Mostrando entradas con la etiqueta vampiros. Mostrar todas las entradas
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Los
vampiros no nacieron ayer.
“Es
por tu bien” o “Esto me va a doler más a mi que a ti”, son
frases típicas que se suelen pronunciar cuando uno se ve en la
imperiosa necesidad de tener que dar una reprimenda a algún tipo de
personaje estimado, deseando que entienda que lo que se pretende con
el escarmiento es lograr darle la vuelta a una dinámica negativa.
Dicho esto, siempre he sido un gran admirador del trabajo del
director Tim Burton a pesar de reconocer más de un sonoro
traspiés en su carrera. El problema es que los traspiés cada vez
resultan ser más seguidos y sonados en su trayectoria y los aciertos
cada vez aparecen más en cuentagotas. Su último trabajo, Sombras
tenebrosas, más que como un nuevo traspiés debería
interpretarse como un enorme y profundo socavón lleno de miseria y
calamidad. Siempre hablando por su bien... claro está.
Agotamiento gótico.
¡Ah, qué cultura tan impúdica la nuestra! Aquí llega otra película de vampiros que intenta sumarse a la moda surgida a raíz del fenómeno Crepúsculo, aunque poco o nada tenga que ver con el romanticismo chillón de las populares adaptaciones de las novelas de Stephanie Meyer. Y otra película, además, que comete el error de creer que si coge al vampiro, le da mil vueltas, lo pone del revés y le saca brillo, parecerá algo nuevo y extraordinario, mientras que lo cierto es que este subgénero está más manoseado que una stripper de cuarta y que esto ya lo hemos visto cientos de veces.
Nos encontramos en un futuro próximo, en el año 2017, donde la comunidad vampírica ha crecido tanto que se ha convertido en la raza dominante. Allí conocemos a Edward Dalton (Ethan Hawke), un vampiro que trabaja como jefe de hematología y que es el responsable de encontrar un sustituto artificial para la sangre, ya que la humanidad está al borde de la extinción y el alimento escasea. Corren tiempos desesperados y la crisis alimentaria provoca consecuencias inesperadas, los vampiros que llevan un largo período sin ingerir sangre sufren una involución hacia una forma más primitiva, creciéndoles orejas puntiagudas, garras y grandes alas, y convirtiéndose en unos seres violentos e incontrolables.
Detengámonos un instante para hacer inventario; primero tenemos a esas sanguijuelas en el poder, luego está el ejército vampiro a su disposición, seguido de unos pocos humanos que sirven de ganado y por último un grupo cada vez más numeroso de vagabundos salvajes e incivilizados. Es evidente que la alegoría capitalista no es muy sutil que digamos y el hecho de que sea tan obvia, no sería un problema si la película no fuera tan sosa y comedida. El planteamiento funcionaría mejor como sátira, con grandes litros de sangre y mucha exageración, elementos que solo aparecen en contadas ocasiones. Sin duda un filme de estas características sería mejor aprovechado por un cineasta tan violento y controvertido como Paul Verhoeven, capaz de lidiar con la parte más insulsa de la historia y de explotar su lado más cínico y pasado de rosca. Curiosamente los hermanos Spierig, realizadores del filme, son también los responsables de Los no muertos (2003), una especie de puesta al día de la mítica y acartonada Plan 9 del espacio exterior (1959), elaborada, esta vez sí, en clave desenfadada.
Resulta difícil adivinar que hacen actores de primera fila metidos en este producto con alma de serie B, Ethan Hawke, Willem Dafoe y Sam Neill no están en el mejor momento de su carrera, pero gozan de cierto caché y su presencia en el filme queda completamente desaprovechada. El primero da vida a un héroe de tintes Hammerianos, por aquello de empuñar ballestas y vestir camisas blancas con chalecos negros, aunque luego se descubre como totalmente incapaz a la hora de pasar a la acción. Sam Neill, por su lado, ejerce de villano pese a que su personaje no suscita ningún tipo de odio en especial ni resulta lo suficientemente desagradable. Y Willem Dafoe tiene una buena entrada, pero pronto queda relegado en un segundo plano y no se le concede ninguna escena relevante.
Daybreakers es básicamente un tebeo gótico, un típico relato de ciencia ficción pulp donde se han gastado más dinero de lo habitual y que funciona básicamente en su primera mitad, cuando nos pone en situación. Las escenas cotidianas del principio son las más interesantes y las que pueden levantar las mayores simpatías entre el público, pero la trama se va adentrando progresivamente en lo convencional y se desdibujan los elementos más desbocados que componen esta fantasía tenebrista. Solo ciertas explosiones gore llegan a impactar realmente en el espectador, pero estas son pocas y contadas, y aparecen lo suficientemente contenidas para que el producto no pierda del todo su comercialidad. El filme es algo así como Cuando el destino nos alcance + Soy leyenda = Daybreakers, es decir, otro rebuscado intento de exprimir la fórmula hasta la última gota. Una cinta que a pesar de estar hecha con oficio, no tener demasiadas pretensiones y caer en gracia por su halo retro, no contribuye a la renovación del género y se muestra cómplice de su progresivo asesinato, porque no aporta nada nuevo.
La frase: «Es la décima vez que cumplo 35 años, los cumpleaños ya no tienen sentido.»
Leer critica Daybreakers en Muchocine.net
Re-mordimientos.
La última película de Park Chan-wook, el cineasta coreano, pretende explorar cada momento en su justa medida, logrando diferentes tiempos de gran intensidad. La intención es buena, sin duda, pero esta estratagema tiene un inconveniente: crea expectativas que luego no se cumplen. Cuando el tono adquiere tintes románticos, terroríficos o dramáticos, y más tarde el filme se desentiende de ellos, el espectador siente desconcierto y decepción. Lo primero puede tener su puntillo, lo segundo no. Una cinta como Desafío Total (1990) es 100% cine de acción y también pura ciencia ficción, porque claro, una cosa no quita la otra. Mientras que filmes más desequilibrados como Testigo mudo (1993), Abierto hasta el amanecer (1995), Carretera Perdida (1997) o el que hoy nos ocupa, tontean caprichosamente con varios géneros.
La historia gira en torno a los infortunios de la virtud, la bondad y buena intención de Sang-hyeon, un sacerdote que se somete a un peligroso experimento con el objetivo de encontrar una cura para una extraña enfermedad, el hombre no tarda en sucumbir a una muerte sangrienta y desagradable, pero luego revive milagrosamente. En seguida corre la voz y surge un pequeño culto a su alrededor. La gente acude a él para que sane a sus enfermos, y en verdad parece ejercer algún tipo de poder sobre los moribundos, ya que en un momento determinado cura el cáncer a un viejo amigo de la infancia. Todo este tema está tratado con interés y queda subrayado por la aptitud dubitativa del protagonista, que no sabe qué pensar al respecto y pide consejo espiritual. La película plantea diversas cuestiones de gran calado y aunque en un principio parece que les hará frente, rápidamente se olvida de ellas.
El desarrollo de los acontecimientos cambia cuando Sang-hyeon sufre una recaída y despierta convertido en vampiro, al parecer una de las transfusiones que recibió durante el experimento era la de un chupasangre. Park Chan-wook intenta dotar de realismo una trama que gira en torno al hecho fantástico, y lo hace mediante una progresiva gestión de los elementos sobrenaturales, igual que sucediera en la maravillosa Déjame entrar (2008), otro reciente filme de vampiros con una coartada argumental más convincente. Thirst no siente demasiado apego por el género al que pertenece y utiliza una rebuscada explicación para llegar a él, al mismo tiempo que elimina de la ecuación cierto attrezzo tan característico como los colmillos.
Por otro lado, el filme explora muy bien la estrecha relación entre vampirismo y cristianismo. El pecado, el deseo, la culpa, la resurrección, la sangre, el masoquismo, la autoflagelación y el fetichismo sexual, son conceptos que estarán muy presentes a lo largo de la película. «Ahora estoy sediento de todos los placeres del pecado» comenta el sacerdote, y vemos como sus impulsos sangrientos van cobrando fuerza a medida que se siente atraído por la mujer de su amigo. A partir de ahí hay algo de romance, de thriller erótico e incluso de cine de fantasmas, un vaivén de géneros que no logra desvirtuar del todo la entidad del filme, y esto se debe a la gran calidad de su narrativa poética.
La película tiene una fuerte carga mística y está bendecida por una refinada sensibilidad estética; el ritmo pausado y el estilizado entendimiento del espacio cinematográfico hacen que ésta sea toda una experiencia para los sentidos. Park Chan-wook tiene una curiosa habilidad para retratar el lado más sórdido y extraño de la naturaleza humana, y para obtener belleza de donde no debería haberla. Thirst es hermosa, simbólica y esteticista, un filme bellamente imperfecto. Existe en Asia una larga tradición de narradores cinematográficos excepcionales y que saben sacarle el mejor partido al lenguaje cinematográfico, pero con una cierta tendencia al exceso, a sobrecargar las tintas para demostrar todo lo que saben hacer y que en ocasiones como esta, acaban filmando varias películas en una. Parece que el cine de vampiros se le queda corto a un filme que siempre pretende ser algo más, pero que al final se queda a medio camino de todo.
La frase: «Córtales los tobillos, cuélgalos de la bañera y deja que la gravedad haga el resto. Podemos poner la sangre en un Tupperware y dejarla en el refrigerador. »
Leer critica Thirst en Muchocine.net
Valeria y su semana de las maravillas (Valerie a týden divů, 1970)
Perpetrado por Cecil B. Demente en 7:00Infusión de valeriana.
Es imposible no sentirse fascinado por el laberinto semántico que representa Valeria y su semana de las maravillas, un filme por el que sobrevuelan ecos de Alicia en el país de las maravillas y que está basado en un relato del escritor surrealista Vítězslav Nezval. Checoslovaquia, por aquel entonces, se encontraba en plena resaca de la Nouvelle Vague y su cine daba cobijo a todo tipo de géneros, desde la ópera western hasta la comedia de ciencia ficción, pero esta película se desmarca de aquella peculiar filmografía al tocar dos temas que le son extraños; nos referimos al erotismo y al terror. Se trata, sin duda, de una rareza entre las rarezas y de un filme poco convencional que bien podría hacer las delicias de Luis Buñuel o Dario Argento.

Su historia sigue la enigmática lógica de un sueño preadolescente, el realizador Jaromil Jireš nos (des)coloca en el extraño universo de Valeria, una huérfana de 13 años que vive con su tétrica abuela en un ambiente de represión religiosa. La llegada al pueblo de un grupo de misioneros y artistas ambulantes iniciará una cadena de acontecimientos que provocarán que peligre su vida, su juventud y su inocencia, y en los que Valeria, con la ayuda de unos pendientes mágicos, deberá enfrentarse a un diabólico vampiro.

La película elabora una inquietante metáfora sobre el despertar sexual de una niña, tomando como base elementos del folclore y de los cuentos infantiles, algo sospechosamente similar a lo que años más tarde realizarían Richard Blackburn con Lemora, un cuento sobrenatural (1975), y Neil Jordan con En compañía de lobos (1984). Lesbianismo, incesto, vampirismo e iconografía cristiana, se dan de la mano en un filme donde el contraste entre pureza y obscenidad está muy presente, y donde los exteriores bucólicos y la atmósfera de colores suaves, no hace más que intensificar una malsana corriente subterránea de maldad y vicio.

Jaroslava Schallerová, la joven actriz que da vida a Valeria, se nos presenta a través de un aura de afligida belleza y sinuoso erotismo, llegando incluso a protagonizar alguna escena de desnudo, un recurso que el director checo utiliza con naturalidad y sin afectaciones. Simbólica y onírica, la película parece en muchos momentos no querer darle ni la hora a la trama que la sustenta, logrando diversas escenas alegóricas que hacen de ella puro libertinaje plástico, como cuando nos muestra a cuatro chicas bañándose juguetonamente en un río, gente auto flagelándose por la calle o un vampiro acompañado por un caniche.

Lo que tenemos aquí es un oscuro cuento de hadas de atmósfera irreal y perturbadora, terror poético de extraordinaria belleza formal y duro visionado, por su alucinada gramática y sintaxis. Un filme de culto que destila onirismo y misterio por los cuatro costados, y que cuenta con una sugerente banda sonora. Como curiosidad añadir que recientemente ha surgido The Valerie Project, una grupo de música que re-interpreta los temas de la banda sonora mientras proyectan imágenes del largometraje.
La frase: “Buenas noches, mi dulce morena. Duerme apaciblemente esta noche y cuando despiertes, mi cielo, no reveles tu secreto.”
Es imposible no sentirse fascinado por el laberinto semántico que representa Valeria y su semana de las maravillas, un filme por el que sobrevuelan ecos de Alicia en el país de las maravillas y que está basado en un relato del escritor surrealista Vítězslav Nezval. Checoslovaquia, por aquel entonces, se encontraba en plena resaca de la Nouvelle Vague y su cine daba cobijo a todo tipo de géneros, desde la ópera western hasta la comedia de ciencia ficción, pero esta película se desmarca de aquella peculiar filmografía al tocar dos temas que le son extraños; nos referimos al erotismo y al terror. Se trata, sin duda, de una rareza entre las rarezas y de un filme poco convencional que bien podría hacer las delicias de Luis Buñuel o Dario Argento.

Su historia sigue la enigmática lógica de un sueño preadolescente, el realizador Jaromil Jireš nos (des)coloca en el extraño universo de Valeria, una huérfana de 13 años que vive con su tétrica abuela en un ambiente de represión religiosa. La llegada al pueblo de un grupo de misioneros y artistas ambulantes iniciará una cadena de acontecimientos que provocarán que peligre su vida, su juventud y su inocencia, y en los que Valeria, con la ayuda de unos pendientes mágicos, deberá enfrentarse a un diabólico vampiro.

La película elabora una inquietante metáfora sobre el despertar sexual de una niña, tomando como base elementos del folclore y de los cuentos infantiles, algo sospechosamente similar a lo que años más tarde realizarían Richard Blackburn con Lemora, un cuento sobrenatural (1975), y Neil Jordan con En compañía de lobos (1984). Lesbianismo, incesto, vampirismo e iconografía cristiana, se dan de la mano en un filme donde el contraste entre pureza y obscenidad está muy presente, y donde los exteriores bucólicos y la atmósfera de colores suaves, no hace más que intensificar una malsana corriente subterránea de maldad y vicio.

Jaroslava Schallerová, la joven actriz que da vida a Valeria, se nos presenta a través de un aura de afligida belleza y sinuoso erotismo, llegando incluso a protagonizar alguna escena de desnudo, un recurso que el director checo utiliza con naturalidad y sin afectaciones. Simbólica y onírica, la película parece en muchos momentos no querer darle ni la hora a la trama que la sustenta, logrando diversas escenas alegóricas que hacen de ella puro libertinaje plástico, como cuando nos muestra a cuatro chicas bañándose juguetonamente en un río, gente auto flagelándose por la calle o un vampiro acompañado por un caniche.

Lo que tenemos aquí es un oscuro cuento de hadas de atmósfera irreal y perturbadora, terror poético de extraordinaria belleza formal y duro visionado, por su alucinada gramática y sintaxis. Un filme de culto que destila onirismo y misterio por los cuatro costados, y que cuenta con una sugerente banda sonora. Como curiosidad añadir que recientemente ha surgido The Valerie Project, una grupo de música que re-interpreta los temas de la banda sonora mientras proyectan imágenes del largometraje.
La frase: “Buenas noches, mi dulce morena. Duerme apaciblemente esta noche y cuando despiertes, mi cielo, no reveles tu secreto.”
Cecil B. Demente
Leer critica Valeria y su semana de las maravillas (valerie a týden divů) en Muchocine.net
El misterioso castillo en los Cárpatos (Tajemství hradu v Karpatech, 1981)
Perpetrado por Cecil B. Demente en 7:00Transilvania Twist
Siguiendo los pasos de su paisano Karel Zeman, Oldrich Lipský toma prestado el poderoso imaginario de Julio Verne para realizar esta película, aunque en esta ocasión el guionista Jirí Brdecka fija su mirada en una de las obras menos conocidas del escritor francés, Le Château des Carpathes (1892), una novela donde Verne había aparcado su habitual temática científica para adentrarse de lleno en la fantasía romántica. Una fantasía, eso sí, no exenta de ciertos prodigios mecánicos.

La historia empieza cuando el Conde Teleke de Tölökö y su sirviente llegan a Werewolfville, un pequeño poblado de los Cárpatos donde los aldeanos viven atemorizados por un misterioso castillo. En una cantina, un anciano ciego y borrachín les explica la leyenda negra del lugar, pero como no parece la persona más fiable del mundo (por aquello de estar beodo perdido y no ver tres en un burro), deciden investigar por su cuenta. No tardarán en descubrir que el castillo es la sede de un maniático melómano, el Barón de Gortz, que utiliza las invenciones de un científico loco para llevar a cabo sus maléficos planes, y que para colmo de males, tiene aprisionada a la prometida del Conde, una cantante de ópera aquejada por una extraña enfermedad.

El mismo equipo que perpetró Nick Carter, aquel loco, loco detective (1977) repite fórmula, y si en aquella ocasión parodiaban las novelas de detectives, ahora es el turno de las historias de vampiros y fantasmas. El misterioso castillo de los Cárpatos sigue la línea de aquella comedia modernista, elaborando un delicioso cóctel de slapstick abstracto, humor absurdo y Art Nouveau, en un contexto que allana el camino a topo tipo de personajes ridículos, como esa cargante estrella de la ópera con dinamita en la garganta, el Barón obsesionado con las barbas (algo que nos remite a Maté a Einstein, caballeros) o el mad doctor de brazo multiusos.

De entrada, la película, se encuentra con dos factores en su contra; el primero es que Lipský y su troupe ya hace tiempo que no están en su mejor momento (por decirlo de algún modo), y el segundo es que el género terrorífico ha sido el blanco de bromas desde que Abott y Costello se vieron las caras con las viejas glorias de la Universal, allá por los años cuarenta. Esto podría ser un problema, sin duda, si no fuera porque la historia se gana a pulso los adjetivos de caprichosa y estrafalaria, y en ningún momento se conforma con realizar un suave paseo por rutas familiares, como sí hacen otras comedias de medio pelo (¿alguien ha dicho Drácula, un muerto muy contento y feliz?), demostrando una amplitud de miras muy difícil de encontrar en otras cinematografías.

Una de las principales bazas del filme es la idiosincrasia de la novela en que se basa, un cuento de hadas tecnológico que sirve como anticipo al cine, ese invento del demonio. Aunque la historia beba del tradicional relato de vampiros, el elemento vampírico se reduce a un primitivo cinematógrafo, aparato que aquí adquiere las funciones de dispositivo diabólico con el que perturbar el descanso de los muertos. Una curiosa coartada literaria que al ser trasladada al cine alcanza importantes matices autorreferenciales, entrando a englosar las filas de las fábulas metafílmicas, tendencia que da cabida a obras tan dispares como La naranja mecánica (1971), La rosa púrpura de El Cairo (1985), Pleasantville (1998) o El show de Truman (1998).

Puede que la película no tenga ese tono vanguardista de los primeros trabajos de Lipský, pero el director checo, desde una perspectiva irónica y surrealista, logra una divertida y bizarra desmitificación de un género clásico. Jirí Brdecka, el guionista, falleció un año después de su estreno, dejando tras de sí una treintena de filmes que nos hablan de su amor al cine y su fe en la imaginación.
La frase: “Ya mis ancestros amaron la música, aplaudiendo a un condenado a muerte cuando lanzó un Do de pecho al ser torturado.”
Siguiendo los pasos de su paisano Karel Zeman, Oldrich Lipský toma prestado el poderoso imaginario de Julio Verne para realizar esta película, aunque en esta ocasión el guionista Jirí Brdecka fija su mirada en una de las obras menos conocidas del escritor francés, Le Château des Carpathes (1892), una novela donde Verne había aparcado su habitual temática científica para adentrarse de lleno en la fantasía romántica. Una fantasía, eso sí, no exenta de ciertos prodigios mecánicos.

La historia empieza cuando el Conde Teleke de Tölökö y su sirviente llegan a Werewolfville, un pequeño poblado de los Cárpatos donde los aldeanos viven atemorizados por un misterioso castillo. En una cantina, un anciano ciego y borrachín les explica la leyenda negra del lugar, pero como no parece la persona más fiable del mundo (por aquello de estar beodo perdido y no ver tres en un burro), deciden investigar por su cuenta. No tardarán en descubrir que el castillo es la sede de un maniático melómano, el Barón de Gortz, que utiliza las invenciones de un científico loco para llevar a cabo sus maléficos planes, y que para colmo de males, tiene aprisionada a la prometida del Conde, una cantante de ópera aquejada por una extraña enfermedad.

El mismo equipo que perpetró Nick Carter, aquel loco, loco detective (1977) repite fórmula, y si en aquella ocasión parodiaban las novelas de detectives, ahora es el turno de las historias de vampiros y fantasmas. El misterioso castillo de los Cárpatos sigue la línea de aquella comedia modernista, elaborando un delicioso cóctel de slapstick abstracto, humor absurdo y Art Nouveau, en un contexto que allana el camino a topo tipo de personajes ridículos, como esa cargante estrella de la ópera con dinamita en la garganta, el Barón obsesionado con las barbas (algo que nos remite a Maté a Einstein, caballeros) o el mad doctor de brazo multiusos.

De entrada, la película, se encuentra con dos factores en su contra; el primero es que Lipský y su troupe ya hace tiempo que no están en su mejor momento (por decirlo de algún modo), y el segundo es que el género terrorífico ha sido el blanco de bromas desde que Abott y Costello se vieron las caras con las viejas glorias de la Universal, allá por los años cuarenta. Esto podría ser un problema, sin duda, si no fuera porque la historia se gana a pulso los adjetivos de caprichosa y estrafalaria, y en ningún momento se conforma con realizar un suave paseo por rutas familiares, como sí hacen otras comedias de medio pelo (¿alguien ha dicho Drácula, un muerto muy contento y feliz?), demostrando una amplitud de miras muy difícil de encontrar en otras cinematografías.

Una de las principales bazas del filme es la idiosincrasia de la novela en que se basa, un cuento de hadas tecnológico que sirve como anticipo al cine, ese invento del demonio. Aunque la historia beba del tradicional relato de vampiros, el elemento vampírico se reduce a un primitivo cinematógrafo, aparato que aquí adquiere las funciones de dispositivo diabólico con el que perturbar el descanso de los muertos. Una curiosa coartada literaria que al ser trasladada al cine alcanza importantes matices autorreferenciales, entrando a englosar las filas de las fábulas metafílmicas, tendencia que da cabida a obras tan dispares como La naranja mecánica (1971), La rosa púrpura de El Cairo (1985), Pleasantville (1998) o El show de Truman (1998).

Puede que la película no tenga ese tono vanguardista de los primeros trabajos de Lipský, pero el director checo, desde una perspectiva irónica y surrealista, logra una divertida y bizarra desmitificación de un género clásico. Jirí Brdecka, el guionista, falleció un año después de su estreno, dejando tras de sí una treintena de filmes que nos hablan de su amor al cine y su fe en la imaginación.
La frase: “Ya mis ancestros amaron la música, aplaudiendo a un condenado a muerte cuando lanzó un Do de pecho al ser torturado.”
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Buenos días, soy el jefe Dreyfus, volviendo a las películas, con una cosa de chupasangres adolescentes con la testosterona por las nubes, que al parecer arrasó un rato en taquillas de medio mundo. Y como el que avisa no es traidor, amantes del género vampírico, huyan como alma que lleva el diablo de: Crepúsculo.. ¡Empezamos!
Una adolescente con cara de empanada, de padres divorciados, y actitud orgásmica ante los acontecimientos que le irán sucediendo, debe ir a vivir con su padre a una mierda de pueblecito perdido de Estados Unidos, donde siempre parece estar nublado y si algún día logran atisbar un rayo de sol ya se pueden dar con un canto en los dientes. A pesar de ser la nueva del instituto, y llegar a medio curso, rápidamente logra hacerse coleguilla de una pandilla de muchachos a cada cual más abofeteable. En una de las clases le tocará sentarse con uno de los “guapos oficiales” del insti, un joven apuesto y pálido que viste de negro cuyos únicos amigos son cuatro jóvenes más, apuestos y pálidos, pero que parecen no mantener relación con el resto de estudiantes.
Lo cierto es que la actitud de estos cinco chicos es, como poco, de lo más desconcertante, porque además de no mezclarse con el resto de chavales, resulta que viven todos en la misma casa, hijastros todos ellos del médico del pueblo, cuatro de ellos son pareja y, para colmo, resulta que los días que sale el sol (rara vez, como les comentaba), los cinco susodichos no asisten a las clases y se van de camping lejos del pueblo. Yo, que quieren que les diga, llámenme clásico, todo esto lo veo tirando a raro, pero en el instituto nadie sospecha nada. Cuando nuestra protagonista sea salvada por el “guapo oficial” usando su super velocidad y su super fuerza empezará, por fin, a intuir que algo no acaba de cuadrar.Como la prota de actitud orgásmica empieza a olerse el percal, el “guapo oficial” se verá obligado a destapar el pastel y hacerle un par de confesiones que descolocarán a la joven pizpireta: 1. Él es un vampiro y 2. Ella le pone perraco hasta las trancas. Ay, amigos, ríanse ustedes de Romeo y Julieta y demás amores imposibles, porque esta relación, entre vampiro y humana, si que pinta de lo más complicada, y más que se va a complicar cuando al pueblo llegue otro grupo de vampiros con ganas de ligar estilo “aquí te pillo, aquí te mato”.
Francamente me sorprende el comportamiento de los cinco jóvenes vampiros. O sea, resulta que tú eres un vampiro adolescente desde hace un huevo y medio de décadas ¿y no encuentras nada mejor en lo que emplear tu tiempo que asistir al instituto hasta que te gradúas y cambias de pueblo para volver a empezar el instituto en otro lado? ¿Así una y otra vez hasta el fin de los tiempos? Pues menuda mierda, señores. Y más en Estados Unidos donde la educación en casa no sólo es legal sino que además está perfectamente instaurada. Otra cosa es que lo que quieran es mezclarse con los lugareños y tener relación con el resto de compañeros, pero es que eso, en la película, es precisamente lo que no hacen en ningún momento. Y si lo que pretenden es no levantar sospechas para pasar inadvertidos debo decir que su actitud y comportamiento, por mucho que en pueblo no le hagan demasiado caso, es de lo más sospechoso que me he tirado a la cara en años. Y luego está el tema del padrastro, vampiro como ellos, que se dedica a ser médico. ¡Venga tentaciones a porrillo! ¡Es como si un vegetariano se pusiera a trabajar en una charcutería!
La película es la adaptación cinematográfica de un superventas literario de la hostia, escrito por una tal Shephenie Meyer, que con la tontería ya le sale el dinero por las orejas. La directora encargada de la adaptación es Catherine Hardwicke, que fue la realizadora de la interesante Thirteen y luego se complicó la carrera con Los amos de Dogtown y Natividad. El éxito de Crepúsculo le habrá venido como una bocanada de aire fresco, aunque al parecer ella no será la encargada de dirigir la segunda entrega. Como si nos importara. Sobre los jovenes actores del film ni me pregunten porque no tengo ni idea. Sólo se que el “guapo oficial” se había dejado ver en alguna de las pelis de Harry Potter, y poco más. Algunos de ellos lograrán largas y fructíferas carreras y conseguirán su lugar entre el star system de Hollywood, otros serán carne de Gran Hermano V.I.P. y telefilms de sobremesa. Que Dios reparta suerte.
¿Recuerdan ustedes la serie Sensación de Vivir (90210) donde una joven llamada Brenda llegaba a un nuevo instituto y se enamoraba rematadamente de un macarra llamado Dylan? Pues bien, cambien ustedes Beberly Hills por un pequeño pueblo de montaña y al macarra por un macarra vampiro y ¿que es lo que tienen? Efectivamente, Crepúsculo. Y aunque la película sea una solemne bobada, sería injusto por mi parte cargar en exceso contra ella, porque lo cierto es que en ningún momento pretende ser algo que no es (la portada ya lo dice todo). La peli pasa bastante rápido en su tramo inicial dentro de lo que cabe y no es hasta que la trama se empieza a complicar con la aparición de unos malos que la cosa empieza a bajar mucho. Ya llegados al tramo final la cosa pierde el poco interés que pudiera haber tenido en algún momento. Ya puestos, propongo que para la segunda entrega de la saga, el estudio se gaste un poco más de dinero porque la peli tiene una pinta de barata que tira para atrás y unos efectos especiales de video de primera comunión de lo más sonrojantes. Un poco más de dinerito quizás hubiera ayudado a que visualmente la peli resultara un poco más atrayente.
Resumiendo: ¿Y si, en la serie Sensación de Vivir, Dylan hubiera sido un vampiro?Leer critica Crepúsculo en Muchocine.net
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