Fellini, ocho y medio (1963)


El gran manifiesto

Normalmente, cuando un cinéfilo mira un clásico que por A o por B nunca había visto antes se pueden producir varios hechos, entre ellos los siguientes: que de verdad crea que es una película gloriosa que corrobore tan alta categoría; que no piense que sea una historia tan brillante pero que contenga detalles absolutamente destacables; o que le resulte una decepción bastante grande por la calidad que le es atribuido al film en cuestión.

En esta ocasión, un servidor, que se considera un gran amante del cine, ha podido saborear por suerte, con mucho interés y entusiasmo, la primera sensación expuesta en el anterior párrafo (junto con Cecil B. Demente), gracias al visionado de una obra maestra indiscutible como es Fellini, ocho y medio (8 1/2) (1963), del irrepetible Federico Fellini. El hallazgo fue tan conmovedor que durante el desarrollo de la historia iban aumentando mis halagos, hasta tal punto de darme cuenta de que estaba viendo, sin dudarlo en ningún momento, una de las obras cumbres de la historia del cine.


Fellini, con todo su talento, consiguió un resultado espeluznante con este relato autobiográfico, lleno de tantos entresijos que parece mentira que pudiera dar coherencia a todas las escenas. El protagonista, Guido Anselmi (Marcello Mastroianni) de 43 años, no es otro que él mismo trasladado a la gran pantalla, un director de cine con bastante fama que se encuentra en un balneario para cambiar de aires haciendo una cura termal, tratando mientras de planear su próxima película. Durante su estancia intenta pensar en los detalles de la película, recibiendo la visita de su amante Clara (Sandra Milo), de su mujer Luisa (Anouk Aimée), con la que tendrá severas discusiones, y más adelante de su musa Claudia (Claudia Cardinale), con la que querrá hacer la película. Pero tampoco podrá evitar tener pesadillas y sueños en los que aparecen sus padres; recordará sucesos importantes de su infancia (como el personaje de la oronda mujer Saraghina, típico personaje felliniano que resultará ser una clara influencia para las películas de John Waters), mezclándose también fantasías como un harén donde están las mujeres que han aparecido en su vida.


Aún así, al principio Fellini no sabía qué profesión iba a tener el protagonista, pensando al final la figura del director y reconociendo al acabar la película que Guido era él mismo. Todo el drama de hacer una película conlleva al personaje a sentir la impotencia creativa y a que salgan a la luz sus secretos mejor guardados. Y en definitiva, los cambios de humor y las incertidumbres del personaje fueron los mismos que tuvo que soportar Fellini durante el rodaje. En algún momento el equipo no tenía las ideas muy claras sobre si el director sabía lo que tenía entre manos, quizá pensando en los rumores que corrían de que ya no tenía ideas después de realizar La dolce vita (1962). Además, el título definitivo del film fue elegido por Fellini en el último momento, después de haberse llamado La bella confesione o Film comico. Y es que, aunque el estado de ánimo de Fellini era más bien trágico, le interesaba mucho que la película fuese divertida, tanto que en la cámara se pegó un aviso: "No olvides que es una película cómica". Curiosamente, Ocho y medio es la primera película en la que el nombre de Fellini aparece junto al título en las letras de crédito.


Para el personaje de Guido, Fellini pensó primero en Alberto Sordi y Vittorio de Sica, pero al final tuvo que ser Marcello Mastroianni, con el que realizó seis películas en su carrera y con el que tuvo una relación muy especial, haciendo tonterías juntos en los rodajes y conociendo a sus familias respectivas. Mastroianni hace una interpretación memorable, como muchas de las que nos tiene ya acostumbrados. La gran fotografía de la película fue lograda por Gianni di Venanzo (con el que repitió en 1965 en Giulietta de los espíritus), con un blanco y negro excepcional. El responsable de la banda sonora, cómo no, fue Nino Rota, su músico desde El jeque blanco (1952) hasta su última colaboración en Ensayo de orquesta (1979), debido a la muerte del gran compositor.

Fellini tenía por costumbre grabar el sonido durante el proceso de montaje ya que le permitía cambiar en la historia lo que le pareciera necesario. Además, sentía que de esta manera daba más libertad a los actores sin que tuvieran que preocuparse de memorizar tanto los diálogos. Para la puesta en escena, dio rienda suelta a su talento y saber hacer, como ya se puede ver en la escena inicial de la pesadilla en la que Guido se encuentra en un atasco y en la escena que vemos por primera vez el balneario. Y lo que resalta más en la película es la importancia que da Fellini a todos los personajes que pasan por delante de la cámara, tanto principales como secundarios, obteniendo dinamismo en todas las escenas. En ningún momento la historia parece decaer ya que Fellini tiene varios ases guardados en la manga. Cuando uno menos se lo espera, aparece algún personaje que nos deja atónitos, como la escena nocturna en el balneario en la que está Guido con el productor y algunas de las actrices que quieren aparecer en su película y se ilumina el escenario para ver en acción a un prestidigitador y su ayudante Maya, una mujer que adivina mentalmente los objetos que él le transmite con la mente; la escena en que vemos al Cardenal en un ascensor o en la que las dos sobrinas de uno de los ayudantes de Guido aparecen únicamente durante unos minutos pero que son suficientes para dar un punto de humor a la historia.


Y siendo un clásico como es, la película de Fellini ha inspirado a muchas otras posteriores, como La noche americana (1973), de François Truffaut, All that Jazz (1979), de Bob Fosse, o Recuerdos (1980), de Woody Allen. Y en 1982 se estrenó un musical de Broadway, llamado Nine, que Fellini permitió pero con la condición de que en el cartel no apareciera ni su nombre ni el título de su película. Precisamente, el año pasado se estrenó en el cine una adaptación de este musical realizado por Rob Marshall, titulado con el mismo nombre, Nine, aunque sin obtener buenas críticas.

  
"Una obra de arte de Federico Fellini que comprende un grandioso retrato autobiográfico lleno de brillantes escenas, con un gran Marcello Mastroianni y una impecable fotografía"



Leer critica Ocho y medio en Muchocine.net

4 piquitos de oro:

Lucifer, Becario del Mal dijo...

en efecto, es una obra adelantada a su tiempo con detalles maravillosos, de los que destacaría su tramo final. Pero hay escenas algo tostón, larguitas y que no aportan tanto.
saludos!

Cecil B. Demente dijo...

Esto sí es cine moderno e innovador, me río yo de Avatar...

Sesión Golfa dijo...

Amén. Indudable e indiscutible. Un saludo.

Fantomas dijo...

Un clásico incombustible, como gran parte de la filmografía de Fellini.

Saludos.

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