Las malas lenguas (V)


En el filme Frankie & Johnny (1991) hay una escena en que Michelle Pfeiffer enseña los pechos, dicha escena tuvo que ser rodada 500 veces hasta que la actriz quedó satisfecha con el resultado, en total fueron 3 días de rodaje. Después de tan ardua tarea, el director Garry Marshall obsequió a cada miembro del equipo con una camiseta con el emblema:


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Up (2009)

La aventura de vivir

Recuerdo la primera vez que fui a un cine a ver una película en 3-D. Era Pesadilla en Elm Street 6, La muerte de Freddy, y a la puerta del cine nos dieron unas gafas de cartón. A falta de poco para el final de la película nos indicaron que nos pusiéramos las gafas para poder ver como a Freddy le salían gusanos y pústulas varias de la boca que, a duras penas, conseguían traspasar la pantalla. Los resultados no debieron ser los esperados, porque la industria rápidamente se olvidó de la técnica hasta que, recientemente, ha vuelto a la carga después de verle las orejas al lobo y comprobar como perdían espectadores a marchas forzadas. Últimamente estamos viviendo una auténtica oleada y son muchas y variadas las propuestas en 3-D, algunas de ellas más justificadas que otras, lo que me hace pensar que el boom actual quizás está más pensado para satisfacer las expectativas de la propia industria que las de los espectadores. Una de las recientes películas estrenadas que se pueden ver con esta técnica es: Up, la nueva apuesta de Pixar... ¡Empezamos!

La peli va de un viejo que tiene muchos globos, otro que tiene muchos perros, un niño gordo, un pájaro raro, una casa que vuela y... mmmm, creo que me estoy liando un poco. Mejor vuelvo a empezar. Carl es un anciano, vendedor de globos retirado, que se acaba de quedar viudo y al que ya nada parece atarle al presente salvo la casa donde vivió feliz durante tantos y tantos años con su difunta esposa y de la que lo quieren echar. Pero Carl, lejos de rendirse, opta por atar una multitud de globos a la casa para salir volando hacia su última aventura: viajar hacia América del Sur, un sueño de juventud que compartía con su esposa, y que nunca llegaron a realizar. Una vez ya en el aire, descubrirá que no está solo en su viaje, pues en el porche de su casa encuentra un polizón con el que no contaba, un orondo niño empeñado en convertirse en un joven explorador. A regañadientes, el viejo cascarrabias deberá aceptar al inesperado compañero de viaje, quien conseguirá sacar de sus casillas al anciano una y otra vez. El viaje, no obstante, solo es el principio, pues una vez lleguen a su destino empezará la auténtica aventura que ambos han estado esperando.

Up es la nueva apuesta de Pixar, la compañía especializada en títulos de animación por ordenador, que empezó su andadura en el mundo de los largometrajes con Toy Story y que se ha ido especializando en hacer cine “para toda la familia” con títulos tan rematadamente conocidos y taquilleros como Bichos, Toy Story 2, Monstruos S.A., Buscando a Nemo, Los increíbles, Cars, Ratatouille y Wall-E (probablemente el mejor de sus trabajos hasta la fecha, aunque un servidor siempre tuvo una especial predilección por Los increíbles). Tanto el guión como la dirección de este nuevo trabajo corren a cargo de Pete Docter (quien fuera también responsable de Monstruos S.A.) y Bob Peterson.

Parece claro que Pixar se ha convertido en la gallina de los huevos de oro de la Disney, con la habilidad de arrasar en taquilla a pesar de lo arriesgados que a priori puedan parecer sus proyectos. Con Up, de paso, Pixar aprovecha para subirse al carro del 3-D, técnica que, al parecer, ha conseguido que los cines se vuelvan a llenar este verano, aunque no resulta todo lo imprescindible que uno desearía para poder disfrutar del film.

A mi modo de ver, la película contiene tres partes claramente diferenciables: La primera, los primeros diez minutos, son un puro diez. Resulta fantástica y con la capacidad de transmitir emoción incluso a una maldita piedra a través de la fuerza de las imágenes, sin soltar una sola palabra, ni falta que le hace. La segunda, hasta la hora de duración, baja un poco el listón pero resulta igualmente brillante. Se potencia la sensación de aventura y, sobretodo, humor, especialmente por la relación entre el anciano y el niño, y consigue meter al espectador de lleno en la trama sin apenas posibilidad de soltarse ni un momento. La tercera, los últimos veinte minutos, fue la que más me chirrió dentro del global y la película cae en el clásico error (a mi entender) de mezclar el género de “aventuras” puro y duro con el género de “acción” y donde podemos ver como el abuelete, que usaba una silla eléctrica para bajar las escaleras de su casa, empieza a dar piruetas imposibles y saltos acrobáticos al más puro estilo John McClain. Aunque, cuidado, no es que no me gustara el tramo final, ni mucho menos, lo que pasa es que viendo de donde veníamos, lo cierto es que no está al nivel del resto de la película.

Resumiendo: La película entretiene, emociona y divierte a partes iguales, así que poco más se le podría pedir. Y es que, como se suele decir, si la película fuera un perro, solo le faltaría... hablar.



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Blue Collar (1978)


Del mejor Paul Schrader.

En los años 70 hubo un cambio generacional en la industria del cine norteamericano en el que aparecieron nuevos nombres que cambiarían la forma de ver y entender el séptimo arte, como Francis Ford Coppola, Martin Scorsese, George Lucas, Steven Spielberg, Brian de Palma, Peter Bogdanovich, Robert Altman, William Friedkin o Hal Ashby. Entre todos ellos también se encontraba un tipo llamado Paul Schrader, autor en aquellos años de los guiones de Yakuza (1975), de Sidney Pollack, Fascinación (1976) de Brian de Palma, o Taxi driver (1976) y Toro Salvaje (1980), de Martin Scorsese. Justamente, dos años antes de escribir la historia del boxeador Jake La Motta, decidió ponerse tras la cámara para dirigir Blue Collar, una buena ópera prima para una de las trayectorias más interesantes e irregulares de la historia del cine.


Nacido en 1946 en Grand Rapids, Míchigan, Paul Schrader se crió en una estricta familia calvinista no viendo ninguna película hasta los dieciocho años, cuando se fue a estudiar a la Universidad de California donde hizo un curso sobre crítica cinematográfica. Fue entonces cuando comenzó su pasión por el cine, introduciéndose en las películas europeas de los años 60 y publicando críticas de películas en diferentes revistas. En 1972 se editó un libro suyo titulado El estilo trascendental en el cine: Ozu, Bresson, Dreyer.

En Blue Collar, escrita junto con su hermano Leonard, con el que repitió en 1985 en el guión de su biografía particular del escritor japonés Yukio Mishima (Mishima: una vida en cuatro capítulos), Schrader retrata de manera certera la vida rutinaria de tres trabajadores de una fábrica de coches de Detroit, que a causa de su mala situación económica, deciden cometer el robo de la caja fuerte que hay en la sede del sindicato de la fábrica al cual están afiliados, metiéndose en una trama que cambiará completamente sus vidas. Estos tres trabajadores están bien definidos e interpretados de manera impecable por Richard Pryor, Harvey Keitel y Yaphet Kotto, que junto con sus compañeros de trabajo deberán de soportar la escricta vigilancia de un encargado que no para de quejarse de la ineficacia de todos ellos, consiguiendo Schrader un ambiente cargado en las buenas escenas rodadas en la fábrica. Toda esa insistencia y esa tensión mezcladas con la rutina quedan magníficamente plasmadas en un momento de ira de un tal Jenkins que harto de que una máquina de bebidas frescas se trague sus monedas la arranca de cuajo con una carretilla elevadora.


El buen resultado de la historia se consigue mediante una inteligente evolución de los personajes con algunos puntos de humor al inicio basados en unos diálogos divertidos y un plano cómico inolvidable en la escena del robo, involucrándose poco a poco en un thriller en el que la corrupción sindical es la protagonista. Similar preocupación o interés tuvo al año siguiente el director norteamericano Martin Ritt realizando Norma Rae, con Sally Field interpretando a una trabajadora de una fábrica téxtil donde quiere fundar un sindicato, cuya actuación le valió el premio en Cannes, el Globo de Oro y el Oscar de la Academia.


De los posteriores trabajos de Paul Schrader valoro muy poco las películas que se recuerdan más por los actores que por otra cosa, como la taquillera American Gigoló (1980), con el desnudo integral de Richard Gere y con poca calidad de la historia, o El beso de la mujer pantera (1982), en la que si no apareciera la sensual y erótica Nastassja Kinski la película no tendría mucho más que mostrar. Mishima: una vida en cuatro capítulos (1985), producida por Francis Ford Coppola y George Lucas, es considerada como una de las películas más arriesgadas y originales de los 80, pero las escenas con decorados para representar algunas de sus obras hace que en conjunto se alargue y se haga pesada. Las películas más destacables serían Hardcore: Un mundo oculto (1979), por retratar sus obsesiones religiosas y por ver al gran George C. Scott en la búsqueda de su hija por el oscuro mundo del porno; El placer de los extraños (1990), por ser un prodigio de puesta en escena y una maravilla en cuanto al magnetismo que consigue con una de las mejores representaciones de Venecia en la gran pantalla; Posibilidad de escape (1992), por mostrar la figura de un camello que lleva años metido en el mundo de la droga y que ya dejó de consumir, bien interpretado por su actor fetiche Willem Dafoe, recordándonos al personaje de Travis Bickle de Taxi Driver por escribir también sus pensamientos en una especie de diario; y por último, Aflicción (1998), por unir un misterioso asesinato y unos duros conflictos familiares con un ritmo narrativo eficaz, brillando un fabuloso Nick Nolte.


Para Paul Schrader la película de la que se siente más orgulloso es la que hizo sobre Mishima, personaje que le fascina por completo, aunque según él hay otras tres películas que definen mejor la evolución del personaje solitario que normalmente ha recreado en la pantalla y con el que se ha sentido identificado en la vida real: Taxi Driver (personaje joven y rabioso), American Gigoló (con ya unos 30 años, gigoló y narcisista), y Posibilidad de escape (hacia los 40 y con ansiedad).


"Lo que mejor sabe hacer Paul Schrader tanto en Blue Collar como en varias de sus películas es una dirección más que correcta, demostrando su habilidad para mover y situar la cámara que a muchos directores con mayor reputación ya les gustaría"



Leer critica Blue collar en Muchocine.net

El prisionero. Temporada única. (1967-68)

La libertad es un mito.

A finales de la década de los 60’s las películas de James Bond creaban escuela, y Patrick McGoohan (1928-2009), un actor, director y guionista americano, estaba hasta el moño de encarnar al típico agente secreto en la pequeña pantalla, por lo que se propuso dar una vuelta de tuerca al género, desarrollando un serial que, aunque tuviera ciertos atributos bondianos, no pudiera ser considerado de ningún modo como típico. La miniserie debía tener tan solo 7 capítulos, pero las exigencias del canal británico hicieron que el número se elevara hasta 17, a lo que hay que sumar que ni siquiera se molestaron en emitir los episodios de forma cronológica, por lo que saber cuál es el orden correcto a la hora de ver la serie es un tema que ha levantado mucha polvareda.

El Número 6 al volante de su Lotus Seven.

Estos factores hacen de El prisionero un experimento irregular, con varios capítulos de relleno u otros que simplemente cuentan más de lo necesario (una auténtica metedura de pata), pero la propuesta resulta tan singular y excéntrica que se ha labrado un merecido culto a su alrededor. La trama gira en torno al Número 6, un tipo del que desconocemos nombre y ocupación y que renuncia a su puesto de trabajo. Tras ser drogado y secuestrado, despierta en un pequeño pueblo costero conocido como La Villa. Las autoridades del lugar, cuya lealtad también ignoramos, pretenden averiguar el motivo de la dimisión, quebrantando su voluntad mediante control mental, drogas, lavados de cerebros, manipulación del sueño y todo tipo de estratagemas psicológicas.

Un mapa de la enigmática Villa.

El peculiar micro universo de La Villa está compuesto por multitud de curiosos detalles; al mando del lugar encontramos al Número 2, un personaje cuya identidad cambia en casi cada episodio, aunque el protagonista está convencido de que alguien conocido como Número 1 mueve los hilos entre las sombras, pero nadie más menciona su existencia. También resulta irónico que esta pesadilla alienante tenga aires de destino vacacional, en ella los ciudadanos visten colores llamativos y motivos náuticos, utilizan un saludo propio y una banda de desfile toca habitualmente música por la calle. El logo del lugar es un velocípedo con toldo y cuando hay un intento de fuga, un gran globo blanco llamado Rover reduce o mata a los implicados, este mecanismo de defensa resulta tan extraño como el mítico Lostzilla de la serie Perdidos.

El Rover en acción.

La mayoría de los capítulos son auto conclusivos y funcionan de forma independiente, y aunque hacia el final van por otros derroteros, habitualmente giran en torno a los diversos subterfugios del Números 2 y a los intentos de fuga y rebelión del Número 6, que es un personaje muy temperamental y con un serio problema de actitud, pero que solo logra victorias pírricas o completos fracasos. Patrick McGoohan borda su papel, el actor tiene una presencia en pantalla capaz de intimidar al mismísimo Orson Welles (según un comentario del propio Welles) y su implicación en el proyecto es total, ya que aparte de ser protagonista y creador, también es guionista y director de varios de los episodios, algunos de los cuales firma con pseudónimo. Como curiosidad comentar que años más tarde, y en un claro guiño a la serie, McGoohan interpretó al alcaide de una prisión en Fuga de Alcatraz (1979).

El prisionero según Jack Kirby y Matt Groening respectivamente, y una imágen del remake que se estrenará este Noviembre.

Dos ingleses tan ilustres como Ian Fleming y George Orwell se dan la mano en esta paranoia conspirativa de tintes abstractos, donde la aventura de espionaje futurista sirve como excusa para tratar temas tan interesantes como la relación entre poder y libertad, la anulación de la personalidad, el individuo como elemento subversivo o el terrorífico bien común, conceptos que se nos presentan mediante una puesta en escena vanguardista y pop, repleta de colores primarios, escenografía Art Decó, psicodelia, surrealismo, el uso reiterativo de una iconografía propia y una cierta afección cool, todo muy en la onda de la Nueva Cosa de la época, como se puede comprobar.

No son una banda de synth-pop, son la gente de La Villa.

La historia tiene un gran poder alegórico, y si alguna cruz debe llevar a sus espaldas es la de ser más sugerente en su premisa que en su resolución, ya que la visión del primer capítulo deja fascinado y perplejo al espectador, pero más lo primero que lo segundo. Mientras que la visión del desenlace también deja fascinado y perplejo, pero mucho más lo segundo que lo primero. Comentar que en su momento y tras la emisión del descabellado final, McGoohan tuvo que refugiarse en las montañas un par de semanas, temiendo que si se quedaba en Londres una horda de fans enfurecidos lo lincharía.



La frase: «No seré empujado, expedientado, sellado, catalogado, informado, desinformado, o numerado. Mi vida es mía.»

La frase 2: «No soy un número — ¡Soy un hombre libre!»

Los Quesitos en remojo

Si algo nos ha enseñado el cine, durante todo este tiempo, es que el verano no es época de quedarse encerrados en casa frente al ordenador, sino, más bien, de irse a un campamento de verano a pasarlo bien con los compañeros, aprender a sobrevivir en plena naturaleza e intentar pillar cacho con alguna de las asistentes al campamento femenino que se encuentra justamente al otro lado del lago. Aix, las comedias de adolescentes en campamentos de verano... otro de esos géneros que el amigo Ray Liotta ha dejado escapar. ¡Y son ya tantos!

Además, tenemos la suerte de irnos de vacaciones más contentos que unas castañuelas, por haber recibido un nuevo premio. Esta vez nos lo ha concedido el amigo Xavier Vidal de http://cachecine.blogspot.com/, que ha tenido a bien ofrecernos el premio Bertuah Award 2009, que, a pesar de ser muy bonito y muy verde, parece ser que tampoco acarrea ningún tipo de contra prestación económica. Una pena.

Ahora en serio, muchas gracias por este (absolutamente inmerecido) premio. Además, el premio se suma a la lista de reseñas y comentarios favorables que ha suscitado esta página a lo largo de este año. Aquí tienen una pequeña muestra:

“Uno de los mejores blogs de todos los tiempos.”
Dominic Mourchois. Cahiers du Cinéma. Edición Liechestein.

“Con su sentido de la observación y sus sentencias afiladas, el Quesito Rosa es decididamente una de las páginas con más talento de la nueva generación de blogs.”
Hoja dominical, Parroquia de la Resurrección del Señor.

“El Quesito Rosa no es sólo una página de crítica cinematográfica, es también una exploración de la condición humana.”
Andrés Bernal. Revista Muscle & Fitness.

“Cualquier escuela de cine podría proponer el Quesito Rosa como lectura obligatoria.”
Ramiro González. La Revista que regalan en el Schlecker.

“Leer una reseña del Quesito Rosa es como enamorarse.”
Serafín Amadeo. Revista Bateria total.

“El Quesito Rosa ha hecho por la crítica cinematográfica lo que Marcel Proust hizo en su momento por la novela.”
Benito Segura, acomodador.

Lo dicho, volvemos en septiembre, que no se van a librar de nosotros tan fácilmente y, mientras tanto, vamos a echarnos bronce y a intentar poner un poco de orden en el blog que ya toca, después de tanto tiempo.

Nos leemos.

Mientras tanto, en Twitter...

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