¡A estas alturas de septiembre y todavía recuperando cosas que nos quedaron colgadas del verano! Pero lo cierto es que el documento se lo merece, ¡ya lo creo que se lo merece!
Este verano Cristopher Lambert entró de nuevo en nuestras vidas a través de un anuncio de Renault y el shock entre los miembros del Quesito rosa fue tal que merecía una actualización como Dios manda. Hay tres versiones del anuncio, a cual más lamentable y humillante para el personaje que, antaño, fuera una estrella de Hollywood. En el primero "el inmortal" se cuela directamente en un concesionario, asustando a los posibles clientes más que como reclamo, en el segundo, podemos verlo podando un seto con su mítica espada y en el tercero, en una cocina cortando patatas, también con el arma que en las películas usaba para cortar cabezas. Sin duda alguna todo un hito en el mundo de la publicidad que trascenderá a los anales de la historia.
¡Pero cuidado! Para todos aquellos que después de ver esto puedan llegar a pensar que el amigo Lambert está acabado y que definitivamente ha tocado fondo, vean a que se dedicaba el actor de compleja mirada en su momento de mayor apogeo y popularidad. Ciertamente el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra (mucha atención a la cara que pone justo después de quitarse las gafas de sol, impagable).
Desde el Quesito Rosa proponemos que para el año que viene fichen a Ray Liotta que, seguro, también se rebajará gustosamente a cambio de una módica suma de dinero.
Elprimerhombre ha visto El salario del miedo, de Henri-Georges Clouzot, una película de máxima tensión cuya mejor baza es la creación de unos personajes interesantes y una dirección realmente admirable.
La historia comienza en un pequeño pueblo de Sudamérica donde el calor es asfixiante, donde algunos habitantes, como los franceses e italianos que aparecen en esta película, no tienen el visado para volver a su país ni tampoco el suficiente dinero para conseguir uno falso. Es entonces cuando entra en escena una importante empresa petrolífera que les ofrece un empleo a cambio de 2.000 dólares, con la peligrosa tarea de transportar una gran cantidad de nitroglicerina en dos grandes camiones cisterna, para poder volar de raíz un pozo de petróleo que se ha incendiado en otro lugar del país. Los cuatro escogidos deberán conducir los camiones a poca velocidad porque la carga que llevan podría explotar en cuanto se produjera un choque o un movimiento brusco.
Antes de realizar su otra gran obra, Las diabólicas (1955), Clouzot nos regala este suspense cargado de buenas escenas, donde demuestra un gran dominio de la cámara y de la puesta en escena, con buenos encuadres y un buen montaje para presentar un entorno poco favorable para los protagonistas, aumentado a causa de un calor agobiante que provoca en ellos un carácter austero y a veces desconfiado. Clouzot nos presenta a estos personajes de manera escalonada, siendo el personaje principal un tal Mario, interpretado por un fabuloso Yves Montand, junto con su compañero Jo, interpretado por Charles Vanel, quien logró el premio en Cannes, al igual que la Palma de Oro para la película.
Aunque la historia está bien planteada, la primera hora se hace un poco larga, por eso, a partir del arranque de la segunda mitad, el interés del espectador se equilibra, habiéndose perdido un poco por el camino de la primera.
La tensión de la segunda parte viene condicionada por el temor a la explosión de la carga que tienen que transportar los cuatro elegidos, y para dividir el tiempo en condiciones el guión se resuelve bien en este tramo del argumento, con paradas que tienen que hacer nuestros protagonistas, unidas a los peligros que se encuentran durante el maldito recorrido.
Habría que destacar varias escenas de esta parte del film, sobre todo por la manera que tiene Clouzot de contar lo que sucede y por la credibilidad de los personajes, cada uno con una personalidad bien definida, unido a un tempo calculado al milímetro, aumentando la tensión del espectador a cada momento. Sin embargo, lo que no tiene sentido y además destruye todo lo realizado antes, (quizás sea el mismo final que la novela de Georges Arnaud en la que está basado el guión), son los tres minutos finales totalmente inútiles que sorprenden por su ilógica creación e inoportuna aparición en un film que casi se podría considerar de obra maestra.
En definitiva, una película muy bien dirigida, con buenas actuaciones, con un clímax muy bien conseguido, pero cuya tensión e interés conseguido durante el film se desintegra totalmente en sus intolerables minutos finales.
Un saludo! (Hay que verla en Versión Original Subtitulada ya que el doblaje es malo)
Falso documental que narra las aventuras y desventuras de Daisato, un recién divorciado de cuarenta y pocos años que lleva una vida retraída y patética. Un pobre diablo que nunca ha salido de su país y que tiene poco que contarle al mundo, salvo el hecho, claro está, de que mediante una ancestral ceremonia de transformación (compuesta básicamente por fuertes descargas eléctricas en sus sensibles pezones), Daisato se convierte en un superhéroe del tamaño de un rascacielos, un gigantesco paladín que con la ayuda de un palo, un peinado estrafalario y unos calzones morados, lucha contra todo tipo de ridículos monstruos posnucleares con el propósito de defender la verdad, la justicia y los tallarines instantáneos con sabor a pollo.
El cómico japonés Hitoshi Matsumoto escribe, dirige y protagoniza esta original vuelta de tuerca al manido tema de los Kaiju eiga, una cinta en clave de comedia que nos cuenta el día a día de un superhéroe nipón a la antigua usanza. Las gigantescas sombras de Ultraman, Godzilla y Mazinger Z, sobrevuelan un filme más oscuro de lo que parece a simple vista, ya que la cinta funciona a dos niveles: como delirio pop y como ácida crítica sociopolítica al Japón actual, llevándose también lo suyo China, Estados Unidos y la sociedad de consumo en general.
Hitoshi Matsumoto ejerce de protagonista absoluto de un mockumentary que combina lo cotidiano con lo fantástico y que hace un nada amable ejercicio de desmitificación de la figura del héroe. El aburrido y obtuso Daisato, en su papel de hombre de a pié, se nos presenta como un personaje tan poético como patético, una mezcla de Quijote y molino de viento, dos en uno, con unos diálogos de lo más banales e intrascendentes, faltos de interés y llenos de fastidiosos silencios. Es un individuo que da lástima y no cae bien, pero con el que uno puede reírse de su desgracia. El Daisato superhéroe tampoco mejora, resulta caduco, una figura decadente que ha perdido la conexión con las actuales generaciones y que recuerda con nostalgia pasados mejores, cuando los superhéroes gigantes estaban en la cresta de la ola y eran lo más.
Big Man Japan es una obra de culto instantánea, cargada de imaginería visual y con unos efectos especiales de lo más resultones. Una cinta que puede presumir de tener la trouppe de monstruos con el diseño más delirante jamás visto, una obra extraña, gamberra, bizarra, patética, absurda, lenta y con un insólito sentido del humor, características estas dos últimas que pueden provocar en el espectador occidental un extraño complejo de vaca mirando pasar los trenes, ya que lo cafre de su protagonista, sumado a las características formales y el ritmo rematadamente pausado de la cinta, pueden dificultar que se establezca una complicidad con lo que se está viendo (a no ser que usted sea un otaku salido de madre, que entonces se lo va a pasar de aúpa). Mención a parte se merece el tramo final de la cinta, quince demenciales minutos con tintes de pesadilla gondriana que dejan completamente perplejo al espectador, una ida de olla de las que hacen época y que al asimilar rasgos característicos del Kaiju eiga más casposo y hortera, rompe completamente con el resto del metraje y otorga al filme de una extraña profundidad y tristeza.
La frase:“Si se le ignora, acaba recuperando su tamaño.”
Buenos días, soy el jefe Dreyus, hoy es viernes y me toca cerrar esta semana temática dedicada a los chupasangres con una peli de actualidad. Y aquí precisamente es donde está el problema, porque de pelis de vampiros hay como para aburrir, pero últimamente la cosa está algo jodida y, como paso olimpicamente de ver la de Jóvenes Ocultos 2, el otro día me puse a ver, sin demasiadas expectativas todo sea dicho, una de las últimas que nos llegó y que, además, hace poco salió en dvd: 30 días de oscuridad. Vampiros, vampiros y más vampiros... ¡Empezamos!
Esto de vivir en un pueblo donde durante treinta días seguidos no se tengan noticias de la luz del sol está muy bien en el supuesto de que se trate de un sitio con buen clima, lleno de discotecas, marchita y superpoblado de suecas. Pero, si por el contrario, se trata de un pueblo perdido en el culo del mundo, con un frío de tres pares de narices y que, además, en lugar de suecas, lo invada una orda de putos vampiros, lo cierto es que la cosa se complica cosa mala y pierde encanto de cara al turista de bien. Pues de eso va la trama, en un pueblecito de mierda de Alaska se pasan treinta días cada año sin ver el sol y aislados del resto del mundo por la nieve. Eso, no hace falta que se diga, se convertirá en una invitación formal para que un grupo de vampiros sedientos de sangre, decidan irse a dar una vuelta por allí, a ver como está el patio, y darse un festín con los pueblerinos. Los vecinos del lugar intentarán sobrevivir a la invasión como puedan, capitaneados por un joven jefe de policía que no tardará en verse superado por la situación. A partir de aquí, mordiscos, sangre, potaje de tripas, situaciones límite y demás tópicos de este tipo de películas... ustedes ya saben de que va esto.
El dire de la peli es el señor David Slade, conocido básicamente por haber dirigido anteriormente Hard Candy (peli que consiguió cierta notoriedad basicamente por dar la vuelta a la tortilla al género del thriller) y poca cosa más, pues esta es tan solo su segunda película. Entre los protas encontramos a Josh Hartnett, uno de los peores actores de su generación, con una capacidad interpretativa parecida a la de un pomelo, capaz de mantener la misma expresión ya esté ante unos vampiros que estén a punto de papeárselo o mirando una puesta de sol, y cuyo mayor logro en Hollywood durante toda su carrera fué el de ligarse a Scarlett Johansson (y es simplemente por eso por lo que le guardo cierto respeto). Y como prota femenina tenemos a Melissa George, cuyo mejor trabajo hasta la fecha fué un reportaje para la revista Playboy, y que además ha aparecido en pelis como Dark City, la Morada del miedo, Turistas o Waz, además de su trabajo en la serie Alias. Por cierto, que la peli ésta, como tantas otras últimamente, está sacada de una novela gráfica de mismo nombre, escrita por un tal Steve Niles e ilustrada por un cual Ben Templesmith.
Lo dicho, empecé a ver la peli sin demasiadas expectativas, bastante convencido de que sería un truñaco como una catedral, pero lo cierto es que la peli me tuvo bastante entretenido y es que, entendámonos, a pesar de que no sea nada del otro mundo (que no lo es) y a pesar de que el guión hace aguas en muchos momentos de la trama y que las interpretaciones son bastante torpes (por no decir otra cosa) la peli se va medio aguantando a lo que ayudan unos vampiros bastante resultones (uno de los auténticos puntos fuertes del film) y algún que otro momento de tensión bastante conseguido. Pero el principal problema de la película son, precisamente, esos treinta días de oscuridad, porque lo cierto es que no cuelan por ningún lado ya que más que días, lo que parece que estén pasando sean horas (¡que casi parece que la peli esté hecha a tiempo real!). Y por otro lado están los vampiros, que si, que estéticamente molan bastante, pero que en todo momento estás esperando a que hagan algo como mucho más espectacular que lo que están haciendo, aunque eso no acaba de llegar jamás. Total, que nos encontramos con un punto de partida bastante interesante, con un arranque prometedor, con unos vampiros super de tendencia, con un ritmo tranquilo, con alguna buena escena y con un tramo final bastante chungo y petardillo que no me acabó de convencer demasiado.
Resumiendo: Como película de vampiros es del montón, aunque bastante salvable, pero mucho me temo que no era la intención de su director que, supongo, pretendía hacer algo mucho más novedoso e interesante.
Elprimerhombre ha vuelto a entretenerse con El baile de los vampiros, de Roman Polanski, una película que se basa plenamente en su carismática pareja protagonista, consiguiendo inteligentes gags con sus buenas interpretaciones.
La historia se desarrolla en las tierras de Transilvania, donde el profesor Abronsius (Jack Mac Gowran) y su ayudante Alfred (Roman Polanski), pasarán una aventura que nunca olvidarán. El tal Abronsius, a quien sus colegas de la universidad lo llamaban "el chiflado", basándose en sus investigaciones y estudios de maestros, cree que va por buen camino en la búsqueda de vampiros, unos seres que no se reflejan en los espejos, como bien dice la teoría de un tal Alivori. Entonces, a partir de su llegada a una taberna, nuestros protagonistas se verán inmersos en un camino sin retorno, consiguiendo entrar en el castillo del Conde Von Krolock (Ferdy Mayne), el día después de que este hincara los colmillos a la bella e inocente Sarah (Sharon Tate), la hija del propietario de la taberna, Shagal (Alfie Bass).
Ya desde el inicio nos damos cuenta de que Polanski tiene claras sus intenciones, cambiando el león de la Metro por un dibujo de un vampiro (un poco cutre a decir verdad), seguido de unas letras de crédito escritas a mano, estilizadas con un cierto tenebrismo (las podría firmar el mismo Tim Burton), mientras una gota de sangre va cayendo entre los diferentes nombres que completan la película. Todo esto con una música de coros de lamento, idea del compositor polaco Krzysztof Komeda, que logra durante el desarrollo del film varios ambientes con composiciones originales, tanto para los momentos cómicos como para los "terroríficos". Komeda ya había trabajado con Polanski en varios cortos y en el Cuchillo en el agua (1962), Cul-de-Sac (aquí Callejón sin salida, 1966), y posteriormente repitió en La semilla del diablo (1968). El vestuario es otro gran punto a favor, consiguiendo grandes contrastes como el de la ropa del profesor y su discípulo, y la decoración que aparece en la película da un valor considerable a la historia. No es de menospreciar que se ha llegado a decir que el ambiente realizado en este film supera a varios facturados por la Hammer.
Y llegado a este punto, queda por resaltar la pareja protagonista, con ese Jack Mac Gowran, clavado a Einstein, que parece ser un portento de la comedia, siendo poco aprovechable su talento en esta película, junto con un Polanski que no se queda para nada corto (y quién diría que en aquel tiempo tenía 34 años), cuya creación del personaje es realmente portentosa, con gags tan memorables como el que se produce en la escena en la que huye del hijo del Conde.
Pero mi decepción al volver a ver este film se ha producido a causa de un ritmo demasiado pausado, con silencios bastante largos por momentos, añadiéndole el no saber rematar la jugada en las escenas vampíricas del castillo, convirtiéndose realmente en lo más pobre de la película. El personaje del Conde está bastante logrado pero casi no parece tener importancia en la última parte del film, con un baile de vampiros que obtiene su mayor interés en el gag donde aparecen Ambrosius y Alfred vestidos de época. Y aunque el hacer esta película es un hecho admirable, ya que en esos momentos era una época gloriosa para la Hammer, es una lástima que el objetivo para mí no resulte del todo convincente.
En definitiva, una película que consigue ser una comedia seria sobre vampiros sin caer en el absurdo, con muy buenas intenciones, pero que se queda a medio camino, faltándole algo más de miga en su contenido.