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La naranja cibernética.
Con los elementos propios de un ciberthriller corporativo, Cypher da vueltas alrededor de las tribulaciones de un hombre corriente sumido en un universo alucinatorio. El protagonista de la historia es Morgan Sullivan (Jeremy Northam), un contable en paro que quiere dejar atrás su anodina existencia para ejercer de espía industrial en Digicorp, una desalmada multinacional. Bajo una nueva identidad es enviado a distintas convenciones alrededor de Norteamérica, con la misión de grabar en secreto las conferencias. Morgan en un principio queda algo decepcionado por la banalidad de su cometido y por lo insustancial de las reuniones a las que acude, pero enseguida empieza a sentirse cómodo con su falsa identidad, a pesar de los constantes dolores de cabeza y de las extrañas pesadillas que cada vez son más recurrentes. Esta situación cambia drásticamente cuando conoce a Rita Foster (Lucy Liu), una bella y enigmática mujer que le pondrá al día del sórdido mundo en el que se ha metido.
El héroe de Cypher está atrapado en las intrigas corporativas de dos empresas rivales, ambas igualmente amorales y despiadadas, ambas con la intención de utilizarle y luego matarle. Cuando él pasa por un desquiciado lavado de cerebro y es bombardeado por un torbellino de imágenes que intentan quebrantar su voluntad, compartimos sus esfuerzos por mantenerse cuerdo. Esta es la escena más lograda del filme y la que cala más hondo en el espectador, además de ser el instante que marca un punto de inflexión en la historia, ya que señala cuando la película se desprende de su realidad y se convierte en toda una pesadilla kafkiana. A partir de aquí el protagonista deberá probar su entereza, tanto física como mental, en diversas situaciones extrañas, pero este aterrador método de condicionamiento, que guarda cierto parecido con la mítica técnica Ludovico de La naranja mecánica (1972), es el más fascinante.
El buen hacer de Vincenzo Natali en la ciencia ficción ya había quedado patente en Cube (1997), su clásico sobre el terror de los espacios reducidos, y en su segundo largometraje el director canadiense se sirvió de la ficción científica para retratar la crisis de identidad del hombre moderno. En Morgan Sullivan podemos encontrar la esencia de otros héroes alienados de la literatura y el cine, como por ejemplo el Joseph K de El proceso (1925) o el Winston Smith de 1984 (1949). La esquizofrénica puesta en escena y la estética fría y distante, casi minimalista, nos transmiten la desesperación y la paranoia que requiere el relato. La acción se enmarca en una desdibujada urbe futurista que solo se intuye vagamente y el clima de misterio se mantiene a lo largo de todo el metraje, amparado por los constantes giros argumentales de una trama que juega intencionadamente a las cajas chinas.
Cypher es un thriller abstracto que, sin grandes alardes, combina un ambiente enfermizo e intenso con elementos directamente vinculados al género de espías, una suerte de miscelánea ciberpunk donde se integra a la perfección el lenguaje de la ciencia. Vincenzo Natali se muestra más interesado en contar historias estimulantes que en la elaboración de personajes y su cine pone en relieve la fragilidad de las fronteras entre realidad y fantasía, lo que le da cierta libertad narrativa. La película tiene una primera parte fascinante y claramente kafkiana, pero en su último tercio se mantiene fiel a los códigos del cine de evasión, en un cambio de registro que resulta difícilmente comprensible. Tras más de una hora de pura pesadilla cibernética, el filme de Natali deriva hacia una típica fantasía bondiana, recreada con derroche de adrenalina y pirotecnia, en lo que viene a ser un complaciente final que no casa con el resto del metraje, pero que refuerza el sentido onírico del relato.
La frase: «Escúcheme con atención; pase lo que pase en esa sala, no demuestre extrañeza ni emoción ni sorpresa. Vea lo que vea, usted no se mueva.»
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En un corto plazo de tiempo se han estrenado tres películas que pretenden recuperar el savoir faire de la ciencia ficción de la década de los 70’s y que han utilizado el género como vehículo para retratar la condición humana, aunque con resultados desiguales y enfoques bien distintos. La primera en llegar a nuestras pantallas fue Moon (2009), la ópera prima de Duncan Jones, seguida muy de cerca por The box (2009), la última carambola cinematográfica de Richard Kelly (un cineasta con serios problemas de ego), y ahora le toca el turno a Las vidas posibles de Mr. Nobody, la peculiar propuesta narrativa de Jaco Van Dormael, un director belga que recurre, por primera vez y de forma natural, a la ciencia ficción, sin alejarse por ello de ciertos temas recurrentes en su filmografía. Estamos ante una sentida coproducción entre Bélgica, Francia y diversos países, que enlaza con otros títulos tan emblemáticos como Matadero Cinco (1972), ¡Olvídate de mí! (2004) o sobretodo Je t’aime, je t’aime (1968) de Alain Resnais, debido en parte a su habilidad para fundir la ciencia-ficción con la filmación de los laberintos de la mente humana.
Nuestro relato da comienzo en el año 2092, en una época donde los avances científicos han propiciado que la humanidad trascienda a un estado de inmortalidad. Allí conocemos a Nemo Nobody (Jared Leto), el último mortal vivo. Nemo, con más de cien años de edad, pasa sus últimas horas de vida en una cama del hospital, algo que crea bastante expectación en esta sociedad futura. Un periodista se cuela en su habitación con la idea de entrevistar al moribundo, pero una vez empezada la historia el reportero se da cuenta de que los detalles no cuadran, de que la narración se bifurca cada vez que se toma una decisión, dando pie a una infinidad de historias nuevas que se solapan en un bucle sin fin. Nemo no le está explicando su vida, sino todas sus vidas posibles. Quizás le falle la memoria al anciano y nada de esto sucediera realmente, o tal vez sea otra cosa distinta, ¿realidades alternativas? ¿Viajes en el tiempo? Quién sabe, nada es seguro en este juego narrativo de muñecas rusas.
Nemo Nobody es un nombre que suena intencionadamente a inventado, y más si tenemos en cuenta que ambos vocablos, el primero en latín y el segundo en inglés, significan «nadie». Él se niega a vivir en un tiempo presente y lineal, como también sucede con los protagonistas de las películas de Alain Resnais, un cine con el que siente gran afinidad. La película se sumerge en una sinfonía discontinúa de recuerdos y hechos fragmentados, explorando los caminos aleatorios de la existencia. Una carrera de obstáculos donde la meta es el amor (personificado por Diane Kruger), pero en la que se deben franquear todo tipo de caprichos del destino y mil y un callejones sin salida. La narración se deja llevar por el torrente de imágenes, exhorta en la flotante belleza de su poesía visual, el discurso es espiral y el espectador puede sentirse algo perdido ante tanto desorden narrativo. Algo que intenta subsanar un final excesivamente explícito, donde un personaje, a modo de epílogo hitchcockiano, nos revela todos los secretos de la trama.
El mecanismo se demuestra algo burdo para una obra tan críptica como esta, pero estoy seguro de que un sector del público lo agradecerá. Y lo cierto es que está rodado de forma bastante frívola, así que no estropea del todo el conjunto. Lo que sí le resta varios puntos es que en algunos de sus parajes se parezca tanto a Los amantes del círculo polar (1998). A pesar de que no tengo ningún problema con que la imagen del viejo Nemo en su cama del hospital nos remita a la del viejo Bowman en 2001: una odisea del espacio (1968), e incluso puedo ver con buenos ojos ciertos parelismos entre este personaje y el Billy Pilgrim de Matadero Cinco (1972), el hecho de que Las vidas posibles de Mr. Nobody se nos presente como una feliz unión entre la cinta de Julio Medem antes mencionada y el cine de Resnais, nos plantea serias dudas sobre su originalidad. Sea como fuere, Van Dormael es un excelente narrador y está copiando a referentes exquisitos, así que el resultado final es una filigrana narrativa de gran belleza formal, pero que provoca una inexcusable sensación de déjà vu en el espectador.
La frase 1: «Prométeme que si muero tirarás mis cenizas en Marte.»
La frase 2: «En el ajedrez se llama Sit Suan, cuando un solo movimiento no es movimiento.»
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BONUS TRACK:
Tiempos Modernos.
Hoy en día sería inimaginable ver a Woody Allen haciendo una película de ciencia ficción, pero claro, es que los 70’s eran otra cosa. Por aquel entonces hacía poco que Truffaut había rodado Farenheit 451 (1966) y Kubrick La naranja mecánica (1972), y el género gozaba de un status del que ya ha sido despojado. Era la época anterior a que se impusiera el modelo Star Wars (1977) y la gente iba en masa al cine a ver 2001: Una odisea del espacio (1968), mientras que ahora hacemos cola para ver Avatar (2009). Por otro lado, la carrera de Woody Allen tan solo acababa de despegar y el director neoyorkino aun no había encontrado ni su propia voz ni a su auténtica musa (Manhattan), estaba probándose a sí mismo y aprendiendo a utilizar la técnica cinematográfica. Comedias tempranas como Coge el dinero y corre (1969) y Bananas (1971) son formalmente toscas y parecen montadas a patadas, pero también resultan alegremente insolentes y libérrimas. El dormilón entraría en esta categoría, pero fue rodada justo cuando Allen ya empezaba a dominar dicho lenguaje.
Por aquella época su excéntrico personaje se las tuvo que ver con el film noir (Coge el dinero y corre), la literatura rusa (La última noche de Boris Grushenko) o, como es el caso, la ciencia ficción, y es que el humor de sus primeras comedias surgía en parte de situar a su enclenque, cobarde e inepto alter ego, en un entorno que le era totalmente hostil y ajeno. Una descontextualización que quedaba muy subrayada por el aspecto físico del cineasta judío, decididamente nada que ver con un héroe, y con las características gafas que no se quitaría bajo ningún concepto; ni en la edad media, ni en la Rusia zarista, ni mucho menos en su papel como espermatozoide.
En El dormilón da vida a Miles Monroe, el propietario de un restaurante de comida sana llamado La zanahoria feliz, que despierta en el año 2174 tras un letargo de dos siglos, consecuencia de haber entrado en el quirófano para una operación de rutina y que la cosa se hubiera desmadrado más de la cuenta (para que luego digan de nuestra sanidad pública). Todo este tiempo ha sido mantenido en estado de hibernación y conservado en papel de plata, pero ahora despierta en un mundo frío y desalmado donde todos los hombres, a excepción de los italianos, son impotentes, las mujeres son frígidas y la gente se confiesa mediante algo parecido a una máquina expendedora, una triste realidad donde probablemente no desentonarían las cabinas de suicidio de la serie Futurama. Miles, muy a su pesar, formará parte del plan de la Resistencia para derrocar al dictador de este estado policial, alguien conocido tan solo como “El Jefazo”, mientras vive su particular romance con Luna, una snob del futuro interpretada brillantemente por Diane Keaton, una de las mejores actrices cómicas de todos los tiempos.
La trama tiene algunos puntos en común con otras absurdas comedias como Top Secret (1984) o la ya antes mencionada Bananas, solo que aquí se parodia el tipo de futuro distópico que profetizaba George Orwell en su novela 1984, todo ello sazonado con un estilo heredero del cine cómico mudo y del humor judío de los hermanos Marx. Influenciado por las tendencias contraculturales de la época, Woody Allen expande su personal universo hacia el futuro, y lo hace mediante situaciones surrealistas, diálogos mordaces, conversaciones existencialistas, jazz acelerado, persecuciones alocadas, slapstick y diversos gags de confección clásica. Un tipo de humor, entre grueso e intelectual, que no siempre cuaja y que en ocasiones puede pecar de demasiado localista, pero que en otras se demuestra totalmente efectivo.
A medida que avanza la acción la trama se va volviendo más abstracta, alegórica y disparatada, y la sátira social y política gana terreno, lo que sumado a su tono jovial y al escaso metraje (apenas noventa minutos), hacen que este sea un producto entretenido y de fácil visionado. El dormilón puede no resultar perfecta, pero se ve con simpatía, en parte por la gran broma que representa y en parte por su actitud, porque tiene la extraña virtud de no creer en la ciencia, ni en los sistemas políticos, ni en Dios, tan solo en el sexo y la muerte. Un par de años más tarde Allen perfeccionaría esta fórmula con La última noche de Boris Grushenko (que no por casualidad lleva el título original de Love and Death) y luego emprendería el camino que le conduciría a rodar comedias más redondas y sofisticadas como Annie Hall (1977) y Manhattan (1979). Todos salimos ganando, pero algo se echó de menos.
La frase 1: “Mi cerebro es mi segundo órgano favorito.”
La frase 2: "Soy una persona de vida y costumbres sanas. No fumo, no bebo y jamás forzaría sexualmente a una mujer ciega".
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Extranjero en su propia piel.
Sería un error considerar El hombre que cayó a la tierra como un mero vehículo diseñado para el lucimiento de una estrella del rock, a pesar de que su protagonista es David Bowie y de la estrecha relación entre su obra musical y la historia del filme. Esto solo debería servir como anécdota para hablar de una película que es por encima de todo consecuencia de su época y de su director, el peculiar Nicolas Roeg, realizador de la mítica Amenaza en la sombra (1973) y director de fotografía de Farenheit 451 (1966), película que supuso su primer encuentro con la ciencia ficción pre Star Wars, aquella que estaba más preocupada por entrar en la modernidad que en elaborar frívolos espectáculos de efectos especiales.
La premisa, en lo básico, no difiere mucho de la ciencia ficción de los 50’s, pero el desarrollo, el tono y la forma, sí. La historia se basa en una novela de Walter Tevis y nos cuenta las vicisitudes de Thomas Jerome Newton (David Bowie), un extraterrestre que llega a nuestro mundo con el objetivo de conseguir agua y llevarla a su planeta natal, donde le esperan su esposa y sus hijos. Newton empieza su periplo con convicción pero no tarda en quedar cegado por los cantos de sirena de nuestra civilización y asistimos a su caída gradual en las debilidades humanas.
Resulta sorprendente que en un principio se pensara en el autor de Parque Jurásico, Michael Crichton, para este papel, porque el insólito físico de David Bowie es uno de los leitmotivs visuales del filme. La acentuada delgadez del cantante, su tez pálida, el pelo rojizo y los ojos disímiles, sumados a ese halo glam y andrógino que le rodea, convencen de su procedencia extraterrestre sin necesidad de otros artificios. El personaje, además, resulta perturbador y anómalo, alienado del mundo que le rodea y asaltado por repentinos autismos, características que influenciaron en gran medida en el Dr. Manhattan de Watchmen.
Pero esta también es la historia de la gente que rodea a Newton y de cómo él cambia sus vidas, desde el abogado homosexual que se enriquece de la noche a la mañana, pasando por el insatisfecho profesor de física que se acuesta con jovencitas y llegando a la camarera que se enamora del hipersensible alienígena. La relación entre ambos propiciará unas escenas de lo más desconcertantes, tanto física como psicológicamente.
Nicolas Roeg nos sumerge en una película ambigua, psicodélica y decadente, con imágenes de sexo explícito, un montaje confuso y una atmósfera enrarecida, por lo que sin duda el público actual la encontrará extraña y lejos de su gusto. Se hace patente la determinación del filme por evitar los convencionalismos del género. En la década de los 70’s el cine americano gozaba de cierta libertad y se optó por contar historias diferentes sobre personajes idiosincráticos, El hombre que cayó a la tierra es un claro ejemplo de la Nueva Ola Americana y de la ciencia ficción contracultural del momento, dos rasgos que matizan sus virtudes y defectos, porque la definen como una extravagancia inherente a su época. Ciertamente el filme ha envejecido, resulta excesivamente hedonista y en su último tercio incluso parece perder el hilo, pero a pesar de todo continúa siendo inquietante.
La frase: “Quizás le hubiéramos tratado igual de haber venido usted a nuestro planeta.”
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David Lynch vs Dino de Laurentiis.
Allá por los años 70’s la adaptación de Dune, la famosa novela de ciencia ficción de Frank Herbert, cayó en manos de Alejandro Jodorowsky, un cineasta, guionista de comics y psicomago, que pretendía hacer un filme transgresor y esotérico en compañía de los que él proclamaba sus cinco samuráis; grandes hombres de arte como Orson Welles, Salvador Dalí, Chris Foss, la banda de rock Pink Floyd y H. R. Giger, que trabajarían bajo la batuta de Moebius. La productora, ante lo que prometía ser un libertinaje artístico de órdago, se acobardó y abandonó el barco.
A Kyle MacLachlan tampoco le sale el saludo vulcaniano.
Años más tarde el proyecto fue retomado por la compañía Dino de Laurentiis, que pretendía aprovechar el filón abierto por La guerra de las galaxias (1977), el director elegido para la tarea, tras la previa negativa de Ridley Scott, fue David Lynch (que no es Jodorowsky, pero poco le falta). La decisión resulta algo chocante vista hoy en día, pero hay que recordar que por aquel entonces Lynch acababa de marcarse un buen tanto con El hombre elefante (1980), una cinta nominada a ocho Oscar y cuyo éxito comercial propició que le ofrecieran la realización de El retorno del Jedi (1983), película que finalmente rechazó.
Sean Young, una de las alegrías del filme.
El presupuesto contaba con 40 millones de dólares, el equipo técnico era brutal (Carlo Rambaldi entre otros) y la idea era realizar una adaptación muy rigurosa de la novela. La cosa podía haber salido muy bien, pero no fue así. Tras el duro rodaje en Méjico los productores quedaron muy descontentos con la larga duración del metraje (más de tres horas), por lo que se decidieron a desarmar el invento, eliminando varias escenas e incluyendo otras nuevas que simplificaran la trama. Hubo mucho intervencionismo por parte de Dino de Laurentiis y de su hija Raffaella, cierto material no llegó nunca a postproducción y finalmente la película se quedó en los 137 minutos que todos conocemos. El resto, como suele decirse, es historia; el fracaso en taquilla fue absoluto y el crítico Roger Ebert la calificó como la peor película del año, y eso que en 1984 también se estrenó Rhinestone, cinta en la que Dolly Parton da clases de canto a Sylvester Stallone.
Personajes como este son los que pululan por la película.
Ya han pasado más de veinte años y Dune aun sigue buscando su sitio, reivindicada por unos y vilipendiada por otros. Es una de esos filmes difíciles de catalogar, se debate entre las excesivas explicaciones que necesita la historia para funcionar y la fascinación que siente la película por explicarse mal. Pensemos, por ejemplo, en el uso abusivo que hace de la voz en off. Algo que el cine normalmente relega a personajes principales aquí es de dominio público, y aunque al principio parece formar parte de la atmósfera enrarecida del filme, a la larga se convierte en un tic totalmente irritante. Sumemos a esto dudosas elipsis argumentales, subtramas explicadas a medias, sobreentendidos inexcusables y un considerable exceso de información, ¿qué tenemos? Una patata de más de 40 millones de dólares.
Mamá, papá, Pulgoso y Paul.
Hay paralelismos entre ella y el Watchmen (2009) de Zack Snyder, ambas no son efectivas a nivel narrativo, intentan comprimir una obra monumental de manera equivocada y significan más para los que ya están familiarizados con el universo del que provienen.
La historia nos habla de una rebelión, es el típico enfrentamiento entre el bien y el mal aderezado con intrigas palaciegas, reminiscencias bíblicas y un protagonista a lo Lawrence de Arabia. La acción se sitúa en un trasfondo galáctico muy concreto, una especie de Edad Media espacial donde se barajan conceptos tan extravagantes como la cofradía, el Kwisatz Haderach, la Jihad, las Bene Gesserit, los Fremen y la especia. Hay una leyenda, un elegido, dos clanes rivales y mucha confusión.
Si es malo, feo y pelirrojo, es un Harkonnen.
Dune es sobre todo una película atmosférica donde lo mejor es la puesta en escena, personajes extraños se pasean por colosales naves espaciales de aspecto majestuoso e inhumano, a su alrededor se expande el universo, un lugar frío, oscuro y abisal. El único mundo que visitamos es Arrakis, el Dune del título, un planeta desértico habitado por monstruosos gusanos gigantes. Todo es irreal y Lynch lo filma de manera lenta y contemplativa, acompañado por el inolvidable tema principal de la banda sonora compuesta por Toto, aunque parte del tono se pierde en las escenas de acción.
¡Que me aspen! ¿No es este David Lynch?
Recuerdo haberla visto en varias ocasiones, algunas con extrañeza y otras con aburrimiento. Ahora la trama está bastante clara en mi cabeza, pero no siempre fue así, sin embargo hay varios momentos que se me quedaron grabados desde el primer instante, como la increíble sensación de cabalgar un gusano gigante o la malévola risa de un gordo flotante empapado en sangre. Sin duda ha calado hondo en el imaginario colectivo y esto se nota en películas como Bitelchús (1988), Temblores (1990) o Southland Tales (2006).
Sting luciendo palmito.
Se ha creado mucha leyenda alrededor del filme, pero Lynch nunca ha hecho declaraciones al respecto. Actualmente existen al menos cinco versiones distintas, todas ellas de variado metraje y contenido. Una en concreto fue realizada para la televisión estadounidense y dura aproximadamente tres horas, en ella Lynch pidió ser eliminado de los títulos de crédito, por lo que la dirección es atribuida a Alan Smithee y el guión a Judas Booth. Los más cinéfilos ya sabrán de donde proviene el primer nombre. El segundo es una combinación entre Judas, el traidor de Cristo, y John Wilkes Booth, el asesino de Lincoln. Que cada uno saque sus conclusiones.
La frase: “La especia debe manar.”
La frase 2: “Dios creó Arrakis para adiestrar a los creyentes, nadie puede ir contra la palabra de Dios.”
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Mañana me levantaré y me quemaré con té (Zítra vstanu a oparím se cajem, 1977)
Perpetrado por Cecil B. Demente en 7:00Estamos en el futuro, concretamente en la década de los 90’s del siglo XX, donde Praga es la sede mundial de los viajes en el tiempo. Allí la agencia Universum ha puesto en marcha un negocio de turismo temporal con el que se puede ir de vacaciones a la edad de piedra, la antigüedad clásica o cualquier otra época que esté de oferta esta semana. Por otro lado conocemos a un grupo de oficiales nazis que gozan de muy buena salud para ser octogenarios, el caso es que toman pastillas anti-envejecimiento y todavía están resentidos por aquello de perder la guerra en los años 40’s (los nazis no son famosos por su indulgencia). Este destacamento planea secuestrar un cohete temporal y viajar a la Alemania de la Segunda Guerra Mundial, el objetivo es entregar una bomba atómica a Hitler y así cambiar el transcurso de la historia.
Jubilación playera para el Tercer Reich.
El argumento es de lo más rocambolesco sin duda, esta comedia de equívocos temporales resulta tan desconcertante como Regreso al futuro II (1989) y casi tan nebulosa como Primer (2004). Lo primero que llama la atención es que mete dobles hasta en la sopa, yo calculo que los hay a cuatro niveles diferentes. Primero tenemos la versión joven de los soldados nazis, que como no han envejecido son iguales en apariencia. Luego resulta que regresan del crucero temporal con un día de antelación, así que hay que sumar otra copia de ellos correteando por Praga. Y como más tarde repiten el viaje, la cantidad de dobles se multiplica de nuevo. ¿Os salen las cuentas? Tranquilos, porque aun no divisamos la luz al final del túnel (del tiempo), para rematar la faena los protagonistas son… ¡un par de gemelos! Qué bien puestos, señores.
Praga, tenemos un problema.
¿Era esto último necesario? Supongo que no, pero a los checos les va la marcha y la verdad es que salen bastante airosos del galimatías, y lo logran sin demasiadas complicaciones, lo que sí es un problema. Porque aunque la propuesta resulta esquizofrénica y disparatada, la trama se va domesticando a medida que avanza la acción, hasta llegar a una resolución esquemática y simplona. Parece ser que el Universo es muy listo y restablece el statu quo antes de lo que se tarda en decir paradoja temporal, futuro alternativo, o cualquier otro concepto que los guionistas se pasan por el forro de los cojones.
Si te gustan los nazis, espera a ver los nazis verdes.
La película repite la misma fórmula que la genial Maté a Einstein, caballeros (1969), pero sin su espíritu transgresor ni su ingenio, aunque manteniendo grandes dosis de humor absurdo, porque divertida lo es un rato. Ahí queda ese loro haciendo el saludo nazi, o ese aeropuerto que parece salido de cualquier gag de los Monthy Phyton, con soldados napoleónicos y hembras cavernícolas correteando por los pasillos. Y aunque la peli carece de ácidas segundas lecturas, la verdad es que trata la figura de Adolf Hitler de manera muy irreverente ya desde los mismos títulos de crédito, donde el divertido montaje hace que baile al ritmo de una música funky.
Hitler y su trouppe hablando checo, tremendo.
Mañana me levantaré y me quemaré con té es, en definitiva, una pueril comedia de situación con trasfondo futurista, donde el hecho científico es maltratado de manera impúdica y el humor absurdo es empujado hasta el infinito y más allá. Algunas risas para una trama muy complicada, pero nada compleja. Comentar que Jindrich Polák, el director, también es el realizador de Voyage to the End of the Universe (Ikarie XB 1, 1963), cinta de ciencia ficción que algunos catalogan como el eslabón perdido entre Forbidden Planet y 2001: Una odisea del espacio.
La frase: «Pedimos disculpas a nuestros pasajeros, el vuelo a Alejandro Magno lleva tres segundos de retraso. »
La frase 2: «Helena la azafata se va a enamorar de mí aproximadamente a las tres de esta tarde. »
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La libertad es un mito.
A finales de la década de los 60’s las películas de James Bond creaban escuela, y Patrick McGoohan (1928-2009), un actor, director y guionista americano, estaba hasta el moño de encarnar al típico agente secreto en la pequeña pantalla, por lo que se propuso dar una vuelta de tuerca al género, desarrollando un serial que, aunque tuviera ciertos atributos bondianos, no pudiera ser considerado de ningún modo como típico. La miniserie debía tener tan solo 7 capítulos, pero las exigencias del canal británico hicieron que el número se elevara hasta 17, a lo que hay que sumar que ni siquiera se molestaron en emitir los episodios de forma cronológica, por lo que saber cuál es el orden correcto a la hora de ver la serie es un tema que ha levantado mucha polvareda.
El Número 6 al volante de su Lotus Seven.
Estos factores hacen de El prisionero un experimento irregular, con varios capítulos de relleno u otros que simplemente cuentan más de lo necesario (una auténtica metedura de pata), pero la propuesta resulta tan singular y excéntrica que se ha labrado un merecido culto a su alrededor. La trama gira en torno al Número 6, un tipo del que desconocemos nombre y ocupación y que renuncia a su puesto de trabajo. Tras ser drogado y secuestrado, despierta en un pequeño pueblo costero conocido como La Villa. Las autoridades del lugar, cuya lealtad también ignoramos, pretenden averiguar el motivo de la dimisión, quebrantando su voluntad mediante control mental, drogas, lavados de cerebros, manipulación del sueño y todo tipo de estratagemas psicológicas.
Un mapa de la enigmática Villa.
El peculiar micro universo de La Villa está compuesto por multitud de curiosos detalles; al mando del lugar encontramos al Número 2, un personaje cuya identidad cambia en casi cada episodio, aunque el protagonista está convencido de que alguien conocido como Número 1 mueve los hilos entre las sombras, pero nadie más menciona su existencia. También resulta irónico que esta pesadilla alienante tenga aires de destino vacacional, en ella los ciudadanos visten colores llamativos y motivos náuticos, utilizan un saludo propio y una banda de desfile toca habitualmente música por la calle. El logo del lugar es un velocípedo con toldo y cuando hay un intento de fuga, un gran globo blanco llamado Rover reduce o mata a los implicados, este mecanismo de defensa resulta tan extraño como el mítico Lostzilla de la serie Perdidos.
El Rover en acción.
La mayoría de los capítulos son auto conclusivos y funcionan de forma independiente, y aunque hacia el final van por otros derroteros, habitualmente giran en torno a los diversos subterfugios del Números 2 y a los intentos de fuga y rebelión del Número 6, que es un personaje muy temperamental y con un serio problema de actitud, pero que solo logra victorias pírricas o completos fracasos. Patrick McGoohan borda su papel, el actor tiene una presencia en pantalla capaz de intimidar al mismísimo Orson Welles (según un comentario del propio Welles) y su implicación en el proyecto es total, ya que aparte de ser protagonista y creador, también es guionista y director de varios de los episodios, algunos de los cuales firma con pseudónimo. Como curiosidad comentar que años más tarde, y en un claro guiño a la serie, McGoohan interpretó al alcaide de una prisión en Fuga de Alcatraz (1979).
El prisionero según Jack Kirby y Matt Groening respectivamente, y una imágen del remake que se estrenará este Noviembre.
Dos ingleses tan ilustres como Ian Fleming y George Orwell se dan la mano en esta paranoia conspirativa de tintes abstractos, donde la aventura de espionaje futurista sirve como excusa para tratar temas tan interesantes como la relación entre poder y libertad, la anulación de la personalidad, el individuo como elemento subversivo o el terrorífico bien común, conceptos que se nos presentan mediante una puesta en escena vanguardista y pop, repleta de colores primarios, escenografía Art Decó, psicodelia, surrealismo, el uso reiterativo de una iconografía propia y una cierta afección cool, todo muy en la onda de la Nueva Cosa de la época, como se puede comprobar.
No son una banda de synth-pop, son la gente de La Villa.
La historia tiene un gran poder alegórico, y si alguna cruz debe llevar a sus espaldas es la de ser más sugerente en su premisa que en su resolución, ya que la visión del primer capítulo deja fascinado y perplejo al espectador, pero más lo primero que lo segundo. Mientras que la visión del desenlace también deja fascinado y perplejo, pero mucho más lo segundo que lo primero. Comentar que en su momento y tras la emisión del descabellado final, McGoohan tuvo que refugiarse en las montañas un par de semanas, temiendo que si se quedaba en Londres una horda de fans enfurecidos lo lincharía.
La frase: «No seré empujado, expedientado, sellado, catalogado, informado, desinformado, o numerado. Mi vida es mía.»
La frase 2: «No soy un número — ¡Soy un hombre libre!»
Maté a Einstein, caballeros (Zabil jsem Einsteina, panove, 1969)
Perpetrado por Cecil B. Demente en 7:00Hay maneras y maneras de empezar una película, y esta es sin duda una modélica muestra de cómo dejar en jaque al público. La cinta empieza con dos señores barbudos pegándose el lote, pero pasados unos segundos el espectador se dará cuenta de que uno de ellos no es tan señor como parece, sino que más bien es señora. Una señora, eso sí, con hermosos pechos y abundante vello facial. Esta es la bienvenida que nos da Oldrich Lipský al delirante mundo de Maté a Einstein, caballeros, una imposible comedia de ciencia ficción en la estela de la Nueva Cosa checoslovaca.

La historia es la siguiente: en el futuro, en el año 1999, los terroristas han lanzado diversas bombas atómicas que han provocado el desastre. No, no me refiero a un invierno nuclear o al apocalipsis, sino a algo que resultaría impensable para el mismísimo Carl Sagan: el envenenamiento radioactivo ha provocado que la población femenina se quede estéril, y lo que es más inquietante, ¡que les crezca la barba! Ante tal estropicio el caos se apodera del mundo, se producen manifestaciones, huelgas y divorcios, por lo que la ONU decide tomar cartas en el asunto. Primero prueban suerte con una gigantesca maquinilla de afeitar, un invento que se revela completamente inútil, y luego toman una decisión mucho más radical y disparatada, aunque no exenta de cierta lógica extraña. Deciden viajar al pasado en una máquina del tiempo y matar a Albert Einstein, así la revolución de la física moderna iría en una dirección muy distinta y las bombas atómicas nunca existirían.

Maté a Einstein, caballeros no es, evidentemente, una película de ciencia ficción dura, es más bien una comedia dura. Lipský se ríe de los convencionalismos del género tal y como se ríen del terror y el misterio El jovencito Frankenstein (1974) o Terrorífica Luna de Miel (1986), pero a diferencia de Mel Brooks y compañía, el director checo sabe cuando desmontarse del material original para crear una obra con entidad propia y no caer en la mera parodia. En este sentido la película entronca con El dormilón (1973) de Woody Allen, aunque no llega a la agudeza del genio neoyorquino y tiene una afinidad mayor que éste a la expresión más popular del género.

Lipský se arma de conciencia pop y grandes dosis de humor absurdo para crear una obra claramente antiprogresista y que pone sobre el tapete cuestiones morales de gran calado, porque demonios, ¿se os ocurre algo más paradójico que viajar en una máquina del tiempo para matar a Einstein? ¿Existe un asesinato más pretendidamente ideológico que éste? La película, en un tono de aparente inocencia, elije el arte y la música antes que la ciencia y la física, y utiliza el amor como fuerza redentora.
El filme juega con el concepto de la creación de futuros alternativos, el efecto mariposa y las paradojas, una serie de elementos que trata de manera frívola y socarrona, y que sitúa en el distendido ambiente de una comedia de enredos temporales. Como nos demuestra el hecho de que uno de los viajeros en el tiempo ponga en peligro su propia existencia al conocer a su padre cuando tan solo era un niño de 10 años, uno de esos contrasentidos que años más tarde Robert Zemeckis utilizaría en la trilogía de Regreso al futuro (1985-1990). Una saga que nos viene a la cabeza en más de una ocasión, como cuando el profesor Moore dibuja en la pierna de una mujer, al más puro estilo Emmett Brown, el desdoblamiento de la línea temporal.
Cachivaches que emiten sonidos de dibujos animados, mujeres barbudas, hombres con grandes pechos y el profesor Albert Einstein, son algunos de los estimulantes elementos que coexisten en esta caótica comedia de ciencia ficción. Una película que no atiende a fórmulas y que resulta algo indisciplinada e irregular, pero a pesar de ello totalmente reivindicable, por su singularidad, su colorida estética y su sugestiva virilidad pulp, aunque extrañamente será del gusto de quien rehúse por defecto la ciencia ficción más rara y radical.

La frase: “Maté a Einstein, caballeros. ¿Pero preguntadme por qué? Para que madres sin barba puedan parir a sus inocentes hijos, para que la felicidad se extienda por el mundo como un arco iris, por eso sacrifiqué a una persona que ya había muerto cuando yo tenía 13 años, ¿o eran 14?”
Leer critica Maté a einstein, caballeros (zabil jsem einsteina, panove) en Muchocine.net
¿Quién quiere matar a Jessie? (Kdo chce zabít Jessii?, 1966)
Perpetrado por Cecil B. Demente en 9:48Rose y Henry son un aburrido matrimonio checoslovaco, ella es una reputada científica al servicio del Estado y él un mindundi que trabaja como ingeniero jefe en una fábrica. Rose acaba de inventar un suero experimental que reemplaza las pesadillas por sueños reparadores, mientras que su marido se entretiene leyendo cómics sobre una bella heroína armada con guantes anti-gravitacionales. Una noche, Henry tiene una pesadilla en que la hermosa heroína es atada y azotada por un superhombre y un vaquero, por lo que Rose toma cartas en el asunto y le pone una inyección de su elixir. Lo que la doctora desconoce es que los elementos eliminados del campo de los sueños se materializan en el mundo real, de tal manera que Henry se despierta junto a la esbelta heroína de carne y hueso. El superhombre y el vaquero también han cobrado vida, así que la lucha por conseguir los guantes anti-gravitacionales comienza en el mundo real.

En muchas ocasiones se ha defino el cine como una máquina de fabricar sueños, un concepto que aquí coge una especial relevancia, tal y como lo hace en el cine de David Lynch o Michael Gondry, por ejemplo. Los sueños, la imaginación y la creatividad, son las bases que sustentan el filme, aunque solo hay una secuencia onírica con verdadero peso, me refiero a la fantasía bondage que tanto incomoda a la doctora Rose. Una escena de estilo caligarista, donde se utiliza la escenografía y la luz de forma expresionista, pero sin abandonar la estética pop que impera en el resto del metraje. El homenaje al noveno arte también queda implícito, tanto por la fascinación que siente Henry por los comics, que son su fuente de inspiración y su válvula de escape, como por las visiones que cobran vida de sus sueños. Desde la misma Jessie, esa curvilínea fémina que sigue la tradición de otras sensuales heroínas como Vampirella o Modesty Blaise, a los dos rufianes que la persiguen, iconos evidentes de dos de los géneros más populares del comic: los superhéroes y el western.

Realidad y ficción se confunden en una trama que dota a Henry de ciertos matices heroicos, mientras que Rose va pareciendo un villano de tebeo, una simplificación de roles que concuerda mucho con el tono alegre y disparatado del filme. Pero tras esta aparente ingenuidad, la cinta rompe una lanza a favor de la imaginación y plantea una irreverente crítica al régimen comunista checoslovaco. A la pregunta de ¿quién quiere matar a Jessie?, entendiendo a Jessie como la personificación de los sueños, anhelos y fantasías del protagonista, la película responde de forma contundente: el racionalismo y la estrechez de miras del sistema soviético. Resulta reveladora la escena del juicio, una pantomima de proceso en el que se debate si los sueños pueden ser una molestia pública, un mal social, y donde el acusado es amonestado por tener sueños peligrosos.

Alemania y Estados Unidos también salen retratados en esta sátira, ya que el vaquero, con su actitud de solucionar cualquier conflicto a tiros, puede parecer una caricatura de EE.UU. y su política exterior, mientras que la figura del malvado superhombre es un claro símbolo de la ideología nazi (Checoslovaquia fue ocupada por Hitler en 1938). No es casualidad que Henry comente en una escena que «los superhombres son simplemente espantosos».

¿Quién quiere matar a Jessie? es una alocada comedia pop de ciencia ficción y la respuesta checoslovaca a aquello que llamaríamos Nueva Ola o Nueva Cosa, un movimiento de los años 60’s y 70’s que pretendía desnudar el género de las opresivas reglas impuestas por la serie B más acartonada. Un tipo de ciencia ficción rara, contracultural, metafísica y paródica, donde incluiríamos películas como Fahrenheit 451 (1966), La naranja mecánica (1971) o Matadero Cinco (1972). Si tienen oportunidad, échenle el ojo y presten especial atención al cómico y lúcido final.
La frase: «Si no tenemos reparos en destruir insectos molestos, ¿por qué deberíamos tenerlos con quimeras?»

En muchas ocasiones se ha defino el cine como una máquina de fabricar sueños, un concepto que aquí coge una especial relevancia, tal y como lo hace en el cine de David Lynch o Michael Gondry, por ejemplo. Los sueños, la imaginación y la creatividad, son las bases que sustentan el filme, aunque solo hay una secuencia onírica con verdadero peso, me refiero a la fantasía bondage que tanto incomoda a la doctora Rose. Una escena de estilo caligarista, donde se utiliza la escenografía y la luz de forma expresionista, pero sin abandonar la estética pop que impera en el resto del metraje. El homenaje al noveno arte también queda implícito, tanto por la fascinación que siente Henry por los comics, que son su fuente de inspiración y su válvula de escape, como por las visiones que cobran vida de sus sueños. Desde la misma Jessie, esa curvilínea fémina que sigue la tradición de otras sensuales heroínas como Vampirella o Modesty Blaise, a los dos rufianes que la persiguen, iconos evidentes de dos de los géneros más populares del comic: los superhéroes y el western.

Realidad y ficción se confunden en una trama que dota a Henry de ciertos matices heroicos, mientras que Rose va pareciendo un villano de tebeo, una simplificación de roles que concuerda mucho con el tono alegre y disparatado del filme. Pero tras esta aparente ingenuidad, la cinta rompe una lanza a favor de la imaginación y plantea una irreverente crítica al régimen comunista checoslovaco. A la pregunta de ¿quién quiere matar a Jessie?, entendiendo a Jessie como la personificación de los sueños, anhelos y fantasías del protagonista, la película responde de forma contundente: el racionalismo y la estrechez de miras del sistema soviético. Resulta reveladora la escena del juicio, una pantomima de proceso en el que se debate si los sueños pueden ser una molestia pública, un mal social, y donde el acusado es amonestado por tener sueños peligrosos.

Alemania y Estados Unidos también salen retratados en esta sátira, ya que el vaquero, con su actitud de solucionar cualquier conflicto a tiros, puede parecer una caricatura de EE.UU. y su política exterior, mientras que la figura del malvado superhombre es un claro símbolo de la ideología nazi (Checoslovaquia fue ocupada por Hitler en 1938). No es casualidad que Henry comente en una escena que «los superhombres son simplemente espantosos».

¿Quién quiere matar a Jessie? es una alocada comedia pop de ciencia ficción y la respuesta checoslovaca a aquello que llamaríamos Nueva Ola o Nueva Cosa, un movimiento de los años 60’s y 70’s que pretendía desnudar el género de las opresivas reglas impuestas por la serie B más acartonada. Un tipo de ciencia ficción rara, contracultural, metafísica y paródica, donde incluiríamos películas como Fahrenheit 451 (1966), La naranja mecánica (1971) o Matadero Cinco (1972). Si tienen oportunidad, échenle el ojo y presten especial atención al cómico y lúcido final.
La frase: «Si no tenemos reparos en destruir insectos molestos, ¿por qué deberíamos tenerlos con quimeras?»
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Watchmen es, en primer lugar, una MINISERIE de cómics creada por Alan Moore y Dave Gibbons, y una obra maestra absoluta (pongo miniserie en mayúsculas porque existe una conspiración para hacernos creer que es una novela gráfica). Un comic que el propio Moore definió como: «una Moby Dick de superhéroes», un trabajo complejo, profundo e innovador, y con un fuerte carácter revisionista y desmitificador. El éxito de adaptaciones tan fieles como la trilogía de El señor de los anillos (2001-2003), el Sin City (2005) de Robert Rodríguez y Frank Miller, o el 300 (2007) del mismísimo Zack Snyder, han allanado el camino para llevar este proyecto a la gran pantalla, más incluso que el auge que ha vivido el género en los últimos tiempos. No se puede negar que Snyder sabía lo que tenía entre manos y ha intentado ser lo más detallista y cuidadoso posible, tratando el libreto original con cierta devoción religiosa y tomándose las mínimas licencias artísticas, pero cayendo en la mayoría de vicios de la cinematografía moderna (hay que ver cuánto daño ha hecho Matrix).

La intención de ser lo más fieles posibles al cómic se pone de manifiesto en el mismo hecho de situar la acción en unos años 80 alternativos, una decisión completamente acertada, pero que sorprende por lo arriesgada y poco habitual. Ahora los aficionados podemos fantasear en cómo sería una adaptación fílmica de Superman o Batman situada a finales de los años 30, la década en que empezaron sus andanzas.

Comenta el director que «en esta película, a Superman no le importa la humanidad, a Batman no se le levanta y el villano ansía la paz mundial», lo que nos indica que no estamos ante una película de superhéroes al uso, ya que la misma no hace hincapié en la fortaleza de sus protagonistas, sino en sus debilidades, creando personajes tridimensionales con palpables tendencias políticas, sociales, filosóficas e incluso sexuales, o como mínimo esa es la intención. Rorschach (Jackie Earle Haley) es un justiciero con una moralidad extrema, Búho Nocturno (Patrick Wilson) es un aventurero romántico y reprimido, el Comediante (Jeffrey Dean Morgan) es un mercenario facha al servicio del gobierno, Ozymandias (Matthew Goode) es el megalómano más inteligente del mundo, Espectro de Seda (Malin Akerman) es una vigilante de segunda generación que nunca quiso heredar el negocio familiar, y el Dr. Manhattan (Billy Cudrup) es la endiosada personificación de la mecánica cuántica.

La investigación del asesinato de uno de los protagonistas tan solo es la punta del iceberg de una trama mucho más profunda y enrevesada con la que la película no sabe lidiar, lo que provoca que el espectador se debata entre la confusión, la sensación de extrañeza y el aburrimiento. 300 ya parecía una fotonovela, pero allí el guión era tan superficial y hueco que quedaba tristemente justificado. Aquí toda la épica está mal llevada, aunque confieso que no soy muy fan de la cámara lenta (a no ser que salga Pamela Anderson correteando por la playa), los personajes están caricaturizados y la trama resulta banal. Lo único que ha logrado Snyder es convertir el buen vino en calimocho.

Elementos como la estética kitsch, el gore, la violencia, el sexo, el humor negro y la aparición de un culturista azul con la picha colgando, hacen de esta película una marcianada difícil de digerir, Watchmen es un dibujo animado atroz y violento en que los excesos visuales interfieren en explicar bien la historia. Una película fallida, en definitiva, en que todo es pura pose y nadie se cree lo que está haciendo.
La frase: «Quis custodiet ipsos custodes.»

La intención de ser lo más fieles posibles al cómic se pone de manifiesto en el mismo hecho de situar la acción en unos años 80 alternativos, una decisión completamente acertada, pero que sorprende por lo arriesgada y poco habitual. Ahora los aficionados podemos fantasear en cómo sería una adaptación fílmica de Superman o Batman situada a finales de los años 30, la década en que empezaron sus andanzas.

Comenta el director que «en esta película, a Superman no le importa la humanidad, a Batman no se le levanta y el villano ansía la paz mundial», lo que nos indica que no estamos ante una película de superhéroes al uso, ya que la misma no hace hincapié en la fortaleza de sus protagonistas, sino en sus debilidades, creando personajes tridimensionales con palpables tendencias políticas, sociales, filosóficas e incluso sexuales, o como mínimo esa es la intención. Rorschach (Jackie Earle Haley) es un justiciero con una moralidad extrema, Búho Nocturno (Patrick Wilson) es un aventurero romántico y reprimido, el Comediante (Jeffrey Dean Morgan) es un mercenario facha al servicio del gobierno, Ozymandias (Matthew Goode) es el megalómano más inteligente del mundo, Espectro de Seda (Malin Akerman) es una vigilante de segunda generación que nunca quiso heredar el negocio familiar, y el Dr. Manhattan (Billy Cudrup) es la endiosada personificación de la mecánica cuántica.

La investigación del asesinato de uno de los protagonistas tan solo es la punta del iceberg de una trama mucho más profunda y enrevesada con la que la película no sabe lidiar, lo que provoca que el espectador se debata entre la confusión, la sensación de extrañeza y el aburrimiento. 300 ya parecía una fotonovela, pero allí el guión era tan superficial y hueco que quedaba tristemente justificado. Aquí toda la épica está mal llevada, aunque confieso que no soy muy fan de la cámara lenta (a no ser que salga Pamela Anderson correteando por la playa), los personajes están caricaturizados y la trama resulta banal. Lo único que ha logrado Snyder es convertir el buen vino en calimocho.

Elementos como la estética kitsch, el gore, la violencia, el sexo, el humor negro y la aparición de un culturista azul con la picha colgando, hacen de esta película una marcianada difícil de digerir, Watchmen es un dibujo animado atroz y violento en que los excesos visuales interfieren en explicar bien la historia. Una película fallida, en definitiva, en que todo es pura pose y nadie se cree lo que está haciendo.
La frase: «Quis custodiet ipsos custodes.»
Leer critica Watchmen en Muchocine.net
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