El tren (1964)


El orgullo nacional


Las obras de los grandes pintores de la historia del arte tienen un valor casi incalculable. En las subastas se puja muchísimo dinero por ellas, superando muchas veces las cifras anteriores y marcando nuevos récords. Pero no todo el mundo tiene la noción de la verdadera importancia de esas pinturas. Algunos sí que ven belleza en ellas y un significado vital dentro de la cultura universal; pero a otros lo único que les interesa es la importancia que tienen en cuanto al valor monetario y no a su calidad artística. Esto se puede ver claramente en la muy entretenida película El tren, de John Frankenheimer, situada en la Segunda Guerra Mundial, más exactamente, en el 2 de agosto de 1944. Debido a la inminente liberación de París y de la llegada de los aliados en unos días, el coronel Von Waldheim (Paul Scofield) decide llevarse consigo para el Tercer Reich los mejores cuadros que se encuentran en el museo de Jeu de Paume de París, que son obras de varios autores relevantes del siglo XIX y XX, como Renoir, Gauguin, Picasso, Miró, Braque, entre otros. La responsable del museo no puede hacer nada para evitar que se los lleven, pero le queda un último recurso: pedir al inspector de zona de los ferrocarriles, Labiche (Burt Lancaster), que haga todo lo posible para impedir que el tren que lleva esos cuadros salga de viaje hacia Alemania. La difícil hazaña de conseguir que el tren no llegue a su destino será un trabajo arduo de varios hombres unidos para sabotear a los alemanes nazis y salvar el Patrimonio Nacional de Francia.


Al inicio de la película, una voz en off nos avisa de que los productores del film quieren "manifestar su tributo de admiración a los ferroviarios franceses cuyo magnífico espíritu y valor han inspirado esta historia". La verdad es que el mensaje queda claro en la película, con todo el heroísmo de los que participan en el sabotaje por el orgullo nacional de Francia, unos cuadros que para muchos de los que colaboran ni son conocidos; sólo lo hacen para que los alemanes no se lleven lo que no es suyo. El mismo Labiche se niega al principio a jugarse la vida de varios hombres por unos simples cuadros, pero, alentado por algunos de sus compañeros maquinistas y por un hecho fatal que ocurre, decide unirse y ponerse al mando del grupo de sabotaje.


Frankenheimer logra con esta trama un film lleno de intriga y de acción, bien dirigido y con un guión bien desarrollado, aunque utiliza el truco del zoom para destacar detalles fundamentales, dejando demasiado obvia la señal de atención para el espectador. El personaje del coronel está muy bien interpretado por Paul Scofield, dando órdenes a todo el mundo y desobedeciendo a sus superiores para conseguir que los cuadros lleguen a Alemania antes de que ataquen los aliados. Su particular guerra con Labiche es lo mejor de la película, con un duelo interpretativo de alto calibre. Burt Lancaster protagoniza todas sus escenas de acción y encarna a la perfección su papel de ferroviario. Con Frankenheimer trabajó también en Los jóvenes salvajes (1961), El hombre de Alcatraz (1962), Siete días de mayo (1964) y Los temerarios del aire (1969). También aparece la gran actriz francesa Jeanne Moreau en un papel crucial, pero que en algún momento perjudica al ritmo de la historia. Hay que destacar la buena fotografía conseguida por Jean Tournier y Walter Wottitz y la banda sonora de uno de los primeros trabajos del gran compositor francés Maurice Jarre, que murió en marzo del año pasado.


John Frankenheimer tuvo una carrera cinematográfica muy irregular, dividida prácticamente en dos etapas: en la primera destacan sus títulos más importantes, como las mencionadas El hombre de Alcatraz (1962) y Siete días de mayo (1964), o la interesante Yo vigilo el camino (1970); la segunda contiene títulos tan abominables como Tiro mortal (1989) o La isla del Dr. Moreau (1996).


"Un film muy entretenido ubicado en la Segunda Guerra Mundial, con una buena dirección de John Frankenheimer, una buena fotografía y un duelo interpretativo entre Paul Scofield y Burt Lancaster"



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Planeta prohibido (1956)


Shakespeare en el espacio.

Planeta Prohibido llegó a los cines justo cuando la ciencia ficción empezaba a superar su infancia, y por ello se beneficia de una maravillosa dualidad. Por un lado tenemos una aventura espacial sensacionalista y alocada, que se nutre de la fiebre por los platillos volantes y que conecta directamente con los miedos colectivos de aquellos días. Y por otro la película nos ofrece una madurez formal muy superior a la mayoría de los productos de la época, además de una notable armonía visual y cierta riqueza temática, debido a que la trama está elaborada a partir de La tempestad (1611), una pieza dramática de Shakespeare que el filme sitúa en un contexto futurista plagado de pistolas láser, robots, monstruos y cielos imposibles.


El relato empieza cuando un crucero espacial llega a Altair IV, un lejano planeta donde tiempo atrás se dio por perdida una expedición. El Comandante John J. Adams (Leslie Nielsen) contacta por radio con un superviviente, el Dr. Morbius (Walter Pidgeon), que le hace extrañas advertencias y le pide que regrese a la Tierra. A pesar de ello el Comandante sigue con su misión y una vez en el planeta conocen a Robby el robot, que los lleva en presencia de Morbius. Allí el doctor les relata cómo los demás integrantes de su tripulación fueron eliminados por una fuerza planetaria desconocida, y que solo él y su hija Altaira (Anne Francis), son inmunes a dicho poder.


Altaira es una atractiva joven aficionada a las minifaldas que ha crecido sin tener contacto con otros hombres y que siente mucha curiosidad ante la presencia de estos viriles aventureros espaciales, algo que despierta cierto recelo en su padre. Más tarde Morbius también explica sus estudios sobre los nativos extintos del planeta, los Krells, una raza alienígena muy avanzada científicamente y que desapareció inexplicablemente tiempo atrás, durante el transcurso de una fatídica noche.


La narración pasa por tres niveles tecnológicos distintos y cada uno de ellos pretende ser superior al anterior. Primero nos sitúa en el crucero espacial de los Planetas Unidos que se dirige a Altair IV, un hipervehículo capaz de rebasar la velocidad de la luz. Luego nos ubicamos en Villa Morbius, un lugar que se supone de una tecnología superior a la humana. Y más tarde descendemos al complejo subterráneo de los Krells, donde podemos apreciar la cumbre de esta civilización alienígena en todo su esplendor. La estructura in crescendo incluye un divertido error de apreciación que el espectador moderno no pasará por alto. Se cree que debemos asombrarnos con Robby y los demás ingenios mecánicos del hogar de Morbius, como el atomizador de basuras, pero sin duda todos palidecen ante una astronave capaz de lograr velocidades superlumínicas.


En el transcurso de esta escalada tecnológica se nos atormenta con sesudos e inconsistentes diálogos pseudocientíficos que pretenden dotar de peso a la acción, pero que fracasan alegremente en su cometido (¡Necesitaremos una fuerza motriz capaz de cortocircuitar la continua a 5 o 6 pársecs!). Y como contrapartida encontramos diversos momentos cómicos, casi todos a mayor gloria de Robby, destinados a aligerar la considerable carga dramática del filme. Pero lo que enriquece de veras el relato es la edípica relación entre el Dr. Morbius y su joven hija, no exenta de oscuras alusiones incestuosas. El subtexto sexual sobreviene el auténtico motor de un filme que, a la postre, materializa en su recta final una inquietante máxima; el sueño de la razón produce monstruos.


El encanto de Planeta Prohibido es sobretodo cuestión de forma, el director Fred M. Wilcox se empapa de los orígenes pulp del género y elabora un impecable diseño de producción, cuyos mecanismos no han perdido ni un ápice de sugestión. La ambientación retrofuturista es la principal baza de esta fantasía colorista y naif, donde la imaginación visual campa a sus anchas por espacios marcianos y mundos subterráneos, convenientemente arropada de una banda sonora íntegramente electrónica (la primera de la historia del cine, por cierto). Planeta Prohibido se aleja de lo real para elaborar una ópera espacial que explora el lado más maravilloso de la ciencia y que aun con sus defectos de fábrica, su alegre ingenuidad y esa dificultad inherente a la hora de sintonizar con el público actual, solo queda empañada por la presencia de un desangelado Leslie Nielsen, mucho más hábil en otro tipo de papeles (¡Frank Drebin, brigada policial!).


El filme causó furor en su momento, sirvió de inspiración a muchas películas y puso la semilla que más tarde originaría la famosa serie televisiva Star Trek (1966), un legado que curiosamente también se extendería al attrezzo. En La reina del espacio exterior (1958) por ejemplo, podemos reencontrarnos con los uniformes de los aventureros espaciales y con alguno de los modelitos de Altaira. Sin contar que Robby el robot se hizo tan popular que siguió apareciendo en pantalla, haciendo cameos en multitud de películas y series, como Perdidos en el espacio (1965-68), La dimensión desconocida (1959-64), La familia Addams (1964-66) o The Rocky Horror Pictures Show (1975), por nombrar algunos.



La frase: «Preparen sus mentes para una nueva escala de valores de la ciencia física, señores.»

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The blind side (2009)

La sierra es la familia.

The blind Side (Un sueño posible) es un film que consiguió importantes logros. La película se coló entre las diez nominadas a mejor película de la pasada edición de los premios Oscar, consiguió en la misma gala el de mejor actriz para su estrella protagonista, Sandra Bullock, y superó los doscientos cincuenta millones de dólares de recaudación en taquilla, convirtiéndose en uno de los títulos sorpresa del año pasado en EE.UU. No obstante, la película también ha logrado otros hitos dignos de resaltar, como el de convertirse en la película más asquerosamente falsa, blanda e insoportable de los últimos tiempos, capaz de lograr mi indignación en numerosos momentos de su extenso metraje, y el de colarse en el número uno de mi ránquing personal de películas basadas en hechos reales menos creíbles de la historia.

La película gira en torno a “Big Mike”, un orondo adolescente negro a quien le falta un hervor pero que resulta ser todo un portento en deportes, gracias a lo cual el chico logra ingresar en una escuela católica privada, donde tampoco acaba de encajar. El chico se ha quedado solo en el mundo después de ser separado de su madre (adicta a las drogas) y pasar por varias instituciones sin demasiada fortuna. Su suerte cambiará el día en que se cruce en su camino la familia Tuohy y decidan ofrecerle el sueño americano servido en bandeja de plata. La escena a la que me refiero es la siguiente: La familia adinerada viaja en coche bajo una noche lluviosa cuando ven a “Big Mike” cruzar la calle con una bolsa de plástico donde lleva su única muda de recambio. Rápidamente la madre (que como más tarde podremos comprobar es quien lleva los pantalones en la familia) le ofrece cobijo en su hogar. La sensación, viendo la escena, es de que la familia se ha encontrado a un cachorro abandonado bajo la lluvia y deciden quedárselo, pero resulta que en lugar de un cachorro se trata de un tipo negro de casi de dos metros que ya hace tiempo que empezó a afeitarse.

Lo que en principio iba a ser una estancia de una noche termina alargándose más de lo previsto, lo que comportará una serie de cambios tanto en el joven adoptado, como en la familia de clase alta. El primero deberá abrirse y aprender a confiar más en su nueva “familia” y los adoptantes recibirán unas valiosas lecciones de humanidad por parte del nuevo inquilino. Lo dicho se podrá apreciar en la siguiente escena: Es el día de acción de gracias y la familia ingiere comida recién adquirida en un super, sentados en el sofá de la casa, cada uno a su bola, mientras ven el partido de fútbol por televisión. De repente buscan a “Big Mike” pero nadie lo encuentra. ¿Donde està?, se preguntan todos. Al cabo de poco lo encuentran sentado solo en la mesa del comedor a punto de empezar a comer. En el siguiente plano vemos a toda la familia sentada junta en la mesa, con la tele apagada, cogidos de las manos, mientras dan gracias por los alimentos que están a punto de ingerir. Cabe advertir que dicha escena puede provocar un nudo en la garganta del espectador o, por el contrario, una potente arcada, como fue mi caso.

Como les contaba, el chico no es que sea el más espabilado de su barrio, pero resultará ser todo un portento jugando a fútbol americano, después de entrenar duro con su nuevo hermano pequeño, uno de los niños más odiosos de toda la historia del cine, se lo puedo asegurar. El problema es que para poder ingresar con una beca de deportes en una buena universidad deberá mejorar sus paupérrimas notas, por lo cual la familia (que llegados a este punto, ya no le viene de aquí), optará por ponerle una profesora particular al muchacho, quien intentará esforzarse al máximo para lograr los resultados deseados. A la vez, la madre y cabeza de familia, deberá hacer frente a las dudas que despertará la presencia del nuevo miembro de la familia entre sus más allegados, viéndose en la obligación de tener que cerrar más de una boca. En un momento del film una amiga de la madre le comenta que está cambiando la vida del chico, a lo que ella, muy segura de si misma y con la mirada perdida en el infinito le responde: no, él está cambiando la mía. Si llegados a este punto hubiera optado por salir a la calle armado con una escopeta y hubiera empezado a disparar a la gente de forma aleatoria, les aseguro que gracias a este diálogo hubiera podido alegar enajenación mental transitoria frente al juez y, seguramente, hubiera sido absuelto .

Éste miserable telefilm con ínfulas de grandeza está dirigido por el sr. John Lee Hancock (nada que ver, que sepamos, con la película de Will Smith), en su tercer trabajo detrás de las cámaras, habiendo dirigido anteriormente la también deportiva El novato, centrada en el mundo del béisbol y el western El Álamo: la leyenda. Para esta película ha contado con la estrella Sandra Bullock, en un papel donde intenta alejarse de su rol habitual en comedias románticas al uso y con Kathy Bates (Misery), en el papel de la profesora particular del muchacho.

Mucho se habló del Oscar a la mejor actriz que se llevó la Bullock por este papel. A Hollywood siempre le ha gustado premiar a sus estrellas más comerciales que, en un momento dado, optan por arriesgar un poco más (la puntita nada más) a la hora de encarnar un personaje. En ese caso, los melodramas acostumbran a ser la mejor opción para llevarse la estatuilla. Ni el papel que interpreta Sandra Bullock ni su interpretación merecen otra cosa que no sean bostezos por mi parte, a pesar de lo cual, finalmente logró llevarse el gato al agua.

The blind side resulta ser un producto francamente detestable, por tramposo y artificial. A pesar de estar basada en un hecho real nada en ella resulta mínimamente creíble. La historia, que empieza como un drama con todas las letras rápidamente da un extraño giro hacia una trama terriblemente domesticada y moñas con el fin de poder llegar al máximo número de público posible, que estará encantado de poder comprobar que existen las segundas oportunidades incluso para la gente más pobre, gorda y tonta del mundo. La película nos vende que sigue habiendo gente buena en el mundo (en los barrios adinerados, por supuesto, que en las afueras todo el mundo va armado hasta los dientes y fuma crack), lo importante del estamento familiar y de la fuerza de sus lazos. Pero la película, en todo momento, se queda en la superficie y no se atreve a rascar un poco para poder encontrar que se encuentra debajo, desaprovechando así sus más de dos horas de duración en una continua colección de bonitas postales en la que podemos ver como una familia rica invita a un pobre a su mesa, le viste y le enseña a creer en sí mismo para superar sus límites. Muy bonito todo, ciertamente, pero resulta frustrantemente vacío, tópico, fácil y transparente.

Resumiendo: The Blind side es, probablemente, el mayor montón de mierda que he tenido la desgracia de sufrir en mucho mucho tiempo.



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Fellini, ocho y medio (1963)


El gran manifiesto

Normalmente, cuando un cinéfilo mira un clásico que por A o por B nunca había visto antes se pueden producir varios hechos, entre ellos los siguientes: que de verdad crea que es una película gloriosa que corrobore tan alta categoría; que no piense que sea una historia tan brillante pero que contenga detalles absolutamente destacables; o que le resulte una decepción bastante grande por la calidad que le es atribuido al film en cuestión.

En esta ocasión, un servidor, que se considera un gran amante del cine, ha podido saborear por suerte, con mucho interés y entusiasmo, la primera sensación expuesta en el anterior párrafo (junto con Cecil B. Demente), gracias al visionado de una obra maestra indiscutible como es Fellini, ocho y medio (8 1/2) (1963), del irrepetible Federico Fellini. El hallazgo fue tan conmovedor que durante el desarrollo de la historia iban aumentando mis halagos, hasta tal punto de darme cuenta de que estaba viendo, sin dudarlo en ningún momento, una de las obras cumbres de la historia del cine.


Fellini, con todo su talento, consiguió un resultado espeluznante con este relato autobiográfico, lleno de tantos entresijos que parece mentira que pudiera dar coherencia a todas las escenas. El protagonista, Guido Anselmi (Marcello Mastroianni) de 43 años, no es otro que él mismo trasladado a la gran pantalla, un director de cine con bastante fama que se encuentra en un balneario para cambiar de aires haciendo una cura termal, tratando mientras de planear su próxima película. Durante su estancia intenta pensar en los detalles de la película, recibiendo la visita de su amante Clara (Sandra Milo), de su mujer Luisa (Anouk Aimée), con la que tendrá severas discusiones, y más adelante de su musa Claudia (Claudia Cardinale), con la que querrá hacer la película. Pero tampoco podrá evitar tener pesadillas y sueños en los que aparecen sus padres; recordará sucesos importantes de su infancia (como el personaje de la oronda mujer Saraghina, típico personaje felliniano que resultará ser una clara influencia para las películas de John Waters), mezclándose también fantasías como un harén donde están las mujeres que han aparecido en su vida.


Aún así, al principio Fellini no sabía qué profesión iba a tener el protagonista, pensando al final la figura del director y reconociendo al acabar la película que Guido era él mismo. Todo el drama de hacer una película conlleva al personaje a sentir la impotencia creativa y a que salgan a la luz sus secretos mejor guardados. Y en definitiva, los cambios de humor y las incertidumbres del personaje fueron los mismos que tuvo que soportar Fellini durante el rodaje. En algún momento el equipo no tenía las ideas muy claras sobre si el director sabía lo que tenía entre manos, quizá pensando en los rumores que corrían de que ya no tenía ideas después de realizar La dolce vita (1962). Además, el título definitivo del film fue elegido por Fellini en el último momento, después de haberse llamado La bella confesione o Film comico. Y es que, aunque el estado de ánimo de Fellini era más bien trágico, le interesaba mucho que la película fuese divertida, tanto que en la cámara se pegó un aviso: "No olvides que es una película cómica". Curiosamente, Ocho y medio es la primera película en la que el nombre de Fellini aparece junto al título en las letras de crédito.


Para el personaje de Guido, Fellini pensó primero en Alberto Sordi y Vittorio de Sica, pero al final tuvo que ser Marcello Mastroianni, con el que realizó seis películas en su carrera y con el que tuvo una relación muy especial, haciendo tonterías juntos en los rodajes y conociendo a sus familias respectivas. Mastroianni hace una interpretación memorable, como muchas de las que nos tiene ya acostumbrados. La gran fotografía de la película fue lograda por Gianni di Venanzo (con el que repitió en 1965 en Giulietta de los espíritus), con un blanco y negro excepcional. El responsable de la banda sonora, cómo no, fue Nino Rota, su músico desde El jeque blanco (1952) hasta su última colaboración en Ensayo de orquesta (1979), debido a la muerte del gran compositor.

Fellini tenía por costumbre grabar el sonido durante el proceso de montaje ya que le permitía cambiar en la historia lo que le pareciera necesario. Además, sentía que de esta manera daba más libertad a los actores sin que tuvieran que preocuparse de memorizar tanto los diálogos. Para la puesta en escena, dio rienda suelta a su talento y saber hacer, como ya se puede ver en la escena inicial de la pesadilla en la que Guido se encuentra en un atasco y en la escena que vemos por primera vez el balneario. Y lo que resalta más en la película es la importancia que da Fellini a todos los personajes que pasan por delante de la cámara, tanto principales como secundarios, obteniendo dinamismo en todas las escenas. En ningún momento la historia parece decaer ya que Fellini tiene varios ases guardados en la manga. Cuando uno menos se lo espera, aparece algún personaje que nos deja atónitos, como la escena nocturna en el balneario en la que está Guido con el productor y algunas de las actrices que quieren aparecer en su película y se ilumina el escenario para ver en acción a un prestidigitador y su ayudante Maya, una mujer que adivina mentalmente los objetos que él le transmite con la mente; la escena en que vemos al Cardenal en un ascensor o en la que las dos sobrinas de uno de los ayudantes de Guido aparecen únicamente durante unos minutos pero que son suficientes para dar un punto de humor a la historia.


Y siendo un clásico como es, la película de Fellini ha inspirado a muchas otras posteriores, como La noche americana (1973), de François Truffaut, All that Jazz (1979), de Bob Fosse, o Recuerdos (1980), de Woody Allen. Y en 1982 se estrenó un musical de Broadway, llamado Nine, que Fellini permitió pero con la condición de que en el cartel no apareciera ni su nombre ni el título de su película. Precisamente, el año pasado se estrenó en el cine una adaptación de este musical realizado por Rob Marshall, titulado con el mismo nombre, Nine, aunque sin obtener buenas críticas.

  
"Una obra de arte de Federico Fellini que comprende un grandioso retrato autobiográfico lleno de brillantes escenas, con un gran Marcello Mastroianni y una impecable fotografía"



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El hombre lobo (2010)


Un monstruo sin garra.

El hombre lobo es mi personaje de terror favorito, aunque el cine siempre insiste en que debo replantearme mis preferencias. La película realizada por John Johnston, el director de Roqueteer (1991), Parque Jurásico III (2001) o Hidalgo (2004), es un remake que capta con fidelidad el espíritu de la cinta original, lo que sería una buena noticia si no fuera porque el clásico de la Universal era ya de por sí muy malo. El lector puede revisar el Drácula (1931) de Tod Browning, El Doctor Frankenstein (1931) de James Whale y La momia (1932) de Karl Freund, y pasar un buen rato, pero nadie encontrará diversión en echarle otro vistazo a El hombre lobo (1941), una película cinematográficamente pobre y de escaso entretenimiento. La versión de Johnston es un trabajo estructurado en base a un objetivo: poner al día un filme a todas luces obsoleto, lo mismo que sucediera con el remake de Ultimátum a la tierra (2008), por ejemplo. Pero si en aquella ocasión encontramos una cinta moderna dotada de ciertos elementos anacrónicos, aquí tenemos un filme con algunos elementos modernos, pero principalmente anacrónico.


El diseño del hombre lobo conserva en gran medida su look clásico, y el seis veces ganador de un Oscar, Rick Baker, ha hecho una gran labor devolviendo el personaje a sus raíces y sacando partido de las míticas iconografías desarrolladas por la Universal y la Hammer. Pero el resultado no cuaja en el contexto de una cinta de terror moderno, el monstruo se ve pequeño en pantalla y no es la presencia amenazadora que uno desearía, sin contar que cuando se recurre a los efectos infográficos para dotarle de vida y movimiento, estos cantan a la legua. Recuerdo una escena de Aullidos (1981), aquella supuesta cumbre del género, en que dos personajes hacían el amor delante de una fogata y se transformaban en hombres lobo. El director Joe Dante siempre ha sentido propensión a mezclar terror y cartoon, y en aquella ocasión recurrió a sobreponer dibujos animados para mostrar al lobo de cuerpo entero. Ha llovido mucho desde entonces y hoy el truco se ve ingenuo y poco audaz, pero no se aleja demasiado del efecto que produce un filme como el de John Johnston, donde el monstruo carece de peso, se mueve de forma poco natural y tiene evidentes problemas para ocultar su origen animado.


La película también posee una encomiable labor de producción, el cine de terror de la Universal tenía una marca estilística muy definida que el filme ha magnificado mediante una recargada y lúgubre ambientación de cuento victoriano. Las localizaciones son impecables, tanto las del pueblo como las del oscuro y frondoso bosque, o las de la ominosa mansión donde se sitúa gran parte de la acción, repleta de enormes y olvidadas habitaciones. La película nos remite a toda esa imaginería mitopoyética que relacionamos con el personaje; atmósfera de pesadilla, primeros planos de la luna llena, pasadizos secretos, criptas, candelabros, maldiciones, niebla… El golpe visual es de veras interesante, pero carece de intención y cae en saco roto.


El contraste entre clasicismo y modernidad, maquillaje y efectos especiales, romance y gore, personajes trágicos y arrancamientos de miembros, debería ser la principal baza de un filme enérgico y valiente, y sin embargo la película se asfixia oprimida por los clichés de ambos mundos y por sus ínfulas de seriedad. El problema principal es que el hombre lobo, piedra angular del relato y un personaje del todo fascinante, aquí aparece falto de garra. Su presencia languidece en un juego de artificio que no destila ni magia ni terror, y donde la trama avanza de manera lineal y previsible, cometiendo el error de explicarse demasiado a sí misma, algo imperdonable en una cinta de misterio. El filme renuncia a la posibilidad de impacto en la conciencia del espectador y nunca asume riesgos, derivando hacia los abismos del cine fantástico sin fantasía.



La frase: «He visto lo que hace un oso y un tigre de Bengala, lo más salvaje de la naturaleza, pero jamás había visto algo así.»

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