Terminator salvation (2009)

El futuro, esa gran chatarrería.


Alguien dijo en cierta ocasión que segundas partes nunca fueron buenas. Al parecer el creador de tan popular frase no llegó jamás a manifestarse acerca de las cuartas entregas, aunque se podría llegar a presuponer su opinión al respecto con cierta facilidad. En lo que a cine se refiere, muchas de las cuartas partes que nos han ido llegando durante los últimos años correspondían a sagas empezadas durante la década de los ochenta, un signo inequívoco más de que no corren buenos tiempos en Hollywood en lo que a nuevas ideas se refiere y que les resulta bastante más económico rebuscar en el baúl de los recuerdos, a ver que encuentran, en lugar de enfrentarse a algo totalmente nuevo. Una de las últimas que nos ha llegado, para probar suerte e intentar reventar taquillas es: Terminator salvation... ¡Empezamos!

Además, los resultados de estas cuartas entregas acostumbran a estar muy por debajo de la media de las tres partes anteriores (la excepción que confirma la regla, en este caso, vendría a ser Rambo IV). Así pues, ¿que puede motivar a realizar una cuarta entrega de una saga que, en principio, hacía ya tiempo que debería estar finiquitada? La respuesta es tan evidentes que incluso me sonrojo al responder: los fajos de dinero como puños. Analizando la situación, he podido comprobar que existen, por norma, tres formas de afrontar una cuarta entrega: a) cuando están concebidas como un episodio independiente dentro de una saga pensada desde un principio como un global (ex. los Harry Potters); b) cuando alargan la trama de las entregas anteriores, como si de un chicle se tratara, sin importar en exceso el resultado final ni su impacto dentro de la saga (dicha fórmula acostumbra a comportar dinero a tutiplén y el cabreo generalizado de los seguidores que, a pesar de todo, asistirán a los cines si se rodara una posible quinta parte); y c) cuando se enfoca la nueva entrega como si de un nuevo comienzo se tratara, respetando el material anterior al cual se le podrá hacer algún guiño durante la nueva película, pero por lo general pasando bastante de lo que ya existía e intentando dar a la trama un nuevo enfoque, lo que acostumbra a comportar un rotundo cambio en el reparto. Terminator salvation, como habrán adivinado, responde a esta tercera forma.

La peli empieza en el presente, con un tal Marcus Wright, un condenado a muerte al que se cepillan vía inyección letal en un pis pas. En el siguiente plano ya estamos metidos de lleno en un futuro post-apocalíptico (exactamente en el año 2018), habiendo superado el llamado "Día del juicio final", y donde los humanos las están pasando putas, obligados a esconderse de los malvados robots que se han echo con el control del planeta (de gran variedad de tamaños y formas, para que ustedes puedan elegir cual les resulta más molón), dirigidos por una especie de ordenador central conocido con el nombre de Skynet. Pero los humanos no se rinden a su suerte y un grupo de aguerridos muchachos formarán la "resistencia", donde podremos encontrar entre sus filas a la última gran esperanza blanca de la humanidad: Batman... digo, ¡John Connor!, el que en la primera entrega todavía corría por los cojones de su padre, en la segunda ya era un adolescente tirando a conflictivo y en la tercera un mozalbete que empezaba a darse cuenta de lo que el destino le había deparado.

Pues bien, en estas estamos cuando aparece en pantalla, dándose un garbeo, el Marcus Wright ese que les comentaba al principio, vivito y coleando y con una amnesia de tres pares de narices. Como el hombre no recuerda nada el tio flipa lo suyo al ver como se le van tirando a la yugular toda clase de robots varios, así que, con la ayuda de un chaval que sueña con ingresar en la resistencia y una niña muda (muy de moda en este tipo de productos, solo tienen que recordar Mad Max 2 o Aliens) emprenderá un viaje hacia el escondite de la resistencia para ver si logra entender algo de lo que le ha sucedido. ¿Me lo parece a mi o cada vez cuento peor los argumentos de la pelis?

Cuando me enteré de que pretendían hacer una cuarta entrega de Terminator confieso que me temí lo peor. Había disfrutado mucho con la primera y me divirtió la segunda, pero me aburrió soberanamente la tercera y no tenía pinta de que la cosa pudiera remontar. Luego se comentó que la intención era dar un vuelco total a la saga y empezar con un John Connor adulto en continua guerra contra las máquinas y poco a poco me volví a interesar más por el proyecto a medida que se iban sabiendo nuevas cosas, como que el prota sería Christian Bale, un tipo más que eficiente y de buen hacer (aunque para muchos siempre seguirá siendo el niño de El imperio del sol). Más tarde se conoció el nombre del director, el elegido era McG, el que fuera responsable de los dos truñacos de entregas de Los ángeles de Charlie (que si, que vale, que mucha acción, pero es que no había por donde cogerlas). Total, que se me volvió a desvanecer el interés de nuevo y ni con la confirmación del resto de nombres del reparto, como Sam Worthington (uno de los chicos de moda de Hollywood y que estará en Avatar de Cameron), Bryce Dallas Howard (cuyo sueldo se podrían haber ahorrado porque apenas aparece en pantalla) o Helena Bonham Carter (otra que es un visto y no visto), no me acabé de animar.

La peli tiene un fallo de concepto: la historia que nos están contando es un enorme mojón que, además, huele a que ya nos lo sabemos. Es cierto que se han gastado los dineros en efectos especiales, en “vibrantes” escenas de acción, en persecuciones imposibles, en actores de cierto renombre y en una ambientación post-apocalíptica dura y estéril. Pero, al parecer, se han olvidado en invertir en una historia atrayente para el espectador. Porque entiendo que en este tipo de película deba predominar las escenas de acción, pero estaría bien que entre toma y toma de lucha/persecución nos contaran algo, pasara algo, nos descubrieran algo... pero no. La peli empieza plomiza y hacia la mitad parece que se recupera un poco y consigue crear algo de interés, pero es un espejismo y el final vuelve a ser de malo para arriba. Lo dicho, has estado dos horas menos cuarto frente a la pantalla y al final uno tiene la sensación que no ha ocurrido gran cosa, bueno, salvo acción, mucha acción, eso si. Luego están lo de los guiños a la trilogía inicial, porque la canción que suena en la furgoneta parada en la carretera, no es por casualidad y uno de los escenarios escogidos para que transcurra parte de la escena final, tampoco lo es. ¡Ah!, y luego está lo del “cameo”, claro.

Resumiendo: Fallido intento de dar una vuelta de tuerca más a una saga que hace ya tiempo que deberían haber dejado como estaba. Eso si, escenas de acción y persecuciones, a puñados.



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El demonio de las armas (1949)

Esplendor en la serie B

Para conocer el origen de las películas de serie B nos tenemos que remontar al crack del 29, cuando los estudios de Hollywood a raíz de la caída de público optaron por ofrecer en las salas de cine dos largometrajes por el precio de uno: el primero era una gran producción (clase A) y el segundo era más barato y de más baja calidad (clase B). De ahí que las películas de tipo B se caractericen por su bajo presupuesto, por utilizar a actores poco conocidos y por rodarse en poco tiempo, convirtiéndose en sinónimo de cine de peor calidad. Aunque muchos films de serie B de la década de los 40 y 50 se han convertido con el paso de los años en auténticos clásicos, como La mujer pantera o Yo anduve con un zombie, ambos de Jacques Tourneur, o las películas de Edgar G. Ulmer que solía rodarlas en tan sólo seis días.

Joseph H. Lewis fue también un director habitual de este tipo de películas. De sus obras habría que destacar My name is Julia Ross (1945), So dark the night (1946), o la interesante Relato criminal (1949), con la que contó con una estrella, Glenn Ford. Pero su film más reconocido y del que se sintió más satisfecho, aunque no tuvo el reconocimiento en taquilla, es El demonio de las armas (1949), con el que contó con un mayor presupuesto (unos 400.000 $) convirtiéndose en una obra digna de elogio, resuelta con variados recursos y rodada en treinta días. Su título inicial fue Deadly as the female (Letal como una mujer) y después pasó a ser Gun Crazy (traducido al español como ya se conoce). Esta película nos cuenta la historia de un chico, Bart Tare, enamorado de las armas de fuego, cuya obsesión hace que cometa un delito rompiendo un escaparate de una tienda para robar un revólver y munición, pillado in fraganti en su huida cuando se cae delante mismo de un guardia. El juez que se encarga de su caso lo envía a un reformatorio donde permanece cuatro años. A su vuelta y después de haber estado también en el ejército, acude a una feria que hay en la ciudad con sus dos amigos de la infancia y allí se asombra de una pistolera, Anni Laurie Starr, a la que conoce cuando ella reta a cualquiera que se crea capaz de ganarle en puntería. Apartir de aquí empezará una crucial relación entre estos dos personajes ya que él la superará en el reto y será contratado por Packie, el manager de ella, para formar parte del espectáculo. Al final ambos serán despedidos por el mismo Packie, celoso de la relación entre los dos y harto de que ella no le haga ningún caso. Entonces Bart y Annie vivirán un viaje sin retorno lleno de persecuciones por un robo que cometerán.

Buena actuación de la pareja protagonista John Dall y Peggy Cummins, que son recordados por su gran papel en esta película y por su corta carrera cinematográfica. Él tuvo otro papel estelar el año anterior a este film, concretamente en La soga, de sir Alfred Hitchcock, y también fue nominado en 1945 como actor de reparto en su papel en El trigo está verde, con Bette Davis. Peggy tuvo algún papel protagonista, como en una película de Joseph L. Mankiewicz, El mundo de George Apley (1947), o La noche del demonio (1957), de Jacques Tourneur, pero su femme fatale de El demonio de las armas sigue siendo su personaje más memorable, consiguiendo que cambie de opinión el bueno de Bart ante sus virtudes para la seducción.

Ambos están muy bien dirigidos por el señor Lewis, que empezó su carrera cinematográfica cuando era niño cargando películas en la Metro, siendo luego auxiliar de cámara, de ahí pasando a supervisor de montaje, y después director de un departamento de montaje (sin haber montado una película en su vida, simplemente observando a los montadores con los que trabajó). Toda esa experiencia se percibe en El demonio de las armas, en la que utiliza coherentemente flash-backs y elipsis para relatar lo más significativo, aunque a veces utilice demasiado el recurso del fundido encadenado. En varias escenas de la película Lewis consigue encuadres formidables, utilizando el recurso del zoom hacia un plano corto para resaltar un rostro o un gesto. El momento más conocido y laureado de la película es el plano secuencia del robo a un banco ejecutado de forma aparentemente sencilla en el que el espectador se siente partícipe por situarse la cámara en el asiento de atrás del coche (véase al final el vídeo de la escena).

Precisamente, en el indispensable libro de entrevistas de Peter Bogdanovich, Who the devil made it (traducido de aquella manera al español como El director es la estrella), el mismo Lewis explica que consiguió esta escena diciéndoles a los técnicos que quería una "dolly" dentro del coche, o sea que quería conseguir poder mover la cámara hacia delante y hacia atrás. Entonces se colocaron dos tablones en un cadillac poniendo una silla de montar y untando de grasa uno de los tablones para que el operador pudiera ser movido hacia delante y hacia atrás; unos técnicos de sonido se situaron en la parte trasera del coche con micrófonos muy pequeños metidos en gafas de sol (era la primera vez que los utilizaban) y en la baca había dos técnicos más para capturar el sonido del exterior. Ocupando en el guión unas diecisiete páginas, el plano dura casi cuatro minutos consiguiéndose en una sola toma y resultando brillante; hasta hubo algo de improvisación en los diálogos de Bart y Annie. Quizás este sea un buen ejemplo por el que la Nouvelle Vague consideró esta película como un claro referente a su ideal cinematográfico.

"En El demonio de las armas vemos unas actuaciones creíbles y una puesta en escena portentosa de un director que siempre quería seguir su propio estilo, sin dejar que nadie se interpusiera en su proceso creativo"




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Las malas lenguas (V)


En el filme Frankie & Johnny (1991) hay una escena en que Michelle Pfeiffer enseña los pechos, dicha escena tuvo que ser rodada 500 veces hasta que la actriz quedó satisfecha con el resultado, en total fueron 3 días de rodaje. Después de tan ardua tarea, el director Garry Marshall obsequió a cada miembro del equipo con una camiseta con el emblema:


« ¡Yo sobreviví a la escena 105! »

Up (2009)

La aventura de vivir

Recuerdo la primera vez que fui a un cine a ver una película en 3-D. Era Pesadilla en Elm Street 6, La muerte de Freddy, y a la puerta del cine nos dieron unas gafas de cartón. A falta de poco para el final de la película nos indicaron que nos pusiéramos las gafas para poder ver como a Freddy le salían gusanos y pústulas varias de la boca que, a duras penas, conseguían traspasar la pantalla. Los resultados no debieron ser los esperados, porque la industria rápidamente se olvidó de la técnica hasta que, recientemente, ha vuelto a la carga después de verle las orejas al lobo y comprobar como perdían espectadores a marchas forzadas. Últimamente estamos viviendo una auténtica oleada y son muchas y variadas las propuestas en 3-D, algunas de ellas más justificadas que otras, lo que me hace pensar que el boom actual quizás está más pensado para satisfacer las expectativas de la propia industria que las de los espectadores. Una de las recientes películas estrenadas que se pueden ver con esta técnica es: Up, la nueva apuesta de Pixar... ¡Empezamos!

La peli va de un viejo que tiene muchos globos, otro que tiene muchos perros, un niño gordo, un pájaro raro, una casa que vuela y... mmmm, creo que me estoy liando un poco. Mejor vuelvo a empezar. Carl es un anciano, vendedor de globos retirado, que se acaba de quedar viudo y al que ya nada parece atarle al presente salvo la casa donde vivió feliz durante tantos y tantos años con su difunta esposa y de la que lo quieren echar. Pero Carl, lejos de rendirse, opta por atar una multitud de globos a la casa para salir volando hacia su última aventura: viajar hacia América del Sur, un sueño de juventud que compartía con su esposa, y que nunca llegaron a realizar. Una vez ya en el aire, descubrirá que no está solo en su viaje, pues en el porche de su casa encuentra un polizón con el que no contaba, un orondo niño empeñado en convertirse en un joven explorador. A regañadientes, el viejo cascarrabias deberá aceptar al inesperado compañero de viaje, quien conseguirá sacar de sus casillas al anciano una y otra vez. El viaje, no obstante, solo es el principio, pues una vez lleguen a su destino empezará la auténtica aventura que ambos han estado esperando.

Up es la nueva apuesta de Pixar, la compañía especializada en títulos de animación por ordenador, que empezó su andadura en el mundo de los largometrajes con Toy Story y que se ha ido especializando en hacer cine “para toda la familia” con títulos tan rematadamente conocidos y taquilleros como Bichos, Toy Story 2, Monstruos S.A., Buscando a Nemo, Los increíbles, Cars, Ratatouille y Wall-E (probablemente el mejor de sus trabajos hasta la fecha, aunque un servidor siempre tuvo una especial predilección por Los increíbles). Tanto el guión como la dirección de este nuevo trabajo corren a cargo de Pete Docter (quien fuera también responsable de Monstruos S.A.) y Bob Peterson.

Parece claro que Pixar se ha convertido en la gallina de los huevos de oro de la Disney, con la habilidad de arrasar en taquilla a pesar de lo arriesgados que a priori puedan parecer sus proyectos. Con Up, de paso, Pixar aprovecha para subirse al carro del 3-D, técnica que, al parecer, ha conseguido que los cines se vuelvan a llenar este verano, aunque no resulta todo lo imprescindible que uno desearía para poder disfrutar del film.

A mi modo de ver, la película contiene tres partes claramente diferenciables: La primera, los primeros diez minutos, son un puro diez. Resulta fantástica y con la capacidad de transmitir emoción incluso a una maldita piedra a través de la fuerza de las imágenes, sin soltar una sola palabra, ni falta que le hace. La segunda, hasta la hora de duración, baja un poco el listón pero resulta igualmente brillante. Se potencia la sensación de aventura y, sobretodo, humor, especialmente por la relación entre el anciano y el niño, y consigue meter al espectador de lleno en la trama sin apenas posibilidad de soltarse ni un momento. La tercera, los últimos veinte minutos, fue la que más me chirrió dentro del global y la película cae en el clásico error (a mi entender) de mezclar el género de “aventuras” puro y duro con el género de “acción” y donde podemos ver como el abuelete, que usaba una silla eléctrica para bajar las escaleras de su casa, empieza a dar piruetas imposibles y saltos acrobáticos al más puro estilo John McClain. Aunque, cuidado, no es que no me gustara el tramo final, ni mucho menos, lo que pasa es que viendo de donde veníamos, lo cierto es que no está al nivel del resto de la película.

Resumiendo: La película entretiene, emociona y divierte a partes iguales, así que poco más se le podría pedir. Y es que, como se suele decir, si la película fuera un perro, solo le faltaría... hablar.



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Blue Collar (1978)


Del mejor Paul Schrader.

En los años 70 hubo un cambio generacional en la industria del cine norteamericano en el que aparecieron nuevos nombres que cambiarían la forma de ver y entender el séptimo arte, como Francis Ford Coppola, Martin Scorsese, George Lucas, Steven Spielberg, Brian de Palma, Peter Bogdanovich, Robert Altman, William Friedkin o Hal Ashby. Entre todos ellos también se encontraba un tipo llamado Paul Schrader, autor en aquellos años de los guiones de Yakuza (1975), de Sidney Pollack, Fascinación (1976) de Brian de Palma, o Taxi driver (1976) y Toro Salvaje (1980), de Martin Scorsese. Justamente, dos años antes de escribir la historia del boxeador Jake La Motta, decidió ponerse tras la cámara para dirigir Blue Collar, una buena ópera prima para una de las trayectorias más interesantes e irregulares de la historia del cine.


Nacido en 1946 en Grand Rapids, Míchigan, Paul Schrader se crió en una estricta familia calvinista no viendo ninguna película hasta los dieciocho años, cuando se fue a estudiar a la Universidad de California donde hizo un curso sobre crítica cinematográfica. Fue entonces cuando comenzó su pasión por el cine, introduciéndose en las películas europeas de los años 60 y publicando críticas de películas en diferentes revistas. En 1972 se editó un libro suyo titulado El estilo trascendental en el cine: Ozu, Bresson, Dreyer.

En Blue Collar, escrita junto con su hermano Leonard, con el que repitió en 1985 en el guión de su biografía particular del escritor japonés Yukio Mishima (Mishima: una vida en cuatro capítulos), Schrader retrata de manera certera la vida rutinaria de tres trabajadores de una fábrica de coches de Detroit, que a causa de su mala situación económica, deciden cometer el robo de la caja fuerte que hay en la sede del sindicato de la fábrica al cual están afiliados, metiéndose en una trama que cambiará completamente sus vidas. Estos tres trabajadores están bien definidos e interpretados de manera impecable por Richard Pryor, Harvey Keitel y Yaphet Kotto, que junto con sus compañeros de trabajo deberán de soportar la escricta vigilancia de un encargado que no para de quejarse de la ineficacia de todos ellos, consiguiendo Schrader un ambiente cargado en las buenas escenas rodadas en la fábrica. Toda esa insistencia y esa tensión mezcladas con la rutina quedan magníficamente plasmadas en un momento de ira de un tal Jenkins que harto de que una máquina de bebidas frescas se trague sus monedas la arranca de cuajo con una carretilla elevadora.


El buen resultado de la historia se consigue mediante una inteligente evolución de los personajes con algunos puntos de humor al inicio basados en unos diálogos divertidos y un plano cómico inolvidable en la escena del robo, involucrándose poco a poco en un thriller en el que la corrupción sindical es la protagonista. Similar preocupación o interés tuvo al año siguiente el director norteamericano Martin Ritt realizando Norma Rae, con Sally Field interpretando a una trabajadora de una fábrica téxtil donde quiere fundar un sindicato, cuya actuación le valió el premio en Cannes, el Globo de Oro y el Oscar de la Academia.


De los posteriores trabajos de Paul Schrader valoro muy poco las películas que se recuerdan más por los actores que por otra cosa, como la taquillera American Gigoló (1980), con el desnudo integral de Richard Gere y con poca calidad de la historia, o El beso de la mujer pantera (1982), en la que si no apareciera la sensual y erótica Nastassja Kinski la película no tendría mucho más que mostrar. Mishima: una vida en cuatro capítulos (1985), producida por Francis Ford Coppola y George Lucas, es considerada como una de las películas más arriesgadas y originales de los 80, pero las escenas con decorados para representar algunas de sus obras hace que en conjunto se alargue y se haga pesada. Las películas más destacables serían Hardcore: Un mundo oculto (1979), por retratar sus obsesiones religiosas y por ver al gran George C. Scott en la búsqueda de su hija por el oscuro mundo del porno; El placer de los extraños (1990), por ser un prodigio de puesta en escena y una maravilla en cuanto al magnetismo que consigue con una de las mejores representaciones de Venecia en la gran pantalla; Posibilidad de escape (1992), por mostrar la figura de un camello que lleva años metido en el mundo de la droga y que ya dejó de consumir, bien interpretado por su actor fetiche Willem Dafoe, recordándonos al personaje de Travis Bickle de Taxi Driver por escribir también sus pensamientos en una especie de diario; y por último, Aflicción (1998), por unir un misterioso asesinato y unos duros conflictos familiares con un ritmo narrativo eficaz, brillando un fabuloso Nick Nolte.


Para Paul Schrader la película de la que se siente más orgulloso es la que hizo sobre Mishima, personaje que le fascina por completo, aunque según él hay otras tres películas que definen mejor la evolución del personaje solitario que normalmente ha recreado en la pantalla y con el que se ha sentido identificado en la vida real: Taxi Driver (personaje joven y rabioso), American Gigoló (con ya unos 30 años, gigoló y narcisista), y Posibilidad de escape (hacia los 40 y con ansiedad).


"Lo que mejor sabe hacer Paul Schrader tanto en Blue Collar como en varias de sus películas es una dirección más que correcta, demostrando su habilidad para mover y situar la cámara que a muchos directores con mayor reputación ya les gustaría"



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