«Creo que el matrimonio gay es algo que debería suceder entre un hombre y una mujer.»
«El dinero no da la felicidad. Ahora tengo cincuenta millones pero ya era feliz cuando tenía cuarenta y ocho.»
«Yo admiraba a Hitler… siendo un hombrecillo con poca educación formal llegó a la cima del poder. Y lo admiro por ser tan buen orador, y por su forma de llegarle a la gente, y demás.»
Comentarios de Arnold Schwarzenegger, político de acción y actor de derechas.
Esta “Alicia en el país de las maravillas” no es “Alicia en el país de las maravillas”. Me voy a expliar, más bien vendría a ser un “Alicia en el país de las maravillas” revolution, reloaded o como ustedes prefieran, porque, Tim Burton, en lugar de contarnos la historia que ya conocíamos (y que dio origen a la película de animación de la Disney) llevándola a su particular y personal visión, lo que ha hecho es coger a los personajes originarios de la novela de Lewis Carroll y contarnos lo que les ha sucedido unos años después. Rápidamente a uno le viene a la cabeza el fallido experimento de Steven Spielberg que terminó siendo Hook. Dejando de lado si era o no necesario recuperar a los personajes clásicos y su mundo de fantasía para contarnos una nueva aventura, lo cierto es que la película de Burton ha terminado resultando bastante superior a la de Spielberg que, por otro lado, era un absoluto mojón.
La película empieza presentándonos a esta nueva Alicia, una chica de diecinueve años que apenas recuerda su viaje al país de las maravillas, diez años antes, identificándolo con una especie de sueño recurrente. Como la chica ya está en edad de merecer, su familia la ha medio prometido con el tipo más soso de la capa de la tierra (por muy lord que sea, nada menos). Alicia, viendo la que se le viene encima, se escaquea huyendo tras un conejo blanco al que, parece ser, que nadie más puede ver. Al igual que en su primera visita, Alicia caerá por una madriguera y deberá encogerse para poder cruzar una pequeña puerta que le lleve hasta el país de las maravillas. Resulta curioso que esta primera vez que Alicia encoge, aparece con un nuevo vestido, hecho a medida, debajo del otro vestido que le ha quedado enorme. La cosa es rara, pero más rara se volverá cuando, en posteriores mutaciones de tamaño, no aparezca ningún otro vestido acorde con el nuevo tamaño. ¿Es este, acaso, el país de las maravillas de la alta costura?
Total que Alicia llega de nuevo al país de las maravillas, pero los personajes que allí habitan no acaban de tener del todo claro si es la misma Alicia que ya les visitara diez años atrás o no, a la vez que ella es incapaz de recordar. El caso es que la han traído de vuelta porque la necesitan para luchar contra la malvada reina roja, a quien pretenden derrocar, en favor de su cándida hermana la reina blanca. A medida que Alicia vaya adentrándose más en este mundo de fantasía, irá recordando quien es y cual es su misión en toda esta historia.
Tim Burton (quien en los últimos años ha mostrado una trayectoria de lo más irregular), para esta nueva aventura cinematográfica vuelve a contar con sus dos actores habituales: Johnny Deep, que interpreta al sombrerero loco (maquillado como el cantante de un grupo punk moñas de los años '80) en un papel pasable, aunque en un momento en que se marca un ridículo baile a uno le entran ganas de arrancarle la piel a tiras; y Helena Bonham Carter, como la reina roja (de gran cabezón), fantástica tanto en su caracterización como en su interpretación de niña mimada, que termina por convertirse en la gran sensación de la película. Además, en la cinta también encontraremos a Anne Hathaway, como la pava de la reina blanca (que con su tez pálida, el pelo decolorado y las cejas negras me recordaba a la Marta Sánchez de la época de Olé Olé); y a Mia Wasikowska, como Alicia, correcta aunque en ocasiones tienda a gesticular menos que un tronco.
Caben destacar, también, el gran número de personajes animados que pueblan la cinta, como los fantásticos soldados de la reina roja, el bicho peludo a topos que ataca a Alicia al poco de llegar al país de las maravillas (que me recordaba poderosamente al de Monstruos S.A. con el moquillo), la liebre, que más que de café parece que vaya de speed, la oruga que fuma en pipa convertida en una especie de maestro Yoda, el conejo que llega tarde a todos lados, los gemelos incapaces de ponerse de acuerdo o el gato de Cheshire, que conserva intacta su capacidad de evaporación, aunque termine resultando mucho menos enigmático que en el original.
Quizás porque había oído cosas absolutamente terribles de esta nueva aproximación al universo de Lewis Carroll, lo cierto es que me esperaba lo peor. A la hora de la verdad, la cosa no fue para tanto. La película, en su global, se me hizo entretenida, con el sello de la estética Burton presente en buena parte del metraje y con una reina roja en estado de gracia (que sigue con sus buenas costumbres de jugar a golf con flamencos en lugar de palos y erizos en lugar de pelotas). A pesar de todo, soy consciente de sus defectos, que los hay, no nos engañemos: los personajes buenos no están a la altura de los malos (algo habitual, por otra parte, en la filmografía de Burton), la película decae hacia la mitad y es inevitable tener la sensación de que todo lo que se está viendo es absolutamente innecesario y que se lo podrían haber ahorrado dedicando su tiempo y trabajo a proyectos más oportunos. Además, como no, la película también ha llegado a las salas en 3-D, técnica que aprovecha el señor Burton para conseguir mayor profundidad en sus planos marca de la casa y que a poco que se ponga a ello, terminará dominando como pocos y logrando sacarle un gran provecho.
Resumiendo: Película entretenida con una gran reina roja que, no obstante, no evita el hecho de que sigamos pensando que esta continuación de las aventuras de Alicia, no era necesaria.
Basada en hechos, lugares y personas reales, la última película del director kurdo-iraní Bahman Ghobadi, Nadie sabe nada de gatos persas, profundiza en el tema de la prohibición total en Irán de la música procedente de occidente, con una carga reivindicativa del derecho a la libertad de poder hacer la música que uno quiera. Para ello, Ghobadi quería explicar una historia de dos cantantes lesbianas pero conoció a una pareja de jóvenes músicos, Ashkan Koshanejad y Negar Shaghaghi, a los que pidió que antes de que se marcharan a Londres protagonizaran su película (parte de su caso es el mismo que se explica en la película). La historia fue escrita por Ghobadi en dos días y el rodaje duró unos dieciocho, poco antes de que estos tuvieran que partir. La historia es la de un chico y una chica que acaban de salir de la cárcel y quieren formar un grupo de rock indie, pero conseguir los permisos para hacer un concierto en Teherán es casi una utopía. Él desea salir de Irán porque quiere hacer música de verdad, pero tendrán que buscar unos pasaportes y visados para poder marcharse. Con la ayuda de un tal Nader (Hamed Behdad), un tipo que les hace tanto de mánager como de productor, intentarán escaparse de su propio país.
Dirigida como un documental mezclando el formato de videoclip musical, Ghobadi ha querido mostrar su opinión crítica sobre la prohibición de algo que tanto le apasiona, la música. Algo que ya quedó claro en su anterior trabajo, Media luna (2006), donde el protagonista, un músico llamado Mamo, consigue por fin el permiso para dar un concierto en el Kurdistan iraquí. En la historia también aparece una aldea de mil trescientas mujeres exiliadas a las que se les prohíbe en Irán cantar en público, sobre todo delante de los hombres. Y es que desde hace unos treinta años, la música occidental ha sido prácticamente prohibida por las autoridades iraníes, habiendo miles de bandas que intentan hacer su propia música a escondidas. Hasta el mismo Ghobadi ha tenido problemas en muchas ocasiones para obtener permisos para realizar sus películas, de ahí que aparezca al inicio de esta película cantando en un estudio como claro mensaje reivindicativo. También fue encarcelado por haber criticado al presidente del país, Mahmud Ahmadineyad, y sus películas se pueden ver en su país únicamente de forma clandestina. Ahora vive entre Irak, Alemania y EEUU.
Sin embargo, aunque sus intenciones para esta película sean bastante acertadas y muy necesarias, Ghobadi falla a la hora de darle un hilo argumental a la historia. Lo mejor de la película son las buenas canciones de la banda sonora, aunque no están muy bien unidas con la historia, sirviéndole únicamente a Ghobadi para hacer vídeos musicales mostrando imágenes de Teherán. Eso sí, el espectador puede disfrutar tanto de música indie, como heavy metal o rap persa. Lástima que el resultado no haya sido tan interesante como la propuesta. Quizás Ghobadi tenga que volver a sus películas dramáticas, o más bien trágicas como Las tortugas también vuelan (2004) o Un tiempo para los caballos borrachos (2000), con sus frecuentes toques de humor. En esta película encontramos un leve atisbo del humor de sus anteriores películas, pero poco o nada del acierto cinematográfico.
"Floja historia narrada en modo documental, en la que destacan las intenciones de Bahman Ghobadi y la buena banda sonora"
Nueva York está entre las aglomeraciones urbanas más grandes del mundo, en 2005 se hablaban casi 170 idiomas en la ciudad y el 36% de su población había nacido fuera de los Estados Unidos. La nueva serie animada de Comedy Central recurre a monstruos, zombies y demonios para hacer una divertida alegoría sobre toda esta diversidad cultural. La historia se desarrolla en un mundo alternativo donde la Gran Manzana continúa siendo uno de los principales puertos de entrada de inmigrantes, solo que en vez de puertorriqueños, italianos, dominicanos o chinos, encontramos a todo tipo de iconos del imaginario terrorífico. En líneas generales podríamos decir que Ugly Americans hace por el terror lo mismo que en los últimos años ha hecho Futurama por la ciencia ficción, solo que, a diferencia de la serie creada por Matt Groening, esta se aleja del "mainstream" y se decanta por una estética fea y marginal, con altas dosis de mala baba.
La trama gira en torno a las actividades de Mark Lilly, un asistente social que trabaja en el Departamento de Integración junto a Leonard, un mago alcohólico que lleva años sin dar un palo al agua. Mark comparte piso con Randall, un zombie mohoso y come cerebros, y mantiene una extraña relación amorosa con su jefa, una diablesa en el sentido literal. La serie es una comedia de situación donde el protagonista debe solucionar un caso por capítulo, él siempre pretende hacer bien su trabajo, pero debe lidiar continuamente con las espeluznantes peculiaridades de los freaks a los que pretende ayudar y con la incomprensión del americano de a pié, dos características que conforman el juego de palabras del título. Ugly American es un término peyorativo que se utiliza para referirse a los estadounidenses que viajan al extranjero y se muestran ignorantes con la cultura local, y en este contexto puede hacer referencia tanto a la postura arrogante y ofensiva de los americanos nativos, como al aspecto monstruoso de los recién llegados.
La serie es una comedia de horror que desmitifica el género pasándolo por el túrmix de lo cotidiano y en la que podemos encontrar, entre otras cosas, a un yeti en el baño o a una masa devoradora en busca de empleo. Estas son algunas de las viñetas que dan vida a este imaginativo universo y que colaboran para dotar al conjunto de un tono barroco y recargado. Abundan los guiños a los fans y las apariciones de personajes emblemáticos, como El Monstruo de la Laguna Negra o la Rosemary de La semilla del diablo, y uno debe estar atento para no perder detalle. Otro de los aciertos de la serie es el de no caer en la parodia facilona y no recurrir a los estereotipos, sino crear personajes frescos y humanos, aunque su aspecto diga todo lo contrario.
El diseño de personajes puede ir desde lo más convencional, con vampiros canosos y ancestrales, hasta lo más absurdo y delirante, como aquella chica con multitud de tetas y la cara en la entrepierna. Unos estrafalarios monstruos que en el fondo, como suele suceder en estos casos, siempre nos están hablando de nosotros mismos, porque la metáfora es evidente y funcional, aunque la serie nunca ponga el acento en la reflexión, sino en el humor y la diversión. «Monstruos normales con problemas normales» podría ser su lema, porque hace una relectura vulgar y mundana de las criaturas del folclore terrorífico y fantástico, características que pueden recordar a otros experimentos similares del mundo del cómic, como el Fábulas de Bill Willingham o el Top Ten de Alan Moore y Gene Ha.
Con una estética deudora del underground americano, los guiones de David M. Stern (una de las cabezas pensante de Los Simpson, Monk y Aquellos maravillosos años, tres series muy a tener en cuenta), y las voces de varios comediantes del Saturday Nigh Live, el famoso late show estadounidense, Ugly Americans juzga con ironía nuestra realidad, y lo hace cargada de tacos, sexo, violencia y humor. Matt Oberg, el actor que presta su voz al protagonista, ha declarado en una entrevista que «tal vez haya que hacer un espectáculo de monstruos y zombies para mostrar lo que Nueva York es en realidad». ¿Quién puede resistirse a un punto de vista como este?
La frase:«Si te gusta lo normal, ¿por qué preocuparse en ir a Nueva York?»
La frase 2: «Hay suficiente pelo como para una porno de los 70’s.»
Siempre suelo sentirme algo torpe ante un film histórico de las características de la película que hoy nos ocupa, debido a que, en parte, el quesito amarillo jamás fue uno de mis preferidos a la hora de jugar al Trivial. Mis conocimientos de historia son alarmantemente básicos y, aunque lo de que la biblioteca de Alejandría se fue a tomar pol culo debido a la intransigencia religiosa ya me lo sabía, uno nunca acaba de saber bien cuando acaban los hechos reales y empiezan los inventados para la ocasión (para conseguir que la trama enganche más, que empaticemos más con los personajes, para hacernos emocionar, vibrar, enfurecer, etc... en definitiva, para que el espectador se enganche más a la cinta). Así pues, mejor no comerse mucho la cabeza al respecto y dejarse de elucubraciones para poder visionar, tranquilamente, la última película de Alejandro Amenabar: Agora.
La película empieza en Alejandría, Egipto, en el siglo 391 d.C., donde encontramos a una profesora de filosofía/matemáticas/astromía (un primor) que imparte clases a unos alumnos, ya creciditos, con grandes ansias de saber. Más tarde sabremos que uno de esos alumnos bebe los vientos por su maestra. A Hipatia, que así es como se llama la profesora, siempre le acompaña su esclavo personal que, además, suele prestar gran atención en sus clases convirtiéndose en una especie de alumno aventajado. Más tarde también sabremos que el esclavo suele tener sueños húmedos con su dueña. Si amigos, la cosa apuntaba a un menage a troi como la copa de un pino, pero, lamentablemente, la película avanzará hacia otros derroteros pues, Hipatia, es más de ser un espíritu libre y en lugar de pensar en buscar varón resulta ser que está más enfrascada en descubrir donde radica el centro del universo.
Como en esa época no había futbol y la gente no sabía de que hablar entre sí por las calles o tomando la copita en el bar, se solía hablar de religión. Y en esa época, en cuanto a religión, el equipo con más aficionados y más hooligans de todos eran los cristianos, que cada vez les iban robando más adeptos a los judíos y a los llamados paganos, equipo al que pertenecía la bella y lista Hipatia. Y es que los cristianos llevaban mucho tiempo sin ganar una Champions siendo pasto de los leones, con lo cual, ahora que las cosas les empezaban a ir bien, estaban de un chulito subido que no había quien les aguantara. Total, que tres religiones eran demasiadas para una ciudad con tanto polvo y Alejandría era una olla a presión a punto de petar por los cuatro costados. La cosa, ciertamente, acabará estallando, como era de esperar, lo que llevará a la ocupación de la legendaria biblioteca.
Agora es la quinta película del director Alejandro Amenabar y segunda rodada íntegramente en inglés después de Los otros. Reconozco que no soy un fan incondicional de Amenabar (me gustan algunas cosas suyas y otras, como Mar adentro, más bien todo lo contrario). A pesar de todo, siempre le he tenido por un tipo listo, capaz de sacar gran rendimiento a sus historias. En esta ocasión uno tiene la sensación de que la cosa se le ha escapado de las manos, mostrándose incapaz de abarcar todo lo que se nos pretendía contar, mezclando demasiados conceptos sin acabar de profundizar, como un servidor hubiera deseado, en ninguno de ellos. Cabe destacar la puesta en escena de la película, corroborando que se gastaron sus buenos dineros en ambientación y decorados. Además, la cinta cuenta con Rachel Weisz, como absoluta protagonista en un papel que, a pesar de ser un caramelo, no acaba de aprovechar al cien por cien.
Lo cierto es que Agora tiene todo lo que debería tener para ser una gran película: acontecimientos históricos, drama, injusticias, romance, acción, aventuras... ¡matemáticas!. Todos los elementos necesarios estaban dentro de la coctelera, el problema es que a Amenabar se le olvidó agitarla con gracia. Solo de esta manera se puede explicar la falta de emoción que me transmitió la película a pesar de los hechos que allí se estaban sucediendo. Parte del problema, además, radicaba en los personajes protagonistas, mal dibujados y sobre los que nunca se termina de profundizar. En algún momento de la película se puede llegar a confundir alguno de dichos personajes por las columnas de la biblioteca de Alejandría, aunque, por suerte para el espectador, las columnas no parpadean, lo que termina por delatar a los protagonistas de la historia.
Resumiendo: Gran historia para una película que no lo es tanto.