La clase (2008)

Elprimerhombre, a raíz de tantas películas que se han hecho sobre alumnos en las aulas, siendo las peores las que provienen de Estados Unidos, no tenía muchas intenciones de ver La clase, de Laurent Cantet, una especie de docudrama en el que se intenta mezclar una realidad creíble con algo de ficción, que ganó la Palma de Oro en Cannes del año pasado, mostrando de forma muy acertada las dificultades de un profesor a la hora de influir en sus alumnos para que presten algo de atención.

No hay que ser un experto en educación para darse cuenta del cambio que ha habido con el paso de los años en la manera de ver y entender la figura del profesor. En las aulas ya no parece que tenga el poder de decidir ni de ser el más respetado. La importancia que antes tenía su papel como educador ha perdido toda su categoría tanto para los alumnos como para los padres de estos. Parece haberse quedado apartado de la confianza que siempre le había depositado la familia, siendo más creíble la palabra de un hijo que la palabra del mismo tutor. ¿Por qué habrá ocurrido esto? ¿Quién tiene la culpa? Las respuestas se podrían encontrar en la realidad de que algunos padres confunden la escuela como un centro de educación y no como un centro de enseñanza. La educación debería venir ya enseñada de casa.

A partir de aquí, con todos los problemas que esto puede abarcar, uno se da cuenta de que cualquier profesor inexperto puede sufrir fatales consecuencias, sobre todo ante casos tan rotundos como los que vemos en esta película. François Bégaudeau, actor protagonista que hace el papel del profesor de lengua y, además, profesor en la vida real, autor de la novela Entre les murs en que se inspiró esta historia, lleva cuatro años en el instituto de París donde ocurre todo y no es para nada un novato en la materia, demostrando sus claras intenciones a la hora de tratar de que sus alumnos, de unos catorce años de edad, le hablen con educación y sigan su clase con un mínimo de atención. Les forzará a que repitan las cosas para que les quede claro el respeto que deben tenerle. Pero no lo tendrá nada fácil. Sus alumnos, muchos de ellos inmigrantes bastante hartos de las materias que imparten, no tendrán muchas ganas de escucharle.

Esta postura de escoger a un solo profesor como eje de la historia es muy acertada. Laurent Cantet ha sabido trasladar a la pantalla la fuerza de un guión bien estructurado, con diálogos bien llevados y una dirección más que respetable. Todas las escenas de las clases están muy logradas, quizás también por el trabajo que hizo con los alumnos. Después de un año de estar con chicos de origen magrebí, subsahariano, chino o francés, en un taller de arte dramático junto a sus profesores y padres, el resultado está más que logrado. Lo único que se le podría reprochar a esta película es el cambio en el rumbo de la historia. El error que comete el profesor cuando la película está bastante avanzada y que, en parte, es el detonante de otra acción, en mi opinión es un tanto sorprendente y forzado, que choca con la naturalidad de lo expuesto hasta entonces. Se nota que es utilizado para darle un giro importante a la historia aunque después el director sabe bien cómo encauzar los hechos hasta el final de la película.

Toda esta rebeldía de estudiantes maleducados y pasotas es parte del retrato de las discordias entre profesores y alumnos que se ha querido proyectar en el cine en varias ocasiones. En este aspecto, es curioso el caso de Sidney Poitier que debe ser el único actor que ha hecho de alumno y de profesor en tres películas distintas. En 1955, Semilla de maldad pone frente a frente a Glenn Ford, veterano del ejército colocado como profesor de jóvenes indisciplinados, y a Poitier, que hace de estudiante afroamericano. Doce años más tarde será este último el responsable de educar a unos chicos desmotivados en un colegio de Londres en la famosa Rebelión en las aulas, con una secuela treinta años después que pasó directamente a la televisión. En 1995 y 1996, dos películas estadounidenses nos mostraron a dos ex-marines empeñados en imponer su ley sobre sus alumnos, Mentes peligrosas y El sustituto, interpretadas respectivamente por Michelle Pfeiffer y Tom Berenger. Se nota las semejanzas de estas dos películas, junto con la de Ford, a la hora de querer plantear quién es el más duro. Parece ser que los norteamericanos nos quieren decir que si tienes más mano dura o más mala leche puedes someter a quien sea a lo que quieras. Pues no creo que vayan por aquí los tiros. El cine europeo ha ido por otro camino a la hora de contar la realidad en las aulas, separándose por completo del espectáculo. Sin ir más lejos, algunos directores franceses han querido exponer sus opiniones sobre el papel de los profesores en la sociedad y en la importancia que tiene la educación y la enseñanza para los hijos. Bertrand Tavernier quiso dejar su grano de arena con la estupenda Hoy empieza todo, una película que retrata muy bien a un director de una escuela infantil en un barrio marginal, recalcando con dureza la vida de algunas familias, influyendo por completo en los hijos que no tienen ninguna culpa. Y qué decir del documental Ser y tener, del que hablaré la semana que viene, una visión majísima de la clase única en un pueblo rural, con una extraordinaria dedicación del profesor protagonista a sus alumnos de entre cuatro y diez años.

Pero quizás sea la película de Laurent Cantet una de las que mejor haya plasmado el problema de la educación. Que yo sepa es de los pocos ejemplos en el celuloide en los que se plantea también la opinión de los profesores. Vemos a algunos de ellos totalmente impotentes y desquiciados por la inútil tarea que creen que están haciendo, como la escena en la que un profesor llega a la sala donde se reúnen todos ellos bastante indignado y harto de la clase que le ha tocado. O el ejemplo del Consejo de Disciplina en el que es sometido un chico por su mala conducta, que nos sirve para conocer los métodos que se utilizan en los colegios o institutos para intentar solucionar algunos problemas.

En definitiva, una digna y necesaria película que explica muy bien el problema de la enseñanza hoy en día, con un inteligente guión y un buen trabajo de interpretación de todos sus protagonistas.

Un saludo!



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Limonada Joe o la ópera equina (Limonádový Joe aneb Konská opera, 1964)

De la Europa de las Nuevas Olas y de la mano de Oldrich Lipský, surge esta aproximación checoslovaca al western americano, una aproximación realizada mediante la parodia y la sátira, y que está pensada para rendir un disparatado homenaje al cine de vaqueros, haciendo especial hincapié en su etapa muda, aunque sustituyendo el clásico blanco y negro por una serie de llamativas gammas bicolor, con especial predominio del amarillo (limón). La película está situada a medio camino entre el arte y la broma, y es un cruce transgénico de western, comedia y musical, pero como suele suceder con la filmografía de este director, cualquier etiqueta se le queda corta.


La acción se sitúa en el Lejano Oeste, en Stetson City, donde hay un salón de whisky en que los hombres se emborrachan y las mujeres entonan canciones sobre entregar sus virtudes a misteriosos desconocidos. En ese escenario, repleto de humo y peleas, hace su entrada Limonada Joe, un pistolero que solo bebe (¿no lo adivinan?) limonada Cola-Loca y que es capaz de matar una mosca de un disparo. Antes de que alguien pueda decir Lucky Luke, el tipo ya ha evitado un atraco y enamorado a una rubia, de tal manera que pone de moda un nuevo local, el Cola-Loca Saloon, un lugar donde persiste la violencia y el caos, pero como mínimo la gente ya no se emborracha. Eso sí, el número de muertos aumenta, porque al ir serenos nadie falla un tiro. El pérfido amo del salón de whisky recurrirá a todo tipo de estratagemas para recuperar a su clientela y acabar con Joe.


Para recrear su peculiar versión del mundo del western, Lipský toma prestados los recursos propios de una fantasía animada. La violencia del filme resulta absurda y los personajes reciben nombres rimbombantes que definen sus personalidades, como Lou Tornado, Doug Badman o Ezra Goodman, a lo que hay que sumarle que Cola-Loca es un claro remedo de una popular marca de refrescos (a los de la Coca-Cola Company les deben estar pitando los oídos). El protagonista, por su parte, parece más un dibujo animado que otra cosa, y en un principio representa el bien sin ambages, mientras que sus oponentes son el claro reflejo del mal, aunque un mal bastante naïf y descafeinado.


Pero la película no se limita a la caricaturización de la mítica del western, sino que logra una deconstrucción de lo que históricamente ha significado el género en sí, y ahí es donde radica la genialidad de la obra. El cine estadounidense ha usado las películas del oeste para escribir su propia leyenda, relatando el proceso de formación de su país y haciendo exaltación de héroes que personificaban los valores culturales americanos. Y esto es exactamente lo mismo que hace Lipský, pero de una manera jamás vista y completamente desmadrada.


Poco a poco Limonada Joe se descubre como un personaje mucho más turbio de lo que cabría pensar en un principio, sus motivos se nos revelan interesados y el conflicto que se establece entre él y el amo del salón de whisky, desemboca en una mera lucha comercial, donde los clientes no son más que títeres manipulados a su antojo, toda una alegoría de la sociedad de consumo y el neoliberalismo. Cabe suponer que esta parábola americana ya existía en la novela y la obra de teatro en que se basa el filme, creaciones ambas firmadas por Jiří Brdečka, el guionista del largo, pero también es verdad que la historia parece predestinada a ser película, por su discurso autorreferencial y su tendencia al subrayado cinematográfico.


El cine de Lipský tiene algo de paradójico e imprudente, como si el director se lanzara a una idea sin paracaídas y sin saber muy bien cuál es el filme que persigue, demostrando siempre una mentalidad abierta y mucha valentía. Humor absurdo, gags visuales, slapstick, números musicales surrealistas y unos efectos especiales basados en el trucaje, son lo que se puede encontrar en esta disparatada ópera western, una comedia que funciona como una anatomía del American way of life contada para niños y todo un clásico de culto de la Nueva Ola checoslovaca.



La frase 1: “¡Señores! ¿Creen que el salvaje oeste será menos salvaje si ustedes llenan sus vasos con leche fresca o agua del grifo?”

La frase 2: “Defensor de la ley, vengador de los débiles y… representante de limonada.”

La frase 3: “Abriré una casa de mala reputación donde solo se venda limonada.”

La frase 4: “Lo que es bueno para Cola-Loca, es bueno para la ley.”

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Dragonball evolution (2009)

Buenos días, soy el jefe Dreyfus y hoy nos interesamos por una película que ha conseguido máxima unanimidad entre público y crítica. Eso sí, ¡en su contra! Vamos a meternos un poquito, solo un poquito, con Dragon Ball Evolution, que siempre viene bien desahogarse con un producto de estos... ¡Empezamos!

Goku es un adolescente que vive en una casucha en las montañas, con su abuelo, quien le entrena en el apasionante mundo de las artes marciales. Pero Goku baja a diario a la gran ciudad para asistir a clase, en el instituto, donde no es que sea precisamente el tipo más popular y, a pesar de los abusos de sus compañeros, jamás saca a relucir todo su poderío. Además, nuestro joven protagonista está perdidamente enamorado, en secreto, de Chi-Chi (la mujer, no el concepto) una de las chicas más populares del instituto, quien será capaz de ver en él algo más que el resto de sus compañeros de clase. En la historia también encontramos a un malo, llamado Piccolo, un tipo verde tirando a raro, enfrascado en encontrar siete bolas mágicas que, una vez reunidas todas juntas, tienen el poder de conceder un deseo. Su nombre, las bolas de dragón. No tardará Piccolo en cruzarse en el camino de Goku quien, con la ayuda de Bulma (quien también busca las bolas), el Maestro Roshi (con pelo, pero con revistas de chicas en bikini) y Yamscha (rubio para la ocasión) también emprenderá la búsqueda de las bolas mágicas, intentando reunirlas todas, antes que su enemigo.

Verán, yo tenía unos trece años cuando se estrenó la serie “Bola de drac” en tv3 y recuerdo perfectamente comentar con unos amigos el primer capitulo, al día siguiente, en la hora del recreo. Por aquel entonces todavía no conocíamos a Akira Toriyama, autor de la serie, pero si que teníamos claro que los responsables eran los mismos que los de la anterior Dr. Slump (con Arale a la cabeza). Poco después llegó el boom de la serie y el intercambio de fotocopias con los compañeros de clase (no se muy bien de donde salieron esas fotocopias pero rápidamente se extendieron por gran parte de la geografía, algunas de ellas aderezadas con un poco de picante). A medida que avanzaba la serie se iban alargando las tramas (hasta la saciedad en muchos casos) y menguando el humor, pero yo seguía fiel a la cita con los personajes. Más tarde llegó la edición en papel, llegó la segunda parte (Bola de drac Z) y la tercera (Bola de drac ZZ), con un Goku más entrado en años, con hijos, nietos y no se cuantas cosas más. Ya hacia el final llegó Bola de drac GT, la única que no he seguido porque la cosa ya se empezaba a salir de madre, con un Goku que volvía a ser pequeño (últimamente ha aparecido una cosa llamada Dragon Ball Kai que viene a ser una nueve reedición del Dragon Ball Z). Y ahora nos llega el segundo intento de llevar a los personajes a la gran pantalla, ya que hubo una primera versión que apareció directamente en las estanterías de los videoclubs de hace unos años y que se antojaba de cutre para arriba. Ahora me pregunto si realmente era peor que ésta.

El responsable de este producto infecto es James Wong, director de la peli y que anteriormente había dirigido Destino final y Destino final 3 (al parecer le dio un calambre en un pie y no pudo dirigir la segunda) y El único (con Jet Li dando patadas a diestro y siniestro). El hombre parece bastante más interesado en que la película nos recuerde más a Matrix que a la serie original. Estoy convencido de que cuando no sabía muy bien como afrontar una escena de la película optaba rápidamente por hacerla a cámara lenta, que eso siempre queda muy fino y elegante y se vende muy bien. Entre los actores destacaríamos, y es un decir, a Justin Chatwin (que era el hijo de Tom Cruise en La guerra de los mundos), Chow Yun-Fat (Ana y el Rey, Tigre y dragón, El monje, La maldición de la flor dorada) y James Marsters (Spyke en Buffy Cazavampiros).

Tiendo a ser una persona comprensiva y, precisamente por eso, puedo llegar a entender ciertas decisiones que se toman en la película. De manera que puedo entender que Goku empieze la película como un adolescente en lugar de un niño de unos diez años, que el malo sea Piccolo (aunque yo hubiera preferido al gran Pilaf que hubiera aportado un buen número de diversión), que hayan prescindido de la nube voladora, y que hayan obviado personajes como Ulong (el cerdo metamorfo), Pua (el bicho ese que acompañaba a Yamscha) y la tortuga gigante (del maestro Roschi). Incluso podría llegar a entender que Goku no sea un puto paleto sin contacto con el mundo exterior y que asista día tras día al instituto para hacerse un hombre de bien. Si señores, así soy yo, un ser comprensivo y el hijo que toda madre quisiera tener.

Pero lo que ya no puedo entender, de ninguna de las maneras posibles, y lo que provoca que me hierba la sangre cada vez que vuelvo a pensar en el gran montón de mierda apestosa y sin sentido que es este solemne bodrio, es que teniendo una serie tan popular y longeva con un montón de tramas y subtramas a las que poder agarrarse para realizar la película, no les haya salido de sus santos cojones hacer una cosa medianamente decente (que no digo yo que esto tenga que ser un maldito hito en la historia del séptimo arte, pero sí que por lo menos lograra entretener durante su, gracias a Dios, apenas hora y veinte minutos de duración). Lo que sucede, y eso es algo que se tiene que decir bien claro, es que a los responsables, en el fondo, se la sudaba la película, porque estaban convencidos de que hicieran lo que hicieran la gente acudiría enfervorecida a los cines, se tragarían lo que hiciera falta y luego ellos podrían vender los videojuegos, muñecos y demás merchandising de la película hasta que les petaran los bolsillos de los fajos de dinero.

Y es que la película es realmente mala, mala con ganas, mala hasta decir basta, mala hasta desear salir de casa a reunir por mi propia cuenta las siete bolas y pedirle al dragón que destruya la película y nos la borre de nuestras memorias. Y es tan mala porque en ningún momento logra interesar lo más mínimo, no consigue que el espectador conecte con ninguno de los personajes (me la suda el abuelo, me aburre Goku, me ralla Bulma, me da risa Piccolo y odio, odio, odio con todas mis fuerzas a Yamscha), la trama es tonta a más no poder (no es que parezca escrita para niños, es que parece escrita por niños) y luego está lo de los efectos especiales, que decir que son de vergüenza ajena es quedarse corto.

Resumiendo: He aquí la película que destruyó lo poco que quedaba de mi infancia y lo redujo a cenizas.



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Los espigadores y la espigadora (2000)

Elprimerhombre ha visto Los espigadores y la espigadora, de Agnès Varda, un curioso, bienintencionado y aclamado documental que muestra, de una forma original, el modo de vida de diferentes personajes que se dedican a recolectar en el campo lo que sobra de las cosechas y a recoger de las ciudades lo que se pueda encontrar por el suelo y en las basuras. Son los que la directora llama "los espigadores urbanos y rurales", algunos obligados por necesidad y otros por no querer despreciar lo que la sociedad tira.

Basándose en las pinturas de François Millet y Jules Breton sobre espigadoras, Varda nos introduce en un mundo en el que no hay desperdicio alguno que no sea aprovechado, dándose cuenta el espectador de la facilidad que tenemos los humanos de menospreciarlo casi todo, sin tener en cuenta las consecuencias de nuestro acto. Por ejemplo, toneladas de patatas son tiradas en el campo por tener un tamaño superior al recomendado para su comercio y ahí es cuando aparecen hombres y mujeres que por su situación económica o por el simple hecho de no perder una oportunidad, recogen las que están mejor, llevándose consigo cientos de kilos y dejando aún varios miles de patatas esparcidas a la intemperie. El problema de este asunto es que no muchos saben dónde se tira todo esto. Lo mismo ocurre en los supermercados. ¿Cuánta comida se arroja a la basura sin tener la dignidad de distribuirla o aprovecharla para los más necesitados?.

Y esto lo plantea muy bien la directora que sabe por donde tiene que seguir el curso de su investigación, utilizando hasta algunos magistrados para corroborar el hecho de que la ley está a favor de los "espigadores" o "recolectores", a los que a veces se les ha negado el paso a cosechas en las que han sobrado o no se pueden comercializar bastantes quilos de fruta o verdura. Por esto, valoro muy positivamente las intenciones de Varda, permitiéndose, a mi entender y con razón, el lujo de incluirse en el título del documental como "la espigadora", ya que utiliza lo que encuentra por el camino para plasmar su proyecto de forma coherente y divulgativa. En la pantalla vemos objetos curiosos o hallazgos soprendentes, como patatas en forma de corazón o un reloj sin agujas en el que es imposible que pase el tiempo, recogidos y guardados por ella misma. Eso sí, a veces el modus operandi de la directora choca por completo en el espectador. En algunos momentos, ella misma aparece en pantalla mostrándose como una espigadora o grabándose con una cámara digital, a la que por cierto elogia. También nos muestra sus manos arrugadas como el verdadero paso del tiempo pero que no parece tener mucho sentido para lo que nos quiere contar. Hasta cuando va en coche por la carretera intenta coger los camiones con la mano como para conseguir un efecto visual en el espectador pero que tampoco debería formar parte de lo que nos quiere mostrar, aunque resulte realmente algo original. Y qué decir de su olvido de apagar la cámara en una escena, dejándonos ver el movimiento, o como dice ella, "el baile del capuchón de la lente".

Aunque quitando estas curiosidades o simples puntos y aparte, durante todo el desarrollo de la historia conocemos diversos casos interesantes de gente que recoge electrodomésticos por la calle o hasta muñecas, que son la devoción de un hombre que se hace llamar "el albañil de la basura", y será en la última media hora del documental donde encontramos la mejor información y los dos mejores personajes de la película. El primero es un hombre con trabajo cuya filosofía de la vida es reutilizar todo y vivir con lo que se encuentra por las basuras. Le enerva que la sociedad tire la comida por haber pasado unos días la fecha de caducidad sin haberla probado antes, opinión que muchos no compartirán pero que tiene absoluta lógica. Pero el encuentro con la última persona del documental representa para la misma Varda y para un servidor de lo más sorprendente de todas las historias aquí expuestas. Un hombre que fue estudiante de biología trabaja vendiendo periódicos y revistas la mayoría de las veces delante de la estación de tren, y vive en gran parte recogiendo fruta y verdura que sobra del mercado. Por las noches, da clases a inmigrantes analfabetos en el albergue en el que vive sin cobrar ni un duro. Sencillamente son casos sorprendentes, maneras de vivir la vida, siendo una ética totalmente distinta de la mayoría de la gente que forma parte de la sociedad en que vivimos.

Antes de acabar, he de decir que dos años después de este documental Varda realizó una especie de secuela, que no he visto, en la que aparecían los mismos personajes. Y al ser este año la conmemoración de los cincuenta años de la Nouvelle Vague, habría que decir que algunos críticos consideran a Agnès Varda como la "abuela de la nueva ola". Fue además la esposa de Jacques Demy, autor de los musicales Los paraguas de Cherburgo o Las señoritas de Rochefort, gran representante de este movimiento que murió en 1990 y al que Varda ha dedicado algunos documentales, como la autobiografía bastante aplaudida que presentó el año pasado en el Festival de Venecia, Las playas de Agnès. Para algunos, la primera película de Varda, de 1954, representa "la precursora estilística de ese movimiento". Y Cléo de 5 a 7, de 1961, también se incluye dentro de la Nouvelle Vague por la manera de rodar las escenas y por mostrarnos una historia bastante fresca, en la que aparecía una de las actrices del movimiento, la bella Corinne Marchand.

En definitiva, Los espigadores y la espigadora constituye el paradigma de una forma de vivir respetable y fidedigna, en el que vemos el estilo peculiar de Agnès Varda.

Un saludo!



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Las malas lenguas (I)


« ¿No deberíamos clavarle una estaca en el corazón… Solo por si acaso?»

Comentario de Peter Lorre a Vincent Price en el entierro de Bela Lugosi.

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