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#4 'SOFAFILIA': Aquellos maravillosos años



En el capítulo de hoy los chicos del Quesito Rosa nos ponemos nostálgicos y empezamos a recordar nuestros añorados años mozos. Los 80, qué década. Esos capones de los profesores, esas carpetas de los New Kids On The Block, esas revisiones médicas, esos enjuagues bucales al unísono. Qué locura. Sin internet, ni telefonía móvil, ni leches. A pelo. Y esa tele… qué pedazo de tele, por favor. Medio metro de profundidad que tenía la condenada. Conectarla era la risa, moverla el descojone. Yo siempre sintonizaba el canal con ayuda de un palillo, pero supongo que veía demasiados capítulos de McGyver… Pero, ¿no lo hacíamos todos? En fin.

Que me lo disfruten.

PREVIOUSLY ON QUESITO ROSA;

#0: 'SOFAFILIA': Ghost World

#1:'SOFAFILIA': Dellamorte dellamore

#2:'SOFAFILIA': Fantasias animadas

#3:'SOFAFILIA': Condensador de fluzo... fluzeando

Tucker, un hombre y su sueño (1988)


Todo por un sueño

Uno se sorprende cuando al repasar la carrera cinematográfica de alguno de los directores más reconocidos de la historia del cine encuentra alguna película brillante que nunca ha llegado a tener el reconocimiento que se merece. Y para un servidor, un claro caso es el de Francis Ford Coppola: su adaptación de la biografía del empresario y diseñador de automóviles Preston Tucker, en Tucker, un hombre y su sueño (1988), es un fabuloso film realizado con mucho estilo y gran talento pero algo infravalorado. Producido por George Lucas (le devolvió el favor que Coppola le hizo al producirle en 1973 American Graffiti), Coppola nos regala un emocionante retrato de un "soñador, inventor y visionario, un hombre adelantado a su tiempo", como así se le define en el brillante inicio del film.

Mi vida como un perro (1985)


Madre que estás en los cielos

En muchas películas de la historia del cine se ha retratado la infancia como una etapa de la vida en la que gozamos de mil aventuras y travesuras, pero en otras se la ha querido mostrar como un momento vital en el que se quedan marcadas las circunstancias personales que a cada niño le toca vivir, destacando mucho más el drama que la comedia. Como ejemplo tenemos a Léolo (1992), la segunda y última película del malogrado Jean-Claude Lauzon, un director canadiense que tranquilamente se pudo haber inspirado en la última película sueca que hizo Lasse Hallström y con la que se dio a conocer internacionalmente: Mi vida como un perro (1985). Ambas tienen varias cosas en común, aunque esta última sea mucho menos trágica y onírica: en las dos el protagonista es un niño que tiene una relación muy cercana con su madre, con una incipiente atracción sexual hacia el cuerpo desnudo femenino y cuyos pensamientos más íntimos y personales son trasladados al espectador mediante la voz en off.

Esclavas del Espacio (Slave Girls from Beyond Infinity, 1987)

¿Qué hace una chica como tú en un planeta como éste?

Hay quien mira al cielo nocturno, ve puntos luminosos y titilantes, y piensa en las estrellas, en la radiación electromagnética, en neutrinos y viento estelar. Otros alzan la vista hacia la bóveda celeste y piensan en naves espaciales, robots y esculturales chicas en bikini. Ken Dixon es un claro representante de esta segunda tendencia al haber dirigido, guionizado y producido Esclavas del Espacio, una serie B de ciencia ficción protagonizada por una hembra cuyos pechos merecerían ser estudiados por los astrónomos durante décadas (nos referimos a la insigne delantera de Elizabeth Kaitan).

Fanny y Alexander (1982)


De la felicidad a la tristeza, solo hay un paso

En 2003, el director sueco Ingmar Bergman estrenó en el cine la película Saraband, que en un principio se había ideado para la televisión; por eso su último largometraje pensado y realizado para la gran pantalla fue Fanny y Alexander (1982), un drama exquisito donde volvió a demostrar su maestría, obteniendo muy merecidamente 4 Oscars: película extranjera, fotografía, dirección artística y vestuario.

La historia transcurre en la Suecia de principios del siglo XX, más concretamente en la ciudad de Upsala, centrándose en los Ekdahl, una familia dedicada al teatro que se reúne cada año por Navidad en casa de Helena (Gun Wallgren), la abuela viuda de Fanny (Pernilla Allwin) y Alexander (Bertil Guve), dos críos de unos 8 y 10 años, respectivamente, hijos de Oscar (Allan Edwall) y Emilie (Ewa Fröling). Dicho Oscar, hijo de Helena, es el gerente del teatro desde hace ya veinte años y también tiene un papel en la obra que están preparando, pero últimamente se encuentra demasiado cansado, un síntoma que empeorará y le provocará una decaída fulminante, acabando en la muerte. Su fantasma aparecerá de vez en cuando ante sus hijos. Y pasado un cierto tiempo, entrará un nuevo personaje en la vida de Fanny y Alexander, el obispo Edward que ofició en el funeral de su padre y que ha sido tan bueno y comprensivo con su madre que al pedirle el matrimonio ella no duda ni un segundo en aceptar, después de lo mal que lo ha pasado. Esto conllevará a que se vayan a vivir los tres a casa del obispo, cuyas reglas severas en cuanto a la educación y el respeto chocarán por completo con Alexander, que empezará a odiar a su padrastro, recibiendo a cambio un duro castigo.

Toro salvaje (1980)


The Ring

Jake La Motta, apodado "El Toro del Bronx", es de los personajes más insoportables, maleducados y machistas que haya pasado por el celuloide, con la gran suerte de aparecer en una obra maestra llamada Toro salvaje (1980), dirigida por uno de los mejores: Martin Scorsese. Esta dura y triste película está basada en el libro homónimo escrito por el propio La Motta (que curiosamente aparece en un momento de la película), en la que vemos la caída en picado de un boxeador que llegó a ser campeón mundial en la categoría de los pesos medios. Interpretado magníficamente por el señor Robert De Niro, que para una parte de la película engordó varios kilos, La Motta tiene a su hermano Joey (Joe Pesci) como entrenador personal, y gracias a él conocerá a la que será su joven esposa Vickie (Cathy Moriarty), de la que no podrá evitar sentirse constantemente celoso, provocando de esta manera un malestar continuo tanto a ella como al espectador.

Mystery Train (1989)


"Elvis Presley, que estás en los cielos..."

Aparte de ser un icono musical, uno de los mitos universales del siglo XX ha sido, es, y será Elvis Aaron Presley, más conocido por Elvis Presley (o Elvis a secas), considerado como el Rey del Rock and Roll y admirado por alocadas fans, e imitado, antes y después de su muerte, por incontables devotos. En 1989, Jim Jarmusch, el director de cine independiente por antonomasia de las dos últimas décadas, escribió y dirigió Mystery Train, una película de vidas cruzadas dividida en tres historias paralelas que ocurren en Memphis (Tennessee, Estados Unidos), en la que la figura de Elvis es omnipresente. Jarmusch deja su imprenta con un ritmo bastante pausado y unos personajes difíciles de catalogar, cuyas situaciones y diálogos tienen un punto de humor que es lo más destacable de la película.


En el primer relato, titulado "Lejos de Yokohama", los protagonistas son dos japoneses, Jun (Masatoshi Nagase) y Mitzuko (Youki Kudoh), que llegan en tren a Memphis para ver el Estudio Sun, de donde surgieron músicos como Carl Perkins, Jerry Lee Lewis, Roy Orbison o el mismo Elvis Presley, y también para ir de visita a Graceland, la casa-mansión de El Rey. En el siguiente relato, titulado "Un fantasma", la protagonista es Luisa (Nicoletta Braschi), una italiana a la que se le ha muerto el marido y no puede partir para Roma debido a un contratiempo del avión en el que iba a viajar. Más tarde conocerá a una mujer llamada Dee Dee (Elizabeth Bracco) que no parará de hablar en todo momento. En el último relato, titulado "Perdidos en el espacio", los protagonistas son tres tipos: Johnny (Joe Strummer), al que llaman también Elvis, Will Robinson (Rick Aviles) y Charlie (Steve Buscemi), que después de un suceso, que marcará un antes y un después en sus vidas, acabarán totalmente borrachos. El punto de unión de las tres historias es un hotel de mala muerte al que van a parar todos los personajes por alguna causa que otra, regentado por un recepcionista (Screamin' Jay Hawkins, que fue cantante en la vida real) y un botones (Cinqué Lee), que son una pareja también bastante peculiar.


Con todo lo dicho, hay que decir que, en general, el ritmo lento del desarrollo de la película es idóneo para los relatos que se plantea Jarmusch, pero sí que en algunos momentos de las tres historias está a punto de hacerse pesado. Aunque a Jarmusch talento no le falta y siempre tiene un as guardado en la manga, como se puede ver claramente en la historia más floja, "Un fantasma", en la que Nicoletta Braschi, una mujer con la que Jarmusch ya había trabajado en Bajo el peso de la ley (1986), no brilla precisamente por su gran interpretación (y si no, vean La vida es bella, con su marido Roberto Begnini), pero a mi parecer Jarmusch sabe utilizar su inexpresividad para dar más personalidad a su personaje. Hay que resaltar el momento en que ella llama por teléfono a Roma desde el aeropuerto gritando en italiano, o cuando se le caen en la entrada del hotel todas las revistas que ha comprado después de que le incitara a ello el dueño de la librería. También, la última historia va mejorando mientras va avanzando la acción, sobre todo gracias a la gran interpretación de los tres protagonistas cuando están bastante borrachos, con un buen Joe Strummer, cantante y guitarrista de  la banda mítica The Clash, un buen acompañante Rick Aviles (más conocido por su papel en Ghost, de 1990) y un siempre eficaz Steve Buscemi.


Pero hay que hacer un punto y aparte en el relato crucial de la película, el de la pareja japonesa, cuyo papel es estelar. Son dos personajes para recordar; ambos son tal para cual, no están de acuerdo en casi nada. Además, él es un joven que está siempre serio y aunque ella le pregunta por qué siempre pone esa cara, él le contesta con una frase brillante: "Soy muy feliz, así es mi cara". De ahí, que ella intente hacerle reír en una escena muy cómica en la que le mira con tres diferentes caretos. Aunque la escena que sobresale por encima de todas es la que ella compara el rostro de Elvis con un Rey del Medio Oriente de la Antigüedad, con el mismo Buda, con la Estatua de la Libertad y con la misma Madonna.

En definitiva, Jarmusch consigue una película casi redonda, acompañada de una buena fotografía y una conveniente banda sonora, en la que tiene muy claro desde el primer minuto hasta el último, sin utilizar casi primeros planos y optando con bastantes planos generales en la primera historia.


"Una película llena de humor inteligente, con tres historias que hay que saborearlas paso a paso, de las que destaca la pareja japonesa de la primera, que están absolutamente brillantes"            



Leer critica Mystery Train en Muchocine.net

El Guerrero Americano (American Ninja, 1985)

Ensalada de ninjas.

Hoy dedicamos la sección spoilers en acción a El Guerrero Americano, la primera parte de la mítica saga que la Cannon produjo a mayor gloria de Michael Dudikoff, el actor ninja por excelencia. Que conste que si se ha ganado ese apodo no es por su técnica en artes marciales, sino por su capacidad para lograr una interpretación escurridiza e invisible. ¡Qué empiece la sesión!

En Filipinas brilla el sol y los militares juegan a pelota. Joe, nuestro taciturno protagonista, ignora a sus compañeros mientras se hace el afectado con una navaja, es un tipo duro y no está para tonterías. Llega el Coronel acompañado por su hija, un bomboncito en edad casadera y con más hombreras que un jugador de Rugby (¡benditos 80’s!). Se despiden y un destacamento de cinco camiones la acompaña al aeropuerto. Lo que sea por la seguridad de la hija del jefe. El pelotón se detiene en medio de la jungla, al parecer unos obreros están excavando la carretera, pero lo cierto es que se trata de una astuta emboscada ninja. Uno de ellos lleva tatuada una estrella negra en la mejilla para que sepamos que es el más malo, hay patadas giratorias, persecuciones y explosiones, y alguien muere atravesado por un destornillador.

La hija del General sube a un coche y se da a la fuga, pero se trata de una de esas americanas histéricas que no saben conducir y enseguida se sale de la carretera. Joe la salva atrapando una flecha al vuelo y luego la atomiza ahí mismo, en un acto de lo más amenazador.


Salen huyendo a través de la jungla, él le rompe los tacones y la falda para que pueda seguir el ritmo, en lo que puede ser el principio de una buena tensión sexual. Se lanzan a un rio y dan esquinazo a sus perseguidores, la chica lloriquea un poco y pide un peine. Cuelgan la ropa en unos matorrales y Joe aprovecha para lucir su palmito de modelo publicitario de Adidas. El chico está como un queso, todo hay que decirlo.

Mientras tanto, en la base, empiezan a llegar bolsas llenas de cadáveres y la opinión es unánime; todo es culpa de nuestro héroe por ser tan atrevido y viril y por haber provocado la contienda. En otro lugar, los ninjas también le pasan el parte a su jefe y dan la voz de alarma de que hay un… ¡AMERICAN NINJA! El jefe se queda estupefacto, esto es tan insólito como descubrir a un chino torero, y además, enseñar los secretos del ninjitsu a los occidentales es una osadía que se paga con la muerte.

Los malos están preparando una entrega de vete tú a saber qué, y mientras tanto hacemos uno de esos descubrimientos que quitan el hipo; ¡su jardinero fue el sensei del protagonista!


Echamos un vistazo a la loca academia de ninjas y asistimos a un entrenamiento de los malos, y como son muchos y no hay uniformes para todos, el de la estrella en la mejilla se carga a media docena en una demostración. Es como ver a Montgomery Burns quemando un billete de un dólar.

Joe deja la chica en la puerta de su casa y se despiden con un beso. Su padre, en agradecimiento, le declara un consejo de guerra. De vuelta a la base todo el mundo lo mira mal, es la soledad del héroe. Según parece, si hay algo que detesten los militares es que uno de los suyos salve a una chica en peligro. Maldito perro engreído, ¿quién se habrá creído que es? Un negro enorme con bigote le busca las cosquillas más de la cuenta y se organiza pelea, el prota gana utilizando el viejo truco ninja de ponerse un cubo como sombrero. El negro queda tan impresionado que se hacen colegas y no tardan en pasear por la base sin camiseta y con los cuerpos engrasados. Cuando parece que uno le va a preguntar al otro si le gustan las pelis de gladiadores, el prota decide largarse en moto, con la hija del Coronel, a ventilarse unos daiquiris a una playa tropical. Allí hay música de saxo, roces y restregamientos, es de suponer que el negro ha despertado a la bestia y que luego la chica ha rematado la faena.


Los malos y uno de sus superiores, un sargento que también está en el ajo, le preparan otra encerrona, pero ni Katanas ni dardos envenenados pueden con el American Ninja, que después de liarla parda huye con ayuda del Jardinero Sensei, aunque al llegar a la base lo arrestan. Es el clásico conflicto mestizo, a Joe no lo aceptan ni ninjas ni americanos y es probable que su maestro esté pasando por algo parecido, vilipendiado por los senseis y odiado por el gremio botánico.

Por la noche Estrella Negra va a la cárcel, pero como no son horas de visita se lía a mamporros. A mitad del festival de mandobles y aspavientos, irrumpe el ejército. Hay una persecución por carretera donde el sargento maloso choca contra un árbol lleno de nitroglicerina y su jeep explota. Los malos secuestran a la hija del Coronel, sí, tenía que pasar. Joe entra de incógnito en villa ninja, inexplicablemente retarda la ola de muerte y destrucción para tomar el té con su sensei y recordar los viejos tiempos, debe de ser un té muy bueno. Luego se viste para la guerra, de repente es como si regalasen katanas y aparecen guerreros hasta de debajo las piedras, pero American Ninja y Jardinero Sensei luchan como jabatos y se los meriendan en un pispás. Estrella Negra lanza un puñal contra Joe y el pecho de Jardinero Sensei lo intercepta, el tipo ya no saldrá en las secuelas.


Llegan los buenos comandados por el negro del bigote, que como ya se está acabando la película y aun no ha mojado, está cabreadísimo y se lía a disparar a diestro y siniestro. ¡Suenan los tambores de guerra, lluvia de balas y fiambres por doquier! Estrella Negra y American Ninja se enfrentan en épica batalla, el malo va armado hasta las trancas, su traje lleva incorporado proyectiles, rayos recalcitrantes y lanzallamas, pero Joe es más fuerte y guapo y lo rebana como a una sandía. Los malos escapan en helicóptero, pero Joe salta sobre él y rescata a la chica, ¡qué tío! El negro del bigote vuela el artefacto por los aires de un disparo y... ¡misión cumplida! Joe se quita el pasamontañas y mira ensimismado al horizonte, parece estar considerando la posibilidad de salir del armario cuando aparecen los títulos de crédito. FIN.



Leer critica El guerrero americano (american ninja) en Muchocine.net

BONUS TRACK:

La ley de la calle (1983)

Rebeldes con causa

Los hombres tendemos a ser más desobedientes en la etapa de la adolescencia (las mujeres también pero ahora no vienen al caso). Es el momento de la vida en el que parece que necesitemos salir más tiempo de casa para empezar a vivir a nuestra manera, con un punto de diversión al que no sabemos ponerle límite pero al que tarde o temprano tendremos que llegar. Esto es algo que va unido a nuestro proceso de crecimiento, sea debido a las ganas de ser mayores, a las amistades que tengamos o según la educación que hayamos tenido o la infancia que hayamos vivido.

Eso es precisamente lo que la escritora americana Susan E. Hinton quiso reflejar en dos buenas novelas juveniles, Rebeldes (1967) y La ley de la calle (1968), escritas cuando sólo tenía diecisiete y dieciocho años. En ambas historias, la rebeldía está mucho más acentuada, con personajes que tienen un futuro incierto, vagando por las calles casi todo el día, fruto de esa mencionada dejadez educativa provocada tanto por continuas peleas de los padres, por su alcoholismo destructivo o por la muerte de ambos. Por eso resulta tan importante la figura del hermano mayor, a quien se ve como alguien a veces demasiado autoritario pero también alguien en quien confiar por su experiencia en la vida. Francis Ford Coppola debió tenerlo muy claro y, quizás por el impacto que le produjeron los dos relatos o por el jugo que podría sacarles, decidió adaptarlos para el cine precisamente en el mismo año, en 1983, tal como hizo en 1974 con El Padrino II y La Conversación.


La adaptación de Rebeldes es más cercana a la vida real, donde se muestran dos bandas, los "grasientos" y los "dandis", recordando en parte a películas como Grease (1978). En ella aparecen nombres tan característicos como Ponyboy o Sodapop y vemos a actores que marcarán una época, tan reconocidos como Patrick Swayze (que nos dejó el año pasado), Tom Cruise, Rob Lowe, Emilio Estévez, Ralph Maccio, C. Thomas Howell o Matt Dillon, el único de los chicos que aparece en las dos películas, igual que Diane Lane. Pero en La ley de la calle, donde aparecen unos jóvenes Nicolas Cage (sobrino de Coppola) y Chris Penn, ese tiempo de las bandas ya casi ha pasado, siendo todo mucho más oscuro; y el resultado de la película está mejor conseguido, con un gran trabajo artístico y una visión muy personal y onírica de Coppola.


El protagonista, Rusty James (Matt Dillon), es un chico que vive más en la calle que en su casa, ansioso de que algún día vuelvan los buenos tiempos de las bandas, cuando su hermano mayor (Mickey Rourke) era venerado y respetado, al que todos conocían como "el chico de la moto". Después de un tiempo sin verse, los dos hermanos mantendrán una relación especial que marcará varias escenas de la película, muy bien encuadradas por  el buen hacer de Coppola, subrayando la personalidad bastante extraña y, a la vez, atrayente del hermano mayor. El padre de estos chicos es alcohólico y está interpretado por Dennis Hopper, que parece que haga de sí mismo. Y tanto Dillon como Rourke logran que sus papeles tengan un sentido en la historia, siempre a punto de quebrantar la ley con sus vidas desamparadas.


Desde el principio de la película sorprende la banda sonora compuesta por Stewart Copeland, el que fuera el batería de la mítica banda The Police (que aún por entonces estaba en activo), siendo su primer trabajo para el cine y, sin duda alguna, el único título que destaca de todas sus posteriores composiciones cinematográficas. Sus temas forman parte del buen resultado de la película, ya que se utilizan como hilo conductor, dando equilibrio, ambiente y ritmo a todas las escenas. Además resalta también el uso de los sonidos de la calle, ayudando a Coppola en su particular visión onírica de la historia. La estupenda fotografía en blanco y negro también da juego para alargar sombras en bellos planos, observar nubes que se dispersan a gran velocidad y ver calles llenas de humo, como si los personajes fueran a desaparecer en cualquier momento. Y es que todo fluye como si fuera un sueño y en algún punto hasta se convierte en pesadilla, pero no cabe duda de que Coppola consigue que la ley de la calle sea por un momento algo a tener en cuenta.


"Una inusual manera de juntar realidad e imaginación para mostrar el mundo tan peligroso de la calle, contagiando la nostalgia con un acto de rebeldía"



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Ojos negros (1987)

Sabachka

En 1987, el director ruso Nikita Mikhalkov se fue a rodar a Italia su película más especial, Ojos negros, un relato basado en algunos cuentos del escritor ruso Antón Chéjov (como La dama del perrito), lleno de tantos matices que sentiremos su carácter romántico, enigmático y misterioso. La historia que se nos cuenta es la de Romano Patroni (Marcello Mastroianni), un arquitecto italiano que contará la parte más emotiva de su vida a un comerciante ruso llamado Pavel Alexander (Vsevolod Larionov) al que conoce en el restaurante del crucero en el que se dirigen a Italia. Ya que Pavel se ha casado hace poco, Romano recuerda algunos momentos de su matrimonio con Elisa (Silvana Mangano), una única heredera de un banquero italiano con la que se dispuso a vivir en una gran mansión, ocupándose ella de los negocios familiares y él acomodándose a su vida de placeres servidos, olvidándose del gran proyecto que tenía en mente. Pero habrá también una intensa historia de un amor no olvidado que entrará en escena para dejar huella en el caballero ruso y en el espectador.

En este bello relato, Mikhalkov logra una historia digna de muchos elogios, con una preciosa fotografía y una maestría a la hora de unir humor y drama que parece como si al haber rodado la película en Italia hubiera obtenido parte del alma de las películas de Federico Fellini, mostrando una puesta en escena impecable y unos personajes formidables y caricaturescos. Mismamente, Romano Patroni es un poco pícaro y burlesco, algo ingenuo, que al irse a vivir a un balneario después de una fuerte discusión con su mujer se sentirá libre para hacer parte de sus travesuras. Todo lo que ocurre en este balneario da rienda suelta a la actuación del gran Mastroianni y a varias escenas muy logradas por el director ruso. En este ambiente, Romano Patroni conocerá a Anna (Elena Sofonova), una joven rusa que siempre va con un perrito que le enseñará a decir alguna palabra en su idioma, como "sabachka" que significa "perrito". Juntos vivirán una amistad que se irá convirtiendo en una dulce historia de amor y en la que veremos escenas inolvidables, como toda la secuencia de la venta del catálogo de vidrios irrompibles en San Petersburgo como modo de acercamiento de Patroni hacia ella al haber huido del balneario por miedo a enamorarse.

Como curiosidad, el hermano mayor de Mikhalkov es el director Andrei Konchalovsky, conocido más bien por su colaboración con Andrei Tarkovsky y sus películas de acción en Hollywood, como Tango y Cash (1989). Gratamente, Mikhalkov ha logrado una mayor reputación en su carrera cinematográfica. Sin ir más lejos, Ojos negros fue aclamada en todo el mundo, recibiendo Mastroianni el premio al mejor actor en el Festival de Cannes y la nominación a un premio Óscar por su actuación. En 1991, Mikhalkov dirigió Urga, el territorio del amor, una interesante historia, aunque bastante irregular, rodada en algunos momentos como si fuera un documental, en la que unos mongoles conocen a un ruso que trabaja para hacer una carretera que lleve hasta la frontera entre Rusia y China. Recibió el León de Oro del Festival de cine de Venecia y fue nominada a los premio Óscar como mejor película en lengua extranjera. En 1994, realizó otra de sus obras cumbres, Quemado por el Sol (pero esta es otra historia para la semana que viene).

"Ojos negros es un viaje precioso a la magia del cine, en el que gracias al portento del director ruso y a la simpatía que irradia siempre el gran Marcello Mastroianni, no olvidaremos jamás".



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La tumba de las luciérnagas (1988)

La historia más triste jamás contada

La gran diferencia entre Hayao Miyazaki y Isao Takahata, los dos fundadores del Estudio Ghibli (1985), es que el primero, a partir del año de creación del estudio, ha sido más prolífico y más coherente en su carrera cinematográfica. Takahata ha hecho menos películas y bastante diferentes entre ellas, en las que la animación también cumple un papel importante, como en Recuerdos del ayer (1989), mostrando costumbres y recuerdos de su protagonista, pero resaltando en otras un humor bastante absurdo y sorprendente, como se puede observar en su película con mapaches, Pompoko (1994), o en Mis vecinos los Yamada (1999), otra película costumbrista que juega con una animación totalmente diferente, desmarcándose completamente de la habitual minuciosidad de las películas de Miyazaki y optando por crear a sus personajes con un curioso y original dibujo abocetado, con escenas muy bien resueltas, pero siendo una animación más cercana al estilo del animador norteamericano Bill Plympton.

Fue en 1988 cuando Isao Takahata creó la que es su obra más conocida y de la que seguramente será recordado, La tumba de las luciérnagas, en la que apostó por la misma línea dramática que tanto éxito le habían dado las series Heidi (1974) y sobre todo Marco (1976), contando esta vez una historia verdaderamente trágica ubicada en el Japón del final de la Segunda Guerra Mundial, centrándose en un adolescente llamado Seita y su hermana pequeña Setsuko. El relato del intento de supervivencia de estos dos personajes es absolutamente desolador, dado que desde los primeros fotogramas sabemos que ambos están muertos ("El día 21 de septiembre de 1945, yo morí"), contando la historia como un flashback en el que él observa algunas escenas de su pasado reciente.

La película recibió muy buenas críticas y debió de sorprender en el momento de su estreno no sólo por su obvia gran calidad de la animación, sino también por sus contundentes imágenes, siendo un drama tan duro que el espectador no puede evitar emocionarse y hasta seguramente soltar alguna lágrima. Sin embargo, uno tampoco puede quitarse de la cabeza la sensación de que a Isao Takahata le gusta adentrarse en este tipo de historias, profundizando demasiado en la miseria de sus protagonistas, buscando claramente la compasión del espectador. Aunque esto no resta valor a la historia ya que el recuerdo de algunas escenas de la niña Setsuko son imborrables y el objetivo de impactar se cumple totalmente, resultando ser una de las películas más tristes de la historia del cine, aunque algunos aspectos del drama sean utilizados casi al límite.

"La tumba de las luciérnagas contiene una gran calidad en la animación pero también una tragedia demasiado respaldada en las penurias de una pareja de hermanos que sobreviven como pueden en el final de la Segunda Guerra Mundial"



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Mi vecino Totoro (1988)

La edad de la inocencia

Está claro que muchos recuerdan a Hayao Miyazaki por ser tan importante para varias generaciones debido a las series que marcaron una época como Heidi (1974-1977) y Marco (1976), aunque sólo fuera el creador de los personajes, ya que el verdadero artífice fue su compañero y amigo Isao Takahata, con el que creó en 1985 el famoso y elogiado Estudio Ghibli. Precisamente, un año antes Miyazaki nos sorprendió a muchos con una gran serie con perros como protagonistas, coproducida con Italia y basada en el famoso personaje de sir Arthur Conan Doyle, Sherlock Holmes, convirtiéndose también en una serie de culto en la que se veía una elegancia en la puesta en escena y una buena construcción de los personajes principales.

Pero también sus películas han marcado un antes y un después tanto en la animación japonesa como en la de todo el mundo, debido seguramente por su predilección y gran apuesta por la animación tradicional en 2D; también por su supuesto amor a la naturaleza con el que logramos observar paisajes de gran belleza y por una magia que envuelve todas sus historias llegando a emocionar. Por eso es de agradecer el reestreno en las salas de cine de una de sus películas más emblemáticas y más queridas, Mi vecino Totoro (1988), que después de veintiún años de su creación no ha perdido ni un ápice de todo su encanto. Aunque cuando se estrenó en su momento no cuajó del todo en el mismo Japón, el paso del tiempo la ha colocado en un puesto privilegiado en la mente de los nipones, gustando a casi todos. Y la verdad es que la historia es emocionante por mostrarnos a dos crías, Satsuki i Mei, que se van a vivir al campo con su padre y en el que conocerán al duende de un cuento de hadas, Totoro, con el que vivirán una experiencia inolvidable. Además, es indispensable en la historia la relación de las hermanas con su madre que se encuentra convaleciente en un hospital. Y es que se podría decir que es una película muy japonesa, donde se pueden ver también varias referencias al Sintoísmo, una religión más cercana a la filosofía por basarse en una adoración a los espíritus de la naturaleza, donde todas las cosas tienen su alma: las piedras, la hierba, cada árbol...

No olvidemos tampoco que las películas de Hayao Miyazaki, con el Estudio Ghibli detrás suyo, tienen un tremendo potencial artístico, recreando un mundo propio de realidad y fantasía situado perfectamente en una maravillosa puesta en escena, con una inusitada capacidad para animar cualquier detalle, por difícil que sea. Y no sólo eso, sus historias mantienen un pulso fuerte a la hora de intentar dejar huella en el espectador de algún claro mensaje, como la unión en la familia en Mi vecino Totoro, consiguiendo su objetivo sin ser una historia marcadamente infantil aunque sí un tanto moralizadora. Otras películas como la simpática Nicky, la aprendiz de bruja (1989), cuyo horrendo doblaje en español ridiculiza la historia y la hace más infantil de lo que aparenta ser, o la brillante aunque larga La princesa Mononoke (1997), con demasiados mensajes ecológicos, son historias en las que los protagonistas principales son adolescentes bastante responsables que dejan a sus familias por alguna causa que otra pero con los que mantienen igualmente un fuerte vínculo.

También encontramos en la filmografía de Miyazaki más muestras del encanto de sus historias, como la genial Porco Rosso (1992), la mágica El viaje de Chihiro (2001), la sorprendente y misteriosa, aunque con fallido final, El castillo ambulante (2004), y la preciosa, aunque también con un final un tanto pomposo, Ponyo en el acantilado (2008).

"Particularmente, Mi vecino Totoro es una película que sorprende por su forma tan sencilla de atrapar al espectador y por su especial atención en mostrar una infancia llena de ternura e imaginación, con unas terribles ganas de vivir que es lo que precisamente nos produce una emoción que no podremos olvidar"



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Dune (1984)



David Lynch vs Dino de Laurentiis.

Allá por los años 70’s la adaptación de Dune, la famosa novela de ciencia ficción de Frank Herbert, cayó en manos de Alejandro Jodorowsky, un cineasta, guionista de comics y psicomago, que pretendía hacer un filme transgresor y esotérico en compañía de los que él proclamaba sus cinco samuráis; grandes hombres de arte como Orson Welles, Salvador Dalí, Chris Foss, la banda de rock Pink Floyd y H. R. Giger, que trabajarían bajo la batuta de Moebius. La productora, ante lo que prometía ser un libertinaje artístico de órdago, se acobardó y abandonó el barco.


 A Kyle MacLachlan tampoco le sale el saludo vulcaniano.

Años más tarde el proyecto fue retomado por la compañía Dino de Laurentiis, que pretendía aprovechar el filón abierto por La guerra de las galaxias (1977), el director elegido para la tarea, tras la previa negativa de Ridley Scott, fue David Lynch (que no es Jodorowsky, pero poco le falta). La decisión resulta algo chocante vista hoy en día, pero hay que recordar que por aquel entonces Lynch acababa de marcarse un buen tanto con El hombre elefante (1980), una cinta nominada a ocho Oscar y cuyo éxito comercial propició que le ofrecieran la realización de El retorno del Jedi (1983), película que finalmente rechazó.


 Sean Young, una de las alegrías del filme.

El presupuesto contaba con 40 millones de dólares, el equipo técnico era brutal (Carlo Rambaldi entre otros) y la idea era realizar una adaptación muy rigurosa de la novela. La cosa podía haber salido muy bien, pero no fue así. Tras el duro rodaje en Méjico los productores quedaron muy descontentos con la larga duración del metraje (más de tres horas), por lo que se decidieron a desarmar el invento, eliminando varias escenas e incluyendo otras nuevas que simplificaran la trama. Hubo mucho intervencionismo por parte de Dino de Laurentiis y de su hija Raffaella, cierto material no llegó nunca a postproducción y finalmente la película se quedó en los 137 minutos que todos conocemos. El resto, como suele decirse, es historia; el fracaso en taquilla fue absoluto y el crítico Roger Ebert la calificó como la peor película del año, y eso que en 1984 también se estrenó Rhinestone, cinta en la que Dolly Parton da clases de canto a Sylvester Stallone.


 Personajes como este son los que pululan por la película.

Ya han pasado más de veinte años y Dune aun sigue buscando su sitio, reivindicada por unos y vilipendiada por otros. Es una de esos filmes difíciles de catalogar, se debate entre las excesivas explicaciones que necesita la historia para funcionar y la fascinación que siente la película por explicarse mal. Pensemos, por ejemplo, en el uso abusivo que hace de la voz en off. Algo que el cine normalmente relega a personajes principales aquí es de dominio público, y aunque al principio parece formar parte de la atmósfera enrarecida del filme, a la larga se convierte en un tic totalmente irritante. Sumemos a esto dudosas elipsis argumentales, subtramas explicadas a medias, sobreentendidos inexcusables y un considerable exceso de información, ¿qué tenemos? Una patata de más de 40 millones de dólares.


 Mamá, papá, Pulgoso y Paul.

Hay paralelismos entre ella y el Watchmen (2009) de Zack Snyder, ambas no son efectivas a nivel narrativo, intentan comprimir una obra monumental de manera equivocada y significan más para los que ya están familiarizados con el universo del que provienen.

La historia nos habla de una rebelión, es el típico enfrentamiento entre el bien y el mal aderezado con intrigas palaciegas, reminiscencias bíblicas y un protagonista a lo Lawrence de Arabia. La acción se sitúa en un trasfondo galáctico muy concreto, una especie de Edad Media espacial donde se barajan conceptos tan extravagantes como la cofradía, el Kwisatz Haderach, la Jihad, las Bene Gesserit, los Fremen y la especia. Hay una leyenda, un elegido, dos clanes rivales y mucha confusión.


 Si es malo, feo y pelirrojo, es un Harkonnen.

Dune es sobre todo una película atmosférica donde lo mejor es la puesta en escena, personajes extraños se pasean por colosales naves espaciales de aspecto majestuoso e inhumano, a su alrededor se expande el universo, un lugar frío, oscuro y abisal. El único mundo que visitamos es Arrakis, el Dune del título, un planeta desértico habitado por monstruosos gusanos gigantes. Todo es irreal y Lynch lo filma de manera lenta y contemplativa, acompañado por el inolvidable tema principal de la banda sonora compuesta por Toto, aunque parte del tono se pierde en las escenas de acción.


 ¡Que me aspen! ¿No es este David Lynch?

Recuerdo haberla visto en varias ocasiones, algunas con extrañeza y otras con aburrimiento. Ahora la trama está bastante clara en mi cabeza, pero no siempre fue así, sin embargo hay varios momentos que se me quedaron grabados desde el primer instante, como la increíble sensación de cabalgar un gusano gigante o la malévola risa de un gordo flotante empapado en sangre. Sin duda ha calado hondo en el imaginario colectivo y esto se nota en películas como Bitelchús (1988), Temblores (1990) o Southland Tales (2006).


 Sting luciendo palmito.

Se ha creado mucha leyenda alrededor del filme, pero Lynch nunca ha hecho declaraciones al respecto. Actualmente existen al menos cinco versiones distintas, todas ellas de variado metraje y contenido. Una en concreto fue realizada para la televisión estadounidense y dura aproximadamente tres horas, en ella Lynch pidió ser eliminado de los títulos de crédito, por lo que la dirección es atribuida a Alan Smithee y el guión a Judas Booth. Los más cinéfilos ya sabrán de donde proviene el primer nombre. El segundo es una combinación entre Judas, el traidor de Cristo, y John Wilkes Booth, el asesino de Lincoln. Que cada uno saque sus conclusiones.



La frase: “La especia debe manar.”

La frase 2: “Dios creó Arrakis para adiestrar a los creyentes, nadie puede ir contra la palabra de Dios.”

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El misterioso castillo en los Cárpatos (Tajemství hradu v Karpatech, 1981)

Transilvania Twist

Siguiendo los pasos de su paisano Karel Zeman, Oldrich Lipský toma prestado el poderoso imaginario de Julio Verne para realizar esta película, aunque en esta ocasión el guionista Jirí Brdecka fija su mirada en una de las obras menos conocidas del escritor francés, Le Château des Carpathes (1892), una novela donde Verne había aparcado su habitual temática científica para adentrarse de lleno en la fantasía romántica. Una fantasía, eso sí, no exenta de ciertos prodigios mecánicos.


La historia empieza cuando el Conde Teleke de Tölökö y su sirviente llegan a Werewolfville, un pequeño poblado de los Cárpatos donde los aldeanos viven atemorizados por un misterioso castillo. En una cantina, un anciano ciego y borrachín les explica la leyenda negra del lugar, pero como no parece la persona más fiable del mundo (por aquello de estar beodo perdido y no ver tres en un burro), deciden investigar por su cuenta. No tardarán en descubrir que el castillo es la sede de un maniático melómano, el Barón de Gortz, que utiliza las invenciones de un científico loco para llevar a cabo sus maléficos planes, y que para colmo de males, tiene aprisionada a la prometida del Conde, una cantante de ópera aquejada por una extraña enfermedad.


El mismo equipo que perpetró Nick Carter, aquel loco, loco detective (1977) repite fórmula, y si en aquella ocasión parodiaban las novelas de detectives, ahora es el turno de las historias de vampiros y fantasmas. El misterioso castillo de los Cárpatos sigue la línea de aquella comedia modernista, elaborando un delicioso cóctel de slapstick abstracto, humor absurdo y Art Nouveau, en un contexto que allana el camino a topo tipo de personajes ridículos, como esa cargante estrella de la ópera con dinamita en la garganta, el Barón obsesionado con las barbas (algo que nos remite a Maté a Einstein, caballeros) o el mad doctor de brazo multiusos.


De entrada, la película, se encuentra con dos factores en su contra; el primero es que Lipský y su troupe ya hace tiempo que no están en su mejor momento (por decirlo de algún modo), y el segundo es que el género terrorífico ha sido el blanco de bromas desde que Abott y Costello se vieron las caras con las viejas glorias de la Universal, allá por los años cuarenta. Esto podría ser un problema, sin duda, si no fuera porque la historia se gana a pulso los adjetivos de caprichosa y estrafalaria, y en ningún momento se conforma con realizar un suave paseo por rutas familiares, como sí hacen otras comedias de medio pelo (¿alguien ha dicho Drácula, un muerto muy contento y feliz?), demostrando una amplitud de miras muy difícil de encontrar en otras cinematografías.


Una de las principales bazas del filme es la idiosincrasia de la novela en que se basa, un cuento de hadas tecnológico que sirve como anticipo al cine, ese invento del demonio. Aunque la historia beba del tradicional relato de vampiros, el elemento vampírico se reduce a un primitivo cinematógrafo, aparato que aquí adquiere las funciones de dispositivo diabólico con el que perturbar el descanso de los muertos. Una curiosa coartada literaria que al ser trasladada al cine alcanza importantes matices autorreferenciales, entrando a englosar las filas de las fábulas metafílmicas, tendencia que da cabida a obras tan dispares como La naranja mecánica (1971), La rosa púrpura de El Cairo (1985), Pleasantville (1998) o El show de Truman (1998).


Puede que la película no tenga ese tono vanguardista de los primeros trabajos de Lipský, pero el director checo, desde una perspectiva irónica y surrealista, logra una divertida y bizarra desmitificación de un género clásico. Jirí Brdecka, el guionista, falleció un año después de su estreno, dejando tras de sí una treintena de filmes que nos hablan de su amor al cine y su fe en la imaginación.



La frase: “Ya mis ancestros amaron la música, aplaudiendo a un condenado a muerte cuando lanzó un Do de pecho al ser torturado.”

Leer critica El misterioso castillo en los cárpatos (tajemství hradu v karpatech) en Muchocine.net

Runaway, brigada especial (1984)

A caballo entre el thriller policiaco y la ciencia ficción de serie B, el sexto filme como director de Michael Crichton juega abiertamente con los convencionalismos del género, asumiendo sin tapujos su condición de tecno-thriller moderno, una etiqueta que al abajo firmante no le vuelve particularmente loco. Crichton es un autor excepcionalmente dotado para trivializar el hecho científico, la conspiración de las máquinas por el dominio mundial (El hombre terminal) o la existencia de dinosaurios en la era moderna (Parque Jurásico), son dos temas que el autor ha tomado prestados de la literatura pulp y que ha convertido en best-sellers, dotándolos de un supuesto enfoque más adulto y científico.


La película nos cuenta la historia del sargento Ramsey, un policía que se dedica a la captura de robots descontrolados y con tendencias homicidas. La acción se sitúa en un futuro alternativo no muy lejano, de tal manera que casi puede interpretarse como una ucronía de los años 80’s, ya que los elementos divergentes y anacrónicos se reducen básicamente a la instauración de robots en la vida cotidiana. Un hecho con evidentes tintes futuristas, pero que no viene orquestado por el habitual attrezzo de naves espaciales y paisajes futuristas, no se sabe muy bien si por convicción, falta de interés o escasez de presupuesto, pero el resultado es el mismo: la ficción aquí, como en las novelas de Julio Verne, deviene presente y no futuro.


Si algo destaca del filme es su carismático elenco de actores, desde el eficaz Tom Selleck (Magnum, P.I., 1980-1988), pasando por Cynthia Rhodes (la competencia de Jennifer Grey en Dirty Dancing, 1987), Gene Simmons (el cantante de KISS), Kirstie Alley (la Rebecca de Cheers, 1982-1993), Joey Cramer (el niño de la mitiquísima El vuelo del navegante, 1986) y G. W. Bailey (el detestable Capitán Harris de Loca Academia de Policía, 1984-1994).


Runaway
es un thriller de ciencia ficción sobre el que planean ecos del cine de acción de los años 80’s y una cinta que no puede evitar caer en los clichés del género, ya que contiene todos los ingredientes de este tipo de productos (el poli íntegro, el villano malvado e inteligente, la chica, el esperado final donde el protagonista debe enfrentase a sus miedos…), la película es puro cine de evasión con la mayoría de concesiones y agujeros negros de la cinematografía del momento.


Por otra parte, el discurso moral también queda implícito en el filme. Su mensaje es una puesta en alerta contra los peligros del mal uso de la tecnología, un tema muy recurrente en la obra de Crichton, pero que aquí está tratado de forma superficial y efectista, de tal manera que la película no establece un diálogo con el espectador, sino que realiza un soliloquio banal y dogmático satanizando a la misma. Aun así, la mezcla tan natural entre cine policíaco y cachivaches de ciencia ficción, crea una atmósfera curiosa y marciana que otorga de cierto encanto a la cinta.


Robots salidos de madre, arañas cibernéticas, balas inteligentes que doblan esquinas, un Mad Doctor y una vidente, son algunos de los elementos inconexos que Crichton sitúa en un contexto realista, creando una mixtura interesante, pero que se resiente por el tono relamido, la anemia y la excesiva compostura del filme.



La frase: “Déjame que te explique cómo van las cosas; nada funciona bien, las relaciones de pareja no van bien, la gente no funciona bien, pero fabrican máquinas, ¿porqué iban a ser perfectas las máquinas?”

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