Avatar (2009)



Pocahontas según James Cameron.

La parte más confusa de la película es el principio, cuando mediante la voz en off del protagonista (Sam Worthington), un marine confinado a una silla de ruedas, nos ponemos en situación y asistimos a su llegada al exótico mundo de Pandora, un lejano planeta donde los terrestres tienen intereses energéticos y económicos. Durante el primer acto presenciamos extraños experimentos genéticos, experiencias extracorpóreas al estilo Matrix, colonialismo espacial, robots gigantes, alienígenas azules de tres o cuatro metros de altura y diversas salidas de tono que pretenden otorgar carisma a los personajes, gran parte de ellas a mayor gloria del Coronel Quaritch (Stephen Lang) y de la doctora Grace (Sigourney Weaver), la directora del proyecto que da título al filme. La ofuscación también se acentúa porque la película hace gala de un exagerado uso de las tres dimensiones y el espectador siente inevitablemente una primera impresión de mareo y desorientación, así que al principio uno puede llegar a pensar que el filme es demasiado freak para gustar en las salas de cine, pero esta sensación se acaba cuando Pocahontas asoma la cabeza.




Después de una introducción extraña, complicada y excesiva, la película se asienta en una trama simplona, convencional y reconocible para cualquiera que sepa en qué mundo vive, ya que los referentes son muchos y variados. Desde tardíos westerns como Un hombre llamado caballo (1970) o Bailando con lobos (1990), pasando por películas ecológicas como Gorilas en la niebla (1988) y Los últimos días del Edén (1992), la ciencia ficción épica de Dune (1984), el romance inter-extraterrestre de la novela Una princesa de Marte (1912), o un sin fin de detalles que la emparientan con edulcorados dibujos animados como FernGully (1991) o la ya mencionada Pocahontas (1995).



En Días de cine, el programa de La 2, se aventuraron a afirmar que la película tendría la misma repercusión que Star Wars (1977) en su momento, y nada más lejos de la realidad. El único símil factible que se me ocurre con la saga apadrinada por George Lucas es que parece como si se hubieran gastado todo el dinero de aquella franquicia en rodar los dos capítulos de La batalla en el planeta de los Ewoks (1985), aquellas películas estrenadas directamente a video y que más de un aficionado ha olvidado convenientemente (me disculpo por reabrir tan dolorosa herida). Sí, es cierto que Star Wars también es un colage multireferencial, y lo mismo sucede con Matrix (1999), pero en aquellos filmes el viejo material aparece con una energía innovadora, mientras que aquí, tras la cortina de pirotecnia visual, se vislumbran los engranajes de una historia más vieja que el andar a pie. Ahora centrémonos un poco en los efectos especiales y en el popular uso de la simulación 3D que hace la película, ¿son tan innovadores como nos los están vendiendo?



Que el apartado visual es el plato fuerte del filme es una cosa indiscutible, porque Avatar por encima de todo es ESPECTACULAR. Paisajes virtuales, personajes generados por ordenador y actores reales, logran unificarse en perfecto equilibrio, donde nada en ningún momento desentona lo más mínimo. En este sentido la película es todo un hito. También hay que añadir un diseño artístico y conceptual elaborado y grandilocuente, repleto de paisajes y criaturas imposibles pero sorprendentemente reales. Alabar el gran trabajo que han hecho James Cameron y su troupe, por el que sin duda ganarán varios Oscar técnicos, es de justicia, aunque no todo sea de mi gusto, porque la paleta de colores se decanta demasiado hacia los tonos pastel y la estética tribal no me parece la elección más acertada.



Por primera vez se ha hecho un filme pensado íntegramente en 3D, y esto se traduce en que no solo hay objetos que aparentan tener volumen, sino que muchas de las escenas parecen tener profundidad y expandirse más allá de la pantalla, siendo recreadas totalmente en 3D. El efecto es indudablemente impactante, pero continúa siendo eso, solo un efecto. Cameron ha llevado al límite la tecnología actual y aunque puede que con ello gane mucha pasta en patentes, no ha inventado nada que repercuta directamente en el espectador ni en la forma actual de ver el cine. Lo revolucionario hubiera sido, por ejemplo, mantener la ilusión óptica eliminando las molestas gafas 3D, porque tras casi tres horas de película más de un espectador acabó con los ojos rojos y la vista cansada.



A pesar del extenso metraje y del plano guión, lo cierto es que el filme no aburre, y esto se debe al buen hacer de James Cameron. El director es un narrador excepcional que logra que en ningún momento decaiga el trepidante ritmo de esta aparatosa producción, que aunque pueda ser calificada como pura ciencia ficción, está más cercana a Titanic (1997) que a Aliens, el regreso (1986). En Avatar abundan los momentos espectaculares y el que se lleva la palma es la épica batalla final, una emocionante secuencia coreografiada  de manera brillante, aunque con diversos errores de lógica. Resulta inquietante cuando el villano, vistiendo un gigantesco traje robot al más puro estilo Teniente Ripley, desenfunda un enorme machete de su cinturón de robot. Que alguien me lo explique.



La frase: “Señoras y señores, ya no están en Kansas. Están en Pandora.”

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Garbo, el espía (2009)


El espía que surgió para salvar el mundo

Los grandes héroes de la Segunda Guerra Mundial fueron los que decidieron poner su grano de arena para ayudar a salvar miles de vidas inocentes, como fueron entre otros el caso del español Ángel Sanz-Briz, el alemán Oskar Schindler, el sueco Raoul Gustav Wallenberg o el sacerdote irlandés Hugh O'Flaherty. Por eso, cuando se nos presenta la oportunidad de conocer a otros personajes casi desconocidos que con su actuación cambiaron el rumbo de la Historia, es preciso destacar la circunstancia que ha hecho posible tal suceso. El documental Garbo, el espía (2009) del productor Edmon Roch (El perfume, Siete años en el Tibet), ahora en su debut como director, nos presenta a Juan Pujol García, un personaje clave que se convirtió en espía para contribuir a acabar con la Alemania Nazi. La figura casi anónima de Pujol es reconstruida en la película como si se tratara de un thriller, utilizando entrevistas, material de archivo, noticiarios, películas de ficción y de propaganda, animaciones, elementos y reconstrucciones propias, todo enlazado de forma original y sin utilizar la voz en off, dando como resultado un documental muy interesante que logra que el espectador quiera saber más sobre este misterioso personaje.

Juan Pujol García nació en Barcelona en 1912 y después de desertar en la Guerra Civil, alrededor de 1940, por su profundo odio al Régimen Nazi y con la ayuda de su mujer Araceli González, decidió presentarse en la embajada británica de Madrid para ofrecer sus servicios como espía. Al ser rechazado, probó suerte con el Tercer Reich con la intención de servir como espía doble para los aliados. Los nazis le dieron un cursillo de espionaje durante una semana y después de un intervalo de tiempo, el servicio de inteligencia británico para la seguridad interna del país, el MI5, optó por tenerle en su bando después de haber vigilado sus pasos sin que él lo supiera. A partir de entonces, con una increíble capacidad de inventiva, Pujol se convirtió en uno de los mejores actores de la historia, por lo que los británicos lo bautizaron como Garbo, en clara referencia al papel de la actriz como Mata Hari. Su gran imaginación le ayudó a inventarse a unos veinte subagentes esparcidos por diferentes ciudades, logrando su credibilidad con su buen hacer. Pero siempre será recordado por su actuación en la Operación Overlord con el desembarco de Normandía, el día D. El punto fuerte de su historia es el engaño a Adolf Hitler y a todos sus colaboradores de que la invasión aliada iba a producirse por el Estrecho de Calais y que el desembarco era sólo una estrategia para distraer a las tropas alemanas. Hitler le creyó y siempre pensó que la invasión no iba en serio, pero cuando el Führer se dio cuenta de que la invasión sí era cierta ya fue demasiado tarde. Los alemanes quisieron respuestas concretas de Garbo sobre el motivo de que los aliados no hubieran atacado por Calais y él les respondió que la Batalla de Normandía había tenido tanto éxito que no les había hecho falta otro ataque y misteriosamente le volvieron a creer. Curiosamente, Garbo recibió una condecoración de cada bando: la Cruz de Hierro alemana y la Orden del Imperio Británico.

Edmon Roch ha escrito el guión de la película junto con María Hervera y el director Isaki Lacuesta (recientemente ha estrenado Los condenados), convenciendo en la búsqueda de información que le ha llevado unos cinco años, utilizando muy bien como método de narración las entrevistas que vemos en la película, como el escritor inglés de novelas de espías, Nigel West, que en 1984 decidió buscar a Pujol al no creerse que se le diera por muerto en Angola en 1949, encontrándolo en Venezuela, siendo la parte más emotiva de la historia; a un experto en Garbo como Mark Seaman, Oficial de Inteligencia del MI5; al periodista Xavier Vinader, o hasta una espía como Aline Griffith, conocida en España como la condesa viuda de Romanones. La música que acompaña muy bien a las imágenes es obra de Fernando Velázquez, compositor de la banda sonora de El Orfanato, con la que obtuvo una nominación a los Goya. Y hay que destacar el buen uso del director de imágenes de películas con la intención de situar y entretener al espectador, aunque en la primera parte del film sea un recurso demasiado repetido. Películas como Operación Cicerón (1952), de Joseph L. Mankiewicz, Patton (1970), de Franklin J. Schaffner o Nuestro hombre en La Habana (1959), de Carol Reed, esta última basada en la novela homónima de Graham Greene, de quien se dice que se basó en la figura de Garbo para su historia.

"Un documental bien realizado, con una gran labor de investigación, que provoca en el espectador un sentimiento de misterio y a la vez de emoción ante la historia del personaje de Garbo, el espía que salvó el mundo"



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Las malas lenguas (VI)



«¿Alguien sabe donde se hará el festival de Cannes de este año?»

Christina Aguilera dixit.

glee. 1ª Temporada

Cantad, cantad, malditos.

¿Una serie sobre unos adolescentes americanos, miembros del coro del instituto, que se dedican a cantar por los pasillos del centro a la vez que practican imposibles coreografías? Por el amor de Dios, ¡que venga alguien y me arranque el corazón con sus propias manos para evitarme tan magno sufrimiento! Algo tal que así debía ser lo primero que me pasó por la cabeza al oir hablar, de esta serie, por considerarla, en un primer momento, un intento a la desesperada de seguir exprimiendo la fórmula que tan buenos dividendos dio con High School Musical. Evidentemente, como suele ser costumbre en mi persona, una vez más, estaba equivocado porque esto es otra cosa. Esto es glee.

Y a pesar de todo, los paralelismos con High School Musical son tantos que resulta imposible pasarlos por alto. En glee también tenemos a una protagonista a la que le gusta más cantar que a un tonto un lápiz, al capitán del equipo de fútbol americano (en esta ocasión no es baloncesto) quien descubrirá que hacer gorgoritos con los miembros del coro le empezará a gustar más de lo que en un principio se hubiera imaginado, lo que, evidentemente, le comportará ciertos problemas con sus compañeros de deporte quienes no acabarán de entender su nueva vocación e intentarán sabotearla con la finalidad de que deje de hacer el moñas y vuelva al redil (en un diálogo sueltan frases como: “no veo a ninguno de mis chicos queriendo unirse al club glee, el mes pasado pillaron a un compañero de equipo y le afeitaron las cejas sólo porque ve Anatomía de Grey”). Si, el punto de partida de glee es el mismo que el del telefilm High School Musical, pero la diferencia radica, precisamente, en que glee, contra todo pronóstico, parece estar hecho por alguien con dos dedos de frente.

La serie arranca cuando el profesor de español del instituto se hace cargo de las riendas del club de canto al cual perteneció en su época de estudiante. A pesar del entusiasmo inicial, el tutor rápidamente se dará cuenta de que los tiempos han cambiado y que en lo que antaño era un club lleno de gente molona actualmente no pasa de ser un reducto de parias sociales. La cosa cambiará debido, en parte, a dos motivos esenciales: el ingreso del capitán del equipo de fútbol americano, el tipo más popular del instituto y pareja de la animadora jefe (que a su vez es la presidenta del club de castidad de la escuela) y el ingreso de tres de las animadoras, con la oscura misión de sabotear el club desde dentro obedeciendo órdenes de la entrenadora de animadoras, a quien le han quitado parte de la subvención anual en beneficio del club glee.
Precisamente el personaje de Sue, la malhumorada entrenadora de las animadoras, y probablemente el mejor de toda la serie, nos sirve para entender como funciona la creación de personajes, pues no deja de ser un personaje clásico y estereotipado hasta la médula, pero que, en este caso, han optado por exagerar hasta el extremo, lo que acabará provocando las situaciones más cómicas (especialmente potenciadas con su guerra particular contra el club glee en general y su tutor en particular). A partir de aquí se va completando el elenco: el capitán del equipo de fútbol de bueno es tonto, la estrella del club es una niña creída que se sabe una estrella en potencia (su concepción de la vida es: “hoy en día ser desconocido es peor que ser pobre”), la psicóloga de la escuela (perdidamente enamorada del profesor de español) tiene un evidente desorden obsesivo con la higiene, el entrenador de fútbol americano es lo más parecido que se pueden encontrar a un saco de patatas y, evidentemente, la jefa de las animadoras es terriblemente malvada y calculadora. Suma y sigue. Es cierto, nada nuevo bajo el sol, pero las caricaturas en las que se acaban convirtiendo funcionan, y mucho.

La serie es una absoluta memez, un culebrón para adolescentes que no pierde la oportunidad de buscar situaciones en las que sus protagonistas deban ponerse a cantar. Pero, lo cierto, es que, además, resulta terriblemente entretenida, colorista, con diálogos ágiles (excesivamente en algunos casos, lo que provoca que vayas de culo leyendo los subtítulos) cargados de mala baba (a pesar de que pueda resultar algo blanda a simple vista), con unos personajes protagonistas que a pesar de no salirse de los clichés típicos de este tipo de productos resultan entrañables y provocan una sensación de amor/odio con el espectador, a la vez que se encargan de inyectar un chute de buenrollismo generalizado.

Pocos hubieran apostado de entrada por esta serie, lo que le ha valido para convertirse en una de las sorpresas del año (rápidamente renovada para una segunda temporada) y le ha servido para hacer saltar la banca y convertirse en una de las favoritas de cara a la próxima entrega de los globos de oro al conseguir las nominaciones de mejor comedia, actor (el profesor de español), actriz (la estudiante que aspira al estrellato) y actriz secundaria (la entrenadora de las animadoras) y hacerse, ya de paso, con el título de serie más nominada del año. En España, recientemente, Antena 3 se ha echo con los derechos de su emisión al llegar con un acuerdo con la Fox, así que se tendrá que estar atentos a ver de que forma se encargan de maltratarla. Se admiten apuestas.

Resumiendo: Un culebrón donde los adolescentes se ponen a cantar a la mínima insinuación de nota musical, tan divertida y entretenida como vacía de intenciones (y que conste que esto último no lo digo como algo malo).

El gabinete del Dr. Caligari (1920)

La noche es para los sonámbulos

Dentro de las vanguardias históricas, el Expresionismo se desarrolló plenamente en Alemania en la primera década del siglo XX, plasmándose en varios campos, surgiendo primero en la pintura en contraposición con el Impresionismo, basándose en un arte más subjetivo ("expresión"), sin contar tanto con la realidad ("impresión"). Su nacimiento en el cine se produjo en 1920 con El gabinete del doctor Caligari, una película muda del director alemán Robert Wiene, que contó con unos sugerentes e inolvidables decorados realizados por el director de arte Hermann Warm y los pintores Walter Reimann y Walter Röhrig, que volvieron a trabajar juntos en Las tres luces (1921), de Fritz Lang. Este mismo gran director iba a ser el responsable de llevar a la pantalla el guión de esta película pero aún no había finalizado el rodaje de la segunda parte de su película de aventuras Las arañas (1919-1920). Aún así opinó sobre el proyecto y sugirió incluir un prólogo y un epílogo a la historia como justificación del relato narrado por el protagonista, como si fuera explicado por un demente. Este personaje principal llamado Francis cuenta a otra persona que tiempo atrás llegó a Holstenwall (en realidad es el nombre de un hotel de Hamburgo) un doctor llamado Caligari para mostrar su espectáculo en la feria que se celebraba en la ciudad durante unos días. El misterio del doctor radicaba en la presencia de un sonámbulo llamado Cesare, al que tenía metido en una especie de ataúd y al que despertaba para que adivinara el pasado y el futuro de cualquier individuo. Sorprendentemente, a raíz de su llegada, en la ciudad empezaron a producirse sospechosos asesinatos.

El guión fue escrito al finalizar la Primera Guerra Mundial por el poeta checo Hans Janowitz y el guionista austriaco Carl Mayer, introduciendo algún detalle autobiográfico, ya que ambos perdieron a alguien querido en la guerra y Mayer presenció un asesinato en un parque detrás del Holstenwall, nombre dado a la ciudad ficticia de la película. El gran poder visual de la historia radica en los magistrales decorados y en la marcada caracterización del doctor y sobre todo de Cesare, el sonámbulo, conectando de forma acertada con la atmósfera tenebrosa de la historia. Los primeros planos de este oscuro personaje son los más acertados, como su forma de moverse en las calles estrechas de la ciudad. Los edificios abigarrados o las formas geométricas tan distorsionadas de los interiores de las casas influyen también de forma considerable en los sentimientos de todos los personajes, haciendo un papel fundamental para la historia. Habría que decir también que la trama pierde interés en algún punto pero no quita ningún mérito a la originalidad de la puesta en escena y al resultado en general.

Esta película se ha convertido en un clásico del terror y fue la pieza clave para el comienzo del cine expresionista alemán, influyendo en títulos como El Golem (1921), de Paul Wegener; Nosferatu (1922), de F.W. Murnau; El hombre de las figuras de cera (1924), de Paul Leni o Metrópolis (1926), de Fritz Lang.

"Una película que confirma el apogeo del cine alemán introduciendo el expresionismo con una dirección artística envidiable"



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