola del mezquino dueño de una sala de conciertos. Para agradecérselo, el líder del grupo le hace hermano de sangre y le entrega una especie de silbato para perros que puede hacer sonar cuando se encuentre en peligro y así la banda acudirá al rescate. Lo cosa no se hará de rogar demasiado porque enseguida el cielo se llena de platillos volantes, los muertos se levantan de sus tumbas y Ace descubre que su novia es en realidad un chico.

La peli está hecha para el lucimiento personal de Guitar Wolf, banda que existe en la vida real y que efectivamente, se luce en la película, y de qué manera. Vean al cantante saltar desde lo alto de un edificio y caer de pié mientras afina su guitarra, véanlo cargarse una horda de cutre-zombies lanzándoles púas de guitarra como quién lanza estrellas ninja. Véanlo también transformar su guitarra en una katana para partir en dos al platillo volante de turno, y es que hay que ver como se flipan, Guitar Wolf aúlla y hace saltar chispas por donde pasa. En ningún momento se descuelga la guitarra y su micro lanza llamas; no es humano, es puro Rock&Roll.

La peli está hecha con cuatro perras, tiene mal ritmo y un montaje bastante confuso, tampoco ayuda a la narración el hecho que la música de la banda suene a todo trapo en todas y cada una de las escenas, venga a cuento o no, te deje oír los diálogos o no. El guión es bastante simplón y la trama tiene más agujeros que la camiseta de un fumeta, pero a su favor diré que los efectos especiales cuelan bastante y que el desfasado maquillaje de los zombies me ha encantado. La peli es una bizarrada repleta de platillos volantes con aspecto de frisbees, tubos de escape llameantes, micros con forma de cráneo y un sin fin de zombies a los que les explota la cabeza. Puro trash oriental pasado de vueltas.

La frase: “Te amo, lo juro por mi chaqueta de cuero y por el Rock&Roll.”

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Frankenputa (Frankenhooker, 1990)

“Jeffrey Franken es un joven científico loco que tiene por mascota un cerebro con un ojo. Cuando un pequeño accidente doméstico descuartiza a su novia Elizabeth, su objetivo será devolverle la vida, pero para ello necesitará miembros frescos con los que componer un nuevo cuerpo. Las prostitutas del otro lado de la ciudad serán las candidatas perfectas para conseguir un cuerpo para su chica.”



Primero fue la Universal, luego la Hammer, más tarde vino la versión cómica de Mel Brooks (El jovencito Frankenstein) y un año después el musical travestido de Jim Sherman (Rocky Horror Pictures Show), en los ochenta Tim Burton hizo su versión canina (Frankenweenie) y en la misma década Brian Yuzna nos dejó una de las sagas claves del cine de terror (Re-animator), y en los noventa… bueno, en los noventa llegaron las putas. ¿Qué se puede esperar de una peli que parodia el mito de Frankenstein con semejante título? Nada bueno, seguro. Aunque la historia tiene su gracia, vean, vean…

El tal Jeffrey va a un bar llamado "Huevos Grandes" para reclutar a las putas, les dice que quiere montar una fiesta. Una vez en su piso todas se pondrán hasta el culo de drogas, él invita, es así de enrollado. Pero lo que no saben las chicas es que la droga en cuestión es una especie de “súper crack” que ha creado el doctorcito, y que es tan potente que quién se la fuma explota. “Mis pobres putas entraron ahí y explotaron”, se lamentará más tarde el chulo de las chicas.


Habrá cachos de puta esparcidos por toda la habitación. Lo bueno de eso es que Jeffrey tendrá donde elegir, para él será como ir a comprar comida al súper; éste para el carro, éste mejor lo dejo, de éste ya tengo… Incluso marcará con una “V” las partes que más le interesen y mejor le combinen.




Pero no todo le saldrá bien a nuestro querido doctor, ser recompuesta por trozos de prostitutas muertas tiene serios efectos secundarios; en cuanto Elizabeth recobra la vida pregunta: “¿Buscas compañía? ¿Tienes dinero?”.

Y hasta aquí puedo leer para no chafaros la película, tan solo comentar que tiene un final rollo broma macabra bastante divertido, pero que la peli en sí me parece un chiste demasiado alargado. De un chiste quizás se pueda rodar un corto o un capítulo de “Historias de la Cripta”, pero no un largometraje, para eso falta más chicha, y aquí no la hay. El guión es simplón, los efectos cutres, las interpretaciones torpes y teatrales… qué os voy a contar, la peli es mala de cojones, ¿pero cuando me han oído a mí hablar de una buena peli?


La frase: “Hay quien prefiere las drogas, hay quien prefiere el alcohol, yo prefiero mi taladradora”.

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Comidos vivos (1980)

“Sheila Morris viaja hasta la jungla de Nueva Guinea en busca de su hermana desaparecida; allí deberá enfrentarse a una peligrosa secta religiosa mientras evita formar parte del menú de las tribus caníbales de los alrededores.”




Sangre, salvajismo, sexo, escenas de extrema violencia y crueldad hacia los animales, escenas de extrema violencia y crueldad hacia las tetas de las mujeres, escenas de extrema violencia y crueldad hacia el pene de los hombres. Agárrense señores, que vienen curvas.

El gore actual nos tiene acostumbrados a la oscuridad y yo por fin he visto la luz, amigos. A sagas como la de Saw o Hostel las envuelve una atmósfera bastante antiséptica, compuesta principalmente por colores apagados y luces mortecinas, que es lo que pasa cuando se tiene en consideración la estética, pero si se va a saco en plan “aquí te pillo aquí te mato”, la cosa es mucho más malrollera y, no nos engañemos, de lo que se trata en estas pelis es de dar mal rollo.


En la selva siempre es hora de comer, así que si eres una hermosa joven y te pilla la tribu salvaje de turno no esperes que te lleven a su poblado para meterte en una olla de agua hirviendo, no, aquí no están para esas pijadas a lo Ferran Adrià (son más como los Joey Tribbiani de la antropofagia), te van a zampar ahí mismo: primero te despelotarán y luego… ¡ñaca!, sin condimentos ni miramientos, mientras aún pataleas, es la ley de Nueva Guinea.

La historia es bastante tonta pero funcional para lo que es el caso, tiene buen ritmo y se agradece el rollo aventurero que adquiere en algunos momentos. Janet Agren hace el papel de chica guapa que las pasa canutas y su compañero de viaje le mete una de sopapos que tela, son en plan Bogart y tal, para que la chica se tranquilice pero, ¡joder como resuenan! Tremendo es el momento en que por fin encuentra a su hermana en medio de la jungla. Ella está con la mirada perdida, en top-less y vestida con solo un trapito para taparse los bajos, y a Sheila solo se le ocurre decir: “Ha cambiado, no la reconozco” y “Tiene un aspecto extraño”; es el descojone amigos.



Esta peli es de esas en las que pasan semanas desde que te la descargas hasta que la ves y que cuando por fin la has visto, tienes que desintoxicarte con un par de comedias teen de la Disney para que tu estómago vuelva a ponerse en su sitio (El gato que vino del espacio y Mi cerebro es electrónico, en mi caso). Canibalismo de culto de la mano del inefable Umberto Lenzi, el hombre que toda madre querría para su hija. Es ideal para quien crea que está curado de espantos y le devuelve a uno la fe en la infinita capacidad de la humanidad para crear horrores.




La frase: “Sargento, quiero hablar con Guinea. No, no es una chica rubia la Guinea, ¡es un pozo de mierda donde hay caníbales!”

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La Invasión de los Zombies Atómicos (1980)


“Los pasajeros de un avión en el que viaja un importante científico nuclear son sometidos a una radiación que los convierte en zombis sedientos de sangre humana.”

Coproducción hispano italiana con el típico planteamiento de las pelis de terror zombi, pero hecha de forma tan estúpida que provoca más risas que miedo, aunque quién sabe qué le pasa por la cabeza a un director como Umberto Lenzi, que ha basado la mitad de su obra en la antropofagia.

Cuanto más avanza la acción más alucinante se vuelve la cosa, hay un mal uso constante de la jerga militar y científica y en media hora se pueden llegar a pinchar más tetas que en veinte capítulos de Nip/Tuck.



También está el puntazo de poder ver a nuestro Paco Raval interpretando al Mayor Warren Holmes de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos. Ya se sabe lo que pasa con estas películas que, aunque se supone que transcurren en Washington o una capital americana similar, los militares parecen todos salidos de Medina del Campo y no se ve ni un puto rascacielos por ningún lado.




¿Pero qué diferencia hay entre un zombi normal y uno atómico? Pues que el atómico es zombi de barrio marginal, ha crecido en la Vallecas del mondo zombie y gasta muy mala hostia. Va por ahí en pandillas de diez o más zombis armados hasta los dientes, degollando a todo tío que se cruza en su camino y rebanándole las tetas a las gachís (y es que al parecer hay dos plagas: la de zombis atómicos y la de busconas sin sujetador). También se diferencian del zombi normal porque a estos parece que los haya cocinado Susan Meyer, ¡qué asquito dan los condenados! Yo creo que si Jordi González se quedase dormido un día en el solarium, probablemente despertaría así.



La frase: “Díos mío, es increíble. ¡Es absurdo!”

La frase 2: “Es espantoso, ¿Cómo puede suceder algo semejante?”

La frase 3: “Díos se apiade de nosotros.”

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Aquella casa al lado del cementerio (1981)



“Una familia se muda a un viejo caserón cercano a un cementerio, no tardarán en descubrir que en el sótano habita un invitado no deseado.”

El director Lucio Fulci está más interesado en la forma que en el contenido, así que el guión es del todo insustancial, contiene todos los tópicos del género y está repleto de subtramas que no llevan a ningún sitio, puestas ahí solo para dar más miedo.

La atmósfera en cambio está más elaborada y acojona realmente, Fulci sabe lo que queremos ver y nos lo planta en la cara sin necesidad de excusas argumentales. Lo primero que nos enseña es una casa grande y lúgubre; lo segundo las tetas de una chica, y lo tercero un salvaje asesinato. A partir de ahí se suceden las escenas de muertes grotescas e inverosímiles, primeros planos de ojos sospechosos, niños que ponen cara de susto y citan extrañas advertencias, ataques de murciélagos, alucinaciones en plan gore que no vienen a cuento y hemoglobina brotando a mansalva.



En el apartado sonoro la peli tampoco se queda manca: puertas chirriantes, tablones que crujen, pisadas siniestras, ecos, gemidos y aullidos aderezados con una melodía muy recargada… Entre lo barroco y lo heavy, vamos. Incluso hay una escena en que los protagonistas pasean por una calle que parece desierta pero en la que oímos misteriosamente el sonido del tráfico y los coches pasar.

La peli tiene toques de Argento y Lovecraft y a ratos fascina y a ratos repele, hay quién dirá que es puro cine sin ataduras y otros que dirán que es una mierda pinchada en un palo, yo ni lo uno ni lo otro. Para mí es un sangriento Giallo repleto de excesos y carencias que veo con mucha simpatía y los huevos por corbata.


La frase: “Un hacha, hace falta un hacha.”

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Planet Terror (2007)



Un virus militar está convirtiendo a la población de Texas en espantosas aberraciones que sufren de un malsano apetito por la carne humana, una stripper lisiada y un misterioso tipo de oscuro pasado llamado El Wray, reunirán a una patrulla de variopintos guerreros para enfrentarse a la amenaza e intentar salvar el día.

Este podría ser el resumen de Planet Terror, aunque si nos ponemos a resumir más, podríamos dejarlo en sangre, pus, pistolas, tetas, huevos y más pus y sangre y pistolas y tetas y huevos.

La peli tiene un ritmo trepidante y un reparto con un carisma brutal, en él intervienen varias estrellas de la pequeña pantalla (yo no daba un duro por Rose McGowan y ya la adoro), Michael Biehn, Bruce Willis, varios familiares de Robert Rodríguez (las niñeras gemelas asesinas son sus sobrinas según creo), y hay un personaje de Kill Bill que también se ha colado en la función.

Ahora que se impone la calidad digital, la alta resolución y el sonido envolvente, al señor Rodríguez se le ocurre traernos una peli repleta de manchas de luz, desenfoques, fotografía quemada, sonido enlatado, y con la desaparición de un rollo entero de metraje cuando la peli está en lo mejor, logrando con todo este aspecto de descuido una atmósfera y estética cojonudas, muy acorde con la delirante historia.

El guión es una barbaridad total, una locura llena de escenas imposibles, situaciones desagradables, cabezas explotando, chicas semidesnudas haciendo posturitas y mucho humor, una peli de serie B elevada a la enésima potencia.

Lo mío ha sido amor a primera vista, aunque debo avisar que no es apta para todos los públicos, la peli es tremendamente sucia y nada sutil, funciona como una reivindicación del cine de bajo presupuesto y disfrutar de ello es un gusto adquirido.

Me alegra que nadie le dijera al señor Rodríguez que era un disparate, que esta peli no se podía hacer, que era una idea descabellada y absurda y que fuma demasiada marihuana.



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