No importa donde vayas, te encontraré
En el cine hay dramas que suelen retratar la cruel realidad que viven algunas personas, marcada la mayoría de las veces por su paupérrima situación económica o por las relaciones en su vida familiar. Pero si a esto le unimos que los protagonistas sean jóvenes nos acercamos mucho a las películas de los hermanos Luc y Jean-Pierre Dardenne, partidarios de un cine en el que casi no hay espacio para la alegría debido a su acercamiento al lado más pesimista de la vida. Sin una banda sonora que acompañe a sus historias y con cámara en mano, los Dardenne se basan en la entrega total de sus actores a los que parecen perseguir, consiguiendo de ellos unas interpretaciones brillantes y creíbles, logrando que el espectador tenga un choque emocional debido a la tensión y sentimientos que sus historias provocan. Desde su impresionante ópera prima, La promesa (1996), han ido cosechando premios, obteniendo casi en cada film un merecimiento en el Festival de Cannes, como la Palma de Oro que recibieron por Rosetta (1999) (en mi opinión un film sobrevalorado) y El niño (2005). Con su reciente trabajo, El niño de la bicicleta (2011), han conseguido el Gran Premio del Jurado de ese mismo festival y han recibido muy buenas críticas, y en esta ocasión han optado por contar la historia de un niño llamado Cyril, el personaje más joven de todas sus películas e increíblemente interpretado por Thomas Doret.



