El retrato de Dorian Gray (2009)

La arruga es bella.

Se hace muy complicado analizar una película basada en una novela que se ha leído un servidor, por aquello de que siempre se tiende a comparar el resultado cinematográfico final con el original literario. Lo dicho debe multiplicarse por dos en el caso de que el libro le haya gustado mucho a uno, y por tres, en el caso de que, además, el libro resulte ser todo un clásico literario, como corresponde a la cinta que hoy nos ocupa. A pesar de ello, en estos casos, siempre procuro analizar las películas de forma independiente, intentando no compararlas con sus originales, por aquello de tratarse de géneros totalmente distintos, incluso en casos en los que, como ocurre con esta nueva adaptación de El retrato de Dorian Gray, se deba hacer todo un auténtico tour de force, debido a las numerosas licencias creativas que se toman los responsables de la película.

Entiéndanme, puedo llegar a entender que la película no se recree en los jardines de la casa del protagonista, como si se hace en el libro (de hecho, ni siquiera aparecen en la película), pero lo que verdaderamente me cuesta de entender es que se alargue, de forma un tanto extraña, su recta final o que se haya optado por incorporar nuevos personajes con un peso más que relevante dentro de la trama, que ni siquiera aparecían en la novela.

La película empieza con la llegada a Londres de Dorian Gray, un joven con una pinta de pardillo que dan ganas de correrlo a collejas desde el andén de la estación hasta su propia casa. Su huraño abuelo ha fallecido y el muchacho regresa a la capital para tomar posesión de todos sus bienes recientemente heredados. Su nueva posición social le permitirá asistir a las fiestas de la alta sociedad de la época, donde rápidamente entablará amistad con Harry, un vividor adicto a los variados placeres de la vida que, poco a poco, irá introduciendo al apuesto Dorian en su mundo de vicios y depravación.

Si duda Harry es un tipo que sabe vivir la vida al límite, no obstante, lógicamente, es incapaz de detener el inexorable paso del tiempo, algo que sí conseguirá Dorian Gray, a quien se le concederá su deseo logrando permanecer joven y bello para siempre, a la vez que irá profundizando cada vez más en el oscuro mundo de Harry. Dorian no envejece, pero si lo hará un retrato suyo pintado por su otro gran amigo, Basilio Hallward, a quien no le gustará la nueva forma de comportarse de su compañero. A medida que el alma de Dorian vaya corrompiéndose cada vez más, su retrato irá cambiando convirtiendo lo que en su momento fuera belleza, en una decrepitud monstruosa.

Nueva adaptación para la gran pantalla de la popular novela de Oscar Wilde, en esta ocasión con Oliver Parker detrás de las cámaras, quien, anteriormente, ya había adaptado en un par de ocasiones al autor, con las comedias Un marido ideal (1999) y La importancia de llamarse Ernesto (2002). Para los personajes principales, Parker, ha contado con el joven Ben Barnes (Las crónicas de Narnia: El príncipe Caspian), que interpreta a un Dorian que gana en credibilidad a medida que avanza la película y se le va corrompiendo el alma; Colin Firth (Un hombre soltero), como Harry, demostrando, una vez más, su solvencia como actor y convirtiéndose, con cierta facilidad, en el mejor de la película; Rebecca Hall (Vicky Cristina Barcelona) como uno de los amores de Dorian, metido con un más que enorme calzador dentro de la trama; y Ben Chaplin (Oscura seducción), como el autor del retrato maldito y amigo del protagonista.

Lo cierto es que la película empieza mejor de lo que me esperaba. La ambientación del Londres de la época es correcta y la dirección de Oliver Parker convierte la ciudad en un lugar sombrío y lleno de pecados. La película, no obstante, avanza bastante a medio gas en su mayor parte de metraje, sin resultar nada del otro mundo, aunque pueda resultar medianamente pasable (evidentemente nada que ver con la gran obra de alcance mundial que es el libro). Hacia el final, lamentablemente, la película termina por írsele de las manos al director, añadiendo subtramas que no vienen a cuento de nada, que hacen mayor daño que bien a la historia y llegando a un clímax final que provoca cierta vergüenza en el espectador, concluyendo el espectáculo con una resolución mal planteada y peor resuelta. Al final uno termina con la sensación de que es una lástima que se hayan cargado la película por un cúmulo de malas decisiones que pesan en exceso en contra del film.

Resumiendo: Pasable, tirando a mediocre, adaptación de un brutal clásico literario, con una recta final francamente mala que termina dejando un amargo gusto en la boca del espectador.



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Grandes monólogos cine (IX)



Monólogo de Gloria Swanson en la famosa escena final de El crepúsculo de los dioses (1950), obra maestra de Billy Wilder.

"No puedo continuar con la escena, estoy muy contenta. Sr. DeMille, ¿le importa que diga unas palabras? Gracias. Sólo quiero decirles a todos cuánto me alegro de estar otra vez en el estudio rodando una película. No saben cúanto los he echado de menos. Y prometo no volver a abandonarles, porque después de "Salomé" haremos otra película, y después otra. Esta es mi vida, siempre lo será. No hay nada más, sólo nosotros, las cámaras y toda esa gente maravillosa en la oscuridad. Sr. DeMille, estoy preparada para mi primer plano"

Las malas lenguas (XVI)


«Fui pasando de colegio en colegio debido a mis problemas de conducta. Una maestra hasta me presentó diciendo: Clase, hoy tenemos un alumno nuevo. Se llama Sylvester como el de los dibujos. Así que os podéis imaginar lo que el resto del curso tuve que aguantar: ¡Hola Piolín! o ¿Que pasa lindo gatito? Que agradable ¿verdad? Fue muy reconfortante. Cuando volví a casa mi padre me enseñó a ser fuerte físicamente.»

«El único artista alegre es el artista muerto, porque sólo entonces no puedes cambiar. Después de que muera, probablemente volveré como en forma de pincel. »

Comentarios de Sylvester Stallone, actor de destrucción masiva.

El libro de Eli (2010)

El bueno, el feo y el libro.

Existe una estrecha relación entre el cine post-apocalíptico y el western. De hecho, muchas películas de temática post-apocalíptica no dejan de ser cintas del Oeste convenientemente disfrazadas para la ocasión, sustituyendo los caballos por chatarra tuneada a modo de transporte y a los indios salvajes por zombies/infectados/mutantes/caníbales a los que mejor ni acercarse. Algunos de los ejemplos que le vienen rápidamente a uno a la cabeza, ni siquiera se esfuerzan en disimularlo: Mad Max, Mensajero del futuro o Resident Evil: Extinction, son buenas muestras de ello. Una de las que recientemente se ha apuntado a engrosar la lista, de forma muy obvia además, es El libro de Eli.

La peli empieza presentándonos a nuestro prota, Eli, un tipo solitario, con nombre de chica, que sobrevive en un mundo hostil y post-apoclíptico en el cual la humanidad se ha visto drásticamente reducida en número, y en el que nuestro héroe sobrevive a base de papearse gatos callejeros. Eli tiene un objetivo claro: debe viajar hacia el Oeste, sin tener muy claro que espera encontrar allí una vez consiga llegar. Aunque, como suele suceder en este tipo de productos, el camino está lleno de peligros, la comida y el agua escasean y uno no debe fiarse ni de su propia sombra. De hecho, al poco de empezar la cinta, Eli ya cae en una especie de emboscada. Por suerte para la trama el tipo soluciona la difícil papeleta con una frase molona en plan “si me vuelves a tocar vas a perder la mano” y una serie de rápidos movimientos que ni Son Goku pasado de speed.

Se podría decir que Eli es una de esas personas que, a pesar de estar evitando de forma continuada meterse en líos, siempre termina en medio en todos los fregaos. Después de la emboscada que les contaba, el tipo sigue caminando, rumbo al Oeste, hasta que llega a un pueblo, que ha ido creciendo en medio del desierto, controlado por un tipo con unas pintas de ser el malo de la función que tira para atrás y que, a su vez, es el jefe de un grupo de pandilleros con más pintas de malos, si cabe. Evidentemente, Eli, no tardará mucho en empaparse de la hospitalidad del lugar y hacer nuevas amistades. A todo esto, resulta ser que el tipo malo que tiene pintas de mandar mogollón está buscando un libro en concreto que, según él, le abrirá las puertas del éxito (como si no le bastara ser el mandamás del pueblo), libro que dará la casualidad de que está en posesión de nuestro héroe post-apocalíptico (vaya por Dios). Como ustedes ya habrán advertido, Eli no está mucho por la labor de darles el libro por las buenas, lo que provocará que los chungos quieran adjudicárselo por las malas.

La película está dirigida por los hermanos Albert y Allen Hugues, quienes en el año 2001 ya realizaran Desde el infierno, la difícil y fallida adaptación de la novela gráfica de Allan Moore y Eddie Campbell. Su dirección no aporta nada nuevo al género: paisajes estériles, carreteras destruidas, cielos digitalmente encapotados y luchas a lo Matrix, son el signo de identidad de la cinta. En esta ocasión han contado para el reparto con Denzel Whasington (Día de entrenamiento, John Q, American gangster) como protagonista; Gary Oldman como malo oficial (papel que suele interpretar una y otra vez desde que ya ejerciera como tal en Leon, el profesional) y Mila Kunis (de la serie Aquellos maravillosos 70) como la chica que se pega al prota y lo acompaña en su camino. Ninguno está especialmente bien ni especialmente mal. La interpretación de Whasington no requiere grandes alardes (apenas se mueve o gesticula si no es para luchar), Oldman interpreta una vez más al malo tirando a histriónico que ya nos empieza a tener acostumbrados y Kunis, básicamente, funciona como comparsa y poco más.

La película podría definirse, básicamente, como torpe. Realmente no aporta nada nuevo en la mayor parte de su metraje. Nos conocemos, los escenarios, nos conocemos los personajes (planos a rabiar), nos conocemos la situación, nos conocemos las luchas e, incluso, nos conocemos prácticamente el desenlace. Ni siquiera cuando la película busca dar un giro de guión se logran salvar los muebles, debido a que todo el conjunto termina resultando sobado y facilón, por mucho que en algún momento vaya de solemne y trascendente, regalándonos una grandilocuente moraleja final que provoca la risa en un producto de estas características. Realmente lo mejor que se puede decir de la película es que resulta ligera en su mayoría, con un ritmo pasable que evita que el espectador termine por cortarse la venas.

Resumiendo: Western disfrazado de cine post-apocalíptico que no aporta nada nuevo y que resulta de rápida digestión y posterior olvido.



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Punishment Park (1971)


Camino hacia el infierno

Desde el 14 de abril hasta el 9 de junio, el MACBA (Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona) dedica un ciclo al director británico Peter Watkins, considerado el pionero del docudrama y del falso documental. Esta retrospectiva revisa toda su filmografía, tanto para el cine como para la televisión, en la que básicamente ha recreado hechos históricos reales y ficticios con actores no profesionales, utilizando la voz en off y la cámara en mano para darle mayor autenticidad a los hechos que ha querido mostrar. Su forma de rodar se acerca mucho al periodismo televisivo para dar más credibilidad a las escenas, haciendo además entrevistas a los personajes que se ven inmersos en la trama.

Su primer largometraje, Culloden (1964), es la primera película de la historia del cine que representa un hecho histórico (en este caso, La batalla de Culloden) realizado como si fuera un reportaje televisivo. En el documental The War game (1965), Watkins se imagina las consecuencias de una guerra nuclear, entrevistando tanto a la gente experta como a los transeúntes; aunque debido a la dura crítica hacia la política gubernamental y a la crueldad de las escenas, la BBC, que en un principio había encargado el proyecto, prohibió su retransmisión por televisión durante veinte años. Aún así, cuando se estrenó en cines recibió varios premios, entre ellos el oscar al mejor documental.


En 1971 filmó Punishment Park, un tremendo documental en el que se plantea la posibilidad de si entrara en vigor la Ley McCarran de 1950, en la que el presidente de los EEUU tiene el derecho de declarar el estado de urgencia sin la aprobación del Congreso, con el consecuente derecho de detener a cualquier individuo que se considere sospechoso de complot contra la seguridad interna del estado. Todos los detenidos serían interrogados por un tribunal, sin tener la opción de libertad bajo fianza, con la única posibilidad de elegir entre ser encarcelados o pasar unos días en Punishment Park, un desierto en California del Sur.

En la película, los que deciden trasladarse a Punishment Park, disponen de tres días y dos noches para alcanzar una bandera de los EEUU que se encuentra a unos 85 kilómetros de donde están. En ese lugar, deberán esperar hasta las diez de la noche del tercer día para ser liberados (si no han sido capturados con anterioridad). Para motivarles, ya que la temperatura a la que van a someterse podría llegar a los 45 grados durante el día, se les comunica que a mitad de camino encontrarán agua potable. Sin embargo, parte de la horrible condena conlleva a que pasadas las dos horas desde el inicio del recorrido, la policía comenzará a perseguirles, no permitiéndoles escapar de los límites del camino planeado (aunque con la prohibición de golpearles e impedirles a que lleguen a su destino), complicándose la situación debido a unas circunstancias que producirán un aumento del odio entre ambos bandos. Además, durante el tiempo que tienen que esperar los policías para ir tras ellos, el sheriff les enseña diferentes armas que pueden utilizar para disparar si es necesario, algo que hace aumentar las sospechas de que algo no muy bueno puede deparar a los que corren en el Punishment Park.


Con esta interesante premisa y con la guerra de Vietnam de transfondo, Peter Watkins usa el recurso de la voz en off y divide el documental en tres secuencias paralelas: el grupo que corre por Punishment Park, los policías que los persiguen y otro grupo que es interrogado por un tribunal de urgencia. Este último grupo de jóvenes pacifistas es acusado también por complot contra la seguridad del estado. En él se encuentran un periodista de radio y activista político, un cofundador del Comité contra la guerra y la represión, una cantante y compositora y unos cuantos objetores de conciencia. Todos ellos defienden su causa y no paran de meterse con el sistema y de hablar de la injusticia de las guerras. Y como hizo con sus anteriores trabajos, Watkins utiliza las cámaras de televisión para filmar los sucesos, consiguiendo de esta manera una mayor verosimilitud, con una tensión casi palpable en el cargado ambiente debido a gritos e insultos entre los acusados y los miembros del tribunal.

Watkins utiliza también muy bien las severas imágenes del desierto, en las que se siente verdaderamente el calor agotador que deben pasar los acusados, anunciando el narrador a cada rato la temperatura a la que se encuentran. Pero lo que se le puede achacar a este documental es que se hace un poco largo, dando la sensación de que las imágenes de los que huyen por el desierto se repiten demasiado, no creyéndote tampoco que vayan respondiendo a todas las preguntas que les hacen los periodistas durante el recorrido. Y el final, aunque contundente y en parte acertado, se alarga también un tanto. Aún así, Watkins consigue aportar su granito de arena, criticando a la policía, al gobierno y a todo su sistema, provocando opiniones diversas al respecto.


"Punishment Park es un más que interesante falso documental que logra sorprender por la autenticidad de sus imágenes y por descubrir una historia que, si se hiciera realidad, pondría los pelos de punta a cualquiera"



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