The lovely bones (2009)

No matarás al vecino.

El bueno de Peter Jackson cogió por sorpresa a propios y extraños cuando, después de su alocada opera prima, Mal gusto, su extravagante aproximación al mundo de las marionetas con El delirante mundo de los Feeble y su película de culto gore, Braindead (tu madre se ha comido a mi perro), abordó una película basada en hechos reales sobre la amistad (y algo más) de dos adolescentes que se refugiaban en su propio mundo de fantasía, Criaturas celestiales. Quizás por eso, ahora que el director neozelandés parece querer dar una nueva vuelta de tuerca a su carrera, no nos coge a todos tan desprevenidos el hecho de que después de una comedia de aventuras sobre espíritus, Agárrame esos fantásmas, su grandilocuente trilogía de El señor de los anillos y su excesivo remake de King Kong, haya optado por llevar a la gran pantalla una historia, a priori, mucho más pequeña como es The lovely bones.

La película está basada en un best-seller de la escritora estadounidense Alice Sebold, y nos cuenta los trágicos acontecidos sucedidos en una típica urbanización americana en 1973, donde encontramos a una joven de catorce años llamada Susie Salmon, que vive feliz con su familia. Como esto no es una comedia adolescente, sino un dramón de los de aupa, en su camino se cruzará el vecino del barrio con más pinta de sospecho/pederasta/asesino en serie que se puedan ustedes tirar a la cara, quien la violará y asesinará sin ningún tipo de remordimiento aparente. Lo cierto es que la forma de captar a la joven resulta de lo más extraño, pues el hombre cavará un agujero en medio de un maizal cercano a su casa, donde construirá un escondrijo a modo de refugio para adolescentes hasta el cual atraerá a la joven. A modo de plan no deja de ser tirando a raro aunque, por desgracia para la joven Susie Salmon, ese día no llovió.

Una vez el asesino ha ejecutado su plan, se ocultará nuevamente en su sospechosa casa, siguiendo su sospechosa vida, en su sospechosa soledad, mientras sigue con su sospechosa afición a construir casas de muñecas, a pesar de lo cual nadie parecerá intuir que el personaje esconde algo extraño, ni siquiera cuando en medio de un interrogatorio de la policía se ponga a balbucear y a sudar como un cerdo ante la pregunta “donde estaba usted la noche del miércoles” (al parecer en 1973 la policía no estaba mucho por la labor). A pocas casas de distancia, el drama se cernirá sobre la familia de la joven desaparecida, quienes intentarán sobrellevar la pérdida como buenamente puedan. La fallecida Susie Salmon, no obstante, contemplará los acontecimientos que se irán sucediendo desde un espacio existente entre la tierra y el cielo. Un lugar mágico, con grandes praderas de un verde intenso y vivos colores. Una especie de antesala a las puertas del cielo. ¿Es el purgatorio? ¿Es el cuarto mundo imaginado por las protagonistas de Criaturas celestiales? ¿Es Pandora?

Susie Salmon está interpretada por la joven Saoirse Ronan, actriz que a poco que se esfuerce será la polla en vinagre, como ya apuntó en su papel ni niña cabrona en Expiación (por el que estuvo nominada al Oscar como mejor actriz de reparto), y también se dejó ver en ese quiero y no puedo que terminó siendo City of Ember. Ella resulta ser de lo mejor de la peli junto con el malo de la función, un espléndido Stanley Tucci (quien se dio a conocer en la serie Murder one y luego ha ido apareciendo como secundario de lujo en películas como Camino a la perdición, La terminal o El diablo viste de Prada), que borda su papel de tio chungo. Lo cierto es que era un caramelo de papel y Tucci se lo come con patatas. Además, en la película, también encontramos a Mark Wahlberg (El incidente) que encarna al padre de la víctima que se dedica a romper botellas con barcos dentro para expresar su dolor; a Rachel Weisz (Agora), como la madre quien, incomprensiblemente en medio de todo el dramón, lo deja todo para irse a trabajar como temporera en el culo del mundo recogiendo manzanas; y Susan Sarandon (Pena de muerte), como la abuela, que cuando aparece en pantalla, a pesar de ser alcohólica y fumar en exceso, de la hija desaparecida, de la desgracia familiar (y de una lavadora estropeada), la gente a su alrededor, sin sentido aparente, se pondrá a bailar.

La peli empieza prometiendo mucho y de lo bueno. De entrada la peli está narrada a modo de voz en off por la joven víctima que va poniendo sobre aviso al espectador de lo que está a punto de suceder, la escena del asesinato, tan irreal y absurda como bien dirigida por parte de un Jackson que, a partir de ese momento, empezará a demostrar una detallada obsesión por las manos del asesino, un brillante Stanley Tucci. Llegados a este punto olvídense de las buenas intenciones. Lo que sigue es un montón de nada. Vemos a Susie Salmon correteando por unos escenarios de gran colorido y artificialidad que no aportan mucho a la historia salvo un buen montón de escenas a medio camino entre lo cutre y lo hortera. En una de estas escenas vemos un árbol en el cual, de repente, todas sus hojas se echan a volar cuales pájaros. Más tarde, las hojas/pájaro vuelven a colocarse en su sitio, vistiendo las ramas desnudas y corroborando que, efectivamente, se debían tratar de hojas/golondrinas.

Lo que resulta innegable es que los mejores momentos de la película siempre suelen coincidir con Stanley Tucci en pantalla. Una vez superado el momento croma (que ya les advierto irá regresando a lo largo del metraje) y la película decide volver a la historia que nos estaban contando y volver al personaje de Tucci, la cosa mejorará. Lamentablemente el guión también optará por dar cancha a unos personajes que no sólo no aportan nada a la trama, sino que encima no encajan ni con calzador. Me refiero a la abuela, al amigo de la joven protagonista y a la muchacha rara del pueblo que, al parecer, tiene una especie de conexión cósmica con los muertos. Son personajes que no sólo no suman, sino que encima restan a la película. De hecho, el guión ni siquiera se esfuerza en desarrollarlos como hubiera sido lógico. Se podría decir que son más fantasmas dentro de la trama que la propia Susie Salmon.

El tramo final de la película logró engancharme nuevamente, hasta que se llega al clímax final, el cual, resulta ser de vergüenza ajena como poco, por lo absurdo de todo lo que allí sucede. Y me sabe mal cargar en exceso contra la película, porque Jackson en el fondo hace lo que puede, con esa virtud suya de colocar la cámara en lugares imposibles, pero el guión, al final, termina resultando una carga excesivamente pesada que termina por decantar la balanza.

Resumiendo: Excelente malo de una función vacía en exceso, con un arranque prometedor y un desenlace excesivamente absurdo.



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Un hombre soltero (2009)


El amor está de moda

Resultaría interesante averiguar cuáles son las motivaciones para que una persona pruebe suerte en un campo que no es el suyo para expresar ideas y sentimientos. Hay tantos medios para conseguirlo que uno quiere abarcarlos todos. ¿Quién no ha tenido alguna vez la tentación de escribir un relato o una novela? Tenemos ejemplos claros de caras conocidas, como el escritor estadounidense Paul Auster, que compagina la literatura con la dirección de películas; o ejemplos más cercanos, como Arturo Pérez-Reverte, antes periodista y corresponsal de guerra, que desde 1994 está metido totalmente en la literatura; o el músico Luis Eduardo Aute, que hace sus pinitos en la pintura y que en 2001 estrenó una película de animación, Un perro llamado dolor, un arduo trabajo del que fue el único responsable, con unos 4.000 dibujos que realizó durante 5 años. En el caso que aquí se expone, es el diseñador de moda estadounidense Tom Ford el que decide apostar por el cine y llevar a ese terreno todo su potencial artístico. Y la verdad es que lo consigue bastante bien con Un hombre soltero, una película llena de un estilismo de categoría, ambientada en los años 60, con un protagonista de lujo ya que cuenta con una brillante actuación de Colin Firth, que aunque quizás me equivoque, pronostico que se llevará el dichoso Oscar (ya consiguió el premio en Venecia).


Estamos ante una historia ubicada justamente en el 30 de noviembre de 1962, con el conflicto entre los Estados Unidos, la Unión Soviética y Cuba, llamado la Crisis de los misiles en Cuba, que casi provocó una guerra nuclear (aunque en la película sólo se oiga en los medios de comunicación). El peso de la película radica por completo en su protagonista, un profesor de literatura de una facultad norteamericana, llamado George (Colin Firth), que hace ocho meses perdió a su pareja, Jim (Matthew Goode), con el que llevaba dieciséis años de relación. Desde el principio, nos damos cuenta que se siente muy solo y es incapaz de borrar la imagen del accidente que provocó su muerte y por eso tiene pesadillas por las noches que no le dejan dormir en paz. Veremos durante la película escenas que recuerda George de su vida con él y la escena inicial que presenciamos está muy bien relatada y es inevitable pensar que si la película sigue con esa calidad estaremos ante una gran historia. Además, la música de Abel Korzeniowski que acompaña durante toda la película es otro detalle de calidad, tan imprescindible como la interpretación de Firth; igual que la fotografía del joven Eduard Grau, que ahora vive a caballo entre Barcelona y Nueva York.


Lo que indudablemente falla en la historia es su línea argumental, parándose en demasiados detalles que, aunque bastante atrayentes, no dejan de ser un obstáculo para que la película coja algo de ritmo. Ford no puede evitar mostrar su buen hacer a la hora de llamar la atención con su placer por los sentidos, pecando de eso en varias ocasiones en la película. Es obvio que hay momentos muy bellos en los que vemos primerísimos planos de ojos y labios, pero ese entretenimiento lleva a detenerse demasiado tiempo en algo que no lleva a ningún sitio (aunque a un servidor le atraiga mucho). En la historia hay únicamente cuatro personajes importantes: aparte de George y Jim, están Kenny (Nicholas Hoult), el alumno de la facultad que quiere mantener una relación de amistad (o de algo más) con George, y Charly (Julianne Moore), la mujer con la que en un tiempo bastante lejano tuvo George una relación y con la que mantiene una buena amistad. Hay un quinto personaje que más bien está de relleno y es el que interpreta el modelo vasco Jon Kortajarena, del que Ford estaba tan orgulloso y alucinado de su belleza que su personaje es más bien una excusa para recordar a un tipo como James Dean y para incitar en una escena al solitario George. 


Insisto en que la historia gana con creces con la interpretación tan conseguida de Firth y con las bellas composiciones de Korzeniowski, porque si no la película sería un fallido pretexto para no contar casi nada. Llega un momento en que uno no sabe cuándo terminará la historia o hasta qué punto se alargará el dilema que presenciamos en la película. Hay también momentos extraños de mezcla de humor y de anti-glamour, como la escena en la que vemos a George leer en el baño mientras hace sus necesidades fisiológicas (o sea, cagar) y en la que, de una forma poco acertada, se nos muestra a los vecinos de enfrente mediante la mirada de George. Aún así, hay que alabar la propuesta de Ford, con una muy conseguida ambientación y una forma diferente a la hora de mostrar la pérdida de un ser querido, acentuando dicho placer por los sentidos.


"Una película que llega a emocionar gracias a la trabajada interpretación de Colin Firth y la bella música de Abel Korzeniowski, pero que falla en el ritmo de la historia, quedándose vacía por momentos"



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Daybreakers (2009)


Agotamiento gótico.

¡Ah, qué cultura tan impúdica la nuestra! Aquí llega otra película de vampiros que intenta sumarse a la moda surgida a raíz del fenómeno Crepúsculo, aunque poco o nada tenga que ver con el romanticismo chillón de las populares adaptaciones de las novelas de Stephanie Meyer. Y otra película, además, que comete el error de creer que si coge al vampiro, le da mil vueltas, lo pone del revés y le saca brillo, parecerá algo nuevo y extraordinario, mientras que lo cierto es que este subgénero está más manoseado que una stripper de cuarta y que esto ya lo hemos visto cientos de veces.


Nos encontramos en un futuro próximo, en el año 2017, donde la comunidad vampírica ha crecido tanto que se ha convertido en la raza dominante. Allí conocemos a Edward Dalton (Ethan Hawke), un vampiro que trabaja como jefe de hematología y que es el responsable de encontrar un sustituto artificial para la sangre, ya que la humanidad está al borde de la extinción y el alimento escasea. Corren tiempos desesperados y la crisis alimentaria provoca consecuencias inesperadas, los vampiros que llevan un largo período sin ingerir sangre sufren una involución hacia una forma más primitiva, creciéndoles orejas puntiagudas, garras y grandes alas, y convirtiéndose en unos seres violentos e incontrolables.


Detengámonos un instante para hacer inventario; primero tenemos a esas sanguijuelas en el poder, luego está el ejército vampiro a su disposición, seguido de unos pocos humanos que sirven de ganado y por último un grupo cada vez más numeroso de vagabundos salvajes e incivilizados. Es evidente que la alegoría capitalista no es muy sutil que digamos y el hecho de que sea tan obvia, no sería un problema si la película no fuera tan sosa y comedida. El planteamiento funcionaría mejor como sátira, con grandes litros de sangre y mucha exageración, elementos que solo aparecen en contadas ocasiones. Sin duda un filme de estas características sería mejor aprovechado por un cineasta tan violento y controvertido como Paul Verhoeven, capaz de lidiar con la parte más insulsa de la historia y de explotar su lado más cínico y pasado de rosca. Curiosamente los hermanos Spierig, realizadores del filme, son también los responsables de Los no muertos (2003), una especie de puesta al día de la mítica y acartonada Plan 9 del espacio exterior (1959), elaborada, esta vez sí, en clave desenfadada.


Resulta difícil adivinar que hacen actores de primera fila metidos en este producto con alma de serie B, Ethan Hawke, Willem Dafoe y Sam Neill no están en el mejor momento de su carrera, pero gozan de cierto caché y su presencia en el filme queda completamente desaprovechada. El primero da vida a un héroe de tintes Hammerianos, por aquello de empuñar ballestas y vestir camisas blancas con chalecos negros, aunque luego se descubre como totalmente incapaz a la hora de pasar a la acción. Sam Neill, por su lado, ejerce de villano pese a que su personaje no suscita ningún tipo de odio en especial ni resulta lo suficientemente desagradable. Y Willem Dafoe tiene una buena entrada, pero pronto queda relegado en un segundo plano y no se le concede ninguna escena relevante.


Daybreakers es básicamente un tebeo gótico, un típico relato de ciencia ficción pulp donde se han gastado más dinero de lo habitual y que funciona básicamente en su primera mitad, cuando nos pone en situación. Las escenas cotidianas del principio son las más interesantes y las que pueden levantar las mayores simpatías entre el público, pero la trama se va adentrando progresivamente en lo convencional y se desdibujan los elementos más desbocados que componen esta fantasía tenebrista. Solo ciertas explosiones gore llegan a impactar realmente en el espectador, pero estas son pocas y contadas, y aparecen lo suficientemente contenidas para que el producto no pierda del todo su comercialidad. El filme es algo así como Cuando el destino nos alcance + Soy leyenda = Daybreakers, es decir, otro rebuscado intento de exprimir la fórmula hasta la última gota. Una cinta que a pesar de estar hecha con oficio, no tener demasiadas pretensiones y caer en gracia por su halo retro, no contribuye a la renovación del género y se muestra cómplice de su progresivo asesinato, porque no aporta nada nuevo.


La frase: «Es la décima vez que cumplo 35 años, los cumpleaños ya no tienen sentido.»

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Sherlock Holmes (2009)

Sherlock House.


Es público y sabido que, cada cierto tiempo, a los estudios de Hollywood les gusta poder recuperar algún personaje literario clásico con la intención de realizar un nuevo lavado de imagen, y una buena puesta al día, acomodándolos a los nuevos tiempos, algo que suele significar una mayor dosis de acción, aventuras y efectos especiales de lo que nos tenían acostumbrados sus anteriores adaptaciones cinematográficas. Sin ir más lejos, este mismo año nos tiene que llegar el Robin Hood de Rusell Crowe, la Alicia en el país de las maravillas de Tim Burton, o el nuevo Dorian Gray. De momento, el que ya ha practicado su asalto a las carteleras (llevándose un buen bocado en taquilla) ha sido Sherlock Holmes.

El personaje de Sherlock Holmes, creado por Arthur Conan Doyle, realizó su primera incursión en el cine en el año 1903, en un pequeño gag de apenas un minuto de duración. En el 1908, Holmes, fue el sorprendente protagonista de la novela de Edgar Allan Poe, Los crímenes de la calle Morgue; en 1958 fue interpretado por Peter Cushing en una versión de la Hammer de El perro de los Baskerville, dirigida por Terense Fisher; en 1970, el gran Billy Wilder, hizo su aproximación al personaje en La vida privada de Sherlock Holmes, en la que se insinuaba una más que probable relación homosexual entre Holmes y Watson; en 1984 se hizo una genial versión animada para la televisión en la que todos los personajes eran perros, dirigida por el maestro de la animación Hayao Miyazaki; en 1986 hubo Holmes por partida doble, como adoscente metomentodo en El secreto de la pirámide y como personaje animado de la Disney en Basil, el ratón superdetective; ya en 1988 llegó Sin pistas, una parodia sobre las aventuras de Sherlock Holmes, en la cual Watson era el genio en la sombra, y Holmes un farsante, muy en la linea de la serie de la época para televisión Remington Steele. Pero de todo esto ya a llovido demasiado y se necesitaba un nuevo Holmes para los nuevos tiempos que corren.

Nada más empezar la película ya entendemos que nos podemos ir olvidando de la figura clásica del personaje de Sherlock Holmes. En los primeros compases del film una chica está a punto de ser sacrificada por una extraña secta liderada por un tipo raro que viste con túnica oscura, mientras nuestro protagonista tumba a hostias a un tipo tres veces mayor que él. Nuestros héroes llegan a tiempo para salvar a la chica y detener al malo de turno: Lord Blackwood, un tipo con cara de bellaco, mirada penetrante y un pelo todo repeinado hacia atrás (lo que hizo preguntarme como debían lograr tal “efecto mojado” en el Londres de finales del siglos XIX, llegando a conclusiones más bien poco higiénicas). Los buenos ganan, los malos pierden y lord Blackwood termina balanceándose en el aire con una soga alrededor del cuello. Fin del caso? Evidentemente, no. Sin ser Semana Santa ni nada, al fiambre le da por regresar del más allá haciendo alarde de su poderío con la magia negra y las artes oscuras. Se reabre el caso, pero, como lograrán nuestros protagonistas detener a alguien capaz de vencer a la muerte?

A medida que avanza la película iremos conociendo a este nuevo Sherlock Holmes. Al nuevo Holmes le gusta boxear por dinero en antros infectos (haciéndose el chulo anticipando al espectador cuales serán los golpes que provocarán la derrota de su contrincante), no soporta la inactividad (los casos le mantienen vivo), es un desastre a nivel social, es desaliñado, manipulador, observador, elocuente, mordaz, sarcástico, tocapelotas, de respuesta rápida, lengua viperina y, por supuesto, es un genio, lo que provoca que se la sude lo que de él puedan pensar los demás. Además, su gran apoyo, el doctor Watson, está a punto de abandonarlo para irse a vivir con su prometida. Watson es el contrapunto de Holmes, es más serio, más formal, más de guardar las apariencias delante de terceros, experto en la lucha con espada y con la estimable habilidad de dejarse complicar la vida por su amigo Holmes.

Dicen que las comparaciones son odiosas, pero les debo confesar que a mi estos nuevos Holmes y Watson me recuerdan una barbaridad a los doctores House y Wilson de la serie House. La cosa tampoco es que tuviera mayor relevancia si no fuera porque, y aquí viene lo curioso del caso, resulta que para confeccionar al personaje de Gregory House, precisamente, se inspiraron en Sherlock Holmes. Y ahora que toca, de nuevo, abordar el personaje del detective, en lugar de echar la vista hacia atrás para modelar la personalidad del nuevo Holmes, resulta que se fijan en el personaje del médico que, a su vez, ya viene siendo una adaptación del personaje clásico. Así pues, para crear al Holmes del siglo XXI han preferido adaptar una adaptación, en lugar de adaptar el original.

El director Guy Ritchie sigue intentando recuperarse de su profundo bache cinematográfico (algunos lo llamaron matrimonio con Madonna) del que ya empezó a asomar la cabeza con Rochnrolla. El escenario es el mismo de siempre, los suburbios de Londres, aunque en esta ocasión ha optado por cambiar de siglo. También ha cambiado de personajes, de estafadores de poca monta a sesudos detectives, pero casi todo lo demás sigue estando aquí, incluyendo la voz en off del protagonista y la cámara lenta para recrearse en los detalles.

Para encarnar a los protagonistas encontramos al estadounidense Robert Downey Jr., estupendo en su papel de Sherlock Holmes, haciendo lo que mejor sabe hacer (otra cosa ya es que sea lo mismo que ya hiciera en Iron Man, entre otras); y al británico Jude Law, como Doctor Watson. Los mejores momentos de la película suelen coincidir con ambos en pantalla, confirmando que la química existente entre ellos funciona. Además, en la película, también encontramos a la actriz Rachel McAdams (El diario de Noa, Vuelo nocturno), que encarna a la única mujer que le ha roto el corazón a Holmes (dos veces) y a Mark Strong (Good, La reina Victoria), como el malo de la función. En la película también aparece brevemente el personaje del profesor Moriarty, aunque jamás le podemos ver el rostro (suponemos que a la espera de saber quien lo encarnará, finalmente, en la secuela).

Los personajes tienen carisma y los actores saben interpretarlos con gracia; el director no arriesga en exceso y se queda a medio camino entre director florero de gran superproducción y sus pequeños tics (algo repetitivos) en los que intenta mostrar algo de personalidad; la ambientación del Londres de finales del siglo XIX resulta mucho más que convincente; y la trama, sin ser nada del otro mundo (dejándonos con la sensación de que se reservan lo bueno para la secuela) resulta medianamente entretenida. Hacia la mitad del metraje, no obstante, la cosa empieza a aburrir un poco (todo el rollo del matadero se me hizo pelín plomizo) y que, salvando la recreación de la época, los efectos especiales tampoco es que sean nada del otro mundo, ni mucho menos. Ya a pesar de todo, la mayor crítica que se le puede hacer a la película, es que en ningún momento se tiene la sensación de estar viendo algo nuevo, diferente o mínimamente arriesgado. Pero ese nunca fue el plan.

Resumiendo: Lavado de cara para el personaje de Sherlock Holmes. No esperen nada del otro mundo si esperan poder pasar las dos horas de metraje medianamente entretenidos.



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Precious (2009)


Los problemas crecen

Se ha hablado mucho del morbo que buscan muchas veces los medios de comunicación para buscar audiencia. Cuando se muestran vidas anónimas en programas de televisión se intenta, por encima de todo, emocionar de la manera que haga falta; y en demasiadas ocasiones esas vidas suelen ser tan miserables que se convierten en una clara exhibición de sus penurias para la simple atracción del espectador. Precisamente, la joven protagonista de la segunda película del director Lee Daniels, Precious, podría encajar perfectamente en este tipo de programas. Su historia corresponde a una de esas vidas realmente desgraciadas que muchos medios de comunicación querrían dar a conocer. Su padre la ha dejado embarazada dos veces (ya tiene un hijo y está a la espera de otro); su déspota madre le hecha en cara haberle quitado a su marido recriminándoselo a gritos; casi analfabeta, decide acudir a una escuela alternativa donde compartirá clase con otras chicas. Y durante el desarrollo de la película se irán descubriendo aún más detalles de la vida de Clareece Precious Jones (Gabourey Sidibe).


Pero aunque se pueda achacar a la película de querer utilizar esas carencias emocionales de la protagonista para encontrar la compasión emotiva del espectador, hay que decir que las escenas mejor conseguidas son las fuertes peleas con su madre (Mo'Nique). Es verdad que la historia es un dramón y que hay momentos muy incómodos de ver pero recordemos que está basada en una novela, Push, que se ha convertido en un best seller en los Estados Unidos, y que, según se dice, es mucho más dura que la película. Donde radica el problema, desde mi punto de vista, es la aportación de Lee Daniels. La manera de enfocar los pormenores de la trágica vida de la protagonista sí que puede resultar equívoca y en algunas ocasiones busca descaradamente la lágrima del espectador. Además, el director quiso introducir momentos de fantasía con los que sueña la protagonista para darle algún respiro a su vida atormentada. Esas imágenes optimistas de un mundo mejor en el que tiene a su lado a un chico blanco, como ella siempre ha deseado, recuerdan demasiado al formato de videoclip y su fusión con la realidad está lograda con efectos un tanto cutres. Y es que la fotografía es otro dato a tener en cuenta. Las escenas de la clase de la escuela alternativa son demasiado luminosas y si lo juntamos con la estética de la película, da la sensación de que en cualquier momento se van a poner a cantar, como si estuvieran en algún vídeo de Jennifer López. Eso contrasta con las duras escenas mencionadas de la madre, donde la fotografía oscura logra el ambiente deseado.


Llegado a este punto, hay que decir que lo más destacable de la película son las actuaciones de la debutante Gabourey Sidibe y Mo'Nique, ambas nominadas para los Oscars (en total son 6 las nominaciones a las que aspira la película). Pero también hay que mencionar a Maria Carey, que hace un papel correcto como asistenta de la seguridad social, y a Lenny Kravitz, que hace de enfermero. La película tuvo bastantes elogios el año pasado en el Festival de Sundance, cuando la película aún no tenía el nombre definitivo, llamándose Push: Based on the novel by Sapphire, pasando luego a Precious: Based on the Novel Push by Sapphire. Cuenta con la producción de la popular presentadora y muy poderosa Oprah Winfrey, un indiscutible apoyo para el buen curso que lleva la película, muy bien acogida también en Cannes y premiada en Toronto. En el Festival de San Sebastián obtuvo el Premio del Público y algunas espectadoras se acercaron con lágrimas a felicitar a la actriz protagonista, la debutante Gabourey Sidibe. Pero por mi parte, las buenas intenciones de la película se quedan simplemente en el buen trabajo de Sibide, con la ayuda de su voz en off para darnos a entender sus sentimientos. Por lo demás, Lee Daniels no consigue emocionarme ni tampoco impactarme, salvo con los momentos más duros en los que aparece su madre. Quizás es por eso que el final esperanzador de la historia me convenza aún menos.


"Un duro drama que muestra una vida desgraciada, con buenas actuaciones, pero con una dirección que deja mucho que desear, fallando en los momentos positivos de la historia"



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