Fantastic Mr. Fox (2009)


Walk on the Wild Side.

Actualmente existe un pequeño grupo de directores, capitaneados por Tim Burton, que defiende la stop-motion como una opción viable para la animación, aunque siempre ha sido un trabajo duro y tedioso filmar cuadro por cuadro, y la animación generada por ordenador, con sus gráficos en 3D, no solo resulta más espectacular y rentable, sino que además está evolucionando a pasos agigantados. Entonces, ¿para qué seguir rodando con stop-motion? Esta técnica tiene algo de cine a la vieja usanza, pero emplearla hoy en día no se limita a un mero ejercicio de estilo con el que reivindicar a grandes figuras del pasado como Georges Méliès, Ray Harryhausen o Jan Svankjamer, sino que además pone en solfa ciertas carencias de la actual animación digital, porque parece que al cine moderno le cuesta entender que cuanto más realista menos mágico resulta.


Fantastic Mr. Fox está basada en una popular novela infantil de Roald Dahl, el mismo autor de James y el melocotón gigante y Charlie y la fábrica de chocolate, Dahl es uno de esos escritores anglosajones con una relativa repercusión en el cine, pero con el que no existe demasiada conexión por estas tierras (lo mismo podríamos decir del Dr. Seuss, por ejemplo). En un principio se pensó en Henry Selick para encargarse del filme, pero el cineasta estaba ocupado con Los mundos de Coraline (2009) y tuvo que rechazar el proyecto, así que la adaptación, para sorpresa de muchos, cayó en manos de Wes Anderson. Puede que Anderson no tenga ninguna experiencia directa en la animación, pero lo cierto es que sus comedias siempre han tenido un cierto aire a cartoon, debido a su habitual utilización de los colores primarios y a la exagerada caracterización de los personajes. De ahí que ambos, Selick y Anderson, trabajasen juntos en Life Aquatic (2004), confirmando que sus mundos no están tan alejados como parece.


En ésta, su primera incursión en el género, Anderson se decide por una animación rudimentaria, que acentúa el aire retro del filme y que recuerda aquellas fantasías de la Europa del Este, repletas de fibras y texturas. Desde el principio se impone una paleta de colores cálidos y la cinta empieza con la superficie de una tela, filmada como si se tratase del plano aéreo de un inmenso campo. Allí conocemos a Mr. Fox, un elegante y pícaro zorro que se mueve y habla como George Clooney. Dicho personaje se gana la vida robando gallinas pero debe replantearse su situación, porque su novia, a la que presta la voz Meryl Streep, se ha quedado embarazada. Pronto lo encontramos reformado como padre de familia y columnista de un periódico, donde escribe una sección titulada “Un zorro de ciudad”, pero en seguida percibimos que ni se siente civilizado ni es feliz. Tiene la llamada crisis de los cuarenta siete años, y añora sus antiguas correrías, por lo que está dispuesto a dar un último golpe a espaldas de su querida esposa. Cuando los ganaderos lo descubran y cerquen su guarida, toda su familia correrá peligro.


Mediante un punto de partida que no difiere mucho de Los Increíbles (2004), aunque intercambiando a superhéroes por animales del bosque, la película elabora una fábula moral sobre las insatisfacciones del hombre moderno, donde no es casualidad que la última escena se sitúe en un supermercado, el colmo de los artificios de nuestra civilización y el lugar ideal para romper una lanza por la supervivencia de nuestro lado más salvaje y natural. La historia tiene diversas constantes habituales en la filmografía del director, como son los lazos familiares, los personajes defectuosos, el humor seco, la dificultad de conseguir las metas propuestas y la apatía con la que imprime sus filmes, además de varios momentos musicales a mayor gloria de los Beach Boys y Jarvis Cocker, entre otros. La mano de Anderson también se nota en Ash (Jason Schwartzman), el hijo de Mr. Fox que simplemente es… diferente. No es alto, ni atlético, ni popular, pero lamentablemente la cinta le da la oportunidad de encajar haciendo algo atlético y popular.


Fantastic Mr. Fox representa toda una singularidad en el actual panorama cinematográfico, la cinta es un curioso cóctel que se sitúa a medio camino entre una comedia agridulce y una fábula infantil, consiguiendo varios momentos afortunados y otros más olvidables, debido en parte a que sus apartados formales y técnicos brillan más que su contenido. Plásticamente es una delicia, pero la historia pierde algo de interés entre tanta huída y persecución in extremis. De alguna manera el cine de Wes Anderson siempre me ha provocado sensaciones contradictorias, sus propuestas me parecen carismáticas y atractivas, y el cineasta sabe como otorgarles personalidad y humor, pero algo impide que lleguen a emocionarme y aunque ciertamente me gustan, me conformo con el resultado, porque cada una de sus partes apuntaban a un conjunto mejor.



La frase: « ¿Cómo puede ser feliz un zorro sin, perdona la expresión, una gallina entre sus dientes? »

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Las malas lenguas (VIII)



«El fumar mata y si te mueres has perdido una parte muy importante de tu vida.»

Comentario de Brooke Shields, famosa súper modelo y actriz descendiente de colonos.

La cinta blanca (2010)


Al filo de la navaja

La violencia hacia el ser humano puede ser ejercida de forma física o moral y en el cine ha sido retratada miles de veces, pero seguramente, el que ha logrado una mayor coherencia a la hora de apostar por mostrar imágenes perturbadoras que parecen ser llevadas por un impulso vehemente sea el director y guionista austriaco Michael Haneke. En su trayectoria se observa una malsana visión de la humanidad, que dentro de su contexto cinematográfico no se puede obviar y forma parte de un denso y oscuro universo en donde no parece caber el perdón, pero sí una reflexión sobre la conducta propia de personajes trastocados llevada a cabo por su mente enfermiza, reveladora de un potente mensaje, bastante misterioso, que siempre deja huella.


Gracias a su regularidad, los amantes del buen cine volvemos a estar de enhorabuena. Haneke nos brinda una obra maestra como es La cinta blanca, que lleva su sello impreso hasta el último fotograma y en la que plantea bastantes vicisitudes en una historia ambientada en un pequeño pueblo de la Alemania de principios del siglo XX, pocos años antes del estallido de la Primera Guerra Mundial. Se dice de ella que es su película más accesible, debido quizás a su estilo clásico y a la utilización esta vez de la voz en off del protagonista de la historia, el maestro del pueblo. Aunque, se ha de decir, que esa aparente proximidad al público menos dispuesto a entrar en su temática tan destructora, debe darse por supuesta cuando el espectador ya se encuentre sentado en la butaca de la sala de cine, porque las dos horas y veinte minutos de duración y su realización en blanco y negro hará que muchos rechacen la oferta en favor del cine más comercial y apto para todos los públicos.


Y si me permiten, aunque para mucha gente el cine de Haneke sea insufrible, no se debería de dudar de su increíble virtud a la hora de captar la atención del espectador en historias totalmente diferentes. Si repasamos películas como El vídeo de Benny (1992), Funny Games (1997), La pianista (2001) o Caché (2005), encontramos pocas similitudes en cuanto al argumento pero sí en la forma de mostrar lo que se quiere contar. Haneke tiene clara una cosa: le gusta revolver algo más que la mente del espectador, utilizando imágenes violentas que buscan una tensión que siempre encuentran, en las que se omite una banda sonora que las acompañe. Tengo la convicción de que quiere llegar siempre hasta el límite en su visión extremista de la evocación de los sentimientos, porque sus relatos excarvan en los estímulos que incitan a sus personajes a formar parte de hechos instintivos que resultan, en muchas ocasiones, dañinos para la vista del espectador más sensible.


En La cinta blanca logra otra vez una historia atrayente por su manera tan peculiar de mezclar cotidianeidad con imágenes contundentes, aunque esta vez no sean tan escandalosas como en las citadas El vídeo de Benny, cuyo protagonista es muy desagradable, o La pianista, con una Isabelle Huppert interpretando a un personaje incómodo de presenciar en muchas escenas. Pero es que en La cinta blanca también se puede ver una fotografía increíble, con un blanco y negro fantástico y una puesta en escena perfecta, sirviendo en bandeja a Haneke su posibilidad de volver a mostrar sucesos tan inquietantes como humillantes.


"Michael Haneke demuestra que está en plena forma, logrando una obra maestra con una dirección formidable, una increíble fotografía en blanco y negro y, cómo no, con su punto de vista tan malvado sobre la conducta humana"



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Invictus (2010)

LOS BLANCOS NO LA SABEN METER.


He aquí una película que cuenta en su haber, a priori por lo menos, con un buen número de ases para llevarse una carretada de premios y reconocimientos: Una historia basada en hechos reales, de superación personal y épica colectiva, que lleva a la gran pantalla un acontecimiento que marcó un antes y un después en la historia, con un personaje protagonista de gran fuerza y vitalidad, que es la adaptación de un superventas literario, con un director detrás de la cámara que es todo un veterano mundialmente reconocido que vive uno de sus mejores momentos profesionales y con dos estrellas protagonistas de renombre internacional. Poco más se le puede pedir a Invictus. A priori.

La película empieza con una carretera que separa dos campos deportivos. Uno, con un césped en perfecto estado, sirve para que se entrenen a rugby un grupo de blancos perfectamente uniformados. En el otro, con un césped roñoso y maltrecho, juegan a fútbol un grupo de negros, vestidos con harapos. De repente aparece sobreimpresionada en pantalla una fecha: 11 de febrero de 1990 y un coche oficial cruza por la carretera que separa ambos campos, provocando reacciones claramente opuestas entre los grupos. De este modo, mientras unos se avalanchan contra las rejas al grito de “Mandela”, los otros definen la fecha como “el día en que nuestro país se fue a la mierda”. Con apenas dos minutos de duración la película ya ha logrado, perfectamente, colocar al espectador en situación. Lamentablemente este brillante ejercicio de síntesis no será la tónica general de la película.

Es el primer día de Nelson Mandela como presidente de Sudáfrica y el país está en plena ebullición tras la abolición del apartheid. Mandela está dispuesto a gobernar desde el perdón, sin buscar venganza contra los que lo encarcelaron durante veintisiete años, aunque no todo el país lo tendrá tan claro como él, si siquiera los que se encuentran más cercanos al líder político. Para plasmar el clima social que vive el país, la película se sirve de los propios guardaespaldas de Mandela, cuyo grupo estará formado por miembros de ambas razas, lo que provocará más de una disputa y recelos por parte de ambas partes. ¿Serán capaces de salvaguardar el bienestar de Mandela los mismos que lo encarcelaron? Ciertamente resulta un planteamiento interesante aunque no se hagan ilusiones ya que la película avanzará por otros derroteros. Yarda tras yarda.

La película nos cuenta que en Sudáfrica, en esa época, las diferencias raciales llegaban incluso hasta las preferencias deportivas. Como se nos cuenta en el plano inicial, los blancos prefieren el rugby mientras que los negros prefieren el fútbol. Cuando en 1995 el país acogió la copa del mundo de Rugby, Mandela vio en ello una oportunidad de conseguir una mayor cohesión, para que el pueblo se ilusionara por un objetivo común. Debía conseguir que el equipo nacional (formado en su totalidad por blancos, con la sola excepción de un jugador negro) ganara el mundial, y eso a pesar de ser una pandilla de patanes, por lo que pedirá ayuda a Jason Bourne, el capitán del equipo. De hecho, la película nos muestra a un Mandela obsesionado por la copa del mundo, como si durante su mandato no pensara en otra cosa e incluso en algún momento del metraje se roza el absurdo. Se dice que la fe mueve montañas, en este caso la fe sólo debía mover a tios de poco más de cien kilos con muy malas pulgas.

La cosa de las pensiones en Estados Unidos no debe estar muy bollante porque el bueno de Clint Eastwood ya lleva cinco película como director en los últimos cuatro años y, aunque el reconocimiento mayúsculo le ha llegado en los últimos tiempos, lo cierto es que lleva ejerciendo como tal desde el año 1971 con Escalofrío en la noche. Treinta títulos más tarde, ya nadie duda sobre su condición de maestro de la vieja escuela, independientemente de si la película guste más o menos. En esta ocasión, ha optado por llevar a la gran pantalla el Best Seller de John Carlin publicado en 2008 llamado El factor humano.

Para interpretar a Mandela, Eastwood, eligió a su amigo Morgan Freeman, actor con el que ya había colaborado en Sin Perdón y Millor dólar baby y que, a pesar de estar catalogado como uno de los grandes de Hollywood, a mi entender siempre acaba interpretando el mismo tipo de papel una y otra vez. Para meterse en la piel del presidente sudafricano no se ha necesitado un gran esfuerzo de caracterización (más allá de las horribles camisas que va luciendo) centrando su actuación en pequeños detalles (como su forma de caminar o su habla pausada y serena) para lograr construir un personaje que logra transmitir una arrolladora fuerza que va calando en el espectador durante la primera hora de película. Más tarde, cuando empiece a comportarse como un hooligan, dicha fuerza se irá diluyendo. En el otro bando encontramos a Matt Damon, actor que todo el mundo daba como perdedor en la lucha hacia el éxito emprendida por el tándem Affeck/Damon (quien nos lo iba a decir), que interpreta al capitán del equipo nacional de rugby, sobre quien Nelson Mandela depositará su confianza para lograr llevar la hazaña a buen puerto. Poco a poco su personaje se irá dejando atrapar por el magnetismo que desprende Mandela, a pesar de haberse criado en el sino de una familia blanca durante el aparheid. Damon está correcto en un papel que, no nos engañemos, tampoco es que sea ninguna maravilla.

En su arranque inicial la película resulta entretenida e interesante, mientras nos cuenta como Mandela abordaba el reto de gobernar un país deshecho y lleno de odios enfrentados. Es durante estos momentos donde la figura de Mandela y su carisma se erigen como protagonistas absolutos, a la vez que la película aborda su personalidad, su forma de trabajar y su alto grado de compromiso, lo que le acarreará conflictos con sus oponentes políticos, con los miembros de su mismo gabinete e, incluso, con su propia familia. De hecho sabemos que algún tipo de conflicto grabe ocurre en el sí de su familia (ya saben, aquello de intentar arreglar las relaciones de las gentes de todo un país sin poder arreglar las relaciones de los miembros de su propia familia) porque la película se encarga de hacer referencia a ello en un par de ocasiones, pero más tarde la película se va olvidando del tema sin que el espectador acabe de entender del todo que ha pasado ni porqué. Quizás tengamos que esperar a una segunda entrega. Quizás tengamos que esperar a Invictus Revolution.

Y la película se olvida porque una vez ha empezado la copa del mundo la cinta ya no está para otra cosa que no sea el Rugby. Llega entonces el momento de la superación personal y del más difícil todavía. Llega el momento del “no es por nosotros es por ellos”. Llega el momento de alargar las secuencias hasta decir basta. Llega el momento de confundir la épica con la cámara lenta. Y, sobre todo, llega al momento de buscar, deliberadamente, emocionar al espectador, momento que, al menos en mi caso, jamás llegó.

Resumiendo: Curiosamente prefiero el buen arranque político del film antes que la épica deportiva mal llevada en la que se acaba convirtiendo la película. Política antes que deporte, lo que son las cosas. En definitiva, película pasable sin más.



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Thirst (Bakjwi, 2009)


Re-mordimientos.

La última película de Park Chan-wook, el cineasta coreano, pretende explorar cada momento en su justa medida, logrando diferentes tiempos de gran intensidad. La intención es buena, sin duda, pero esta estratagema tiene un inconveniente: crea expectativas que luego no se cumplen. Cuando el tono adquiere tintes románticos, terroríficos o dramáticos, y más tarde el filme se desentiende de ellos, el espectador siente desconcierto y decepción. Lo primero puede tener su puntillo, lo segundo no. Una cinta como Desafío Total (1990) es 100% cine de acción y también pura ciencia ficción, porque claro, una cosa no quita la otra. Mientras que filmes más desequilibrados como Testigo mudo (1993), Abierto hasta el amanecer (1995), Carretera Perdida (1997) o el que hoy nos ocupa, tontean caprichosamente con varios géneros.


La historia gira en torno a los infortunios de la virtud, la bondad y buena intención de Sang-hyeon, un sacerdote que se somete a un peligroso experimento con el objetivo de encontrar una cura para una extraña enfermedad, el hombre no tarda en sucumbir a una muerte sangrienta y desagradable, pero luego revive milagrosamente. En seguida corre la voz y surge un pequeño culto a su alrededor. La gente acude a él para que sane a sus enfermos, y en verdad parece ejercer algún tipo de poder sobre los moribundos, ya que en un momento determinado cura el cáncer a un viejo amigo de la infancia. Todo este tema está tratado con interés y queda subrayado por la aptitud dubitativa del protagonista, que no sabe qué pensar al respecto y pide consejo espiritual. La película plantea diversas cuestiones de gran calado y aunque en un principio parece que les hará frente, rápidamente se olvida de ellas.


El desarrollo de los acontecimientos cambia cuando Sang-hyeon sufre una recaída y despierta convertido en vampiro, al parecer una de las transfusiones que recibió durante el experimento era la de un chupasangre. Park Chan-wook intenta dotar de realismo una trama que gira en torno al hecho fantástico, y lo hace mediante una progresiva gestión de los elementos sobrenaturales, igual que sucediera en la maravillosa Déjame entrar (2008), otro reciente filme de vampiros con una coartada argumental más convincente. Thirst no siente demasiado apego por el género al que pertenece y utiliza una rebuscada explicación para llegar a él, al mismo tiempo que elimina de la ecuación cierto attrezzo tan característico como los colmillos.


Por otro lado, el filme explora muy bien la estrecha relación entre vampirismo y cristianismo. El pecado, el deseo, la culpa, la resurrección, la sangre, el masoquismo, la autoflagelación y el fetichismo sexual, son conceptos que estarán muy presentes a lo largo de la película. «Ahora estoy sediento de todos los placeres del pecado» comenta el sacerdote, y vemos como sus impulsos sangrientos van cobrando fuerza a medida que se siente atraído por la mujer de su amigo. A partir de ahí hay algo de romance, de thriller erótico e incluso de cine de fantasmas, un vaivén de géneros que no logra desvirtuar del todo la entidad del filme, y esto se debe a la gran calidad de su narrativa poética.


La película tiene una fuerte carga mística y está bendecida por una refinada sensibilidad estética; el ritmo pausado y el estilizado entendimiento del espacio cinematográfico hacen que ésta sea toda una experiencia para los sentidos. Park Chan-wook tiene una curiosa habilidad para retratar el lado más sórdido y extraño de la naturaleza humana, y para obtener belleza de donde no debería haberla. Thirst es hermosa, simbólica y esteticista, un filme bellamente imperfecto. Existe en Asia una larga tradición de narradores cinematográficos excepcionales y que saben sacarle el mejor partido al lenguaje cinematográfico, pero con una cierta tendencia al exceso, a sobrecargar las tintas para demostrar todo lo que saben hacer y que en ocasiones como esta, acaban filmando varias películas en una. Parece que el cine de vampiros se le queda corto a un filme que siempre pretende ser algo más, pero que al final se queda a medio camino de todo.


La frase: «Córtales los tobillos, cuélgalos de la bañera y deja que la gravedad haga el resto. Podemos poner la sangre en un Tupperware y dejarla en el refrigerador. »

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